nota completa

05
SEP
2023

Aniversario en tiempo de guerra (I)

Detalle del monumento al alzamiento de Varsovia.
Detalle del monumento al alzamiento de Varsovia.
A la luz del actual conflicto en Ucrania no viene mal evocar uno de los episodios más trágicos de la segunda guerra, donde se puso de manifiesto la compleja relación que se establece entre las aspiraciones ideales y la “realpolitik”.

Por estos días se viene cumpliendo el septuagésimo cuarto aniversario del levantamiento de Varsovia, que se extendió del 1 de agosto al 2 de octubre de 1944. En esas fechas el Armia Krajowia o Ejército Polaco del Interior, lanzaba, bajo las órdenes del gobierno  exiliado  en Londres, la insurrección que venía preparando desde tiempo atrás para desalojar a los alemanes de la capital, que ocupaban desde 1939, cuando habían invadido y derrotado a Polonia y se la habían repartido  con la Unión Soviética, bajo el paraguas del pacto Ribbentropp-Molotov. Cinco años más tarde ese pacto había volado en pedazos, la guerra había dado un vuelco radical, los alemanes, tras estar a las puertas de Moscú, retrocedían hacia el Vístula y se replegaban en los Cárpatos, y las potencias occidentales se aprestaban a irrumpir desde Normandía hacia el corazón de la Europa ocupada por los nazis, mientras en el Extremo Oriente rugía otro conflicto monumental que involucraba al imperio japonés, al británico, a Estados Unidos y a China.

La sublevación de Varsovia fue uno de los episodios más horrendos de una guerra caracterizada por la superabundancia de sucesos espantosos, pero su importancia fue más política que militar, pues representó el primer acto (apenas disimulado por la propaganda) de la guerra fría que pocos años más tarde se explayaría abiertamente entre los ex asociados de la Gran Alianza. Y su recuerdo es hoy más pertinente que nunca si se observa el panorama de la Europa oriental actual, donde una vez más se explayan con las armas las pulsiones agresivas de occidente para con Rusia, y otra vez los rusos dan muestra que no se detendrán ante nada si detectan algo que consideren  como una amenaza a su propia supervivencia como potencia de primera clase.

La suerte de Polonia ha estado muy determinada por su situación geográfica. Nacida a fines del medioevo como un reducto católico frente al islamismo de los tártaros de Crimea y del imperio otomano, enfrentada a los ortodoxos rusos, amenazada por Suecia, empujada por las ansias expansionistas de los barones bálticos, atosigada por sus propias ambiciones hacia Ucrania y Moscovia, vivió guerreando a lo largo de toda su historia hasta que, en el siglo XVIII, Rusia, Prusia y Austria se repartieron sus fragmentos. Esto no fue obstáculo para que el sentimiento nacional polaco siguiera vivo y animara varios intentos de resurgimiento, fracasados o derrotados. Sólo en 1918, cuando los imperios de los Hohenzollern, los Habsburgo y los Románov se hundieron como consecuencia de la Gran Guerra y de la revolución, Polonia volvió a integrarse al concierto de las naciones; no sin vencer, previamente, una invasión bolchevique que replicaba, a su vez, a una agresión polaca que había intentado apropiarse de Ucrania aprovechando el estado de caos que la guerra civil entre rojos y  blancos –estos apoyados por los aliados occidentales- había provocado en Rusia.

Entreguerras

Comienza así el período de entreguerras, en el cual Polonia forma parte del “cordón sanitario” de estados con que Francia e Inglaterra intentan aislar y sitiar a la naciente Unión Soviética a la vez que mantener bajo vigilancia a una Alemania desarmada y debilitada por el tratado de Versalles, pero hirviente de deseos de revancha.

Ese arreglo duró poco. La Unión Soviética superó largamente la potencia que Rusia había tenido bajo el zarismo y en Alemania, una vez llegado Hitler al poder transportado por la ola de desesperación que provocaba la Depresión mundial, el ascenso en materia industrial y en poderío militar creció exponencialmente. El deseo de estabilidad –conservando todas las ventajas que les daba la primacía- que nutrían Francia y Gran Bretaña se hacía pedazos. Pronto el cordón sanitario de contención cedió: Checoslovaquia fue abandonada en la conferencia de Munich y Polonia quedó como único estado tapón entre   Alemania y  la URSS.

Desde 1917 Alemania no ocultaba sus aspiraciones a avanzar sobre Ucrania y el sur de Rusia, y esos deseos se vieron desmesuradamente incrementados con el advenimiento de Hitler al poder: la pretensión de hallar un “lebensraum” o espacio vital en el Este constituía, junto a su  fijación antisemita y su nacionalismo biológico, el núcleo de su ideario político y el motor de su voluntad de poder. Polonia se erigía como un “buffer”, como un estado colchón entre Alemania y Rusia. Esa había sido la intención de los anglo-franceses, que entendían que el cordón sanitario  de pequeños estados como Polonia y Checoslovaquia podía aislar a los soviéticos y rodear a Alemania con un anillo de países favorables a los vencedores de la guerra del 14.

En las condiciones de movilidad y desequilibrio en que vivía esa parte del mundo en ese momento, el proyecto tenía sentido. En 1920, tras rechazar una invasión polaca de Ucrania, los bolcheviques habían avanzado sobre Varsovia, en busca de establecer un puente entre la relativamente atrasada Rusia y la moderna Alemania, combinación en la que   cifraban su esperanza de desencadenar la revolución proletaria mundial o al menos extenderla a toda Europa. Los polacos resistieron y  forzaron a retirarse al ejército rojo; por lo tanto la revolución alemana no llegó a cuajar y la Unión Soviética se dedicó a construir “el socialismo en un solo país”, eufemismo que encubría el fracaso de la gran ilusión internacionalista de Lenin y Trotsky y el reingreso a los tiempos de la “realpolitik”. Que se harían especialmente duros en el período de la construcción industrial y militar de la URSS mediante la colectivización del campo, la industrialización a marchas forzadas y el despotismo policíaco impuesto por Stalin, que remató en las purgas y el gulag.

En el plano internacional se regresó al viejo realismo. Lejos del candor del tiempo en que el gobierno revolucionario ruso publicaba los acuerdos secretos entre el zarismo y las democracias occidentales para saquear a otros pueblos, el pragmatismo volvió a dictar la ley a los gobernantes de Moscú y, lo que fue aún peor, haciéndoles tergiversar, utilizándola con fines espurios, incluso a la solidaridad revolucionaria internacional, cuyas raíces eran aún fuertes, para manipular a movimientos populares y hacerlos funcionar primordialmente como sostén de los intereses del  Kremlin.

Las relaciones entre Alemania y Rusia en ese período tuvieron un carácter oscilante. Derrotadas ambas potencias en la Gran Guerra, asociarse contra el enemigo común anglo-francés era una posibilidad mutuamente ventajosa, sólo que estaba obstaculizada por la oposición irremediable entre el capitalismo y el comunismo, y aún más por las aspiraciones del estado mayor y del establishment germano en el sentido de ganar espacio en el este a expensas de polacos y ucranianos. Por lo tanto la posición de Polonia, emplazada entre dos gigantes que alternativamente tendían a rivalizar o a asociarse, pero siempre pasando por encima de ella, no podía ser más incómoda. En la primera mitad del período de entreguerras la situación todavía podía sostenerse. Pero advenido el nazismo al poder las tensiones no podían sino agravarse.

Como parapeto tras el cual refugiarse los polacos tenían la garantía militar que Francia les había dado en el Tratado de Locarno, comprometiéndose a auxiliarlos en caso de una agresión externa. No conformes con esto suscribieron pactos de no agresión con Rusia, en 1932, y con Alemania, en 1934. A fines de 1937 Hitler comunicó a sus generales que se disponía a poner en práctica una política dinámica hacia su  entorno, dirigida a cumplir los objetivos del Tercer Reich antes de que fuese tarde. Por tarde entendía su propia duración existencial, que juzgaba breve, pero también la superioridad tecnológica que el rearme alemán brindaba a su ejército, que pronto podría eclipsarse no bien los aliados la igualasen y que el potencial industrial de la Unión Soviética y los Estados Unidos, en continuo ascenso, redujeran el alemán a unas proporciones irrelevantes en relación a su deseo de convertirla en el poder hegemónico en Europa. Para cumplir con esa ambición requería de un espacio vital (“lebensraum”) para su país que lo equiparase a los estados- continente como  eran EE.UU. y la URSS.

Sorpresas

Las cosas procedieron más rápido de que él pensaba. Creyendo que en la conferencia de Munich[i] había conseguido una especie de pasaporte a la inmunidad de parte de Gran Bretaña y Francia, incentivó su presión sobre Polonia en torno a la soberanía de Dantzig (Gdansk, en polaco) y le ofreció a cambio una alianza que fue rehusada por el gobierno de Varsovia, advertido de que implicaba que Alemania podría acercarse a la frontera con la URSS y desde allí lanzar su ataque, cosa de la que Stalin estaba muy consciente y  que no toleraría en absoluto. Simultáneamente, Gran Bretaña comprendió que Hitler era imparable, que no se detendría antes de haber obtenido sus objetivos de máxima y que, de lograrlo, alteraría el balance de poder en Europa de una manera para Londres intolerable. El gobierno de Neville Chamberlain, adalid de apaciguamiento, produjo en consecuencia un volte face de 190 grados, suministrando una garantía militar a Polonia en el caso de que fuera agredida por otro estado. Aunque no estaba en absoluto en condiciones de proporcionarle ese respaldo.

La negativa polaca a la propuesta alianza con Berlín y el súbito cambio de actitud de Gran Bretaña, lejos de disuadir a Hitler, estimularon su faceta de jugador a todo o nada: dando un carpetazo (provisorio) a su política anticomunista y antirrusa, se volcó a la idea de establecer un pacto con Moscú que le dejase las manos libres contra Polonia y  le permitiese luego arreglar las cuentas con Francia y Gran Bretaña si estas persistían en su hostilidad contra Alemania. Stalin, por su parte, que se encontraba enfrentado a una negativa de Polonia a dejar entrar a tropas rusas en su territorio para defenderla y asimismo cubrirse de una invasión alemana, y que además percibía la escasa voluntad anglo-francesa de arribar a un entendimiento militar con Rusia para establecer una política común frente a Alemania, decidió ensayar la aproximación con su mayor enemigo, el gobierno nazi. Desarmaba así, también, la trampa que creía le armaban las potencias democráticas: esto es, hacer el gasto de una guerra contra Alemania en la cual las dos potencias que desequilibraban el estatus quo se desangrarían mutuamente. Al proceder de esta manera resolvía la ecuación por pasiva: dejaría que alemanes y anglo-franceses se desgastaran en su lugar.

 A la postre todos quedarían frustrados: los alemanes barrieron a Polonia en tres semanas, a Noruega, Dinamarca, los Países Bajos a Holanda y a Francia en un mes y expulsaron a los británicos del continente en Dunkerque. De todo lo cual resultó que ingleses y norteamericanos no colisionaron con los germanos en gran escala hasta los últimos meses de la guerra, cuando rusos y alemanes se habían hecho pedazos durante cuatro años. “Sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas”…

Los alemanes en Polonia: opresión y alzamiento

Los polacos, mientras tanto, hubieron de sufrir una de las ocupaciones más duras de la guerra. La población judía fue virtualmente exterminada[ii], se dividió al país en zonas, y en la denominada “Gobierno General” la autoridad fue ejercida por el ocupante nazi. No se formó ninguna autoridad local que gestionase los asuntos, se cerraron los institutos de enseñanza media y alta, y la persecución a la intelligentsia fue sistemática: decenas de miles de sus miembros fueron fusilados o enviados a campos de concentración. La represión del movimiento de resistencia fue asimismo implacable. Sin embargo, los polacos consiguieron establecer un entramado clandestino que fungió de alguna manera como estado sustituto, con universidades e institutos de enseñanza que funcionaban de contrabando, mientras se construía un Ejército del Interior que respondía al gobierno exiliado en Londres y que tuvo la astucia de no emplearse al máximo de sus posibilidades: mantuvo una actividad guerrillera puntual, con atentados y con operaciones partisanas en los bosques, pero absteniéndose de realizar operaciones de gran envergadura, mientras construía sus redes y se procuraba el armamento que podía.

Esta discreción operativa tenía un sentido claramente político: se trataba de conservar una organización militar eficiente, capaz de constituirse en el brazo armado del gobierno asentado en Londres y de presentarse como una autoridad soberana cuando los rusos llegasen al corazón de la nación polaca. Para eso había que tomar Varsovia antes de que los soviéticos pudiesen arrogarse el mérito, y poder recibirlos como a huéspedes y no como a liberadores. El momento del alzamiento debía ser en las vísperas de la entrada soviética, para no exponer a la ciudad a una represalia devastadora de parte de los alemanes.

Todo era muy elegante como planeamiento, pero reposaba sobre un imponderable: ¿iban los rusos a acudir en auxilio de los insurgentes cuando se verificase el alzamiento? Las autoridades polacas en Londres dudaban, pero querían creer que los aliados occidentales estarían en capacidad de  ejercer presión para que los soviéticos interviniesen. Por lo tanto gobierno polaco decidió autorizar la sublevación. La fecha sería fijada por el mando del ejército del  interior, comandado por el general Bor Komorovsky. A mediados de 1944 el ejército soviético estaba a poca distancia de Varsovia, tras la monumental derrota que había infligido a los alemanes en la operación Bagration[iii], y parecía imparable, y  los norteamericanos acababan de romper el frente alemán en Normandía, en la batalla de Saint Lo.  La radio rusa instaba a la población de la capital al levantamiento. Winston Churchill transcribe, en el sexto tomo de sus memorias, el testimonio del general Bor sobre el comienzo de la lucha:

“A las cinco de la tarde del primero de agosto, millares de ventanas lanzaron un relámpago de luz al abrirse bruscamente de par en par. De todos lados una granizada de tiros hirió a los alemanes que pasaban, alcanzando a sus edificios y a sus formaciones en marcha. Los civiles restantes desaparecieron de las calles. Desde la entrada de las casas nuestros hombres salieron fluyendo y corrieron al ataque. En quince minutos toda una ciudad de un millón de habitantes se encontraba engolfada en la lucha...Varsovia había dejado de existir como gran centro de comunicaciones donde convergían los caminos del norte, el sur, el este y el oeste del frente alemán.”                 

 (Continuará)                                                                                          

[i] En Munich británicos y franceses cedieron a la presión alemana por anexarse a la región de los sudetes, en Checoslovaquia, de mayoría étnica germana, creyendo a medias en la promesa de Hitler en el sentido de que esa era su última reclamación territorial en Europa. Cinco meses más tarde Alemania ocupó lo que restaba del territorio checoslovaco.

[ii] Un momento especialmente terrible de esta hecatombe estuvo marcada por la insurrección del gueto de Varsovia, en 1943, primer y trágico hecho de armas de los judíos europeos, que serviría de emblema y testimonio fundante para las hazañas militares de los israelíes seis años después.

 

[iii] La Operación Bagration fue el nombre clave de una enorme ofensiva soviética planeada para romper el centro del frente alemán en Rusia, impidiendo de paso que los germanos pudiesen trasladar efectivos al segundo frente que acababan de abrir los angloamericanos en Francia.

Nota leída 1060 veces

comentarios