A un siglo del estallido de la primera guerra mundial

09
AGO
2014
Afiche de propaganda alemán alentando la guerra submarina.
1917 fue testigo de los hechos más trascendentales de la guerra, que marcarían el curso del mundo por las siete décadas siguientes: la toma del poder en Rusia por los bolcheviques y el ingreso de EE.UU al conflicto.

La estrategia británica en los conflictos europeos había sido, como se ha señalado más arriba, rehuir el choque frontal con sus competidores continentales, combatirlos en la periferia arrebatándoles sus colonias, subvencionar con las riquezas que extraía de ellas a sus aliados contingentes (“Gran Bretaña no tiene amigos ni enemigos, sólo sus intereses son permanentes”) e intervenir en las guerras europeas sólo para actuar como el fiel de la balanza: como el factor que en un momento dado podía volcar la suerte de una guerra. Esta planificación era el fruto de la clara comprensión geopolítica que sus dirigentes tenían respecto de su situación insular y de las ventajes que suponía esta. Desde luego, esta perspectiva y este programa requerían de una clase dirigente esclarecida y de una fuerte armada para hacerlos posibles, así como de una gran tradición de vida marinera.

En 1914, sin embargo, la fórmula que privilegiaba al arma naval por sobre todas las cosas ya no era sustentable, pues la caída de Francia y Rusia hubiera desnivelado irremediablemente el equilibrio de poderes, dejando a Inglaterra sola frente a una Alemania que estaba en vías de convertirse en una potencia naval capaz de disputar el dominio de los mares. Por lo tanto, las tropas británicas y de los dominios y las colonias afluyeron en masaal frente en Francia.

Esto no quiere decir que el factor marítimo perdiera importancia. Al contrario, era vital para mantener abiertos los accesos a las islas británicas y para bloquear la corriente de suministros que podía llegar a los alemanes. El objetivo era estrangular a Alemania por hambre. Los alemanes a su vez se proponían hacer lo propio con los ingleses. Puesto que su flota aun no podía competir en condiciones de igualdad con la flota británica, como se demostró en los combates de Dogger Bank y de Jutlandia (cualesquiera hayan sido las ventajas tácticas que los alemanes obtuvieran en el segundo de esos encuentros), el Almirantazgo alemán pronto apostó al valor de una nueva arma, el submarino, para cortar los accesos a las islas y sofocar así su economía.

Un emprendimiento de este tipo conllevaba riesgos políticos muy altos. En efecto, las leyes del mar vedaban el ataque a navíos neutrales –en especial si eran de pasajeros-, exigían la inspección de los navíos mercantes enemigos interceptados para determinar si había un cargamento calificable como material de guerra y estipulaban la evacuación de los tripulantes antes del hundimiento del buque. Esta tarea era relativamente fácil para los británicos, que dominaban la superficie de los mares, pero riesgosa para los submarinos alemanes, que debían emerger y emplear horas en el cumplimiento de esa rutina, durante las cuales quedaban expuestos a la irrupción de los destructores ingleses. Por otra parte los británicos comenzaron a armar a los mercantes con una pieza de artillería y apelaron también, como dijimos más atrás, a la estratagema de los “buques Q”. Los “buques Q” eran naves que aparentaban estar desarmadas y enarbolaban banderas falsas. Cuando un submarino alemán se aproximaba a inspeccionarlas los tripulantes arriaban el pabellón falso, izaban la Union Jack, abatían las amuras y descubrían su arsenal de cañones, ametralladoras y torpedos con los que atacaban al sumergible. Los submarinos de la primera guerra mundial eran ingenios frágiles y cualquier impacto los hacía incapaces de sumergirse o los hundía.

Con todo, al principio de la guerra los submarinos alemanes se ciñeron en lo posible a las instrucciones del código de guerra vigente. No siempre, sin embargo: en mayo de 1915 el trasatlántico de bandera británica Lusitania fue torpedeado sin intimación previa frente a las costas de Irlanda. Murieron 1.198 pasajeros, de los cuales 128 eran estadounidenses. La embajada alemana en Washington había emitido poco antes de la partida del paquebote un aviso advirtiendo los riesgos que correrían los pasajeros que viajasen en la zona de exclusión proclamada por Alemania en torno de las islas británicas. Al pie de un aviso de la línea Cunard que anunciaba la salida del barco, la embajada había insertado un comunicado que reafirmaba esa advertencia. Aunque el Lusitania transportaba, disimulada entre su carga, un centenar de toneladas de municiones para los aliados, este hecho fue escamoteado por la prensa aliada y el brutal ataque contra civiles en el mar exasperó a la opinión pública. En Estados Unidos se produjo una fuerte presión para intervenir en la guerra para vengar al Lusitania. De momento, sin embargo, esa presión fue resistida por el gobierno del presidente Woodrow Wilson, que se encontraba próximo a un renuevo electoral y no deseaba introducir el tema de la beligerancia en un país donde predominaba la opinión aislacionista.

El revuelo que se produjo en torno a ese acto indujo al gobierno alemán a reducir al mínimo una campaña que hasta ese entonces había servido más para causar problemas que para aportar soluciones. Sus magros resultados no compensaban el desgaste político. Esto se debía también a que la campaña submarina se había iniciado con insuficientes medios para llevarla a cabo. Al comenzar la guerra los alemanes disponían de apenas 20 o 25 submarinos, de los cuales sólo siete u ocho podían prestar servicio a la vez. Esa cantidad de sumergibles fue aumentando con el correr del tiempo, pero el káiser, sostenido por el canciller Bethmann Hollweg, mantuvo la veda a la caza submarina hasta marzo de 1917.

Ello provocó un fuerte disenso con el almirante Von Tirpitz, propulsor de la guerra submarina a outrance, sin límites ni reparos, contra todos los navíos que pretendieran entrar en aguas británicas, fuesen de países beligerantes o no. Su insistencia rozó los límites del desacato y en marzo de 1916 fue forzado a dimitir. La armada, sin embargo, mantenía su confianza en la guerra submarina sin restricciones como el expediente decisivo para ganar la guerra.

A fines de 1916 se hacía evidente para Alemania que había que tratar de poner fin al conflicto. Las victorias en el frente ruso habían sido brillantes, Rumania había sido derrotada en una campaña relampagueante y el frente del oeste había resistido todos los ataques aliados infligiendo bajas terribles a ingleses y franceses. Pero, pese a los reveses, Rusia seguía en pie. Nadie percibía todavía la naturaleza extrema del vendaval revolucionario que se avecinaba. El bloqueo británico estaba empezando a sentirse en la vida cotidiana: la escasez de alimentos comenzaba a notarse. El invierno de 1916-1917   fue conocido como “el invierno de los nabos”, porque esa legumbre pasó a ser parte inevitable de una dieta cada vez más pobre en calorías. La situación sólo podía encontrar salida a través de un arreglo negociado o de un esfuerzo bélico supremo para ganar la guerra.

La paz fue el primer objetivo con el que se tentó suerte. Con suma torpeza, sin embargo. El káiser formuló su oferta de paz de una manera tan arrogante y en tono tan triunfal que sólo podía causar molestia en la opinión pública de los países aliados y facilitar así la tarea a sus gobiernos, que estaban decididos a rechazarla. No se formulaban reivindicaciones precisas, pero de acuerdo a los documentos publicados luego de la derrota, iban a contener exigencias que en ningún caso hubieran sido aceptadas por los aliados. Estos, a su vez, guardaban in petto aspiraciones no menos sino aun más desorbitadas respecto de las potencias centrales. Condiciones, dicho sea de paso, que se cumplirían con creces después de terminado el conflicto.

La diferencia entre ambas posturas residía en que Alemania ya no estaba segura de sus posibilidades, mientras que los aliados creían que sus enormes recursos, el agotamiento por hambre del pueblo alemán y la superioridad numérica en el frente les otorgarían la victoria en la guerra de desgaste en que se habían empeñado. Y tenían también una bien fundada esperanza en que en un momento u otro Estados Unidos sería arrastrado a la guerra de su propio lado.

Norteamérica, en efecto, derivaba inexorablemente a ello. Tal tendencia se debía tanto a la naturaleza intrínseca del capitalismo norteamericano como a la presencia de factores coyunturales que propendían a una urgente entrada en guerra al lado de los aliados.

El ingreso de Estados Unidos a la guerra

La sociedad norteamericana había realizado su configuración como una extrema forma de capitalismo industrial en la guerra civil de 1861-1865. El Sur agroexportador, conducido por una aristocracia rural interesada en la perpetuación de la esclavitud como base del desarrollo económico, había intentado separarse del norte industrial y había sido vencida en una guerra civil implacable, que costó 600.000 muertos (más que los caídos en la primera y segunda guerras mundiales). A partir de allí el país ingresó una fase de vertiginoso desarrollo, que culminó con la conquista del Oeste y la paulatina desaparición de los fundamentos del separatismo sureño. Las comunicaciones ferroviarias y fluviales crecieron a ritmo excepcional y hacia la década de 1890 se había consolidado un inmenso mercado interno. La propensión a la expansión imperialista siempre había estado presente y se había ejercido sobre todo a expensas de México –al que se arrebató la mitad del territorio en la guerra de 1846/48-, y de los países de Centroamérica. Pero esas conquistas no bastaban para satisfacer el apetito de mercados y pronto apareció una corriente imperial agresiva cuya primera víctima fue España, a la que se despojó en una guerra breve y casi sin bajas, de los últimos florones de su imperio donde no se ponía el sol. Cuba, Puerto Rico, Filipinas y varias islas del Pacífico pasaron a manos norteamericanas, pronunciando esa orientación hacia el Asia que había sido inaugurada con la anexión de las Hawaii. El canal de Panamá, abierto tras manipular una rebelión que desgajó a ese territorio de Colombia, vino a unir al Atlántico con el Pacífico y a asegurar una vía de comunicación estratégica que respondía a las preocupaciones del almirante William Thayer Mahan, uno de los fundadores de la teoría geopolítica junto al británico Halford Mackinder y al alemán Friedrich Ratzel.[i] El canal se inauguró el 15 de agosto de 1914, apenas dos semanas después de iniciada la guerra en Europa.

La presencia norteamericana en los asuntos mundiales se había exteriorizado mucho antes, con la forzada apertura del Japón por obra de la “visita” los buques del comodoro Mathew Perry en 1852-54, pero cobró vigencia a fines del siglo XIX y principios del XX por el activo papel desempeñado por la Unión en Asia. En 1900, como consecuencia de la revuelta “bóxer” en China y de la represión de esta por Estados Unidos, las potencias europeas y Japón, el Departamento de Estado se apresuró a especificar que se debía mantener la integridad del territorio chino y que todas las potencias debían gozar de igualdad de derechos para comerciar con China. La política de “puertas abiertas” en China (Open door policy) apuntaba a preservar el derecho de ingerencia para Estados Unidos en el saqueo de esa nación, en previsión del expansionismo de las potencias más próximas a ella, como Japón, y Gran Bretaña, Francia y Rusia aposentadas en la India, el sudeste asiático y Manchuria. La desconfianza norteamericana hacia Japón era muy fuerte y fue esta la que determinó que en 1905 el presidente Theodore Roosevelt mediara para imponer la paz en la guerra Rusia y Japón, forzando a este último a aceptar unas condiciones que estaban lejos de ser todo lo satisfactorias que podrían haber sido de acuerdo a sus éxitos militares y a la marcha general del conflicto, connotado por una ininterrumpida serie de victorias terrestres y navales niponas.

A Estados Unidos le convenía el criterio británico del balance de poderes como expediente para controlar la situación en Europa. Su situación geográfica replicaba, a escala global, la situación insular de Inglaterra, y su clase dirigente tendía a verse como su sucesora. Estados Unidos siempre gozó –por lo menos hasta la era de los misiles intercontinentales- de un espléndido aislamiento. Canadá nunca fue un problema y a América latina siempre se la vio como el patio trasero de la propia casa. Por lo tanto EE.UU. era una isla continente cuya posición sobre los dos océanos más grandes del planeta daba sustentabilidad a las tesis del almirante Mahan en el sentido de que “quien domine el mar domina al comercio mundial, y quien domine el comercio mundial domina al mundo”.

Cuando estalló la guerra en 1914 el gobierno de Woodrow Wilson no tenía motivos ostensibles para participar en la contienda, aparte de la genérica simpatía que podía derivarse de la común cultura anglosajona. El elevado número de votantes de origen alemán o irlandés aconsejaba, sin embargo, cierta retención en esas efusiones. Con el correr del conflicto ingresaron argumentos de mucho mayor peso para fomentar la participación norteamericana. En razón del bloqueo inglés a Alemania, embotellándola en el Báltico, y de la obturación del Adriático para Austria-Hungría, el mercado para los productos norteamericanos se concentraba en los países de la Entente. Estos estaban ansiosos de ellos y no escatimaban dinero en procurárselos. Se establecía así un corredor de ida y vuelta que suponía un círculo virtuoso para el capitalismo norteamericano: vendía manufacturas, cereales y petróleo a los europeos en cantidades ingentes, y luego podía emplear el dinero recibido convirtiéndolo en préstamos para los aliados, de manera que, a la postre, estos venían a quedar en la posición del deudor insolvente, que quedaría por largo tiempo rendido a la sujeción norteamericana y asegurando así un papel predominante a Estados Unidos en el mundo.

Ahora bien, si esta ecuación era perfecta, podía verse destruida si la guerra terminaba con una victoria alemana, pues entonces no habría quien pagase los créditos otorgados. El ingreso norteamericano a la guerra era, por lo tanto, una cuestión que caía por su propio peso, como expediente para rematar un trámite comercial que estaba expandiendo a niveles siderales el poder y la influencia de la nación. Señala Tarlé que entre la independencia de la Unión y 1914, es decir, durante 125 años, el excedente global de las exportaciones sobre las importaciones se calculaba en poco más de 9.000 millones de dólares, mientras que en el período que duró la guerra, de agosto de 1914 a noviembre de 1918, fue de 10.900 millones de dólares (al valor de la moneda de ese momento). Es decir que, desde el punto de vista de la balanza comercial, cuatro años y tres meses de guerra fueron más ventajosos para EE.UU. que los ciento veinticinco años anteriores, de 1788 a 1914.[ii]

Notas

[i] Una observación menor, pero tal vez ilustrativa, acerca de la continuidad del imperialismo norteamericano y de su conexión con los orígenes menos discutibles de su sistema democrático de gobierno, es que el secretario de Estado que se encontró al frente de las iniciativas que llevaron a la escisión de Panamá y a los trabajos para la apertura del canal, fue John Milton Hay, quien fuera secretario privado de Abraham Lincoln durante la guerra civil. El tratado Hay-Bunau Varilla puso en 1902, al futuro canal, bajo el control perpetuo de Estados Unidos.

[ii] E. V. Tarlé: “Historia de Europa 1871-1919”.

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