A un siglo del estallido de la primera guerra mundial

16
AGO
2014

Periferias

Trece
T.E. Lawrence. La tutela británica de la renovación árabe condenaba esta a nacer mutilada.
Turquía, Asia central y medio oriente. El genocidio armenio. T. E. Lawrence y la revuelta árabe. América latina. Irigoyen y la neutralidad argentina. El espejismo de la victoria deslumbra al mando alemán. El informe Czernin.

Si bien los frentes occidental y oriental europeos fueron los determinantes en la definición del curso de la gran guerra, lo que estaba aconteciendo en la periferia del conflicto tenía dimensiones muy grandes y sería de capital importancia para el desarrollo de los asuntos mundiales, no sólo en las décadas posteriores a la guerra, sino incluso mucho después. Hasta el punto de que ciertas reconfiguraciones del mapa que se produjeron en esos años siguen siendo heridas abiertas en el mundo de hoy.

Turquía y los pueblos colocados bajo el dominio del imperio otomano fueron protagonistas de los más significativos de esos episodios. Uno de ellos fue la masacre del pueblo armenio, descrita por muchos como un acto tan cruel y deleznable como el genocidio perpetrado contra los judíos durante la segunda guerra mundial. Ambos fenómenos no son del todo equiparables, pues el primer caso se trató de un expediente militar, impulsado por las circunstancias y por la expeditiva brutalidad de Enver bajá y sus socios entre los “Jóvenes Turcos”, mientras que el segundo resultó de una decisión deliberada y aplicada en forma sistemática y “científica”; pero la calificación de genocidio a la matanza de los armenios entre 1915 y 1917 no parece impropia. La direccionalidad de la masacre, que se encarnizó contra un grupo étnico, sus dimensiones y el carácter indiscriminado que esta tuvo no permiten mayores dudas.

Repartido entre Rusia y Turquía, el pueblo armenio tenía fundadas aspiraciones a ser reconocido como una nación independiente. Sin embargo, puestos a elegir entre las dos naciones que los oprimían, los cristianos armenios se inclinaban en última instancia del lado de la Rusia ortodoxa, en razón de la común confesión religiosa y de las promesas del zar en el sentido de dotarlos de ciertas libertades administrativas y de culto. El Partido Nacional Armenio envió una misión secreta a occidente para defender la causa de una Armenia independiente. Cuando el ejército turco se replegó derrotado por los rusos en el Cáucaso, en la batalla de Sarikamisch, los armenios de Turquía, alentados por sus paisanos del otro lado de las líneas, realizaron sabotajes en la ruta del ejèrcito turco en retirada y adoptaron una actitud de franca insurrección. En el ejército turco muchos armenios desertaron. El castigo no se hizo esperar. El mando sacó de filas a todos los soldados y oficiales de ese origen, los desarmó, los agrupó en batallones de trabajo y los deportó o fusiló, mientras que los pueblos armenios eran incendiados y todos sus habitantes –hombres, mujeres y niños- enviados al sur, cuando no ejecutados en masa. Grandes convoyes de deportados fueron dirigidos hacia Siria, a pie. Muchos murieron en el camino. Y cuando los sobrevivientes llegaron agotados a Alepo fueron dirigidos hacia el desierto, donde morían de inanición.[i] Las estimaciones en torno al número de víctimas varían, pero parece razonable ubicarlas en torno al millón.

En el mundo árabe la brutalidad de estos procedimientos y la serie de condenas a muerte que recayeron sobre miembros de la intelligentsia siria por haber tenido contactos informales con el cónsul francés, antes de la guerra, para debatir el tema de la nación árabe, desencantó definitivamente a los árabes respecto de las promesas de los jóvenes turcos acerca de de la comunión de los pueblos musulmanes. Estos episodios daban cuenta de la disgregación del imperio turco, pero los árabes del litoral mediterráneo estaban demasiado constreñidos y vigilados para lanzarse sin más a una insurrección.

Los británicos hacía mucho que venían reflexionando sobre un levantamiento antiturco en el Medio Oriente. Tenían intereses muy fundados para alentarlo. No era el menor de ellos adueñarse de las fuentes del petróleo, un recurso cada vez más esencial para el mundo moderno y la movilidad de los ejércitos, la marina y la aviación. Ya hemos visto como Churchill, Fisher y el Almirantazgo habían dado el puntapié inicial a los emprendimientos petrolíferos en la región con la creación de la Anglo-Persian Oil Co., antes de la guerra. Los británicos ya estaban instalados en Egipto y el Sudán, y deseaban alejar cualquier posible amenaza del Canal de Suez, la vital vía de comunicación con la India y el lejano oriente. Un levantamiento árabe en la retaguardia turca les resolvería también gran parte del problema militar que les suponía el ejército osmanlí, cuya garra habían sentido en carne propia en 1915, en Gallípoli y en Kut-al Amara, donde el mayor general Charles Townsend rindió a su ejército anglo-indio después de perder 30.000 hombres, cediendo también 18.000 prisioneros.

Después de rechazada la ofensiva turca contra el canal de Suez, al principio de la guerra, los acontecimientos en Egipto procedieron con paso cansino. Muy activo era, por el contrario, el movimiento de las negociaciones que tenían como móvil la repartición de las esferas de influencia en el área entre Francia y Gran Bretaña ante la eventualidad del hundimiento turco. Las dos potencias imperialistas habían solventado sus viejas diferencias y estaban aliadas en una lucha a muerte contra el imperio alemán, pero no dejaban de competir en el área colonial. Francia era ya, en el medio oriente, una potencia de menor relieve. Su emprendimiento más memorable, el canal de Suez, había quedado en manos británicas. Pero ante la posibilidad de la fragmentación del imperio turco su apetito se había reavivado y entendía que le correspondía una parte importante del botín.

Un factor que también debía tenerse en cuenta y en torno al cual se engarzarían contradicciones que se cuentan entre las más agudas que existen en el mundo de hoy, fue la cuestión de la creación de un hogar judío en Palestina.

Todas estas cuestiones estaban íntimamente entrelazadas y encontraron testimonios documentales en el Tratado Sykes-Picot y en la Declaración Balfour. A principios de 1916 Mark Sykes, por Gran Bretaña, y François Georges Picot, por Francia, firmaron un tratado por el cual convenían repartirse el Medio Oriente en zonas de influencia. Los franceses recibirían lo que hoy son Siria y Líbano, y se extenderían hacia el norte y el este, en territorio turco hasta Dayarbakir, y hasta Mosul en el norte de lo que es hoy Irak, mientras que los ingleses se quedarían con las actuales Jordania y el grueso de Irak, y prolongarían su zona de influencia a Persia, hoy Irán. Con lo que la parte más apetecible de la región a repartir, la Mesopotamia y Persia, donde existían inmensas reservas de petróleo, quedarían en sus manos. De esa manera los británicos bloqueaban asimismo los intentos alemanes para infiltrarse hacia Afganistán y asomarse a la India. Los acuerdos tuvieron carácter secreto e incluían una cláusula que prometía a Rusia, una vez obtenida la victoria sobre los Imperios centrales, la posesión de Constantinopla y el control del estrecho de los Dardanelos, una ambición centenaria de los rusos.

Estos tratados secretos fueron develados en 1917, cuando los bolcheviques se hicieron cargo de la cancillería rusa después de la revolución de octubre.

Simultáneamente, el Foreign Office negociaba con el sionismo la creación de un hogar judío en Palestina, región que debía ser internacionalizada, pero quedando bajo control británico a fin de administrar las relaciones entre judíos y árabes. El objetivo de este arreglo, que se hizo público en noviembre de 1917 como la Declaración Balfour (por nombre del ministro británico que la negoció), era suministrar satisfacción al influyente lobby sionista que había florecido después de que, a fines del siglo XIX, se agravara el antisemitismo en Europa oriental como consecuencia de la desintegración de las normas de vida semifeudales. Sin embargo, existían también otras razones menos nobles. Una de ellas era introducir un tapón entre la zona de influencia francesa y la británica en la zona. Otra, mucho menos confesable, era poder contar con un elemento nacional capaz de erigirse en un obstáculo para el crecimiento del nacionalismo árabe y, eventualmente, proporcionar a este un elemento diversivo que desviara su dinamismo del que debía ser su principal objetivo: liberarse del predominio colonial británico.

La doblez, expresada en fraseos generosos pero inespecíficos, era típica de la política anglo-francesa en el Medio Oriente. Al mismo tiempo en que se cocinaban el acuerdo Sykes-Picot y la Declaración Balfour, el alto comisario inglés en Egipto, sir Henry Mac Mahon, mantenía una correspondencia también secreta con el jerife de La Meca, Hussein bin Ali,[ii] al que se le prometía la creación de una nación árabe unida en los territorios por entonces dominados por los turcos si los árabes cooperaban en la lucha contra estos. Si los árabes del litoral mediterráneo estaban sofocados por el yugo turco, los nómadas del desierto eran un material humano más disperso y agresivo, y hacia ellos se dirigieron los esfuerzos ingleses para minar el predominio otomano en la región.

El jerife Hussein lanzó por fin la insurrección en junio de 1916, al principio con resultados magros. En efecto, los primeros movimientos dirigidos por su hijo, el emir Faisal, no tuvieron éxito. Las tribus beduinas eran difíciles de coordinar pues no estaban motivadas políticamente y su primer interés era el saqueo. No había una dirección coherente para llevar a cabo el propósito de tomar Medina, en el corazón de la península arábiga y constituirse así en una efectiva amenaza para el dominio turco.

Fue un oficial inglés, T. E. Lawrence, quien inesperadamente dio un vuelco dramático a la situación al dejar a Medina abandonada a su suerte y dedicarse a coordinar los esfuerzos dispersos de las tribus en una verdadera guerra de guerrillas contra las comunicaciones turcas. Luego hizo avanzar a sus hombres hacia el puerto de Ákaba, en el golfo del mismo nombre, al extremo norte del Mar Rojo, lo que lo puso en el flanco sur del ejército turco estacionado en el Sinaí y acortó la comunicación marítima con Egipto. Gran conocedor de la cultura árabe y versado en su lengua, Lawrence se mimetizó con las tribus del desierto hasta el extremo de adoptar su atuendo.

Al mismo tiempo, aunque estaba al tanto (o se daba cuenta, lo que es lo mismo) de que el compromiso británico respecto al establecimiento de un estado árabe era un engaño, Lawrence empeñaba su palabra ante Faisal de que el mismo era válido y que ese era el objetivo que quería alcanzarse. Incluso se ha afirmado que la aquiescencia de Faisal para la creación de un estado judío en Palestino se debió a una deliberadamente equívoca traducción de Lawrence del documento que se hizo público en ese sentido.  Para remediar esta contradicción insanable Lawrence, que tenía escrúpulos morales por lo que estaba haciendo, se comprometió en persona  con la causa árabe y medió para que se satisficieran al menos una parte de sus exigencias. La burla en que se convirtieron las promesas occidentales después de la guerra tuvo probablemente mucho que ver con la evolución de su personalidad. En parte por ese remordimiento, en parte también por los componentes masoquistas que parece haber tenido en su personalidad, después de la guerra se retiró de la política y buscó servir bajo nombres supuestos en la RAF y en el Real Cuerpo de Tanques.[iii]

Lawrence no fue la única personalidad aventurera y pintoresca que anduvo por el Asia menor. El alemán Wilhelm Wassmuss, un diplomático, se convirtió al estilo de vida de los habitantes del norte de Irán y fomentó la rebelión antibritánica en el área, contribuyendo también a lograr la capitulación de Kut. Sin embargo sus emprendimientos tuvieron menos envergadura que los de su par británico. Y le cupo también la triste hazaña de perder una valija con los códigos de la Wilhelmstrasse, que fueron derivados al Room 40, el mismo que había descifrado los de la armada alemana a principios de la guerra. Esto favoreció aun más a los aliados para adentrarse en los secretos de la estrategia germana.

Otros escenarios

Fuera del medio oriente la guerra del 14/18 tuvo manifestaciones episódicas. En África casi todas las posesiones alemanas fueron tomadas en los primeros meses de la guerra y sólo en África oriental el general Paul Von Lettow Borbeck se sostuvo hasta el final de conflicto librando una guerra de guerrillas con sus tropas nativas encuadradas por oficiales alemanes, a los que se sumaron luego no pocos oficiales de color formados durante el conflicto. En el extremo oriente y en el Pacífico los japoneses doblegaron en una dura batalla a la guarnición alemana de Tsingtao, en China, e hicieron pie firme en islas que eran posesión de Alemania en el Pacífico, islas que les servirían de bases durante la segunda guerra mundial contra los angloamericanos.

En América latina la guerra tuvo una repercusión indirecta. México, envuelto en los dolores de parto de su revolución, no contaba. En cuanto al resto, los países de América central que estaban virtualmente bajo control norteamericano, y Brasil, que tenía una suerte de alianza estratégica no escrita con Estados Unidos, se sumaron al bando aliado a través de declaraciones formales de guerra, no acompañadas de actos concretos para sustentarlas. La generalidad de los estados mantuvo la neutralidad. En algunos casos, después del ingreso de los EE.UU. a la guerra, se solidarizaron con este en una común repulsa a la guerra submarina y llegaron a romper sus relaciones con los imperios centrales.

En Argentina el presidente Hipólito Yrigoyen se manifestó como un decidido partidario de no involucrar al país en una guerra en la que a este no se le había perdido nada. Más bien al contrario. El conflicto favorecía el desarrollo de la incipiente industria nacional. Como consecuencia de la guerra submarina y sobre todo porque las manufacturas importadas que consumía el país en ese momento eran necesarias en las naciones que las producían y eran absorbidos por estas, hubo la necesidad de suplantarlas en la medida de lo posible. Esto animó la producción local de esos insumos. Como no había por ese entonces una conciencia industrialista y como a Argentina hasta ese momento le había ido relativamente bien en el rol de país factoría, abastecedor carnes y cereales e importador de productos acabados, cuando la guerra terminó ese proceso terminó también.

Pero el asunto de la participación argentina en la guerra era más amplio. Se suscitaron grandes presiones para que el país ingresase a la lucha. Se invocó incluso el caso de un par de buques de bandera nacional hundidos por los submarinos para sustentar esa proposición. La clase alta y la intelectualidad formada en el culto a Europa tronaban desde el púlpito de La Nación o de La Prensa sobre la necesidad de contribuir a la lucha de la civilización contra el autoritarismo prusiano. Los miembros de la clase media de fresco cuño inmigrante, italianos, franceses o ingleses, también batían el parche, mientras que los de origen alemán defendían el neutralismo. Los rapsodas de la civilización latina enfrentada a la brutalidad germánica producían sus alegatos. Yrigoyen permaneció impertérrito. Su política era no comprometer al país y seguir vendiendo la producción agropecuaria en vez de trocar esa condición de acreedor favorecido por las circunstancias, por la de aliado al que la solidaridad de la causa común lo obligaba a abaratar o brindar en condiciones favorables al comprador los envíos de alimentos y materia prima que requerían los países beligerantes. Además, y sobre todo, era consciente de la razón última que subyacía a la presión por ingresar a la guerra: la necesidad de británicos y franceses de encontrar otra materia prima que estaba haciéndoles desesperadamente falta: la carne de cañón.

Notas

[i] Marc Ferro: “La grande guerre 1914-1918”. Gallimard, 1969.

[ii] Es decir, el máximo referente religioso del mundo musulmán.

[iii] Thomas Edward Lawrence, personaje de psicología atormentada, fue víctima de varias biografías y hasta de una notable película, que hiperdramatizaron su figura. Su vida, sin embargo, tal como puede apreciarse en el libro escrito por Jeremy Wilson, fue mucho más consistente y dramática que su leyenda. Formado en Oxford, arqueólogo notable, especializado en fortificaciones medievales y protagonista de investigaciones y búsquedas en la zona de Karkemish, cerca de la actual frontera turco-siria antes de la guerra, fue reclutado –como era norma- por el Intelligence Service para que informara acerca de la penetración alemana en los lugares del imperio turco donde desarrollaba sus tareas. Al estallar el conflicto fue dirigido al servicio de informaciones del ejército inglés en El Cairo, de donde fue enviado al desierto para consagrarse a la misión que le dio fama. Pero fue también y quizá ante todo un magnífico escritor, autor de uno de los libros más notables de la literatura inglesa del siglo XX, “Los siete pilares de la sabiduría”, en el que relató su experiencia como conductor, entre otros, de la rebelión árabe. Murió en 1935, de resultas de un accidente de moto.  

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