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10
SEP
2023

Aniversario en tiempo de guerra (II)

Bombardeo alemán en el centro de Varsovia.
Bombardeo alemán en el centro de Varsovia.
Varsovia ciudad mártir. Entretelones de un abandono. El saldo de la batalla. El PCP y la iglesia católica como garantes del compromiso de la posguerra.

La insurrección de Varsovia había sido lanzada como un deliberado desafío a las posibilidades que ofrecía la realidad. El ejército insurgente era notablemente numeroso en relación a otras formaciones similares en la Europa ocupada, al menos en términos de concentración de efectivos en un solo lugar. Reunía en la capital a aproximadamente a unos 40.000 voluntarios –hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes o incluso adolescentes-, de los cuales sólo unos pocos miles disponían de armas de guerra. La guarnición alemana era inferior en número, pero en las adyacencias de la ciudad había unos 90.000 efectivos, sin contar que apenas producido el alzamiento comenzaron a fluir hacia Varsovia contingentes del frente, incluso del frente italiano. Pero de todos modos los germanos nunca dispusieron de muchas tropas para suprimir la rebelión, y en ocasiones estas eran de inferior calidad. En compensación, disponían de una abrumadora superioridad en armamento y emplearon sin restricciones a la artillería y la aviación para castigar a la ciudad. Tanto Hitler como Himmler quisieron dar un ejemplo a quienes se propusieran reeditar la aventura y decidieron reducir Varsovia a cenizas y castigar a su población con la muerte o la expulsión. Se valieron para ello, amén de las unidades regulares de la Wehrmacht y de las Waffen SS, de un par de brigadas “especiales” de la SS –la Dirlewanger y la Caminski- integradas por ex convictos o por elementos reclutados entre desertores del ejército rojo o entre la población ucraniana o bielorrusa más antisoviética o antisemita.[i]

Esto contribuyó a reforzar el giro brutal y sanguinario que ya estaba contenido en las órdenes dictadas para sofocar el alzamiento. Se cometieron enormes atrocidades, incluyendo no hacer prisioneros, el exterminio de decenas de miles de civiles o su uso como escudos humanos para avanzar sobre las posiciones polacas, lo cual solo podía derivar en su muerte bajo el fuego cruzado. A pesar de todo esto, los insurrectos persistieron en su actitud, incluso tras haber quedado la zona de la que se habían adueñado cortada en tres sectores que sólo podían comunicarse a través de las cloacas.[ii] Su armamento se había incrementado con el que habían podido arrebatar a los alemanes, que no había sido mucho, y con la exigua provisión que les habían hecho llegar los aliados con unas pocas incursiones aéreas que realizaron desde Italia. Con esos elementos los polacos resistieron dos meses, hasta el 2 de octubre, fecha en la que por fin se rindieron ante los alemanes, tras de que estos se comprometieran a respetarles el estatus de combatientes regulares y a enviarlos a normales campos de prisioneros. Habían muerto más de 15.000 insurgentes y un número aproximado de combatientes alemanes, pero también habían perecido de 150.000 a 200.000 civiles, y otros 700.000 habían sido expulsados, tras lo cual los alemanes dinamitaron o incendiaron con lanzallamas lo que restaba de la capital polaca.

La razón por la cual el alzamiento varsoviano corrió ese destino a pesar del momento favorable en que se encontraba la evolución de las hostilidades para los aliados, reside sencillamente en las razones del realismo político y en la mutua y justificada desconfianza que existía entre los miembros de la gran alianza. Aunque tampoco quepa excluir las dificultades operacionales que tuvieron los soviéticos ya que los alemanes lanzaron por esos días unos contraataques que estabilizaron por cierto tiempo las líneas del frente y les permitieron castigar a voluntad a la capital polaca.

Ya vimos, en la nota anterior, como Polonia había sido descuartizada por el pacto germano-soviético. Finis Polonieae pudo decirse en ese momento, remedando a Tadeusz Kosciusko, el líder de la fracasada insurrección antirrusa que en 1794 precedió a la tercera partición del país. Sin embargo, no bien los nazis invadieron la URSS, la entidad polaca volvió a la vida, pues si los líderes occidentales nunca habían dejado de reconocerla, a partir de ese momento Moscú también volvió a concederle estatus, si bien sin admitir su antigua frontera de 1939. Las relaciones entre el gobierno polaco en el exilio y el Kremlin estaban inficionadas por una mutua desconfianza, por no decir animadversión. Las cosas se agravaron cuando, en abril de 1943, los alemanes revelaron el descubrimiento unas fosas comunes en el bosque de Katyn, en territorio soviético ocupado, que contenían alrededor de 25. 000 cadáveres, en su mayoría oficiales del ejército regular polaco, que habían caído prisioneros de los rusos en 1939.

La matanza del bosque de Katyn

En efecto, durante la primavera de 1940, tras un proceso de selección efectuado en los campos, el Politburó emitió una orden secreta emanada de Stalin, por la cual se dictaba la liquidación de oficiales, cuadros policiales, intelectuales y técnicos en los que se había detectado una “orientación antisoviética”. El exterminio se mantuvo en una rigurosa reserva. En la sociedad estaliniana, donde estaba fresquísimo el recuerdo de las purgas que habían asolado a la sociedad entre 1936 y 1939, ese silencio no iba a causar asombro. Nadie tenía ganas de indagar nada. Cuando en 1943 los alemanes publicaron los hechos, el gobierno soviético se apresuró a negar su responsabilidad y se esforzó en atribuir el crimen a los alemanes. La inteligencia interior polaca, sin embargo, suministró cifras e informes que corroboraron la versión nazi. El gobierno polaco en Londres exigió de sus aliados que pidiesen explicaciones a Stalin, y esto determinó que el dictador soviético rompiese relaciones con los polacos del exilio.

Tanto los norteamericanos como los ingleses se sintieron incómodos con el reclamo de los polacos. Esta aparente paradoja reflejaba el predominio de la realidad fáctica sobre los presupuestos de la ética en la guerra, pues, aunque los aliados estaban íntimamente convencidos de que los polacos tenían razón, no querían bajo ningún punto de vista poner en peligro la relación con el gran aliado oriental, que cargaba con el peso de la lucha contra Alemania. En este turbio forcejeo el general Sikorski, primer ministro del gobierno en el exilio, quien pese a su tesitura moderada y proclive a un entendimiento con los soviéticos estaba empeñado en esclarecer el caso del bosque de Katyn, halló la muerte a mediados de 1943 en un accidente de aviación al despegar de Gibraltar. Aunque nunca se ha podido probar nada, hasta el día de hoy ha subsistido la hipótesis de una presunta conspiración británica para silenciarlo. Los agentes al estilo de 007 no son meras imaginaciones febricitantes de un novelista como Ian Fleming, sino que hasta el día de hoy han demostrado una considerable para capacidad moverse con autonomía, bajo un paraguas de tácita impunidad. Sikorski, como poco antes el almirante Darlan, perturbaban el curso de las grandes líneas políticas de los aliados; por lo tanto, al desaparecer de la escena por un accidente o por un acto de terrorismo individual, prestaban un grande aunque involuntario servicio a la causa aliada…

Las tensiones que rodeaban a la cuestión polaca en 1944 eran muy considerables. Churchill y Roosevelt simpatizaban con los polacos, pero los sentían como una molestia, como a unos chicos revoltosos que estorbaban en los asuntos de los mayores. Los polacos, como no podía ser de otra forma, experimentaban las cosas de una manera totalmente diferente. Es más, sabían que su propia existencia como nación pendía de un hilo. Ahora bien, las autoridades polacas en el exilio no podían ignorar que esa existencia iba a requerir de al menos un cierto grado de aquiescencia de parte soviética, y que conseguir esa tolerancia requería mantener un difícil equilibrio entre las partes. El antecedente de la matanza del bosque de Katyn enturbiaba mucho las cosas.

Cuando la resistencia abrió el fuego en Varsovia en agosto del 44 los soviéticos pisaban los suburbios de la ciudad. Se oía el cañoneo al otro lado del Vístula. Súbitamente, ese cañoneo cesó. Las operaciones soviéticas encaminadas a liberar la ciudad se detuvieron de pronto. Las incitaciones al levantamiento también desaparecieron de las ondas de la radio rusa. A la vuelta de unos pocos días los polacos se encontraron enfrentando todo el peso de la represión alemana sin síntoma alguno de estar por recibir una ayuda externa. Los desesperados llamados al gobierno en Londres y de este a las autoridades aliadas para que por lo menos se abasteciese a los insurrectos desde el aire o se les enviase la división polaca de paracaidistas que estaba estacionada en Inglaterra y había sido creada justamente con ese propósito, chocaron si no con la indiferencia, sí con la impotencia de los gabinetes británico y norteamericano para proveer una ayuda eficaz sin ingresar a una disputa muy fuerte con los rusos. Stalin, en efecto, había rehusado de manera tajante comprometerse en el apoyo a los sublevados. “Tarde o temprano –telegrafiaba a Churchill y Roosevelt- conocerán ustedes la verdad sobre el grupo de criminales que se embarcaron en la aventura de Varsovia para adueñarse del poder…” Y poco después rehusó categóricamente que aviones aliados que transportarían provisiones a los sitiados aterrizasen en territorio soviético para repostar antes de emprender el regreso a Inglaterra. Finalmente algunos de estos vuelos se permitieron, pero por supuesto no a la escala y con la continuidad que hubieran sido necesarios.[iii]

Un combate sin cuartel

La batalla por Varsovia fue uno de los mayores combates urbanos librados durante la segunda guerra mundial. Se sabe que los ejércitos regulares rehúyen cuando pueden esa clase de choque, a menos que se encuentren en gran inferioridad de condiciones, pues en ese caso pueden verse favorecidos ya que los combates calle por calle y casa por casa ofrecen múltiples oportunidades para la defensa. Razón por la cual también representan una óptima ocasión a las guerrillas o a los civiles y soldados con poca instrucción que se suman a ellas para batir con eficacia a las unidades blindadas que solo torpemente pueden maniobrar entre los escombros. Los proyectiles de carga hueca disparados con “panzershreck”, lanzadores Piat, Panzerfaust o –en aquella época- incluso los cócteles Mólotov, botellas de nafta usadas como proyectiles incendiarios, podían ser devastadores contra los tanques si se los usaba a corta distancia. Las esquinas, las ruinas, los rincones, los reventados corazones de manzana, todos eran lugares aptos para las emboscadas.

Los soldados del Armia Krajovia, todos voluntarios, todos altamente motivados, casi todos muy jóvenes o adolescentes, dieron testimonio de un coraje que nada, ni siquiera la propaganda estaliniana posterior, que tendió a privilegiar el papel del ejército reclutado por el gobierno de Lublin, de obediencia soviética, pudo opacar.

El episodio varsoviano dejó huellas en las relaciones entre los grandes, constituyéndose, como dijimos en la nota anterior, en el primer episodio de la guerra fría que habría de manifestarse plenamente tres o cuatro años después. El temperamental Churchill sugirió a Roosevelt que se enviasen los aviones lo quisiesen los rusos o no, con la amenaza de que si ese viaje no era permitido, los aliados cortarían los convoyes de suministros a través de Irán y el Ártico. Esta proposición, como la que insinuaría meses después con el proyecto secreto que tuvo como nombre en código “Increíble” y que proponía enfrentar militarmente a los rusos para sostener la frontera polaca –apelando incluso a los remanentes de la Wehrmacht para ello-, posiblemente estaba pensada para que figurase como un testimonio para la memoria histórica y sin ningún propósito serio de llevarla a cabo. Churchill estaba muy consciente de que los aliados, que se aprestaban a dar el asalto final contra Alemania, no se iban a privar de la colaboración rusa, cuya suspensión incrementaría muchísimo el sacrificio para llegar a la Puerta de Brandeburgo.[iv] En realidad, este tipo de fantasiosas ecuaciones eran las que sostendrían las esperanzas de Hitler hasta los días finales en el búnker de Berlín.

Después de la batalla por Varsovia se arrastró en Polonia todavía una subrepticia guerra civil que el Ejército del Interior libraba contra el personero de los soviéticos, el ejército regular polaco montado por los rusos, quienes a su vez, por supuesto, se esforzaban por suprimir a los restos de la resistencia nacionalista. Esta fase fue también evocada en el cine por Andrezj Wajda en su película “Cenizas y Diamantes”, un filme esculpido con un cincel barroco y que cuenta la aventura de Maciek, un sobreviviente de la insurrección de Varsovia al que se le ha encargado la eliminación de un alto cuadro del PC. Wajda, hijo de un militar asesinado en Katyn y combatiente él mismos en las filas del AK a la edad de los dieciséis años, fue capaz, con esta película y con la que la precediera, “Kanal”, de rendir un homenaje a la generación que se sacrificó en la resistencia. Un guion inteligente y una realización matizada y sutil le permitieron eludir la censura.

Esa guerra larvada se cerró con la derrota de las formaciones del AK,                con juicios, varias penas de muerte y sentencias de prisión que fueron revocadas tras el fallecimiento de Stalin en 1953. Este hecho, la desaparición del Vozhd y el “deshielo”, facilitaron la existencia de una corriente en el comunismo polaco en la que subsistía un sentido de la responsabilidad colectiva y de la coherencia nacional, y la gravitación de la iglesia católica como elemento aglutinante de la cohesión nacional frente al extranjero y que había resistido tanto a los alemanes como a los rusos. Estos factores permitieron que dos personalidades eminentes, Wladyslaw Gomulka y el cardenal primado Stefan Wyszynsky arribasen a la solución de 1956, cuando se hundió el estalinismo tras el informe Khrushev. Como señala el historiador británico Norman Davies, “tanto el camarada Gomulka como el cardenal Wyszynsky resurgieron para forjar el compromiso histórico que mantuvo intacta a la república popular durante los siguientes 34 años”.[v]

Moraleja para el presente

La trágica peripecia de la sublevación de Varsovia no debe ser leída como una refracción del actual conflicto de Ucrania, aunque hay elementos que pueden ser traspuestos. Los ucranianos no han sido sometidos durante siglos a la opresión por los rusos; ese papel lo desempeñaron más bien los polacos, que explotaron la condición servil del campesinado ucraniano hasta provocar las feroces rebeliones del siglo XVII, encabezadas por los cosacos, que terminaron poniendo a Ucrania bajo la “protección” de los zares. Además, en el conflicto actualmente en curso, en lo referido a la provisión de equipo, Kiev recibe cantidades ingentes de armas ultramodernas provistas por la OTAN, amén de grandes sumas de dinero.

Las similitudes pasan por otro lado y son de carácter geopolítico. Una vez más, un occidente en este caso movilizado por Estados Unidos, se propone la fragmentación del conglomerado eslavo aglutinado por Moscú. En tiempos de la segunda guerra mundial el propósito era de un radicalismo extremo, propio del delirio del nacionalismo biológico propulsado por el nazismo y se proponía la reducción a la esclavitud o el exterminio de los “untermenschen” que ocupaban el “espacio vital” que sus teorizantes asignaban a la raza superior, pero en el fondo era la proyección –grotesca y trágica- de las aspiraciones del gran capital alemán. Hoy esa ideología disparatada ha sido reemplazada por una teoría aparentemente más racional, pero en el fondo tan desatinada como aquella: una globalización asimétrica que privilegie al capital financiero y ordene al mundo de acuerdo a un puñado de intereses concentrado en torno a la superioridad tecnológica, financiera, informática, comunicacional y militar del occidente desarrollado. Afortunadamente estos parámetros se están alterando de manera muy rápida y hoy es el momento en que asoma una multipolaridad de poderes que hace improbable el éxito de ese proyecto.    

De cualquier modo la insurrección de Varsovia permanecerá como un recordatorio, no sólo de la voluntad de permanencia de un gran pueblo, sino como una advertencia sobre los peligros que acechan en una región del mundo habitada por una historia llena de contradicciones y oposiciones sangrientas. No se debería soplar sobre las brasas de esos incendios, pero por desgracia eso es lo que está sucediendo de tres décadas a esta parte.    

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[i] Dirlewanger fue ejecutado por los polacos en 1946, y Caminski aparentemente corrió la misma suerte antes, a fines de 1944, pero a manos de la Gestapo en su caso.

 

[ii] Quienes hayan visto “Kanal” (1956) , la película de Andrezj Wajda que evocó la etapa final del alzamiento,

recordarán el sacudón que generan sus imágenes, uno de los testimonios ficcionales más duros y emocionantes que ha dado el cine sobre la guerra. Aunque filmada con un criterio menos seco y austero que el film de Wajda, “El pianista”, de Roman Polanski, también suministra un doloroso y eficaz recordatorio del martirio de Varsovia durante la guerra, en esta ocasión desde la óptica de un músico judío polaco.

 

[iii]Churchill, Winston: “Triunfo y Tragedia”, Ediciones Peuser, Buenos Aires, 1955.

 

[iv] En cuanto a frenar al ejército rojo impidiéndole que ganase todos sus objetivos, era una hipótesis irrealizable, pues hubiera representado reanudar la hostilidades –ahora contra un aliado que gozaba de gran prestigio- no hubiera sido soportado por la opinión pública y probablemente hubiera provocado el amotinamiento de las tropas a las que se les encomendara semejante tarea.                                                         

 

[v]Norman Davies, “Varsovia, 1944”, editorial Planeta, Barcelona, 2003. El libro de Davies posiblemente sea el más exhaustivo examen de la insurrección polaca que esté disponible en lengua española.

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