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15
SEP
2022
Yeltsin echa a Gorbachov de la tribuna para decretar la disolución de la URSS
Yeltsin echa a Gorbachov de la tribuna para decretar la disolución de la URSS
No hicieron la historia, pero la historia los llevó a ellos a convertirse en etiquetas de dos decadencias: la lenta y relativamente elegante del imperio británico, y la estrepitosa caída de la URSS.

Mijail Gorbachov, fallecido a principios de mes en Moscú, fue el primero y último presidente de la Unión Soviética. Celebrado en occidente con bombos y platillos cuando encabezó las reformas dirigidas a modificar el régimen soviético durante la década de los ’80, su muerte no ha suscitado ninguna conmoción particular: cuando mucho le ha valido algunos recuerdos más teñidos de conmiseración que de simpatía. En cuanto a los homenajes que recibió en su tierra se atuvieron a las formalidades que corresponden a los jefes de estado. El presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, ni siquiera asistió a su sepelio, pues estaba complicado por “problemas de agenda”.

Esta frialdad es comprensible. En occidente porque no se suele celebrar a quien se ha engañado, y en Rusia porque es lógico detestar más que apreciar a una figura a la que le tocó presidir la disolución de una potencia de nivel mundial y el abandono de su rol global, antes de sumergirse un período de degradación política, anarquía económica y decadencia social que por un momento amenazaron con su destrucción. Peligro que no ha desaparecido del todo todavía, pese a que desde principios del presente siglo Rusia se ha recompuesto y ha recuperado su andadura bajo la égida de Putin y de los cuadros que lo acompañan.

Como “una catástrofe geopolítica” definió el actual presidente ruso al hundimiento de la URSS. No hay duda de que fue así. Ese suceso alumbró el desboque del imperialismo norteamericano, decidido a cumplir su sueño de hegemonía global hasta ese momento obstaculizado por la presencia de un adversario que, aunque renqueaba de manera manifiesta, todavía era un obstáculo de bulto, cuando aún no se vislumbraba el formidable nivel que alcanzaría el progreso chino.

La URSS requería de un gran reajuste. Su economía se encontraba estancada, la corrupción estaba difundida en la nomenklatura y el largo ejercicio del poder por Leonid Brezhnev no había hecho sino profundizar y fijar estos datos. Las posibilidades de recuperación existían, pero hubieran requerido de una mano fuerte para ser llevadas a cabo. No era este un rasgo connatural a Gorbachov, quien tanto por sus convicciones como por tesitura psicológica parecía un socialdemócrata antes que un comunista. El personaje que hubiera podido agarrar entre sus manos un proceso de transición y manejarlo con una ponderada firmeza pudo haber sido Yuri Andropov, el jefe de la KGB que pasó a ser el sucesor de Brezhnev, pero a quien una enfermedad se llevó a los pocos meses de iniciado su mandato.

Gorbachov se lanzó con resolución por el camino de las reformas. La glasnost y a perestroika entraron en el lenguaje común. Glasnost, transparencia, y perestroika, reconstrucción o reestructuración, eran dos concepciones idealmente positivas para desoxidar el gigante, pero hubieran requerido de un ejército de ejecutores que llevase adelante sus premisas con un criterio práctico. Nada de eso fue logrado por Gorbachov, quien se reveló impotente para contener el desbande, la presión de los factores centrífugos del imperio multiétnico y la carrera en pos del dinero fácil a la que se dedicaron los miembros de la corrupta nomenklatura. Detrás de la puerta que se entreabría había muchos decididos a echarla abajo. Ya no se trató de reformatear el estado sino de abolir al comunismo. El intento de un sector de la línea dura del partido y del ejército de invertir las tornas poniendo bajo custodia a Gorbachov fracasó y aceleró la descomposición, debido a la impopularidad del golpe y a la audacia del ascendente Boris Yeltsin, quien bloqueó el intento en Moscú. Los golpistas fueron detenidos o se “suicidaron” y Gorbachov fue rescatado, pero volvió al gobierno poco menos que como una marioneta.

El deterioro de su figura era inescindible también del deterioro de la política exterior de su país. Ronald Reagan lo “charló” con la promesa (no refrendada por un tratado escrito) de que occidente no se proyectaría sobre el espacio del Pacto de Varsovia si Rusia retiraba sus tropas de los países que hasta ahí le habían servido como escudo o glacis protector. Resultado: los rusos se fueron, el muro de Berlín cayó… y en los siguientes años la Unión Europea y la OTAN extendieron su influencia hacia ese entero espacio, hasta el punto en que estamos hoy, cuando Rusia lucha en Ucrania para impedir que esa región, históricamente la matriz de la cultura rusa, se convierta en la base avanzada de la OTAN y en el puñal dirigido contra su seno.

Pese a que la opción “Sí” en el sentido de mantener la Unión Soviética, fue abrumadoramente mayoritaria en el referéndum convocado a propósito de su supervivencia, en marzo de 1991, esa opinión no valió de nada. Una conspiración fraguada por los presidentes de Rusia, Yeltsin, y los de Ucrania y Bielorrusia, Leonid Kravchuk y Stasnislas Shushkévich, decidió desconocer ese resultado. Un pacto firmado en el bosque de Belesha, en Bielorrusia, a fines de ese mismo año, consagró el carácter independiente de las tres naciones y su reconfiguración en una Comunidad de Estados Independientes (CEI). Tras ser echado prácticamente a los empujones de la tribuna por Yeltsin, Gorbachov renunció y la URSS dejó de existir.

La década posterior a la caída del imperio soviético fue un desastre tanto en el plano externo como en el interno. El FMI y los principales expertos de la práctica neoliberal provenientes de occidente sugirieron al gobierno ruso una desaforada política de mercado que descompensó completamente a la economía, haciendo volar los precios, deprimiendo el salario, generando desocupación y produciendo estragos en la seguridad social. Los veteranos de la segunda guerra mundial empezaron a morirse de hambre.

Acaudillados por Yeltsin, los administradores de los grandes consorcios estatales de la época soviética fueron capaces de convertirse en dueños de las grandes empresas que habían regentado y, de consuno con una clase de especuladores y banqueros surgidos al calor de la apertura económica y al ingreso del capital extranjero, conformaron un bloque de poder que abusó del desconcierto del pueblo ruso, aturdido por el desastre y desprovisto de instrumentos para defenderse espontáneamente después de tantas décadas de vida social regentada desde arriba. Cuando quiso hacerlo sus expresiones de rebelión fueron reprimidas sin compasión. Y cuando el parlamento ruso, valiéndose de sus prerrogativas, quiso destituir a Yeltsin, este respondió bombardeando e incendiando el edificio que se levanta a orillas del Moscova, con un saldo de al menos 400 muertos.

Así llegó la democracia a Rusia.

Isabel

Otra defunción registrada este mes fue la de la reina Isabel II de Inglaterra. No nos interesa tanto su personalidad –sobria, por no decir tibia, exteriormente amable e inalterablemente adherida a su función- como los ecos que su desaparición suscita en nuestra sociedad. No porque sean muy sorprendentes (sus rasgos se repiten de continuo a lo largo de nuestra historia menuda) sino porque incluso en torno a este asunto siguen siendo ostensibles los rastros de “la grieta” que tanto ocupa y preocupa a nuestros comunicadores televisivos.

En efecto, el cholulaje conmovido no cesa de estremecerse admirativamente ante: 1) la desaparición de una figura señera (?!) y de alcance mundial; 2) la pompa y circunstancia con que se la despide, que según nuestros lenguaraces no está divorciada de cierto sobrio estoicismo” típicamente británico”, y 3) la habilidad con que el protocolo disimula las imperfecciones familiares que arrancan con los escandaletes juveniles y no tanto del esposo de la reina, Felipe de Edimburgo, y siguen con los avatares matrimoniales del heredero del trono Carlos, hoy Carlos III; los adulterios cruzados de este con Diana de Gales, las aventuras del turbulento príncipe Harry y la más que rumoreada pedofilia del Andrew, hoy desposeído de su rango militar y cortesano. La verdad es que la mención de estas historias induce a sentir cierto respeto por la paciencia que hubo de tener la reina para afrontar todos estos percances.

Por el otro lado, la noticia de la desaparición de Isabel ha sonado como una especie de llamado a las armas para nuestro ultranacionalismo vernáculo. La guerra de Malvinas se ha reproyectado al primer plano (un poco porque el príncipe Andrew (“el principito”) sirvió en ella como tripulante de un helicóptero del portaaviones Invencible, pero también porque hay una predisposición, que tiene mucho de retórico, a denominar a los ingleses como “piratas”, a ridiculizar al boato monárquico y a identificar a la reina con Margaret Thatcher. En realidad no es para tanto. En primer lugar porque parece ser que la reina nutría una sana antipatía hacia Mrs. Thatcher, y luego porque, ¿qué sentido tiene endosar un calificativo que en una de esas puede ser hasta tomado con humor como un título expresivo de un resentimiento infantil propio de una cancha de fútbol más que como un insulto propiamente dicho? ¿Hasta cuándo vamos a seguir con pavadas como esa de que “¡El que no salta es un inglés!”

Bueno, pase por lo del boato monárquico. Realmente cuesta mucha plata, que podría dirigirse a cubrir intereses colectivos. Aunque habría que ver hasta qué punto no es una inversión rentable: ¿qué pasaría con el turismo y la industria del espectáculo si se prescindiera de esos espectaculares decorados y de los ingredientes escandalosos o bobos de tantas series televisivas? Desde el punto de vista de la psicología política también son útiles y es quizá aquí adonde convendría dirigir la mirada: detrás de la cortina de presunta elegancia e intrigas de alcoba han discurrido siempre los hechos crudos y duros de la conquista colonial y de las rivalidades imperiales. El reinado de Victoria, sobre el que tanta tinta televisiva se ha derramado, fue también el de la guerra de Crimea, la guerra del opio contra China, la consolidación del dominio británico en el oriente medio, la supresión de la rebelión de los cipayos en la India, la carrera hacia las fuentes del Nilo y, para rematar la torta, la guerra bóer contra los afrikáners por el usufructo de las minas de diamante en Sudáfrica, durante la cual la existencia de la venerada monarca se extinguió tan apaciblemente como la de su sucesora Isabel. Fue también el tiempo de la guerra en que, por la interpósita coalición de la Triple Alianza, Inglaterra se abrió paso hacia la Sudamérica profunda devastando el Paraguay y acabando con el único ejemplo de una construcción bismarckiana del estado que registra la América del Sur.(1)

No sería nada malo que las series dedicadas a los fastos o escándalos de la realeza fuesen acompañadas de un cuadro cronológico que historiase, como en las biografías que se respetan, los acontecimientos de índole política, militar o cultural que encuadraron esas vidas. En fin, mientras tanto, a rey (o reina) muerto, rey puesto.

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[i] La analogía es quizá exagerada. Sería un poco más exacta si la referimos, más que al canciller de hierro prusiano, a Pedro el Grande, el constructor de la potencia rusa a comienzos del siglo XVIII. La comparación es atrevida, lo reconozco, porque de la selva tropical a las heladas extensiones de Rusia y a sus inmensas reservas hay un trecho desmesurado; pero la voluntad de poder del Dr. Francia y los López tiene mucho de un realismo mágico que se equipara a la  feroz firmeza del zar que fundó San Petersburgo.  

 

 

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