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16
MAY
2020
Tanqueros anclados a la espera de que se reactive el el comercio.
Tanqueros anclados a la espera de que se reactive el el comercio.
La pandemia viene a demostrar lo sensible que es el sistema moderno al impacto de lo inesperado. Pero también está inaugurando una temporada de caza que puede ser fértil para los predadores. Resistirlos requiere un frente nacional creíble y con programa.

Parece que el mundo finalmente está transitando ese punto de inflexión que se anunciaba desde hace décadas. Como ha ocurrido en otras ocasiones, este punto de quiebre se ha producido de manera súbita y con formas que no se esperaban. Se especulaba más bien con un conflicto regional que pudiera generalizarse, o cosa por el estilo. La mutación genética de un virus, su salto del reino animal al organismo humano era una cosa que preocupaba a los científicos y que vagamente atosigaba al subconsciente colectivo, pero que no estaba en la primera línea de las expectativas. Sin embargo la globalización, el tráfico cada vez más intenso de productos y de seres humanos; el turismo intensivo; las guerras, el hambre y la miseria que removían el terreno y provocaban y provocan el desplazamiento de millones de personas, creaban un ámbito propicio a este tipo de proceso. Había una atmósfera de víspera de catástrofe, agravada por el espectro de la peste que deambula por el inconsciente colectivo de occidente al menos desde los tiempos de la “peste negra” y que sucesivas epidemias –Ébola, Sars, etc.- han incentivado. El cine de Hollywood aprovechó esa difusa inquietud y le dio forma en decenas de películas. Pero no se visualizaba al fenómeno con exactitud y cuando este hizo irrupción a mediados de marzo produjo una sorpresa mayúscula, de la cual no nos hemos librado todavía. Aún se espera vagamente que el problema se solucione a través de una vacuna y que las cosas vuelvan a la “normalidad” en cuestión de pocos meses. Pero es posible que no sea así y que haya que acostumbrarse a cohabitar con este huésped letal a lo largo de muchos años. Me refiero a quienes son lo suficientemente jóvenes como para estar relativamente al reparo y ver cómo evolucionan las cosas.

Pero esa presencia y el formidable desorden económico que ha producido el Covid 19 anticipan reacomodamientos mayores. La aparición del corona virus ha puesto de cabeza al sistema-mundo. Muchos deducen del fenómeno el requerimiento de una mayor presencia del estado para paliar el desorden introducido y corregir las falencias evidentes de una economía de mercado anárquica y fundada sobre la especulación financiera; política que debería hacer énfasis también en la necesidad proveer una mejor salud pública y una organización social más racional. Lo que equivale a decir que se debería coartar el libre albedrío y la irresponsabilidad del gran capital. Una especie de giro copernicano que debería llevarnos hacia un socialismo actualizado.

Sin duda debería así. Pero para que esto fuera posible sería preciso contar con un sujeto histórico capaz de incorporar ciertos principios orgánicos y prestarles el nervio y la presencia que son necesarios para que cobren vida. ¿Dónde está ese sujeto? ¿Hay una fuerza social lo suficientemente homogénea que sea capaz de personalizarlo? Y, asimismo, ¿dónde se encuentran los partidos o movimientos capaces de articular un programa centrado en esos ejes y que al mismo tiempo sean aptos para captar a las masas y a los cuadros técnicos y militares que se requieren para llegar al poder y mantenerse en él? Porque el poder es una cuestión de inteligencia, objetivos, respaldo popular, comunicación, persuasión… y fuerza bruta.

En este momento el poder está concentrado en unas pocas manos que disponen del 90 por ciento o más del circulante y que detentan directa o indirectamente el grueso de las riquezas naturales del planeta, así como del poderío comunicacional, tecnológico, militar y empresario. Es verdad que en el seno del club de los ricos se reconocen diferencias importantes. Esto, para nosotros los sumergidos, es una ventaja. El bloque occidental es el que concentra el grueso de la riqueza y el que patrocina más desenfadadamente la globalización asimétrica, mientras que los chinos y, en mucho menor medida, los rusos, ensayan modelos de capitalismo de estado que se fijan objetivos, si no más modestos sí al menos centrados en metodologías que, en parte, juegan sobre la persuasión más que sobre la extorsión o la prepotencia abierta. Esto abre la posibilidad, relativa, de jugar a dos puntas, como ocurriera con muchos países del tercer mundo en la época de la llamada “guerra fría”.                   

Pero, simultáneamente, la crisis del Covid 19 está desarmando aún más a las masas trabajadoras ya debilitadas por el paro y las tecnologías que las dispersan o las hacen menos necesarias, arrojándolas a una situación de precariedad que puede reducirlas a la condición de “ejército de reserva del capital”. En esa condición la lucha por la supervivencia cotidiana es un desafío que inhibe la capacidad de lucha de los pueblos; aunque, si contasen con una orientación política efectiva, podrían pesar decisivamente en la balanza. En Estados Unidos, en un par de meses, la desocupación ha saltado del 4 al 22 por ciento. De momento, sin embargo, la concientización y la rebelión no se avizoran aún. La visión profética de Jack London en “El talón de hierro” (1908) fue atribuida durante mucho tiempo a una especie de anticipación del fascismo; pero la verdad es que dibujaba a la perfección más bien a la siniestra conspiración de las fuerzas que mueven hoy al “estado profundo”, cuando un decadente pero siempre peligroso Estados Unidos capitanea una reacción que bien podría aprovechar la quiebra del sistema para que un puñado de grandes empresas y fondos encubiertos de impreciso origen bajen la mano sobre un universo económico desorganizado por la crisis y muchas veces a las puertas de la quiebra. Según Alfredo Zaiat en este momento el monto de la deuda en todo el mundo es de 253 billones de dólares, lo que equivale al 322 % del producto bruto global. Es una situación insostenible a corto o mediano plazo. Pero es una situación que permitiría a las grandes empresas de tecnología e informática avanzadas que están en la cúspide de su capitalización –Amazon, Google, Facebook, entre otras- y a los capitales que las mueven, avanzar sobre el mercado y acaparar y concentrar aún más de lo que actualmente controlan, adueñándose de aerolíneas, petroleras y bancos hoy en la cornisa.

Aquí y ahora

Después de cuatro años del saqueo del desgobierno Macri, Argentina tiene una deuda externa que compromete al 90 % de su producto bruto anual. Frente a esto no hay mucho espacio para las transacciones. No hay que equivocar el camino y suponer que lo insufrible de la situación global vaya a provocar un estallido inmediato. No es bueno tomar en solitario al toro de Wall Street por las astas, en la suposición de que se puede marchar alegremente hacia un default que quizá pueda hacerse pronto global. Lo que es necesario es que cada gobierno afectado por la crisis y la deuda funde primero el orden en su propia casa. Para el gobierno de Alberto Fernández se trata de actuar de manera coherente pero graduando las fuerzas (escasas) de que dispone de acuerdo a lo que dicten las circunstancias. Es el deber de la hora. Hasta el momento pareciera estarlo haciendo, aunque alguna medida, como la rápida disposición de una injusta rebaja salarial a los trabajadores -pactada entre el empresariado y la CGT, y avalada por el gobierno- contrasta con la lentitud con que se procede en torno al impuesto a la riqueza que, ¡por una única vez!, se cobraría a las grandes fortunas. Este proyecto está en marcha hacia el Congreso, pero la hostilidad que despierta en el sistema mediático, político, empresario y bancario que manipula la oligarquía, está indicando que la precaria tregua abierta por el primer susto determinado por la irrupción de la pandemia entre las fuerzas sistémicas, ha cedido el lugar al resentimiento de clase y al odio patológico que las corporaciones sienten contra lo que sea que huela a peronismo, populismo y etcéteras. Medidas como el mencionado impuesto a la riqueza, la prohibición de los despidos y la emisión de moneda para sostener el andamiaje de una seguridad social agredida por la pandemia y el parate económico, erizan a los poderes fácticos, que por otra parte se cuidan poco o nada de responder a las directivas que bajan desde el ejecutivo en ese sentido.

Ante esto sólo queda reaccionar con firmeza. Claro está que se trata de una operación delicada y que difícilmente pueda cobrar una forma definida hasta que el tema de cómo pagar (o no pagar) la deuda esté resuelto. Pero esto, obligadamente, no puede tardar mucho.

 

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