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30
OCT
2019

Argentina: nueva etapa en un mundo que cambia

La victoria del Frente de Todos significa un cambio que auguramos sea profundo y duradero. Sin embargo, la persistencia de un antiperonismo raigal, que no atiende a razones, sigue erigiéndose en un obstáculo para cerrar la grieta.

El resultado de las elecciones del domingo deja un gusto dulce amargo. Después de la arrolladora victoria en las PASO, la sensación era que la elección presidencial debía consagrar a la fórmula Alberto Fernández-Cristina Fernández por una cifra superior o al menos igual a la arrojada por las primarias. Un refrendo categórico en las urnas resultaba necesario para asentar al próximo gobierno sobre una base sólida y con un Congreso donde dispusiese de una mayoría que le permitiese manejarse con cierta libertad en la aprobación de las leyes que enviaría a las cámaras. No ha sido del todo así, sin embargo. El Frente de Todos obtuvo el 48,10 por cientos de los votos y Juntos por el Cambio recaudó el 40,37. Es un excelente, muy excelente resultado para el FdT, que ha permitido que Alberto Fernández sea elegido presidente en la primera vuelta, ahorrándonos el balotaje; pero la cifra demuestra que Mauricio Macri obtuvo una buena recuperación con su decisión de echarse la campaña al hombro y de apostar al gran segmento de la población argentina que siente un rechazo de piel por el peronismo. Sin otros argumentos que seguir usando a la “anterior administración” como inverosímil explicación de su propio fracaso, achicó la diferencia a la mitad y con esa definición, además, privó al FdT de una mayoría absoluta en Diputados, lo que lo obligará al bando ganador en las elecciones a negociar proyectos que, eventualmente, podrán versar sobre temas ríspidos y de difícil conciliación. [i]

De todos modos, nada presagiaba que, cualquiera fuera el resultado de los comicios, el próximo período gubernamental fuese a ser fácil. Los problemas que acechan son legión, como legado de los cuatro años de sabotaje neoliberal que puso a la industria, al empleo, la salud, las reservas, la educación y la ciencia al borde del colapso. El peso de la deuda por los préstamos irresponsablemente contraídos por el actual gobierno es abrumador: los especialistas dicen que su servicio es equivalente a la totalidad del PBI que genera el país. Las tasas de interés son siderales e inhiben cualquier inversión productiva. La fuga de capitales generada por la especulación financiera ha continuado hasta el lunes, y las medidas que desde entonces se están tomando para frenar la sangría habrá que ver si apuntarán en algún momento a los verdaderos factores  de la evasión o si simplemente serán operaciones de fachada dirigidas sobre todo contra el pequeño y el mediano ahorrista que ve, en el dólar, un refugio para su a veces magra capacidad de ahorro.  

El futuro gobierno pisará un terreno minado con meticulosidad, pues no es creíble que semejante cantidad de desastres haya sido el fruto de un mero cálculo equivocado. En las elecciones del pasado domingo fracasó, en efecto, el más reciente proyecto de hacer regresar a la Argentina a su viejo rol de país productor de materias primas sin valor agregado. Ello ocurrió porque se encontró con la resistencia hasta ahora infranqueable de los estratos sociales surgidos al calor del peronismo y de sus políticas de estado. Una vez más, sin embargo, la victoria de los sectores populares corre el riesgo de insertarse en el eterno corsi e ricorsi de una disputa entre el país que intenta darse un perfil a la escala de la modernidad, y el país inerte, que se rehúsa a la movilidad social.

Este es un problema mayor, y sería inútil disimularlo. Por las razones que sean, hay un núcleo cristalizado de oposición al peronismo en cualquiera de sus versiones, que es reacio a racionalizar su pulsión de antipatía, por no decir de odio. Sabemos que los errores cometidos por el movimiento justicialista en todas sus variantes han sido muchos y han solido estar imbuidos de cierto autoritarismo frívolo, de una suficiencia estridente y de una proclividad al rito que pueden ser muy irritantes para quienes no comulgan con esta “pasión argentina”. Pero también es cierto que la espontaneidad, la alegría y la generosidad de esa muchedumbre que proviene del país profundo la absuelven de sus faltas de gusto y que su disposición esperanzada es el fermento sobre el que cabe fundar la construcción de la utopía. Y la utopía, se sabe, es el horizonte que nunca se alcanza, pero cuya búsqueda promueve la sucesión de los cumplimientos. Nada de esto parece ser percibido por el núcleo duro de la sensibilidad pequeño burguesa que se le opone, afligida en el fondo por un resentimiento de clase que colinda con el racismo. Esta masa es permeable en cambio al discurso del aparato comunicacional dominante, que siempre ha jugado la carta del establishment.

La etapa que viene va a requerir un gran tacto y una muy buena muñeca política de parte del presidente electo para ir remontando la cuesta. Cómo negociar con el FMI es el dato sustantivo de la ecuación. Hacerlo en los términos del organismo internacional, si estos son, como cabe esperar,  los que el organismo aplica cuando se enfrenta a deudores que no gozan de su  benevolencia, es teóricamente factible, pero prácticamente suicida. Someterse a su diktat e introducir más ajuste y generar las reformas y laboral y previsional como las que requeriría el Fondo, es abrir la puerta al caos. Alberto Fernández ha sostenido que entre el pueblo  y los bancos, su gobierno elegirá siempre al pueblo, y que su propósito es comenzar por poner dinero en el bolsillo de la gente para reactivar el consumo y la producción, creando un círculo virtuoso que consienta empezar a salir del desempleo. Cualquier aplicación de un ajuste ortodoxo que profundizara el modelo neoliberal, llevaría con toda posibilidad a reeditar la experiencia de diciembre del 2001 o a un contagio de las puebladas en curso en Chile y en Ecuador.

No podemos saber cuál será el paquete de medidas que propondrá el nuevo gobierno una vez que esté en el poder. Se dice que comenzaría por un riguroso control de cambios, por una reforma del sistema financiero y por una reforma impositiva que cobre un tributo a los bancos, a las transnacionales y a la riqueza, haciéndoles devolver algo de las gigantescas ganancias que han sumado en estos cuatro años, reinvirtiéndolas en paliar la situación social y en poner en marcha el aparato productivo. Pero esto sólo puede ser apenas el principio. Lo central vendrá después y aún no puede intuirse cuál será el camino del nuevo gobierno ni cuáles serán las limitaciones y obstáculos que encontrará en su camino. Desde ya que van a ser muy grandes y que la salida del túnel está lejos. Esperemos que la vocación cainita de ciertos estratos no sea estimulada por los dirigentes de la agrupación que abandona el gobierno y que se predispongan a ejercer una oposición constructiva.

Un continente en ebullición

Por otra parte, no estamos solos. Latinoamérica está presenciando una oleada de alzamientos y            fenómenos que se orientan espontáneamente a limitar los estragos producidos por la oleada neoliberal que irrumpió tras la muerte de Hugo Chávez en Venezuela y de la victoria del PRO en Argentina. Andrés Manuel López Obrador y MORENA en México son una novedad refrescante después de las gestiones neoliberales de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, que en realidad no hacían sino prolongar un curso que preexistía y se había profundizado a partir del gobierno de Carlos Salinas de Gortari.  Por su parte Ecuador viene de pasar por una sublevación indígena contra la suba del combustible que, si bien ha sido mediatizada por el gobierno de Lenín Moreno y por la transigente conducción de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), ha representado un frenazo a la traidora conducción del sucesor del presidente Correa. En Chile, por fin, el ejemplo en el cual la ortodoxia aducía que debíamos aprender a mirarnos para asimilar el  milagro neoliberal, el espejo se ha roto en mil pedazos. Una enorme rebelión popular ha arrojado al basurero de la historia la colección de mentiras acumuladas a lo largo de cuarenta años y ha vuelto del revés al modelo favorito de los Chicago boys, poniendo a la vista la enorme desigualdad que ha provocado y el hartazgo que se incubaba en esa sociedad.

Esta tempestad está abriendo nuevas perspectivas y creando nuevas oportunidades a una política exterior imaginativa en América latina. No es casual que la primera visita de estado del presidente Fernández en su calidad de mandatario sea a México. Ante la deserción del Brasil de Jair Bolsonaro, el país azteca se perfila como un gran aliado y como el pilar de una construcción incipiente que habrá de recorrer el perfil de la cordillera de los Andes. El estallido en Chile, el triunfo del FdT en Argentina, la reelección de Evo Morales en Bolivia, los disturbios en Ecuador, la derrota del Centro Democrático (el partido de ultraderecha de Colombia al que pertenecen el presidente Iván Duque y el ex presidente Álvaro Uribe) en las elecciones regionales de ese país, la resistencia que pese a todo manifiesta el chavismo en Venezuela, están poniendo de manifiesto que el gigante neoliberal que tan fuerte pisaba hace poco tiempo atrás tiene en realidad los pies de barro. No sólo o no tanto por lo que sucede en esta parte del mundo, sino por la crisis de la globalización asimétrica que propugna, cuyas tendencias centrífugas explotan y se manifiestan alrededor de todo el planeta, desde una Unión Europea donde progresan las fuerzas rupturistas, hasta la emergencia de una cantidad de centros de poder en Asia y Medio Oriente que ponen definitivamente en tela de juicio la hipótesis de una pax americana organizada en torno al Pentágono y a Wall Street.

Esto no augura tiempos fáciles, precisamente. Lo que exigirá, de nuestros pueblos y de nuestras dirigencias, una ponderación, una habilidad y una claridad de miras que sólo el conocimiento de la historia y la comprensión de la geopolítica pueden suministrar. Ojalá nos esforcemos todos por ponernos a la altura de esa demanda.

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[i] Desde luego las cifras del escrutinio provisorio han generado cierto revuelo, pues lo exiguo del aumento del caudal de Fernández respecto a las PASO provoca sospechas de manipulaciones non sanctas, que habrían ayudado a atenuar la humillación del gobierno acomodándolo en un segundo lugar menos desdoroso que el que hubiera tenido si en vez de a ocho puntos hubiera quedado a 10 o 15 de distancia. No es un asunto que podamos dilucidar, de modo que, en la duda, preferimos atenernos a las cifras oficiales, dejando la especulación para las redes sociales. Tal como están, sin embargo, los números me parece que arrojan un resultado de sobra elocuente.

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