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01
FEB
2009

W.

Irregular y un tanto caótica, la producción de Oliver Stone da sin embargo testimonio de un vigor infrecuente en el cine de hoy. Stone es, dicho sea con franqueza, uno de los pocos cineastas que encajan en el llamado cine de autor.

Los presidentes norteamericanos han sugerido numerosas biografías cinematográficas. No todas del mismo nivel, no todas referidas a la entera carrera de los personajes en cuestión, pero con frecuencia polémicas. De Abraham Lincoln a Franklin D. Roosevelt, de John Fitzgerald Kennedy a Richard Nixon, la pantalla se ha poblado de tipos dramáticos abordados con mucha desenvoltura por directores y guionistas que al parecer han encontrado siempre la suficiente condescendencia, de parte de Hollywood y del universo político, como para ejercer su libertad de criterio a propósito de personajes oficiales que en otras latitudes serían tabú o exigirían el acomodamiento a los marcos de la historia oficial. Esta semana, por ejemplo, se ha estrenado la última película de un director, Oliver Stone, que se siente muy atraído por los planteos ambientados en el escenario que brinda la lucha por el poder y que en este caso tiene por personaje central a George W. Bush, presidente todavía en ejercicio en el momento en que se estrenó el filme en su país de origen.

La Casa Blanca, aunque su exterior apacible no tenga el carácter plúmbeo del Kremlin o el que tuviera la Cancillería del Tercer Reich, por su misma elegancia sureña, su aire familiar y su encanto ajardinado, puede convertirse en una paradójica parábola de la inclemencia de la lucha por el poder. Oliver Stone la eligió como escenario para meterse con el perfil del último presidente estadounidense, el peor reputado de las últimas décadas.

El retrato que elabora, sin embargo, renquea demasiado. La descripción del poder en un momento de prueba como el actual, tan turbulento y ominoso, demanda, desde un punto de vista estético, un registro trágico o una ferocidad satírica que no se encuentran en la película de Stone. Es difícil, por otra parte, elevarse a la altura que corresponde a un nivel dramático de esa envergadura con el personaje central que se ha elegido para investirla: George W. Bush no da ni de lejos los tormentosos contornos que se suele solicitar a las figuras de ese talante. Un Macbeth –o un Hitler o un Stalin- están rodeados de la espesa atmósfera que emana del carácter poderosamente determinado de sus psicologías. Son individuos que apenas pueden ser influenciados, que no son el juguete de nadie. De modo que Stone eligió un registro intermedio, más bien virado a la comprensión del drama humano que puede haber habido detrás de la performance del ex – presidente que a la naturaleza del sistema al cual él sirve. Y del que forma parte, además. En W. la psicología es lo que cuenta, y uno no puede dejar de experimentar un sentimiento de frustración ante la reducción de este catastrófico momento mundial a la conflictiva relación de Bush junior con su padre y a los celos del primero hacia su hermano Jeb.

Hay algún momento –como el protagonizado por el vicepresidente Dick Cheney al explicitar con devastadora y cínica franqueza los objetivos que están detrás de las paparruchas publicitarias de la operación “Libertad duradera” o del “Eje del Mal”, que aproximan a la película a la dimensión que podría haber tenido. Pero el resto es una constante descripción de la vulgaridad tejana del personaje, su incontinente apetito, su propensión al trago y su aprendizaje bajo la tutela de papá, aprendizaje que, en consecuencia, nunca llega a constituirse en una verdadera “educación sentimental”.

Los aspectos técnicos de la película están resueltos, por supuesto, con la solvencia que tipifica cine norteamericano y a Stone, y las interpretaciones, si bien por momentos corren el riesgo de convertir a los personajes en figuras de cera del museo de Madame Tussaud, están muy logradas desde el punto de vista de la caracterización física y del registro vocal. Muy remarcables son, en este sentido, las prestaciones de Thandie Newton como Condoleezza Rice y de Richard Dreyfuss como Dick Cheney. Josh Brolin hace un Bush convincente. Pero es imposible no extrañar las dimensiones que tuvieron otras películas del mismo director y vinculadas al mismo tema. JFK y Nixon, en especial la primera, fueron filmes provistos de gran energía dramática y, en el caso de JFK, de una formidable dosis de suspenso y de una capacidad de denuncia que no ha sida opacada por el tiempo ni por las burlas que recibió de parte de la crítica norteamericana. Tal vez, en el caso de W., a Stone le haya faltado la perspectiva necesaria para abordar un tema que está lejos de haber sido clausurado.

De cualquier modo Oliver Stone sigue siendo un director impresentable en sociedad. En la sociedad norteamericana, quiero decir. Es inquieto, irreverente, tal vez demasiado tosco a la hora de definir sus personajes, a los que manipula como marionetas, pero siempre alerta ante los movimientos de una República Imperial que se contradice a sí misma reproduciendo los peores rasgos de los sistemas totalitarios a los que en su hora dijo combatir. En Stone hay una continuidad temática y un pulso narrativo que lo ponen dentro de la no muy nutrida galería de “autores” cinematográficos. Podrá señalarse lo irregular de sus productos o el carácter desorbitado y confuso de la resolución de algunos, pero no se pueden negar su interés en la temática que aborda ni su adhesión (que para algunos puede parecer adicción) a un cine comprendido como arma de combate.

No es poca cosa.

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