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ENE
2022
El ministro de Economía Martín Guzmán explicando el acuerdo con el FMI.
El ministro de Economía Martín Guzmán explicando el acuerdo con el FMI.
A último momento se destrabó un acuerdo con el FMI por la deuda. Nada que celebrar, salvo que se nos concedería un poco de tiempo para mantener un ligero crecimiento y ver venir. Hay que aprovechar este lapso para preparar los próximos pasos.

No vamos a analizar técnicamente el arreglo al que el gobierno nacional llegó con el FMI. Nos faltan títulos y capacidades para hacerlo. Pero sí podemos señalar, con infinita fatiga, que se trata de otro aplazamiento de una crisis largamente anunciada, que explota periódicamente pero que nunca termina de resolverse. ¿Se podía esperar otra cosa en este momento? No creo. En primer lugar, por el perfil de los negociadores y del equipo del gobierno de Alberto Fernández, que no son adalides de la confrontación. Luego por la naturaleza del ala izquierda del mismo Frente de Todos, que pese a sus afirmaciones medio en sordina e infladas por una prudente audacia, prefiere rumiar su descontento antes que salir a batir el parche. Cosa por otra parte bastante comprensible, pues la volición política y el temperamento combativo de las bases brillan por su ausencia. Y este es el punto decisivo.

En cuanto a la oposición, ni hablemos: después de haber sido responsable de contraer el monstruoso préstamo del FMI, ahora parece ignorar este hecho. Mario Negri incluso habló de la deuda como de un Himalaya que se levanta frente a nosotros y nos veda el paso hacia el futuro. Pero, ¿quién lo fabricó y lo puso frente a nuestras narices sino las autoridades del anterior gobierno, del cual ese legislador fue parte?

Que Negri pueda decir esto sin que los abucheos lo apabullen implica asimismo que el nivel de apatía y de ignorancia de la opinión pública reviste proporciones inéditas. ¿No deberíamos saber que esos dineros que el FMI entregó tan alegre y perversamente al gobierno Macri fueron a satisfacer la deuda privada que ese mismo gobierno había contraído al principio de su gestión con los capitalistas amigos (que a veces eran ellos mismos) aprovechando el desendeudamiento que el kirchnerismo había conseguido para el país? Parece que no, que como sociedad no lo sabemos. Una reciente encuesta difundida por Alejandro Bercovich en “Brotes Verdes” indica que el 45 contra el 42 por ciento de la población cree que la deuda ¡es consecuencia de la gestión de Alberto Fernández! La estupidez no es innata al ser humano, pero puede ser fomentada con gran eficacia por el discurso monocorde de los medios oligopólicos de comunicación. Ello no sólo en los análisis especializados y en el sesgo que se le imprime a la información, aunque estos sean los vectores fundamentales del lavado de cerebro, sino también, de manera indirecta, a través del entretenimiento, de la forma que este reviste y del lenguaje cada vez más grosero y exiguo que desde hace décadas se derrama por las pantallas de TV.

El arreglo al que se ha arribado tiene aspectos positivos que, se afirma, son inéditas concesiones de parte del organismo de crédito. Por lo que puedo entender, el FMI no pretenderá restringir el desarrollo, no exigirá una devaluación ni una reforma laboral y ha rebajado un poco su exigencia en cuanto a la reducción del déficit fiscal. Pero lo esencial –como no podía esperarse que fuera de otro modo- consiste en que el país seguirá pagando su deuda gracias a que el FMI financiará esos pagos gracias a un acuerdo de facilidades extendidas. Es decir, que nos prestará dinero para que le paguemos. Cada tres meses la misión del Fondo descenderá a Buenos Aires para monitorear la marcha del plan y saber si el país está cumpliendo con lo pactado en lo referido a su reestructuración económica. El acuerdo tendrá una vigencia de cuatro (¿?) años, tras los cuales de nuevo habrá que renegociar todo, incluida la nueva deuda adquirida para pagar la vieja. De todos modos se obtendrían cuatro años de gracia para intentar salir del pozo y mantener un ligero ritmo de crecimiento que quizá nos permitiría ir remontando la cuesta en vez de hundirnos en el caos que supondría la aplicación de un feroz plan de ajuste. Los que sobrevivan irán viendo.

En principio se supone que el arreglo encontraría su aprobación parlamentaria, más allá de los debates y los dimes y diretes con que los distintos partidos intentarán sacarse ventaja con fines electorales. Si el Frente de Todos respaldará de manera unívoca la sanción es una de las incógnitas. Es dudoso que haya ruptura entre las partes. Como señalábamos más arriba, el sector kirchnerista puro ostenta su disconformidad más con el silencio o la reserva que con una confrontación abierta. Lo que permitiría a la vicepresidenta guardarse como opción de poder si el convenio culmina en desastre. En cualquier caso la probable aquiescencia de la mayor parte de Juntos para el Cambio permitiría al gobierno sancionar el acuerdo. En cuanto a los extremos límites de la izquierda y derecha parlamentarias (del Caño, Milei, etc.) casi seguramente se opondrán, continuando así su intento por captar a los sectores más temperamentales de la opinión, especialmente entre los jóvenes.

Ante este panorama, es obvio que no hay nada por lo cual regocijarse. Se ha zafado momentáneamente del brete, pero las dudas subsisten, en especial porque el gobierno tendrá al FMI respirándole en el cuello y en capacidad de interrumpir las cláusulas del convenio cuando se le antoje, en tanto que los niveles totales de la deuda siguen perfilándose en el horizonte como un obstáculo insuperable. Lo único que cabe augurar es que este intervalo sea aprovechado de la mejor manera posible. No permitir que se corte el desarrollo de la investigación tecnológica, incentivar a las Pymes, aprovechar los requerimientos del FMI de un ordenamiento fiscal para controlar y castigar la evasión, y cobrarle impuestos a las grandes fortunas en proporción directa al capital acumulado, sería una buena, buenísima manera de ganar tiempo, mientras se busca, con seriedad y constancia, una apertura de nuestra política exterior hacia las grandes economías emergentes, China y Rusia. Todo esto es factible, si se procede sin estridencias y sin pretender recurrir a lo que se suele llamar una “inversión de alianzas”. En primer lugar, porque en nuestro caso tales alianzas no existen: durante la mayor parte de nuestra vida “independiente” hemos sido súcubos o íncubos (como ustedes gusten) de unos vínculos de sujeción que han imposibilitado una relación de igual a igual con los países dominantes. Y en segundo término, porque no deberíamos arriesgarnos a establecer unos vínculos similares con otras potencias.

Desde luego que si de acuerdo a lo que parecen indicar los resultados electorales en México, Chile, Honduras, Bolivia y Venezuela, se pronuncia la tendencia a un retorno de los gobiernos populares en Latinoamérica, esa orientación revisionista podría multiplicar su impulso. Brasil, donde, de no mediar un atentado o una nueva conspiración judicial, Lula se perfila como el ganador de las elecciones presidenciales previstas para este año, significaría un refuerzo invalorable para orientar al subcontinente hacia un mayor equilibrio.

No hay que dejarse arrebatar por la esperanza ni por la desesperanza. El mundo es un tablero inestable, donde puede pasar cualquier cosa. Una vez más hay que reiterar que la baza en esta batalla es, como siempre, el grado de conciencia y compromiso que pueden alcanzar las bases sociales para librarla. El despertar de las masas es el fruto de una combinación de factores, en los que se integran la voluntad que estas tengan para modificar su destino, con la capacidad de persuasión y organización que pueden alcanzar los movimientos que pretenden estructurarlas. Uno de los más graves déficits del gobierno de Alberto Fernández fue su falta de decisión para definir con franqueza al enemigo. Porque la clique oligárquico-financiera-mediática-judicial que conforma el establishment -la casta regente que frustró todo movimiento que intentó morigerar su poder de fuego- sigue aferrada a las palancas del sistema. En esta situación la marcha contra la Corte Suprema de Justicia organizada para mañana adquiere especial relevancia. Esperemos que sea un primer paso en una batalla que, lo sabemos, será difícil y larga.

 

 

 

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