A un siglo del estallido de la primera guerra mundial

21
JUN
2014
Guerrilleros búlgaros en un alto en la lucha.
Los factores que empujaban a la guerra europea, a finales de la primera década del siglo XX, ya pesaban más que los que pretendían impedirla. Para los gobiernos y los estados mayores, el conflicto se presentaba como una fatalidad.

A principios del siglo XX Turquía había revestido el sayo que antes se le pudo poner a la monarquía española en decadencia a fines del siglo XVII: el del “enfermo de Europa”. El imperio osmanlí estaba mucho más grave que su antecesor; el poder español pudo rehacerse y acordarse un siglo más de supervivencia a través de la renovación borbónica, subsistiendo con cierta entidad global hasta la invasión napoleónica y la pérdida de sus posesiones trasatlánticas. El imperio turco, en cambio, estaba preso de convulsiones intestinas que en pocos años lo harían saltar en pedazos, no sin pasar antes por dos guerras catastróficas. No era el único imperio en problemas: otros dos grandes conglomerados se encontraban tironeados por tendencias centrífugas provenientes de las etnias que se encontraban precariamente incluidas en sus  ordenamientos supranacionales: el imperio ruso y el imperio austro-húngaro. Los tres imperios tenían fronteras en común, lo que tornaba aun más volátil el ambiente.

Rusia incluía a polacos, ucranianos, armenios y pueblos caucásicos del Asia central de reciente conquista en su enorme extensión; estaba además trabajada por corrientes subversivas a las que la necedad del zarismo impedía ser absorbidas en una estructura parlamentaria y representativa que en forma gradual podría haber ido disolviendo sus componentes más agresivos.

Austria-Hungría –que incluso en su núcleo dominante representaba el acople de dos razas, la germana y la magiar, reconciliadas por el emperador Francisco José- a su vez contenía en su seno a una variedad de pueblos que resentían el yugo del poder central. Polacos, checos, eslovacos, eslovenos, croatas, italianos y rutenos adherían a la monarquía bicéfala de labios para afuera, aunque la naturaleza conciliante del trono –que tenía también una actitud amable e integradora hacia la importante población judía- los contuviera sin demasiados roces dentro del marco del estado. Pero los pueblos balcánicos que se encontraban incluidos en el encuadre administrativo del imperio o estaban sometidos a su influencia, se mostraban mucho menos tratables. Búlgaros, rumanos, serbios, griegos, montenegrinos y bosnios se desparramaban por una geografía abrupta, enfrentados al imperio de los Habsburgo por el reclamo de parcelas que entendían les pertenecían por razones culturales, históricas, étnicas o confesionales, pero asimismo divididos entre sí por las mismas razones: ortodoxos contra católicos, y ambos contra los musulmanes.

El imperio otomano, que había mantenido a muchos integrantes de estos pueblos bajo su yugo o su amenaza desde hacía siglos, estaba decrépito y hacía agua por los cuatro costados. Amén de al rencor de los pueblos balcánicos se enfrentaba al resentimiento de la población árabe de su vastísimo imperio, y en Libia debió ceder ante la agresión de Italia, que quería hacerse con un pedazo de África del norte que la compensase en alguna medida de las ventajas tomadas por Francia en Túnez  y en Marruecos. En 1911 y 1912 italianos y turcos libraron un conflicto desigual, pues los efectivos turcos eran muy inferiores en número, no podían ser abastecidos desde el mar y tenían grandes dificultades para llegar desde Turquía a un escenario tan distante. El conflicto, que acabó con la victoria de Italia, permitió que este país ocupase Libia y también el archipiélago del Dodecaneso, en el Mediterráneo oriental.

La guerra líbica, que demostró la fragilidad del imperio otomano, fue la señal para que los países balcánicos, reunidos en una Liga que agrupaba a Serbia, Montenegro, Grecia y Bulgaria, se lanzaran contra Turquía. El gobierno ruso intrigó para que el ataque se produjera, en parte porque así creía reforzar su influencia en la zona, y en parte porque de esa manera estimaba debilitar aun más a Turquía, cuyo rol como guardiana de los estrechos que comunicaban al Mar Negro con el Mediterráneo codiciaba.

Pero el “enfermo de Europa” por entonces ya se encontraba también en los trances de un difícil parto dentro de sus fronteras. Hacía tiempo que los sectores más progresistas de esa sociedad reclamaban un cambio. Ya antes de la guerra con Italia grupos de estudiantes y de la oficialidad joven se habían conformado en sociedades secretas y de ese bullir salió el movimiento de los Jóvenes Turcos, designación popular del Comité de Unión y Progreso. Este representaba un brote de modernismo aupado por el ejército. En 1908 impuso una constitución al sultán Abdul Hamid, y en 1909, tras un intento conservador por desalojar al comité del poder, derrocó al sultán poniendo en su lugar a Mehmet V, un monarca de paja que sería el último representante de esa dinastía.

En un primer momento el movimiento concitó muchas esperanzas en el sentido de que abriría el paso a una reforma que satisfaría tanto los deseos de una mayor democracia interna como de una descompresión de las medidas que sofocaban las comunidades nacionales que coexistían en el imperio. Fue una esperanza pronto abortada, pues los hombres fuertes del movimiento de los jóvenes turcos, encabezados por Ismail Enver bajá,  abogaron por el mantenimiento del centralismo turco. En 1912, no bien signada la paz con Italia, estalló la guerra entre Turquía y la Liga Balcánica , que se cerró con la pérdida por Turquía de todos los territorios que le habían estado sometidos en Europa, salvo Constantinopla, hoy Estambul. A esta guerra siguió otra, protagonizada por los aliados balcánicos de la primera, que se disputaban los territorios ganados, y que permitió a Turquía retomar las hostilidades y recuperar Adrianópolis, que volvió a formar parte del territorio turco bajo el nombre de Edirne.

Las guerras balcánicas dejaron un saldo de rencores envenenados, que venían a sumarse a los preexistentes. Bulgaria, que había hecho los mayores sacrificios y ganado las mayores victorias, se vio despojada del fruto de estas como consecuencia de la coalición formada en su contra por Rumania, Grecia y Serbia. En este último país, sin embargo,  el resentimiento seguía hirviendo. Serbia se sentía injuriada por la anexión de Bosnia-Herzegovina a Austria, oficializada en 1908.[i]  Para los serbios había razones no sólo étnicas y culturales para reivindicar esos territorios; también eran importantes porque ellos proveerían a Serbia de la salida al mar que necesitaba. En el caso de los austríacos, su decisión de transformar la ocupación en anexión se vinculaba a un cálculo geopolítico del cual no estaba ausente Alemania: bloqueada en su expansión en África y Asia, le quedaba aun la posibilidad de extenderse hacia el medio oriente a través del aliado austríaco, que ejercía control sobre parte de los Balcanes. La incorporación de Bosnia-Herzogovina al territorio controlado por los Habsburgo aproximaba los intereses germanos al facilitar el acercamiento a Turquía, con cuya anuencia Alemania estaba construyendo el ferrocarril a Bagdad. Este era necesario al gobierno turco para la  modernización de sus comunicaciones con el medio oriente. La ruta Berlín-Bagdad atravesaba la península balcánica, cruzaba Turquía y tenía que ser resguardada en la retaguardia y en los flancos, para lo cual una activa política balcánica de parte de Austria resultaba indispensable.[ii]

Las protestas de Rusia a Austria por  la anexión de Bosnia-Herzegovina en detrimento de Serbia fueron rechazadas tanto por Viena como por Berlín. Rusia se arrogaba el papel de protectora de los pueblos eslavos de los Balcanes, pero en esa ocasión, debilitada por la derrota en el extremo oriente y por la falta de apoyo de sus aliados de la Entente, hubo de dar marcha atrás en sus reclamos y aceptar el hecho consumado. Este revés diplomático tuvo por resultado estrechar aun más los lazos que unían a Rusia con Francia y Gran Bretaña. Para el gobierno ruso no había otra opción: dependía de los empréstitos franceses y la aproximación de Alemania a Turquía obstaculizaba su meta más ambiciosa, la conquista de Constantinopla, el control de los estrechos y la libre disponibilidad de una salida al Mediterráneo.

Notas

[i] Bosnia-Herzegovina había sido ocupada por Austria en 1877, pero sólo en 1908 esa ocupación fue formal y unilateralmente transformada en una anexión.

[ii] E. Tarlé, Historia de Europa. 

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