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22
MAR
2012

Internet y la “guerra humanitaria”

"Kony 2012". Verdades y mentiras de la Red.
“Kony 2012” es un documental realizado por la ONG “Invisible Children” y resulta arquetípico del discurso que sostiene a la necesidad de “las guerras humanitarias”, el más fresco expediente acuñado por el imperialismo para expandirse.

La guerra mediática se ha convertido en la principal arma de batalla en el actual conflicto que conmueve al mundo y que se define por el antagonismo entre un gran proyecto de globalización asimétrica de la economía y las resistencias, dispersas pero crecientes, que tal proyecto suscita. El despliegue norteamericano y el de sus socios de la OTAN se abre en abanico y abarca desde Asia hasta África, sin excluir a América latina y al posible bloque euroasiático que podría configurarse en el caso de una sólida sociedad entre Rusia y China. El activismo mayor, sin embargo, se ejerce de momento en la periferia de esa eventual confluencia –el Asia central- y en el territorio medio oriental y africano. Es allí donde residen las mayores reservas de petróleo y de materiales estratégicos y los ductos por los que se los transporta. Es allí también donde es posible incidir, con la ayuda de gobiernos corruptos o el aprovechamiento de las tensiones étnicas o confesionales que sufren muchos estados, en la desestabilización de estos y la posterior explotación del caos que su disolución provoca.(1)

El público en general no suele percibir las coordenadas que determinan este movimiento y es asaltado una y otra vez por sorpresas como el derrocamiento de Gaddafi o el súbito estallido de una insurrección en Siria, a los que se vincula con una “primavera árabe” que sin embargo no suele tener en todos lados las mismas características o que es contrabalanceada por cesiones parciales del poder de parte de viejos sátrapas a sueldo de Washington, como Hosni Mubarak en Egipto; cesiones que consienten descomprimir hasta cierto punto la situación sin alterar gran cosa, sin embargo, del contexto de opresión, corrupción y dependencia en que un país se encuentra.

Es importante comprender que estos fenómenos sólo hasta cierto punto responden a expresiones espontáneas que se originan en los países afectados por la inestabilidad y que la ofensiva imperial tiene mucho que ver con ellos. Esa ofensiva está preparada y sostenida desde el exterior por una parafernalia mediática y por un elenco de actores entre los que existen quienes son conscientes del papel que juegan, y muchos otros que, al contrario, creen servir honestamente la causa de los derechos humanos. Unos derechos humanos a los que se define de forma genérica, sin ponerlos nunca en función de las relaciones de fuerza, las peculiaridades culturales y la coyuntura histórica de acuerdo a las cuales deberían ser evaluados.

Por estos días ha saltado al primer plano, a través de Internet y de you tube, una vigorosa denuncia contra un hasta hace poco ignoto líder guerrillero africano ugandés, Joseph Kony, al que se le imputan –casi seguramente con razón-, atroces delitos contra la humanidad, el mayor de los cuales consistiría en el secuestro de niños para lavarles el cerebro y forzarlos a servir como soldados en las filas del Ejército de Resistencia del Señor, (LRA, por sus siglas en inglés). Los chicos deberían cumplir con el rito iniciático de matar a sus propios padres para hacerse con el “derecho” de portar un Kalashnikov y formar en las filas de ese ejército. Quienes no lo hacen son asesinados, mutilados o quemados.


El fetichismo cibernético

Jason Russell es el director del filme y por lo que se deduce de su discurso es un creyente ferviente en el fundamentalismo cibernético. Internet nos comunicaría a todos.(2) Parece presuponer que de esa comunicación global e instantánea se desprenderían virtudes mágicas, que consentirían actuar sobre los poderosos del mundo para determinarlos a actuar en un sentido positivo y correr al rescate de quienes se encuentran sometidos a la barbarie de algunas sombrías encarnaciones del mal. No es casual, sin embargo, que en la lista de criminales susceptibles de castigo figuren en primer lugar los nombres del personaje objeto de la película, Joseph Kony, y el de Bin Laden, seguidos de una lista que corre a una velocidad que impide su visualización hasta el final de la misma, donde se frena lo suficiente para leer el nombre de Muammar el Gaddafi, última víctima del proyecto hegemónico occidental.

Esta implementación tan selectiva del viejo sistema de los carteles con la leyenda Reward, característico de la construcción de la ley y el orden en el viejo oeste norteamericano, da la pauta de la lógica que preside el documental. Se trata de la asunción acrítica, de parte del autor del filme, del papel de proveedor de justicia que corresponde (por su altruismo, liberalidad y benevolencia) a Estados Unidos. El público norteamericano es susceptible de comulgar con esta clase de ruedas de molino, pues es víctima de su propia ingenuidad, autosatisfacción y aislamiento, que llevan a muchos de sus integrantes a derramar un idealismo laxo en causas cuya identidad profunda desconoce. Esa “ingenuidad” es asimismo un caldo de cultivo para los arrebatos vindicativos cuando se siente objeto de una agresión, pues, lejos de intentar comprender los mecanismos a que responden hechos como Pearl Harbor o el 11 de Septiembre, se deja arrebatar por el furor santo de la venganza y se predispone a excusar las peores atrocidades que su potentísimo estado realiza como represalia. Como Hiroshima, Afganistán o Irak, para dar unos pocos ejemplos.

El mensaje del mediometraje documental de Jason Russell que circula por Internet es simple: acabemos con el monstruo Kony, pongamos un dique de contención a las barbaridades que comete. Tras una edición demostrativa de las atrocidades y la puesta en escena de un ejemplo humano que serviría de conexión entre ese escenario remoto y sangriento y las idílicas comunidades como aquella adonde Russell cría a su hijo y con la que expone –implícita y explícitamente- la divergencia entre un mundo bárbaro y otro civilizado, la película procede a solicitar, apenas, ¡la intervención de las tropas de Estados Unidos para acabar con ese flagelo antes de que expire el 2012! Claro que en cooperación con el ejército local, dentro del cual ya se encuentra operando un centenar de asesores estadounidenses. Asambleas de estudiantes, reportajes a notables como Rihanna, Angelina Jolie, Mark Zuckerberg, Bill Gates o George Clooney y una entrevista al inefable Luis Moreno Ocampo, fiscal de la Corte Internacional de La Haya, implacable acusador de dictadores en derrota y testigo ciego de los innumerables crímenes cometidos por las grandes potencias, conforman la batería de expedientes con los que se solicita la adhesión del espectador.

Como lo demuestra este último ejemplo, Russell se instala en la cómoda posición del acusador que tiene ojos sólo para una determinada clase de crímenes, y pasa por alto el origen de los mismos y el conjunto de factores que determinan el horror que ellos condensan. Ni una palabra de la explotación colonial ni sobre la distribución imperialista de las tajadas del terreno en África, que dio lugar a la construcción de estados configurados por el reparto de las zonas de influencia, sin cuidado alguno respecto de la homogeneidad étnica o confesional de los pueblos primitivos a los que los blancos sometían. Ni una palabra sobre los promotores de golpes de estado y exterminadores de guante blanco, que decretan la muerte de cientos de miles de niños a través de los bloqueos a los países designados como “delincuentes” (rogue states), tales como George Bush, Bill Clinton, Madeleine Albright o Henry Kissinger, entre muchos otros. En vez de esto tenemos a un rubito angelical, el hijo de Russell, y mítines en aulas de escuelas impolutas e integradas que contrastan con el hacinamiento y la miseria de los niños africanos. En esas reuniones se explica a los asistentes la necesidad de concurrir en auxilio de los necesitados. Esto podría pasar si no fuera porque el realizador no toma en cuenta escenas parecidas que suelen verificarse en las vecindades más sumergidas de su propio país, ni el hecho de que la contraposición que realiza entre el monstruo Kony y el mundo occidental se inscribe en la misma contradicción maniquea en que educa a su hijo: los buenos contra los malos. Ecuación que no explica nada, aunque puede brindar cierto confort moral si uno se traga su propia mentira.

La propaganda imperialista circula en estos momentos por dos canales: uno es la opción irreductible que resulta del “choque de las culturas” y otro el de la apelación a la protección benevolente de los desdichados que gimen bajo el talón de hierro de unos monstruos inasimilables a los patrones de la cultura occidental. Ambos criterios se refuerzan mutuamente, pues el primero enseña a defenderse y tomar distancia de los alógenos, y el segundo los acepta, pero sólo bajo la forma de criaturas a las que hay que rescatar de su miseria, admitiéndolos sólo como al Tío Tom de la novela de Beecher Stowe. Esto es, como sujetos mansos que aspiran a identificarse con sus redentores externos sin sombra de duda respecto de los móviles que pueden influir a estos.

La agenda escondida

Estos móviles, en realidad, componen una agenda escondida (o no tanto) que ha tomado vuelo en los últimos años, pero que en el pasado no cesó de fogonear los conflictos raciales, en el interior de los seudo estados ex coloniales, por cuenta de empresas mineras o petroleras de occidente. Estos emprendimientos que hasta hace poco eran ejercidos por agentes privados, incluso en el plano militar, hoy empiezan a tomar un cuerpo diferente y a oficializarse a través del planteamiento de las denominadas “guerras humanitarias”. El caso libio fue ejemplar en este sentido, pero asimismo fue el envite inicial de una ofensiva que promete prolongarse en el tiempo. Amén de proceder a desgarrar a ese país norafricano y de crear una situación apta para la apropiación de sus recursos petroleros y gasíferos, la agresión a Libia sirve para crear una eventual base africana para su Comando África, ahora situado en Stuttgart, Alemania, al mismo territorio africano. A través del AFRICOM Estados Unidos ha diseñado una serie de cabezas de puente en un continente con gigantescas disponibilidades de materias primas. El África central, por ejemplo, en especial la República Democrática del Congo, vecina de Uganda, contiene vastos depósitos de diamantes, cobalto, cobre, uranio, magnesio y plomo. “Es perfectamente factible que Estados Unidos incremente su presencia allí con el pretexto de capturar a Joseph Kony”. (3)  

Esta aseveración encuentra fundamento en el hecho de que el Pentágono ha confirmado el despliegue de pequeños destacamentos de las fuerzas especiales de la infantería de marina “en cinco naciones africanas, incluyendo a algunas que son amenazadas por los grupos terroristas de Al Qaeda en el Magreb islámico”.(4) Asimismo, los considerandos que sustentan el despliegue de marines en territorio ugandés, incluyen la previsión del despliegue de militares ugandeses, asesorados por estadounidenses, en el territorio de Somalía y otros países africanos. (5)
El otro factor principal del creciente involucramiento de Estados Unidos en el continente africano forma parte de su rivalidad global con China. Pues la potencia asiática ha ganado gran influencia en África a través de expedientes diplomáticos más refinados que los norteamericanos, y está vitalmente interesada en los recursos de ese espacio para sostener su propia y gigantesca expansión económica e industrial.

Esta es la trama de intereses que está detrás de productos en apariencia tan desinteresados y asépticos como “Kony 2012”. El mensaje subliminal que el filme emite es el mismo que elaborara Rudyard Kipling en los años de apogeo del imperialismo británico: los anglosajones deben hacerse portadores de la “pesada carga del hombre blanco” ( White man’s burden). Nada ha cambiado en la retórica de los dominadores a pesar de la revolución rusa, de la china y de las luchas por la liberación de los pueblos coloniales. Lo que sí ha cambiado, sin embargo, es la posibilidad de acunarse durante mucho tiempo en esa certidumbre.

Notas

1) Este es un factor al que hay que prestar muchísima atención en América latina, pues aquí ya está en marcha un nuevo proyecto divisionista que se encarama al de la balcanización del siglo XIX y que se manifiesta a través de un “indigenismo” a ultranza y la explotación de los buenos sentimientos de la progresía boba, solventada con importantes respaldos financieros canalizados en las ONG y otras organizaciones. El disparate del “estado plurinacional” inventado por la actual constitución boliviana y el “mapuchismo”, alentado a ambos lados de la cordillera de los Andes, se inscriben en ese proyecto.

2) Internet es un invento formidable e irrenunciable de progreso, en efecto, pero es también un arma de doble filo: hay que ver quién la empuña antes de aceptar como verdad revelada los informes que por allí circulan.

3) Nile Bowie: Merchandising and Branding Support for the US Military Intervention in Central Africa, Global Research, del 14 de marzo de 2012.


4) Stars and Stripes del 15 de marzo, citado por Global Research el 16 de marzo.

5) Ibíd.

 

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