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05
SEP
2022
Así de cerca.
Así de cerca.
El sistema está enfermo. Al menos su núcleo dirigente, la oligarquía que a lo largo de nuestra historia se ha constituido en un factor determinante de nuestra evolución. Y, según reza el dicho, es sabido que el pescado se pudre primero por la cabeza.

Las dramáticas imágenes del video del atentado contra Cristina Kirchner no dejan lugar a dudas: hemos presenciado un intento de magnicidio que solo por casualidad no se consumó. La gravedad de un episodio de este género no puede atenuarse. Pero lo más grave de todo es que el repudio al hecho no ha sido unánime de parte de la oposición: personajes como Patricia Bullrich o Javier Milei especulando sobre las ventajas electorales que el episodio daría a Cristina son un escándalo. No hablemos de los especialistas en distorsionar la evidencia, que atribuyen la responsabilidad del episodio a quien debía ser su víctima.

A individuos como los arriba señalados sólo la consumación del acto puede dejarlos satisfechos. Como que ellos, en realidad, son los principales responsables del atentado. No por haber tirado del gatillo sino por haber incentivado el resentimiento contra la figura de la ex presidenta y del movimiento que encabeza. En esa pulsión de odio se condensan todos los rencores de una pequeño burguesía que oscila entre las clases y que intenta resolver su inseguridad despreciando y temiendo a los que están más abajo para mejor diferenciarse de ellos y así imaginarse que se equiparan a los que más tienen. La cloaca mediática se regala en este ambiente. Aquí pueden revolcarse personajes que mancillan la profesión periodística con una campaña que no tiene reposo y que desde hace años se viene especializando en el infundio, las acusaciones sin pruebas, la difusión de campañas de odio que rematan en colgamientos simbólicos y en la erección de guillotinas de cartón frente a la Casa Rosada. Pero la frustrada ejecución del pasado jueves por la noche no tenía la intención ser simbólica.

¿Fue obra de un loco suelto? A los locos sueltos los suele empujar alguien. Y si no alguien en particular, sí la atmósfera informativa que excita sus peores instintos. El país lucha consigo mismo desde que, hace 77 años, floreció un proyecto de cambio, muchas veces interrumpido por golpes militares y golpes de mercado. De este modo Argentina ha orillado en varias ocasiones un delirio próximo a la guerra civil. En última instancia no se llegó a ese extremo, pero se incurrió en excesos represivos que en buena medida la equivalieron. Cada una de esas intentonas terminó agotándose a sí misma o fue frenada por una inversión de las tornas que no procuró tampoco un cambio de fondo. Semejante estado de cosas nos ha costado mucho tiempo, mucha sangre y un sinfín de oportunidades perdidas. Ahora asoma nuevamente.

Este eterno “corsi e ricorsi” no se puede mantener. Hay que madurar por el bien de todos. Una de las maneras de hacerlo es apeándose de cierta ligereza que no termina de comprender que las palabras acarrean hechos. Pues no sólo la perversidad mata. También lo hace la liviandad o la frivolidad con que se enuncian las mayores barbaridades lo que termina despojándolas engañosamente de su peligrosidad, las naturaliza y ayuda a convertirlas en hechos.

El atentado contra la vicepresidenta de la nación debería servir para ayudarnos a frenar en esta pendiente y a recuperar el sentido común que, como se sabe, no es el más común de los sentidos. No queda mucho espacio. La frase del referente neoliberal y radical conservador López Murphy debería ser tomada muy en cuenta, en especial porque L.M. no se encuentra entre los políticos que hablan al divino botón: “Son ellos o nosotros”, dijo. Siniestra premonición.

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