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30
OCT
2008

La crisis y las armas

Cazabombardero estadounidense de última generación Lockheed Martin
Cazabombardero estadounidense de última generación Lockheed Martin
La debacle de Wall Street es la parte visible del iceberg. Para sostener un sistema de poder económico cada vez más inestable, Estados Unidos sigue apoyándose en la fuerza militar. Y no hay perspectiva de que esto cambie.

La crisis de los mercados –que ha desestabilizado el sistema financiero y que está comenzando a morder ya la economía real- no debería apartar demasiado nuestra atención del escenario político-militar que domina la escena mundial. Después de todo, puede ser que en él se verifiquen las consecuencias más palpables y peligrosas de esta crisis.

En medio de la marabunta financiera, en efecto, nadie, en el seno del gobierno de Estados Unidos, ha juzgado conveniente revisar los parámetros que han distinguido su acción exterior durante los años recientes. Y en cuanto al candidato opositor y probable futuro presidente demócrata, Barack Obama, los únicos indicios de cambio que insinúa en este terreno van hacia una suerte de reordenamiento de las prioridades tácticas, sin renunciar a la estrategia que la superpotencia maneja a fin de implantar su peculiar noción de orden en el mundo.

El presidente George W. Bush firmó, el 14 de Octubre, la ley del presupuesto militar, que asciende a 512 mil millones de dólares. Cifra que aumenta el budget anterior y que, sumadas otras inversiones en otros gastos militares, lleva el presupuesto del Pentágono a alrededor de los 600 mil millones, la mitad de las inversiones militares en todo el mundo. Es decir, que la Unión gasta en su presupuesto militar lo que todos los otros países del mundo expenden en materia de defensa. Esto, mientras el déficit federal ronda los 455 mil millones de dólares, cifra que aumentará con el “plan de salvataje” de Wall Street. Según los cálculos de de David M. Walter, quien dirigió la revisión de las cuentas norteamericanas hasta marzo de este año, a esta altura del partido la deuda pública de Estados Unidos implica un descubierto de… ¡53 mil millones de millones de dólares! Y después nos hablan del “riesgo país” que tendría la Argentina…

Lo que explica el mantenimiento de esta situación es el flujo en la compra de bonos del Tesoro norteamericano por el resto del mundo. La apuesta militar estadounidense es en gran parte producto de la necesidad de sostener este tinglado artificial. No hay enemigos militarmente equiparables a la vista, pero importa mantener un poder gigantesco no sólo para sostener los proyectos hegemónicos que pasan por obtener el control de la energía y la presencia geopolítica que importan al sostenimiento de la preponderancia, sino también para reafirmar una supremacía que reconfirma a los inversores extranjeros para seguir financiando el déficit estadounidense. El miedo no es sonso, dicen. ¿O sí?

La credibilidad de Estados Unidos reposa cada vez más en su fuerza militar; es decir, que el fiel de la balanza se inclina del lado del país que posa sobre uno de sus platillos la espada más pesada. No se puede descuidar tampoco el papel que la estructura de “defensa” norteamericana juega en el mercado del trabajo. Se ha hablado en muchas oportunidades de keynesianismo militar, y con razón. No sólo se ocupa en las Fuerzas Armadas a bastante más de un millón de jóvenes que de lo contrario tendrían que estar buscando empleo en el mercado laboral, sino que, como Estados Unidos finca su noción de supremacía no tanto en la presencia física de sus efectivos sobre el terreno como en su superioridad científica, en su necesidad de mantenerla y en la posibilidad que tiene de armar a los países que se alinean con él, lo que redunda en la fabricación y perfeccionamiento de una parafernalia tecnológica y de diversos sistemas de armas que mantienen encendidas a las usinas de pensamiento innovador en esos campos específicos.

Se trata de un sistema permanente de salvataje que permite bombear cada vez más dinero público a la caja del complejo militar-industrial. Como contraprestación, es la fuerza, como base de una política exterior, lo que determina al resto del mundo a aportar capitales para no tener que enfrentarla o no tener que sobrellevar la vorágine que sobrevendría al estallido de la burbuja.

La perspectiva apocalíptica del coloso desenfrenado es, pues, parte esencial del programa que consiente a la primera economía mundial seguir haciendo equilibrio en el filo de la navaja. El costo que pagan la sociedad norteamericana y el resto del mundo por este peligroso juego de volatinero es inconmensurable. En Estados Unidos ese precio se mide en la disparidad que hay entre el gasto militar y el gasto social. En el resto del mundo por las crecientes probabilidades de choque en las regiones calientes del planeta.

Al respecto Barack Obama no parece diferenciarse gran cosa de su contrincante a la presidencia de Estados Unidos. Lejos de plantear (al menos públicamente) una remodelación de la política exterior que reduzca el papel militar de Estados Unidos, reconfirma la necesidad de mantener su estructura. A su entender lo que único que hay que cambiar -pues algo hay que cambiar cuando la palabra cambio es el leit motiv de la campaña electoral-, es la orientación de la presencia norteamericana en el extranjero. Habría que disminuir la presencia estadounidense en Irak y reforzarla en Afganistán. A esto se reduciría el cambio. A modificar la puntería.

Ahora bien, si Washington va a persistir en su objetivo hegemónico este desplazamiento parece improbable. Amén de peligroso para sus mandantes. Si tenemos en cuenta el carácter irreductible de la topografía afgana y lo intratables que son sus habitantes, meterse más en ese avispero implica la gran posibilidad de repetir los reveses británicos y soviéticos en diversos momentos de la historia. En el caso actual, de profundizarse la actividad norteamericana –o de la Otan, que vendría a ser lo mismo- en ese país, la posibilidad de una conflagración dentro de Pakistán se incrementaría muchísimo. Y en este caso se trata de un país dotado de armamento nuclear. ¿O Estados Unidos estará buscando justamente un pretexto para remover este? En cualquier caso, menudo lío el que se produciría…

La inestabilidad generada por la actividad norteamericana en Medio Oriente, una zona de por sí volátil, como es obvio no va a ceder con una retirada parcial de Irak. Hay indicios recientes de ello que así lo demuestran, como el ataque de una aldea fronteriza siria por helicópteros norteamericanos. Por otra parte, la alianza atlántica persiste en su propósito de integrar a sus filas a Georgia y a Ucrania, así como en construir un escudo misilístico en territorio polaco y checo. El riesgo que significan estas políticas no termina de ser mensurado por el establishment norteamericano, o no parece importarle demasiado, embarcado como está en una carrera a todo o nada por el dominio mundial.

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