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10
NOV
2010

¿Sabes quién viene a tomar el té?

Una integrante del Tea party durante una manifestación.
Una integrante del Tea party durante una manifestación.
No se trata de un negro, precisamente, como ocurría en la película casi homónima con Sidney Poitier. De las cavernas de la derecha norteamericana están emergiendo los elementos más reaccionarios del universo USA.

Las elecciones legislativas norteamericanas han desamparado al presidente Barack Obama. Los demócratas quedaron en minoría en la Cámara de Representantes y en el Senado apenas salvaron la ropa, y la derrota se complicó aun más con la pérdida de varias gobernaciones. El revés sufrido por el presidente estadounidense no tendría por qué contar mucho a nivel internacional, dado que su política exterior calca punto por punto la de su antecesor George W. Bush; pero en el plano interno permite visualizar una serie de factores que resultan inquietantes no sólo para quienes habitan el territorio de la Unión, sino para el mundo entero, dado que este después de todo se encuentra muy vinculado a los avatares de la sociedad norteamericana y a las pulsiones que esta puede desarrollar hacia el exterior a partir de su propio desasosiego. Y nada autoriza a suponer que esa sociedad vaya a cambiar la necia tesitura que permite que los dueños del sistema sigan ejerciendo el poder que detentan. Ya que sobre llovido mojado: las últimas novedades que allí se detectan apuntan a un reforzamiento de las tendencias cavernícolas de su electorado.

El auge que el denominado movimiento del Tea Party ha tomado de un año a esta parte es un fenómeno al que no hay que perder de vista. Algunos lo apreciarán como una rareza norteamericana, expresiva de un malhumor pasajero y de una estolidez política vinculada a la cerril ignorancia de gran parte de la opinión pública de ese país; pero creo que sería un error subestimar su importancia. No porque vaya a hacerse con el poder –no cuenta ni con los personajes ni con las estructuras necesarios para llegar a tal fin, y el entramado político de la oligarquía estadounidense es hoy por hoy demasiado firme para que vaya a consentirlo-, sino porque es un caldo de cultivo que demuestra que los fermentos para la eclosión de las tendencias más oscuras del siglo pasado están presentes en ese escenario. El nazismo, tan negado y repelido en la superficie por los políticos bien pensantes de Occidente, está latente en el fondo de las cosas.

El nazismo fue un movimiento populista de derecha que llegó al poder en Alemania por una serie de combinaciones irrepetibles. Había allí por entonces una crisis económica catastrófica acompañada por un desempleo masivo, estaba la rabia por la derrota en la guerra y se creía asistir también a un intento de toma del poder por un comunismo asociado a la proximidad de la Unión Soviética. Ninguno de estos datos está presente en Estados Unidos. Lo cual acota las posibilidades del Tea Party Movement al cual, por otra parte, le falta el elemento aglutinante que le daría la presencia de un líder carismático como era Adolfo Hitler. Pero, como factor de presión manipulable por intereses situados por encima de él, su prestancia es innegable.

¿Qué moviliza a los militantes del Tea Party? Rechazan la intervención estatal en la economía. Detestan (con razón en este caso puntual, hay que convenir en ello) la aportación de fondos estatales a los Bancos para estabilizarlos después de que su accionar especulativo hubiera generado la crisis de la burbuja inmobiliaria. También y sobre todo repelen la iniciativa del gobierno federal en el sentido de proveer un seguro social de salud. Comulgan con las mayores ruedas de molino que las usinas de la información producen respecto de la amenaza terrorista y ello refuerza su rechazo a las minorías raciales. Minorías que están en tren de convertirse en mayoría en pocas décadas más, si los indicadores de la curva demográfica no mienten y si los hispanos y los negros siguen afirmándose en su natalidad ascendente.

Las organizaciones que respaldan al movimiento y confluyen ahí de manera inorgánica no son expresivas de tendencia alguna que pueda denominarse como progresiva: las entidades antiabortistas, la Asociación Nacional del Rifle, las milicias ciudadanas que pululan en muchos estados y se disfrazan de Rambo los fines de semana para practicar tiro en las áreas rurales. Todos reclaman un retorno al espíritu que inspiró a “los Padres Fundadores”, difuso emblema referido a una época informada por la ética individualista, la supremacía blanca y la agresividad despojada de complejo de culpa que iba ocupando las grandes praderas y los bosques de la América primigenia.

La vuelta al entorno histórico que hizo posible ese espíritu es desde luego inviable. Pero tal reclamo da cuenta de la existencia de una disponibilidad política susceptible de ser agitada y utilizada al servicio del mantenimiento de los parámetros más retrógrados del neoliberalismo fraguado por los “Chicago boys”.

Nada de esto supone la emergencia de un espíritu contestatario en Estados Unidos que signifique o pueda significar un correctivo a las tendencias más oscuras que han informado al accionar de esa superpotencia en el mundo. Por el contrario, cuando, como ahora, fluye un movimiento que aparenta escapar al sello de lo políticamente correcto, lo que expresa son impulsos reaccionarios, inspirados por el temor al cambio. Y el temor al cambio, en la ecuación que estamos evaluando, significa más armas, más encastillamiento en un complejo de superioridad que requiere ser afirmado a través de la represión o incluso el exterminio de los otros. No son estas unas hipótesis vacías, si vemos lo que está pasando con el despliegue militar norteamericano por el planeta.

El carácter reaccionario en el plano ideológico que padece la sociedad estadounidense es un peligro para el mundo. Estados Unidos es un fenómeno paradójico: hay por un lado una sociedad en permanente ebullición tecnológica, que aporta modificaciones revolucionarias a la existencia, y por otro está una masa de particulares que se aprovechan de estas sin complementarla con una cultura que pueda hacerlas rendir de manera positiva. En el caso del Tea Party el resorte que lo ha propulsado a un primer plano de la actualidad política y que le ha permitido sumar adeptos es el fenómeno de las redes sociales, un desarrollo brotado de la revolución informática. Lo cual demuestra una vez más que la técnica en sí misma es ambigua, y que lo que cuenta son las mentalidades que la operan, aunque se deba reconocer que hasta cierto punto la forma es el mensaje, como lo decía Mcluhan y que la velocidad del intercambio de informaciones puede, como en este caso, potenciar al infinito una predisposición a sobrenadar sobre la naturaleza de las cosas.

Sobre todo el conjunto sigue vigente una estructura financiera incapaz de moderar sus apetitos y que se emplea con infinita astucia para atacar cualquier iniciativa que apunte a recortar la libertad de maniobra del gran capital y a proveer de racionalidad a la economía. Esta habilidad la tuvo para coartar cuanta iniciativa política hubo para inducirla a razón. Ni siquiera Franklin Roosevelt pudo escapar al remoquete de “peligroso socialista” cuando salvó al capitalismo de sí mismo en la época del New Deal. Pero lo que por entonces se logró gracias a la intervención gubernamental en la economía y al auge productivo generado por la guerra, y que se prolongó hasta entrados los años setenta, fue progresivamente demolido apenas se dieron unas condiciones favorables para la reconcentración monopólica y la expansión planetaria. El Estado de Bienestar se convirtió en una mala palabra para los capitostes de un sistema que sólo quiere tener en cuenta la maximización de las ganancias y que relega la distribución social de la renta a las calendas griegas de un “derrame” que nunca llega.

¿No hay una tendencia renovadora que apunte en una dirección contraria al reforzamiento del estatus quo en Estados Unidos? Sí, la hay, y se expresó en la oleada popular en cuya onda llegó Obama a la presidencia. Pero se trató y se trata aun de una pulsión inorgánica, expresiva de un malestar para con el estado de cosas, pero incapaz de estructurarse como partido de acción. Y todavía no ha sido capaz siquiera de dotarse al menos de una red de contactos equivalente a la que los elementos más conservadores están logrando a través del Tea Party. Mientras continúe así será incapaz de escapar a las mallas de los aparatos de los partidos políticos tradicionales, y de sobreponerse a un desencanto como el generado por la pobrísima prestación del primer presidente negro que llega a la Casa Blanca.

Desde fuera de Estados Unidos lo vacuo de la retórica de Barack Obama durante su campaña no ofrecía dudas para quienquiera tuviese un poco de conocimiento político. Sin embargo, para la gente de la Unión que se sintió tocada por el discurso que se sustentaba en la afirmación voluntarista del “Yes, we can!” y por la novedad implícita que suponía el color del candidato a presidente, el desinfle del hombre que habían elegido tuvo que resultar dolorosa. Obama no pudo ni siquiera sacar adelante el “Health Bill”, la ley para la salud pública, cuya versión definitiva fue calificada por los entendidos como una capitulación ante las compañías de seguros y los gigantes de la industria farmacéutica. Y en el plano de la política exterior el presidente fue incapaz de cambiar un ápice las líneas maestras trazadas por su predecesor. O tal vez no tuvo el menor deseo de hacerlo. El caso es que su fallo se ha revelado total.

En este naufragio han venido a sobrenadar los elementos más conservadores de una vasta franja de clase media, desde hace mucho desinteresada respecto de las ideas generales, ignorante y habituada a juzgar las cosas a partir de su propio ombligo. Inficionada por una deletérea cultura de masas promovida desde la televisión y el cine y “educada” de acuerdo a parámetros que inventan al norteamericano medio como arquetipo del hombre libre, el impacto de este sector en la política sólo puede jugar a favor del reforzamiento de los “halcones” que rodean a la Casa Blanca desde los emplazamientos del Pentágono, la CIA y el Congreso.

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