A un siglo del estallido de la primera guerra mundial

27
SEP
2014
C.R.W.Nevinson: "Ametralladora".
La literatura, la pintura y el cine testimoniaron de forma inolvidable la cesura cultural que significó la Gran Guerra, generando una sensibilidad a veces desolada, otras veces exultante y en ocasiones paroxística, pero siempre portadora de una desgarrada conciencia del mundo.

La Gran Guerra supuso un choque devastador para la conciencia europea y occidental. Stefan Zweig, en su bello libro “El mundo de ayer” lo expresa muy bien con estas palabras del prefacio: “En conversaciones con amigos más jóvenes, cada vez que les cuento episodios de la época anterior a la Primera Guerra me doy cuenta, por sus preguntas estupefactas, de hasta qué punto lo que para mí sigue siendo una realidad evidente, para ellos se ha convertido en histórico e inimaginable. Y el secreto instinto que mora dentro de mi Ser les da la razón: se han destruido todos los puentes entre nuestro Hoy, nuestro Ayer y nuestro Anteayer”. [i]

El 14, en efecto, supuso un corte infinitamente más radical en la cultura que el representado por la Revolución Francesa. La irrupción del Romanticismo, que sucedió a la tormenta de la revolución y el imperio en el siglo XIX, hizo tabla rasa de la cultura clásica adherida a los parámetros de la razón ilustrada, pero fue, en última instancia, una rebelión de los jóvenes contra las formas, que les parecían apergaminadas, de un clasicismo al que querían trascender para proyectarse a un espacio expresivo más vivo, más fértil y más emotivo. En lo esencial seguían adheridos a un humanismo que tenía a la libertad del individuo como referente fundamental y que conservaba la fe en el hombre como portador de la llama del espíritu.

Después de la gran guerra esa creencia no quedó totalmente en entredicho, pero sí entró en crisis la persuasión de que el progreso es el imperativo categórico de la humanidad. Se abrieron así las puertas de los tiempos modernos, caracterizados por una profunda desconfianza no sólo en los sistemas de poder que nos gobiernan sino en la misma naturaleza humana. Pero en los años veinte y treinta surgieron activismos políticos que se juzgaban capaces de reformar de manera revolucionaria al mundo. Y con ellos afloraron formas expresivas originales y que también se querían revolucionarias. Con la segunda catástrofe, en cambio, emergieron datos que han tendido a confirmar el pesimismo. Hay un antes y un después de Auschwitz, y un antes y un después de Hiroshima en el campo del arte.

El ámbito de la comunicación se ha expandido de niveles que eran inimaginables antes de la primera guerra mundial. Pero, lejos de instruir de forma adecuada al público se ha convertido en un instrumento de lavado de cerebro, en una herramienta de sujeción y atontamiento de las masas. No quiero decir con esto que no existan hoy obras importantes y programaciones mediáticas alternativas que sean meritorias ni que las potencialidades positivas de ese vector comunicacional estén anuladas, pero la primera impresión que suele tenerse ante la catarata de inanidades o perversidades, o de ambas a la vez, que fluyen desde la prensa y los medios, es la de que alienan al público respecto de la realidad en que vive.

La época de posguerra del conflicto 1914-1918 fue, al contrario del mundo actual, extraordinariamente rica en fermentos cuestionadores del sistema social, y fecunda en soluciones ideológicas que intentaron lidiar con el estado de cosas, no sólo en el plano de la crítica sino también en el de la praxis. El mundo del arte reflejó este espíritu cuestionador o por lo menos reaccionó a su sugerencia con un ánimo por lo general destemplado y a veces caótico, pero casi siempre febril y comprometido con un credo militante. Lo que a su vez contribuyó  a expandir el desencanto que se suscitó tras los desastres en que remataron las experiencias políticas a las que ese espíritu se vinculaba.

Desde luego no intentaremos en estas pocas páginas adentrarnos en el detalle de los cambios que la guerra del 14 promovió en el campo del arte. Lo más que podemos decir en este sentido es que la guerra, más que cambiar las cosas, no hizo sino profundizar desarrollos que ya habían despuntado y que se profundizaron por el desgarramiento que aportó la experiencia del conflicto. Durante los años 20, las artes plásticas fueron el campo predilecto de las dos tendencias que ya habían hecho irrupción antes del conflicto, el expresionismo y el futurismo, que acentuaron la profundidad o la intensidad de su mirada al conjuro de la debacle civilizatoria que se produjo con la guerra. Ambos movimientos presintieron desde su origen los temblores subterráneos que anunciaban la conflagración: el expresionismo abismándose en los desgarramientos de la psiquis o explayando una plena pero inquietante sexualidad, y el futurismo regocijándose con los ritmos que aportaba la civilización mecánica y el placer destructivo que implicaba la guerra.

Cuando esta llegó se cobró un pesado tributo entre los artistas de todos los bandos. En todos los rubros. Boccioni y Sant’Elia entre los pintores futuristas italianos, el escultor Gaudier Brzeszka entre los expresionistas franceses, Alain Fournier y Charles Peguy entre los escritores de la misma nacionalidad y Wilfrid Owen y Rupert Brooke entre los poetas ingleses, son algunos de los nombres de quienes ya despuntaban como talentos o habían realizado una obra cumplida y fueron barridos por la tormenta. Pero muchos más fueron los que perecieron sin haber dejado un trazo de lo que podrían haber sido como miembros de una de las generaciones más dotadas y culturalmente más entusiastas del siglo XX.

El cine

Los testimonios literarios y pictóricos de los testigos de la lucha fueron muchos. En la medida en que funda su sentido en la toma directa de escenas en vivo, el aporte documental del cine no fue tan grande como pudo esperarse. Esto se debió en parte a que el peso de los equipos de la época menguaba la agilidad a los operadores y les impedía seguir con soltura a las tropas en combate. Otro inconveniente que limitó la aportación documental del cine fue que los altos mandos solían desconfiar de la presencia de gente ajena al oficio militar en los campos de batalla y restringían con celosa censura las incursiones de los operadores de las cámaras e incluso de los representantes de la prensa escrita. Pese a ello produjo imágenes enormemente sugestivas y dejó un testimonio válido de la vida en las trincheras, como puede comprobarse a partir de la exhumación y restauración de mucho del material que estaba enterrado en los archivos y que, por estos días, ha sido puesto en circulación con motivo del aniversario de la guerra.

En materia de aportes creativos a nivel personal el cine dio menos que otras disciplinas artísticas durante el período bélico propiamente dicho; pero a posteriori produjo filmes que dejarían una huella imborrable. “Cuatro de infantería”, de Georg Wilhelm Pabst, “Yo acuso”, de Abel Gance, y la epopeya de la revolución rusa recreada por Eisenstein, Pudovkin y Dovcenko en filmes como “El Acorazado Potemkin”, “Octubre”, “El fin de San Petersburgo” o “Arsenal” serían páginas esenciales de la evolución del cine como forma artística y como instrumento de movilización o concientización del público. Ese aporte se integró al arte del filme e incluso –en la forma del montaje- se incorporó a la literatura.

Sobre las postrimerías del conflicto, Charles Chaplin realizó una película memorable, “Armas al hombro”. En ella realizó un aporte humorístico en clave grotesca a favor del bando aliado, sin dejar de salpimentarla con una ironía que suponía una crítica generalizada a la parafernalia militar y al absurdo de la guerra. [ii] El gran David Wark Griffith concurrió al frente para dar su testimonio filmando en las trincheras, pero su película ficcional, “Corazones del mundo”, se mantuvo en el nivel melodramático y  sentimentaloide que había señalado su labor previa, y formalmente no superó el nivel de aporte lingüístico que tuvieron sus obras inmediatamente anteriores, fundamentales para la forja del lenguaje específicamente fílmico. Lo que es peor, si en “Intolerancia”, su película de 1916, había elaborado un encendido alegato contra la guerra, en su filme rodado en Francia cayó en excesos chauvinistas o francamente racistas.

Las otras  aproximaciones norteamericanas al tema de la guerra, aunque algo posteriores a esta, produjeron varias obras interesantes  –“Alas”, de William Wellman, “Ángeles del infierno”, de Howard Hughes, Edmund Goulding y James Whale; y “El gran desfile”, de King Vidor. En ellas, salvo en la película de Vidor, que intentó una revisión en clave pacifista del conflicto, se asistió sobre todo al explayarse de lo que Steven Spielberg denominó como la forma específicamente norteamericana de hacer cine: en contraposición a los europeos, “que se ocupan de la psicología y de los seres singulares, los estadounidenses prefieren referirse a hechos y máquinas”.

Narradores y poetas

En la literatura los tributos contemporáneos al fenómeno bélico fueron mayores. Uno de ellos, en realidad, fue memorable, tanto por su nivel estético como por el peso de su contenido filosófico, atrapante y deletéreo, hasta el punto de convertirlo en una obra clave del pensamiento moderno. Me refiero a Ernst Jünger y a “Tormentas de acero”, y a una serie de otros de sus escritos producidos poco después.

Entre los aportes literarios británicos no pueden soslayarse las poesías de guerra, que pronto pasaron de los arrebatos líricos del principio a imágenes mucho más descarnadas y dolorosas. El inglés Rupert Brooke figuró entre los primeros y no tuvo mucho tiempo para evolucionar hacia posturas menos entusiastas: murió en Grecia por una fiebre contraída cuando se dirigía a participar de la campaña de Gallípoli.

Wilfrid Owen y Siegfried Sasoon dieron un testimonio muy distinto. El primero combatió como oficial del ejército británico hasta que debió ser internado en un hospital psiquiátrico víctima de “shell shock”. Es decir, de una conmoción psicológica causada por el estrés de la batalla. A mediados de 1918 volvió al frente y fue muerto pocos días antes de acabar la guerra. Su “Himno por una juventud condenada” se aleja por completo de la poesía celebratoria y posee una intensidad trágica que resume bien la sensación de desamparo de los jóvenes que se enrolaron soñando una “guerra fresca y pimpante” y despertaron en el corazón de una pesadilla.                                         

¿Doblarán las campanas por aquellos que mueren como ganado? 

Sólo la rabia monstruosa de los cañones 

el rápido tartamudeo de los fusiles 

pueden rezarles una breve plegaria. 

 

 Para ellos, no más ceremonias, oraciones ni campanas 

ni voces de luto o salvas en coros, 

Sólo el agudo, rabioso gemido de coros de obuses 

y clarines llamándolos desde dolientes condados. 

 

 ¿Qué candelabros pueden encenderse para ellos? 

No en sus manos de niños sino en sus ojos

brillará la sagrada luz de los adioses. 

 

La pálida mirada de las muchachas serán sus mortajas; 

Sus ofrendas, la ternura de dolidos recuerdos 

y cada lento atardecer se inclinará ante sus memorias.

(Versión de J.C.G.A.)

Siegfried Sasoon conoció a Owen en el hospital, donde Sasoon había sido internado para salvarlo de una corte marcial cuando publicó una carta a los altos mandos exigiendo el fin de la guerra. Su prestigio como poeta y aún más su distinguidísima hoja de servicios en el frente hizo que sus superiores intentaran soslayar el escándalo dirigiéndolo a ese sanatorio. Sasoon, que más tarde volvería a la guerra y sería herido en la cabeza, tuvo una larga y prolífica carrera literaria y dejó en sus poemas, en sus “Memorias de un oficial” y en los dos volúmenes posteriores de las mismas, un relato descarnado de su experiencia en el frente francés. Su poesía reflejó la traza trepidante y conmovida que el conflicto había producido en su existencia. Sasoon se hizo también amigo de Robert Graves, el poeta y novelista inglés que luego sería conocido a nivel mundial por su díptico sobre la historia romana titulado “Yo Claudio” y “Claudio el dios y su esposa Mesalina”. El libro de Graves “Adiós a todo eso” fue uno de los hitos de la literatura de guerra y por cierto uno de los relatos más frescos y vívidos de la vida de un oficial en las trincheras. En el mismo registro melancólico Ford Maddox Fox escribió “El final del desfile” (“Parade’s end”) en forma de relato de ficción, pero también recuperando su experiencia en campaña. La decadencia de un estilo de vida como consecuencia de la irrupción de la guerra es su tema. Tuvo numerosos imitadores, no siendo el menos en vista la actual y popular serie televisiva inglesa “Downton Abbey”.

 


Notas 

[i] Stefan Zweig, “El Mundo de Ayer”, Acantilado, Barcelona, 2009.

[ii] Aunque escapan a los límites de este relato no pueden dejar de mencionarse obras como “Sin novedad en el frente”, de Lewis Milestone, tomada de la novela homónima de Erich María Remarque; “La gran ilusión”, de Jean Renoir y, más próxima a nuestro tiempo, la formidable “Paths of Glory”, de Stanley Kubrick. 

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