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26
JUN
2021
Los alemanes se adentran en Rusia, 22 de junio de 1941.
Los alemanes se adentran en Rusia, 22 de junio de 1941.
Se cumplieron 80 años del comienzo de la guerra en el frente oriental. Hay pocas fenómenos como ese para estudiar las tortuosas relaciones que se establecen entre la “realpolitik” y la ideología.

El martes se cumplieron 80 años del ataque de la Alemania nazi a la URSS. Al revés de efemérides como la del desembarco en Normandía, el aniversario no tuvo la resonancia de otros episodios bélicos producidos durante la segunda guerra mundial. El motivo de esta clase de olvido ya ha sido tratado en otras ocasiones en esta columna. Acá bastará decir que es consecuencia de la mirada sesgada que los vencedores del conflicto tienen respecto al esfuerzo que cumplieron quienes efectivamente lo ganaron, en base a la churchiliana ecuación de “Sangre, Sudor y Lágrimas”. Ecuación que hubiera ameritado el colofón: “de los otros”, pues ocurrió que quienes en cantidades superlativamente mayores los derramaron fueron los rusos, las bestias negras de Churchill y de occidente. Y por una buena razón.

Los rusos habían protagonizado la primera revolución socialista exitosa en el mundo y, por motivos que remiten a la geopolítica, por un lado, y a la ideología y a la fórmula comunista que todavía se encarnaba en la URSS, sobre ellos pesaba una excomunión absoluta, a la que se justificaba por el despotismo del régimen. Pero la misma perversión burocrática y la degeneración que la Unión Soviética había sufrido bajo el estalinismo, con las hambrunas, las purgas y el Gulag, eran, en última instancia, la consecuencia del bloqueo y de los ataques que las potencias capitalistas habían llevado contra ella. La industrialización acelerada y la colectivización del campo forzadas por la amenaza externa, en las condiciones de atraso y penuria en que vivía la población, incentivaron la lucha interna por el poder y de ese laberinto resurgió la barbarie “asiática” que caracterizara a la Rusia zarista, mezclada con la brutalidad de una sociedad concentracionaria de corte moderno, con sus deportaciones, sus campos de trabajo y la mano de obra esclava, todo consolidado con las penas de muerte distribuidas a troche y moche entre quienes se podían intuir como opositores al régimen estalinista.  

El conflicto entre la URSS y Alemania estuvo inserto en este esquema. Las potencias aliadas victoriosas en la guerra del 14, Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, estaban interesadas en contener la amenaza bolchevique, ya que no habían podido sofocarla en la cuna. En aras de ese deseo dieron alas a los fascismos que se proponían como el escudo para el sistema. El papel protagónico en esa tarea competía a Alemania, la gran derrotada de la Gran Guerra. Pero, a los ojos de occidente, esa tarea no debía traspasar ciertos límites. El ascenso de Hitler fue tolerado porque, en el fondo, satisfacía la necesidad aliada de contar con un poder fuerte, que se pensaba conservador, para contrarrestar la subversión social que proliferaba en alas de la crisis y la Depresión en Europa; sobre todo en su clave de bóveda, Alemania. Pero Hitler no era un caudillo conservador, un Mannerheim o un Horthy; era un revolucionario plebeyo con rasgos megalomaníacos, astuto y muy capaz de utilizar a quienes pretendían utilizarlo. Su ideología integraba elementos de geopolítica; una percepción muy audaz del momento histórico, que entendía brindaba a Alemania la única ocasión que tenía para convertirse en una superpotencia al estilo de lo que eran o estaban en tren de serlo la URSS y los Estados Unidos, y un nacionalismo biológico que ponía un toque de irracionalidad absoluta a su proyecto, y del cual brotaría muy pronto, en las condiciones de la guerra total, la hecatombe de los judíos y de los pueblos “inferiores”, sometidos a una depuración étnica sin cortapisas.

El sueño del Führer era conquistar el “Lebensraum” o espacio vital para Alemania a expensas de Rusia. Quería reproducir en el Este lo que los norteamericanos habían realizado en el Oeste en el siglo XIX. A partir de allí podía aspirar al liderato europeo y mundial. El problema era que los estadounidenses se habían enfrentado a unas tribus indias dispersas, en un estadio primitivo de vida salvaje, mientras que en Rusia los alemanes iban a lidiar con un pueblo que los triplicaba en número y con una sociedad evolucionada y fuertemente industrializada. La magnitud del disparate debía ser evidente en aquel entonces, pero el proyecto de expansión hacia Ucrania y el Cáucaso ya figuraba en los planes del Estado Mayor germano desde hacía décadas y, de hecho, se lo había comenzado a poner en práctica tras la paz de Brest Litovsk, antes del colapso de las ofensivas alemanas en el frente occidental y la caída del Imperio de los Hohenzollern en 1918. Pero lo que ahora parece ser obvio no lo resultaba tanto entonces. Tal es así que los militares británicos y estadounidenses no excluyeron la posibilidad de un derrumbe ruso hasta un par de años después de iniciadas las hostilidades germano-rusas, el 22 de junio de 1941.

El camino a esa fecha fatídica estuvo sembrado de contradicciones. El socialismo bolchevique, más el carácter judaico que el antisemitismo otorgaba a muchos de sus líderes, brindaba un pretexto perfecto para concitar voluntades entre los sectores conservadores de Europa, que eran grandes, mientras que el toque radical y anti aristocrático del partido nazi movilizaba a los sectores medios, muy sensibles también en ese momento al reclamo antisemita, que Engels en algún momento definiera como “el socialismo de los imbéciles”.

“Realpolitik”

La “realpolitik”, sin embargo, fue el elemento fundante de todo el juego de marchas y contramarchas hasta el inicio de la campaña oriental. Rusia sentía en la piel el riesgo representado por la Alemania nazi. Después de la guerra del 14, sin embargo, había necesitado escapar del encierro y el bloqueo económico en que la habían dejado los aliados tras fracasar en su intento de aplastarla en la guerra civil. Por lo tanto, en 1922, once años antes del advenimiento de Hitler al poder, los gobernantes moscovitas buscaron un socio que les abriese una ventana al exterior. En la conferencia de Rapallo que convocó a las principales naciones europeas para organizar al mundo de posguerra, el gobierno ruso por un lado y el alemán por el otro comprobaron que Alemania y Rusia, las dos grandes potencias derrotadas en el conflicto, estaban en una situación de indefensión y de aislamiento similar frente a sus enemigos. La salida que ambas naciones encontraron fue establecer, pese a las diferencias ideológicas que las enfrentaban, una cooperación activa en el campo comercial, industrial y militar. El intercambio floreció, y la Reichswehr, limitada a una plantilla de 100.000 hombres e impedida de disponer de una fuerza aérea y de una marina digna de ese nombre por las cláusulas del Tratado de Versalles, encontró en la URSS la oportunidad de entrenar a los pilotos de una aviación clandestina y de formar a los cuadros para las que más adelante se convertirían en las divisiones “panzer” que pondrían en práctica las técnicas de la guerra relámpago.

La llegada de Hitler a la Cancillería enfrió esta colaboración, pero las oscilaciones del equilibrio de poder en unos pocos años iban a invertir la situación. Hitler no tenía nada de módico en sus ambiciones: pretendía no sólo restaurar a Alemania en la posición de poder en que se encontraba antes de 1914 sino que aspiraba a ejercer el liderato en Europa y a conquistar el espacio vital que tanto ambicionaba a expensas de Rusia. Para ello necesitaba no sólo reconstituir las fuerzas armadas alemanas sino llegar a un pacto con Gran Bretaña y Francia, que le estaba vedado precisamente por lo desmesurado de sus aspiraciones. Con rispideces, por unos años la cosa anduvo, sin embargo. El límite de la connivencia entre el Tercer Reich y los aliados occidentales se marcó recién después de la conferencia de Múnich, en la cual el Führer proclamó que Alemania había agotado sus pretensiones expansivas y que no tenía más reivindicaciones que hacer en Europa. Cuando Hitler violó ese límite al invadir Checoslovaquia a los pocos meses de alcanzado ese acuerdo[i], la postura apaciguadora franco-británica se quedó sin argumentos y hubo que reemplazarla por una actitud más firme que pusiera a Alemania ante un casus belli de producirse otro acto de agresión.

En ese momento la memoria de Rapallo volvió a cobrar vida y Rusia, que había sido soslayada de la conferencia entre las grandes potencias, que pasaba por un momento de grave inestabilidad interna como consecuencia de las purgas y que se sentía amenazada por un posible ataque alemán al que los aliados occidentales podrían favorecer quedándose simplemente en el molde mientras observaban a los rusos y a los alemanes desangrarse mutuamente, Rusia, digo, estimó conveniente insinuar una aproximación a Berlín a fin de comprar su indemnidad tornándole a los franco-británicos la oración por pasiva: en vez de hacer el gasto, se sentaría a observar como los nazis arreglaban sus cuentas con los occidentales, mientras los abastecía de materias primas y obtenía concesiones de su enemigo en lo referido a las esferas de influencia. El gobierno nazi, por su lado, necesitaba de ese arreglo para terminar con el obstáculo polaco, que fungía como amortiguador de sus ambiciones territoriales respecto a la URSS. Tenía que tener a los polacos como aliados o sacarlos del medio. El “gobierno de los coroneles” polaco se resistía, en efecto, a acordar tanto con Alemania para resolver el diferendo de Dantzig (que hubiera implicado en cierta manera una carta franca respecto a una futura agresión alemana contra Rusia), como con Moscú, que pretendía libre paso por el territorio polaco para enfrentarse con Alemania lo más lejos posible de sus propias fronteras. La actitud de los polacos era comprensible, pero insostenible. La geografía los condenaba. Y sus agresores tenían todo por ganar si firmaban una alianza sobre su cadáver.

Así fue, efectivamente. Tras unas negociaciones entre los aliados occidentales para establecer las bases de la colaboración mili y Moscú que se arrastraron por el poco interés que demostraron los primeros, los rusos pidieron al ministerio de Relaciones Exteriores alemán la apertura de negociaciones al más alto nivel. En un santiamén los alemanes respondieron a la propuesta y ambos países firmaron un pacto de no agresión el 23 de agosto de 1939. En un Protocolo Adicional secreto rusos y alemanes se distribuyeron esferas de influencia en Europa oriental. En consecuencia, a las dos semanas de comenzada la guerra con la invasión germana a Polonia, Rusia hizo lo propio y adelantó sus fronteras hasta el río Vístula. El 30 de noviembre atacó a Finlandia, también con el propósito de poner a Leningrado al resguardo de un eventual ataque. Y en junio de 1940, tras la caída de Francia, se apresuró a ocupar los países bálticos y a penetrar en Rumania para anexionarse Besarabia y Bucovina del norte, zonas que también le habían sido reconocidas como parte de su esfera de influencia por las cláusulas secretas del pacto Ribbentrop-Molotov. Hitler todavía estaba muy ocupado digiriendo la victoria sobre Francia y ansioso por llegar a un acuerdo con Gran Bretaña, a la que hesitaba en invadir. De momento se limitó a enviar tropas alemanas de Rumania, a modo de advertencia a los rusos y como reaseguro de que la única fuente importante de petróleo de que disponía, los yacimientos de Ploesti, se mantuviese a salvo. De todos modos nunca se había apartado del concepto central de su estrategia: hacerse de un “Lebensraum” en el Este a expensas de Rusia. La victoria sobre Francia y la expulsión de los ingleses del continente, que habían revelado al mundo la eficacia de la “blitzkrieg”, lo habían henchido de confianza y, tras comprender que el cruce del Canal de la Mancha sin haber logrado la superioridad aérea y teniendo que lidiar contra la abrumadora presencia de la Marina Real, era una empresa excesivamente arriesgada, volvió a su idea fija. Entendió que la guerra en occidente estaba, si no ganada, al menos neutralizada por un lapso apreciable, y que en consecuencia en ese ínterin podía abocarse a resolver su problema mayor con Rusia para después, ya liquidado este, volverse otra vez hacia occidente para pactar un arreglo con Gran Bretaña o para sofocarla con la guerra submarina y aplastarla desde el aire antes de que fuera tarde. Es decir, “Antes de que el nuevo mundo se adelantase a socorrer al más viejo”, como diría Churchill aludiendo a un compromiso directo de Estados Unidos en la guerra.

Molotov en Berlín

La visita de Vyacheslav Molotov a Berlín en noviembre de 1940 no hizo sino profundizar las diferencias. El ministro de relaciones exteriores ruso era un negociador coriáceo y no se dejó seducir por las ofertas que Hitler y Ribbentrop hicieron brillar ante sus ojos. Antes que participar en el reparto de los despojos de un Imperio británico al que había que vencer todavía, se interesó fundamentalmente en la cuestión del control de los estrechos en el Bósforo, en la salida al Mediterráneo, en disponer de un puerto de aguas cálidas en el Báltico, en subrayar el interés ruso por Bulgaria y en reconfirmar que Finlandia siguiera perteneciendo a la esfera de influencia rusa. Los deseos de Hitler, Ribbentrop y Ernst Von Weizsacker (secretario de Relaciones Exteriores) de orientar el interés ruso hacia Irak, Persia, la frontera norte de la India y el Océano Índico se vieron así decepcionados; los soviéticos, pragmáticos, querían seguridad en su frontera occidental y desemboques marítimos para la Rusia europea.

En realidad, había mucho de fantasmagoría en estas especulaciones: Hitler y el Estado Mayor alemán ya estaban preparando los detalles para la Operación Barbarroja -la invasión de la Unión Soviética, prevista para mayo- desde julio, no bien acabó la campaña de Francia; y Stalin plantearía a sus generales, un mes después de la visita de Molotov a Berlín, la necesidad de prepararse a un choque a todo o nada con Alemania, choque que él esperaba poder demorar hasta 1942, cuando Rusia estuviese más preparada. Desde luego, todas las opciones estaban abiertas y si se hubiese insinuado la posibilidad de que los Cuatro Grandes –Alemania, Italia, Japón y la Unión Soviética- llegasen a alguna conclusión práctica, quizá podría haberse producido algo. Pero la percepción de Hitler sobre la necesidad de hacerse con el trigo de Ucrania y el petróleo del Cáucaso, era tan urgente, como tan grande era la apuesta y la desconfianza que ambas partes sentían por el peligro mortal que implicaba la situación, que una salida amable era casi imposible. El suelo quemaba bajo los pies de Hitler, exacerbando su natural impaciencia.

Fue así que descartó los planes alternativos para la derrota de Gran Bretaña que le proponía la Armada (Kriegsmarine) para aprovechar la alianza con Italia haciendo del Mediterráneo la vía de una “aproximación indirecta” a la victoria. Era una vía complicada y difícil, en parte por la debilidad del aliado fascista, cuyas fuerzas armadas no inspiraban confianza. Se trataba de cortar las comunicaciones del Imperio británico tomando el Canal de Suez y socavando la presencia inglesa en el medio oriente; de componer las relaciones entre la Francia de Vichy y los italianos, que tenían grandes ambiciones en el norte de África y se proponían satisfacerlas a expensas de los franceses; de persuadir a Franco para que permitiese a los alemanes cruzar España para tomar el Peñón de Gibralta, y de sumar a Turquía al frente contra Inglaterra, introduciendo de paso un factor que disuadiese a los soviéticos de tomar una iniciativa contra Alemania. Era un proyecto a mediano o largo plazo, brillante por cierto, pero más apto para potencias marítimas como Gran Bretaña o Estados Unidos que para una potencia continental como Alemania, que se enfrentaba a la amenaza de una guerra en dos frentes, si Roosevelt conseguía convencer a la opinión de entrar en la guerra. En estas circunstancias no fue de extrañar que tanto Hitler como el Estado Mayor se decantasen por Rusia, cuya derrota ofrecía la posibilidad de consolidar por mucho tiempo la posición de los alemanes y dejaría a estos con las manos libres para acordar o combatir a la alianza atlántica.

Stalin, mientras tanto, sentía gradualmente agravarse la amenaza alemana. Mucho se ha dicho sobre la ceguera del “Vozhd” sobre los riesgos que corría, pero tal vez quepa pensar que se trataba justamente de lo contrario: de un exceso de clarividencia que le hacía multiplicar las morisquetas de buena voluntad hacia Alemania; lo cual, en las condiciones del temor cerval y servilismo que había en los medios rusos respecto a “la línea general”, hacía que la prensa soviética enfatizase las denuncias sobre las “provocaciones” que suponían las advertencias occidentales acerca de la inminencia de un ataque alemán. Los temores de Stalin respecto a ese ataque habían sido expresados en privado en su exposición ante los mandos, a la que nos referimos más arriba, y pueden corroborarse en la llamada telefónica que le hizo al novelista y periodista Ilyá Ehrenburg cuando, de motu proprio, le habló para referirse a la novela “La caída de París” que estaba en revisión por la censura antes de ser publicada. Ehrenburg se quejó (en términos que imagino muy comedidos) porque en el marco políticamente correcto de las buenas relaciones con Alemania no lo dejaban ni siquiera emplear la palabra “fascista” en tono imprecatorio. Stalin le contestó que no se preocupase, que siguiese escribiendo y que entre los dos, sacarían adelante esa “tercera parte” de la obra. Ehrenburg se convenció en el acto de que habría guerra y que esa llamada, que circularía por todas partes, era una especie de advertencia sobre lo que se aproximaba.[ii] De todos modos Stalin mantuvo a sus fuerzas armadas en una actitud ambigua, perjudicial para su eficacia: acumuló grandes efectivos en la frontera, pero los mantuvo distendidos, moralmente impreparados para soportar el choque que se venía, por temor a que cualquier movimiento de alerta indujese a los alemanes a precipitar un ataque que él deseaba retrasar al menos un año. Esto crearía una situación que pronto habría de revelarse catastrófica para el Ejército Rojo.

 Al comenzar junio de 1941 los alemanes estaban preparados para lanzar el ataque. Se habían visto demorados por la necesidad de intervenir en los Balcanes para auxiliar a los italianos y eliminar la presencia inglesa de Grecia, pero sobre todo para sofocar un golpe de estado dado en abril por el general de la fuerza aérea yugoslava Dusan Simovic, que derrocó al gobierno pro-alemán del regente del reino de Yugoslavia y proclamó como nuevo monarca al adolescente Pedro II.[iii] Hay opiniones encontradas acerca de la demora que esta desviación hacia el sur de parte de algunas unidades del ejército alemán puede haber acarreado al ataque contra Rusia y por lo tanto respecto al margen que este tenía para lograr sus objetivos antes de la llegada del invierno. Pero no parecen haber sido demasiado importantes, toda vez que no fue la parálisis por el frío sino el contraataque ruso lo que definiría, meses más tarde, la batalla frente a Moscú.

Para Hitler había llegado la hora tan anhelada y tan temida, en aras de la cual se arriesgaba a incurrir en la falta que él mismo había designado como central al definir la causa de la derrota alemana en la primera guerra mundial: librar la guerra en dos frentes a la vez. Además cuántas advertencias históricas prevenían sobre los riesgos de aventurarse en la estepa: Carlos XII de Suecia en Poltava, Napoleón… Horas antes de que la Wehrmacht abriese el fuego, en medio del ambiente de los preparativos del cuartel general, Hitler manifestó: “Me da la sensación como si se abriese la puerta de una habitación oscura, jamás vista, sin saber qué es lo que hay detrás de ella”.[iv]

 

 

[i] Hasta entonces Alemania se había limitado a volver a adueñarse o ejercer potestad sobre territorios que le habían sido sustraídos por el Tratado de Versalles y que tenían una población de raza germana. En este encuadre puede juzgarse al Anschluss, la anexión de Austria a la patria grande alemana. En cambio, cuando en marzo de 1939 Hitler invadió Checoslovaquia y ocupó Praga, puso en evidencia que sus aspiraciones no reconocían límite alguno y que estaban basadas en una clara voluntad expansiva.

 

[ii] Iliá Ehrenburg, “Gente, años vida”, Memorias, Acantilado, Barcelona 2014, pag. 1172.

 

[iii] El golpe había sido fogoneado por los ingleses y encontró respaldo entre el pueblo serbio debido a lo impopular que había caído la adhesión de Yugoslavia al pacto tripartito (Alemania, Italia, Japón). Fue una acción poco meditada por los golpistas y que tuvo unas consecuencias terribles: Belgrado fue devastada por la Luftwaffe en una serie de incursiones; su ejército fue barrido y la nación fragmentada en un tablero que esbozaba, a priori, su actual desmembración.

 

[iv] Citado por Joachim Fest: “Hitler, una biografía”, Planeta, Barcelona 2006, pág. 903.

 

 

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