A un siglo del estallido de la primera guerra mundial

Un saldo terrible

Se cerraba así la fase militar de un conflicto que había costado entre diez y trece millones de vidas, computables a las generaciones más jóvenes de Europa. Aunque las cifras son imprecisas las bajas en combate de las potencias grandes y medianas se suelen en medir en 1.400.000 muertos franceses, 1.000.000 británicos –de los cuales unos 400.000 provenían del imperio-; 2.000.000 alemanes; 1.100.000 de Austria-Hungría y países bajo la égida del imperio; 650.000 italianos; 800.000 turcos; 1.800.000 rusos; 270.000 serbios y 54.000 estadounidenses.

Son cifras terribles, en especial si se tiene en cuenta que la mortandad se había distribuido sobre las generaciones más jóvenes, entre hombres que iban de los 18 a los 35 años. Los estragos por el hambre no se contabilizan en estos números, ni tampoco los de la espantosa guerra civil rusa que sería el corolario de la primera guerra mundial y que al momento del armisticio ya se estaba desarrollando. En el plano de la destrucción de bienes materiales, comparada con la guerra mundial 1939-1945 la Gran Guerra produjo daños relativamente pequeños a las ciudades y a los bienes culturales, pues se disputó sobre todo en campo abierto, y sobre líneas que se desplazaban poco, y los métodos para llevar la destrucción al corazón de los países enemigos estaban todavía en su infancia. Pero la estructura social de Europa se había trastocado. Cuatro grandes imperios, con siglos de antigüedad, se habían derrumbado. El de los Romanov en Rusia, el de los Hohenzollern en Alemania, el de los Habsburgo en Austria-Hungría, y el imperio otomano. En el espacio que habían controlado apareció una miríada de nacionalidades. Por otra parte, las naciones victoriosas, si bien conservaban su estructura y mantenían un talante triunfalista, habían sufrido una mortandad pavorosa y estaban heridas en lo más hondo de su psiquis. Gran Bretaña había agotado sus reservas económicas y lo mismo ocurría con Francia. El coste financiero de la guerra había dejada malparada a su economía. Frente a la posibilidad de un resurgir del peligro alemán Francia se sabía impotente, y no podía contar con un apoyo irrestricto de parte de los británicos para colmar la distancia que había entre su fuerza y la de Alemania.  El imperio inglés sólo conservaba su apariencia de potencia global; sostener la perla de sus colonias, la India, se le iba a revelar cada vez más fuera de sus posibilidades, y las pérdidas en batalla habían socavado su voluntad de asumir nuevos sacrificios militares a esa horrenda escala. Sólo Estados Unidos había recogido los frutos de la victoria. Con pocas pérdidas –si se atiende a las sufridas por otras potencias- se había erigido en el gran acreedor del mundo.

La guerra se había caracterizado por la movilización total de los recursos de las naciones comprometidas en ella, pero la teoría militar había brillado por su ausencia. El empecinamiento, en especial en el bando aliado, en recurrir a ataques frontales cuando era evidente que las líneas enemigas no se podían penetrar ni flanquear, fincando la esperanza de conseguir la victoria en el desgaste o guerra de usura, fue una de las fórmulas más elementales y brutales de la historia militar. Lo que sí surgió como una evidencia irrecusable fue que la guerra sería en adelante una guerra de materiales y que, en consecuencia, requeriría de enormes recursos industriales, energéticos y económicos para llevar adelante su trámite.

En el curso del conflicto revelaron sus cualidades una serie de ingenios mecánicos que demostraron la importancia cada vez mayor que la tecnología revestía para el oficio de las armas. El avión, el submarino y el tanque desempeñaron tareas importantísimas. Quienes supieron leer los acontecimientos que se habían producido sacaron las conclusiones lógicas que de ellos se desprendían. Fue el caso de varios oficiales provistos de dotes intelectuales notables, como J.C.F. Fuller y Basil Lidell Hart entre los británicos; Charles de Gaulle entre los franceses, Heinz Guderian entre los alemanes, Giulio Douhet entre los italianos, Billy Mitchell entre los estadounidenses y Mijaíl Tujachevsky entre los soviéticos. Pero, como suele ocurrir, los nuevos conceptos no encontraron muchos lectores atentos en el alto mando. Aunque se fabricaron nuevos aviones y tanques provistos de mejores cualidades que los empleados en la guerra, su empleo en el terreno siguió atado en muchas partes a concepciones anticuadas, que los relegaban al papel que habían cumplido en la gran guerra; es decir, como acompañamiento de la infantería, en el caso de los tanques, y de avanzada y descubrimiento a través del reconocimiento aéreo en el de la aviación. Libros como “Le fil de l’epée” y “Vers l’armée de métier”, de De Gaulle, suscitaron interés, pero no hallaron un correlato práctico en la burocracia militar. En cuanto a Tujachevsky, que había articulado y modernizado al ejército rojo de acuerdo a premisas que aunaban el interés por las innovaciones técnicas con el espíritu de la revolución social, le tocó caer, junto a casi todos los altos mandos soviéticos, en las vesánicas purgas de Stalin, a finales de los años 30, que en la práctica acabaron con ese espíritu y casi destruyen a la capacidad operativa del ejército rojo. Solo en Alemania donde, como en la URSS, se debió arrancar a partir de cero después de la derrota, fue posible poner en práctica las nuevas teorías que valorizaban la movilidad y la cooperación entre las puntas blindadas y el arma aérea. Ambas debían funcionar combinadas, sin necesitad de ajustar su paso a la marcha más pesada de la infantería no motorizada, en una reedición perfeccionada, ampliada y mecanizada de las tácticas de infiltración de las tropas de asalto que habían roto el frente inglés en marzo de 1918. Aun así en 1940 hizo falta la audacia de Adolfo Hitler para que los oficiales que sustentaban los criterios tácticos más dinámicos se impusieran a la predisposición a la rutina que existía en los niveles más altos de la Wehrmacht.

La “paz” de Versalles

A fines de 1918 la revolución cundía en Alemania, Rusia se encontraba presa de la guerra civil y en los estados bálticos pululaban las bandas nacionalistas y bolcheviques que guerreaban entre sí. En Berlín, en enero de 1919, fue sofocada con ferocidad una rebelión de los espartaquistas, el movimiento de extrema izquierda que se proyectaba como una réplica alemana de los bolcheviques. El partido socialdemócrata que se había hecho cargo del gobierno tras el armisticio y había proclamado la república, temía una aventura similar a la rusa y sus esfuerzos se concentraron en controlar la revuelta, recurriendo para ello a los elementos de la Reichswehr que habían vuelto del frente y a los cuerpos francos o Freikorps, compuestos por voluntarios de la derecha extrema, reclutados entre los ex combatientes y en los grupos del nacionalismo radicalizado. En ellos estaba “el huevo de la serpiente”, el embrión del que surgiría muy poco después el partido nazi.

La opinión pública era en su mayoría adversa al bolchevismo y a cualquier experimento revolucionario de estilo ruso en Alemania. Hay un dicho popular que afirma que “en Alemania la revolución es imposible, porque está estrictamente prohibida”. Las nociones del orden y de la disciplina social estaban muy arraigadas y, a pesar de la catástrofe bélica por la que se acababa de pasar, el conjunto social era adverso a una manifestación revolucionaria connotada por la revuelta callejera y las situaciones anárquicas. La revolución que tuvo efectivamente lugar en Alemania, se produjo 15 años después. Fue la revolución nazi, cuyo radicalismo, irracionalidad e insensatez no tenían límites, pero que estaba inserta en el marco de un orden estatal predeterminado, popular y jerárquico al mismo tiempo.

El 18 de enero de 1919 se inauguraron las conversaciones para definir el tratado de paz en la Sala de los Relojes en el ministerio de relaciones exteriores francés (Quai d’Orsay) en París. Las tratativas se realizaron entre los representantes de las potencias aliadas, sin asistencia de expositores de las potencias enemigas, y duraron meses. Cuando sus términos estuvieron listos fueron comunicados a Alemania. Consistían en una serie de imposiciones de inusitada dureza, que fueron resistidas por el gobierno alemán y generaron un total rechazo en la población. El gobierno de Berlín se dividió. El canciller Philip Scheidemann renunció antes que aceptar los términos del tratado. El nuevo canciller Gustav Bauer se declaró dispuesto a acatar los términos si al menos se introducían modificaciones en los puntos que asignaban la culpa del conflicto en exclusividad a Alemania. Finalmente los aliados dieron un ultimátum a Berlín para que aceptase los términos en 24 horas. En caso de no hacerlo, los ejércitos aliados cruzarían el Rin y se reanudaría la guerra. El gobierno alemán cedió y el 28 de junio de 1919 –a cinco años exactos del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo- tuvo lugar la firma del tratado de paz en el salón de los espejos del palacio de Versalles, en las inmediaciones de París.

Sus cláusulas, como dijo el economista británico John Maynard Keynes, eran contraproducentes al generar una especie de “paz cartaginesa” que reducía a Alemania al nivel de una potencia de tercero o cuarto orden, incentivando el deseo de venganza y el espíritu revanchista. Al mismo tiempo dichas cláusulas eran insuficientes para demoler por completo a ese país, pues de hacer tal cosa se abriría en él un campo propicio para la expansión del virus del bolchevismo. Conviene tener en cuenta este dato, pues los mismos factores operarían, con otros actores y en circunstancias distintas, 27 años más tarde, después de la ruina del Tercer Reich.

Ahora bien, aunque el general Foch vaticinaría con notable precisión tras la firma del tratado que: “Esto no es la paz; es tan solo una tregua por 20 años”, el “diktat” de Versalles supuso un golpe espantoso para el orgullo, la integridad territorial y la subsistencia de Alemania. Sus cláusulas económicas eran “malévolas y tontas hasta el extremo de resultar evidentemente inútiles”, como señaló Winston Churchill. [i] Alemania se comprometía a pagar 20.000 millones de marcos oro en lingotes o en especias como barcos, ferrocarriles, etc. También debería mantener a las tropas aliadas que ocuparían parte de su suelo.

El tratado arrancaba a Alemania 65.000 kilómetros cuadrados de territorio y desgajaba del país a siete millones de personas. Debía entregar a Francia el control del Sarre para compensar la destrucción de las minas de carbón francesas, renunciar por cierto a Alsacia-Lorena, ceder Silesia a Polonia, reconocer la independencia de este país, admitir la secesión de un corredor en Prusia oriental, para ponerlo bajo la autoridad de la Liga de las Naciones y otorgar así a un puerto a Polonia a través de la ciudad libre de Dantzig; tenía que renunciar a todas sus posesiones de ultramar que de una u otra manera pasarían a ser controladas por los británicos, franceses y japoneses; y desde luego debería abstenerse de solicitar la incorporación de Austria, que luego de la caída de la monarquía bicéfala había quedado reducida a un pequeño territorio de habla germana con unos ocho millones de habitantes, la mayoría de los cuales quería en ese momento incorporarse a Alemania para escapar a la degradada situación en que habían caído.

En el rubro militar las condiciones no eran menos draconianas. El ejército debería ser desmovilizado y reducido a una fuerza no superior a cien mil hombres, aptos para realizar tareas de policía interna y a resistir la amenaza bolchevique; la conscripción obligatoria quedaba abolida y se debía disolver el estado mayor. Las escuelas militares debían reducirse a tres, una por cada arma; se prohibía la fabricación de tanques, aviones y submarinos, y la flota debía reducirse a un puñado de torpederos y cruceros livianos; los submarinos quedaban prohibidos. Alemania no podía disponer tampoco de una fuerza aérea. Se prohibía además la importación y el tráfico de material bélico, y los aliados retendrían las cabezas de puente sobre el Rin por períodos que variaban entre cinco y quince años, con la salvedad de que podrían ser reocupadas en el caso de que Alemania violase alguna de las partes del tratado.

Uno de los asuntos que más relieve habían tenido en la confección del tratado había sido el de la autodeterminación de los pueblos, caballito de batalla del presidente Wilson. Era una proposición que sonaba bien, pero que en la práctica resultaba abstracta en extremo. Pues si bien con ella se podía sancionar la desarticulación de “las cárceles de naciones” como se había bautizado a los imperios habsbúrgico, ruso y otomano, y se podía incluso llegar a privar a Rusia de sus desembocaduras sobre el Mar Báltico y el Mar Negro, nada se pretendía acerca de las posesiones de Francia e Italia en el norte de África, y mucho menos respecto imperio británico en la India, Egipto y el resto de sus posesiones en el mundo, incluyendo a Irlanda. En lo referido a América latina, la “autodeterminación” de sus naciones quedó bien circunscrita poco más adelante cuando Wilson, al propiciar la Sociedad de las Naciones, dejó establecido que esta no tendría ninguna atribución para inmiscuirse en las relaciones entre Estados Unidos y las repúblicas del centro y del sur de América, pues ello “contradeciría la doctrina Monroe”.[ii]

Wilson fue uno de los máximos ejemplos de esa extraña fascinación que sobre el público de masas ejercen los estereotipos de la propaganda y el autoengaño respecto de las cualidades excelsas que se supone inviste Estados Unidos: “guardián de la democracia”, y también “hogar de los bravos y tierra de los libres”, como reza la última parte de su himno. Sin embargo, jamás ha sucedido que los ideales políticos, sociales, religiosos o morales hayan supuesto una limitación a los intereses de la oligarquía dominante en ese país. En la época a la que nos estamos refiriendo aquella creencia se extendía también a gran parte de la opinión ilustrada, y Wilson fue el depositario de esa fe ingenua. Fue como si después de la devastación y los horrores de la guerra, que habían puesto de manifiesto los extremos de ferocidad a que podían llegar las naciones de antigua cultura, el público necesitara fabricarse la imagen alternativa de una cultura nueva y pimpante, capaz de introducir un huracán de aire fresco que reviviera a una civilización agonizante.                   

 

Notas 

[i] Winston Churchill, Memorias de la Segunda Guerra Mundial (1): “Se cierne la tormenta”, Peuser, 1950.

[ii] Tarlé, op. Cit.

Nota 2 - 2 de 2 [Total 2 Páginas]

<<anterior 1 2
Ver listado de Publicaciones