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06
JUL
2019

Un ensayo de Roberto Ferrero sobre el tema del fascismo

¿Es el fascismo un fenómeno transferible a cualquier situación o geografía? ¿O fue un acontecimiento político filiado a una época y un ámbito precisos, eventualmente irrepetibles?

En la terminología política argentina y no solo argentina el término “fascismo” ha alcanzado el estatus de sustantivo descalificador, de carácter genérico. Lo que podría aceptarse, con reservas, si se lo atuviese al fenómeno histórico conocido con ese nombre, se convierte en un fenómeno que invita a la confusión si, como sucede habitualmente, se lo aplica a tontas y locas, a diestra y siniestra, sin tener en cuenta ni los movimientos que lo encarnaron con una diversidad de matices  en las décadas de los años 20, 30 y 40 del pasado siglo, ni la naturaleza proteica de los fenómenos políticos de masas que se han producido desde 1945 en adelante. Hay una intencionalidad escondida en este trasiego del término fascista, que no es otra que la de inducir al desconcierto, a la reacción pánica, a la repulsa instintiva respecto a muchas agitaciones colectivas contemporáneas que veces no saben decir su nombre, pero que se plantean como enemigas del estatus quo. Este es uno de los planos más importantes en los que se ejerce la guerra psicológica del sistema para plantear falsos problemas, desarmar, dividir o desconcertar a quienes lo sufren y se le oponen.

El Dr. Roberto Ferrero ha realizado sobre el tema un examen de inapelable eficacia crítica y bien dosificado humor, y nos ha autorizado a reproducirlo en esta página. Que lo disfruten.

 

¡TURNA  LA  VACA  IN  LA  MELIA!

                  (Umberto Eco y el Fascismo)

                                                                   por Roberto A. Ferrero

                                                                     I

  Los campesinos  italianos del Piamonte, cuando algún suceso los fastidiaba por su recurrencia, solían exclamar indignados: “¡Turna  la va in la melia!”, que significa “¡Otra vez la vaca en el maizal!”. El dicho hacía mención a los vacunos del terrateniente  que sin contención ni cuidado invadían los pocos acres de sus sufridos vasallos agricultores y pisoteaban el cereal plantado.

Umberto Eco (1932-2016), el gran  semiólogo y novelista italiano, era también piamontés, por lo que sus opiniones sobre el Fascismo, obligándonos fastidiosamente  a volver sobre este remanido tema, lo hacen acreedor y destinatario de la frase de sus paisanos, que para su caso se podrá modificar así: “¡Turna i liberali  sul’fascismo!”.     Eco es una eminencia en su disciplina profesional y aun en la narrativa, como lo atestiguan sus libros, como “Apocalípticos e Integrados” y la novela “En Nombre de la rosa”, pero eso no quiere decir que lo sea en las demás. En las Ciencias Sociales resulta obvio que no es más que un “opinador” aficionado.

Lo decimos porque la famosa conferencia dictada por Eco en Nueva York en 1995, ha vuelto a circular por las redes con toda clase de comentarios encomiásticos y “daños colaterales” para los lectores latinoamericanos, tras ser reeditada por Lumen el año pasado. Se titulaba “Los  14 síntomas del fascismo eterno” y es un texto totalmente al paladar de sus anfitriones yanquis.

Efectivamente. Eco desarrolla la teoría del “Fascismo eterno” o “Nebulosa fascista” o “Ur-fascismo” -una especie de  Pan-fascismo  para todo tiempo y lugar- como una ideología y/o un movimiento compuesto por  varios conceptos: el Tradicionalismo radical, el Rechazo a la Modernidad, el Culto a la acción por la acción misma, el Desacuerdo como traición, el Miedo a la Diferencia, el Sentimiento de frustración como origen del fascismo, la Carencia de una identidad como cuna del nacionalismo, la Incapacidad para realizar valoraciones objetivas, la Vida como guerra permanente, el Elitismo aristocratizante y militarista,  el Culto al heroísmo,  la envidia penis como causa de las guerras, el Populismo cualitativo y la Neolengua.  

Lo original y novedoso de la concepción  del autor de “Apocalípticos e integrados”, el “aporte” realizado a la Sociología política, es que no es necesario que se de en un fenómeno social la reunión de todas estas categorías para que quede configurado un régimen y una doctrina fascista:   basta con la sola presencia de una de ellas para que el fenómeno analizado sea considerado “fascista”. Lo dice expresamente su expositor: “…basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista”.

Tal el “pan fascismo”, teoría tan absurda como la del químico que sostuviera que no es necesario, para que exista agua, que se combinen dos moléculas de hidrógeno con una de oxígeno. Basta con que exista la molécula de oxígeno o la de hidrógeno. Sería la teoría del “pan-agüismo”. Pero el agua, se diga lo que se diga, es H2O. Si falta el hidrógeno, no habrá agua, sino gas oxígeno; si falta el oxígeno no habrá agua, sino gas hidrógeno. Así lo demostró Lavoisier y ningún químico lo refutó. Equivalente en extravagancia sería el “pan-broncismo”: el bronce es la aleación de cobre y estaño, al cual se le puede añadir zinc como componente no necesario, pero  los dos primeros no pueden faltar, a menos que intervenga Umberto Eco y dictamine que basta con el cobre o el estaño para que exista bronce. Pero no es así, según lo tiene asegurado la ciencia metalúrgica.

Todo objeto de la realidad es una totalidad compleja de varios elementos relacionados entre sí de manera tal que la ausencia de algunos de ellos -sobre todo los fundamentales que forman un núcleo duro irreductible- hace que ese existente, como dicen los filósofos modernos, deje de ser la entidad que era, para pasar a ser otra  distinta.

El Fascismo -del que Eco ignora ese núcleo duro, es decir su estructura social y política, sustento de las notas culturales y psicológicas que él les adjudica, se significa, más que por las características superestructurales enumeradas, por tres elementos básicos claves y definitorios: 1) La persecución al movimiento obrero y socialista y la destrucción de sus organizaciones sindicales, políticas, mutuales y culturales; 2) El apoyo de las clases medias desesperadas en vías de proletarización  y del gran capital; 3) En el orden internacional, una conducta expansiva y guerrerista sobre los pueblos y las colonias de sus adversarios imperialistas y aun sobre el territorio y las economías de esos mismos países centrales rivales o neutrales.

En un movimiento social-político no pueden faltar estos elementos de base sin que el fascismo deje de ser fascismo. Pueden sí estar ausentes algunas de las características culturales que ha observado el filósofo piamontés  y eso no afectará la existencia real de un fascismo determinado por su estructura esencial. Por ejemplo, en el modelo italiano que encabezó Mussolini de 1920 a 1945, estaba ausente la deleznable categoría del  Antisemitismo: el Duce protegió a sus judíos, intercedió ante Hitler por Freud, los mantuvo en su ejército  -donde había varios generales judíos fascistas, entre ellos Balbo y Graziani-(1),  hizo la vista gorda o amparó directamente a las autoridades que no aplicaban o aplicaban laxamente las Leyes antijudías de 1938, que el régimen aprobó de mala gana por la gran presión de la Alemania nazi. Y el pueblo fascista italiano protegía y escondía a los judíos a vista y paciencia de los encargados de practicar el antisemitismo. Visto desde un punto de vista cronológico, siendo el régimen mussoliniano anterior al de Hitler, podría decirse, a la inversa, que el Führer agregó el elemento antisemita que no estaba presente en el Fascismo más  clásico, que era el italiano.

En el fascismo rumano, el de la Guardia de Hierro de Corneliu Zelea Codreanu, estaban presentes el apoyo de la clase media, sobre todo campesina; el odio al comunismo y a los judíos; el deseo de rescatar para Rumania algunas regiones irredentas, y la violencia armada como instrumento sustitutivo de la democracia burguesa. Tenía, sin embargo, un componente interno místico, sacrificial y fraterno que lucía como algo distinto y mejor que el autoritarismo y el orden jerárquico preferidos en los fascismos italiano y germano.  Además, a diferencia de los modelos italiano y germano, era violentamente anti-estatal.

 

                                                          II

  

 Algunas categorías “fascistas” de Eco son totalmente erradas. Por ejemplo: la supuesta  Neo-lengua, basada “en  léxico pobre y en una sintaxis elemental”. Quien haya leído un texto escolar fascista sabe que esa afirmación es falsa. Son lecturas claras y sencillas, pero no torpes ni mal redactadas. En un país con un alto porcentaje de analfabetos, donde el idioma italiano se empezó a difundir recién desde 1870 compitiendo con los dialectos regionales, no se podía pretender que el contenido de los libros de enseñanza primaria y secundaria estuviesen redactados como para que los leyeran Edmundo De Amicis, Benedetto Croce,  Enrico Ferri o Ernesto Laclau. Se cumplía en ellos la máxima enseñada por Mussolini, que cabía a los maestros y escritores: “Compite sempre il vostro dovere, nelle piccole como nelle grandi ocasioni della vita, con la massima decisione, con assoluta semplicitá”. ¿Y no había dicho un liberal como José Ortega y Gasset que “la claridad es la cortesía que el filósofo debe al lector”?

 

 Por lo demás, el fascismo italiano contó con grandes intelectuales que no escribían en un torpe dialecto, sino en el más excelente lenguaje del Dante. Tales por ejemplo, el filósofo neohegeliano Giovanni Gentile, el famoso dramaturgo Luigi Pirandello, poetas célebres como Gabriele D’Annunzio y Filippo Marinetti con los futuristas, el crítico literario Luigi Federzoni, Ardengo Soffici, a quien se ha llamado “uno de los más puros escritores toscanos” y centenares de universitarios y académicos, lo que permitió a Mussolini asegurar en 1925 que se había acabado “la estúpida leyenda de que la inteligencia y el fascismo son incompatibles”… como cree Eco. El mismo Mussolini, antiguo periodista y gran orador, recibió en 1937 el título de Doctor Honoris Causa por la libre y liberal Universidad  suiza de Lausana. Si la mitad de la inteligentzia italiana era antifascista, la otra mitad adhirió al fascismo.

Tampoco  llevó el régimen mussoliniano su intolerancia al extremo de considerar  “el disenso como una traición” de un modo genérico y respecto a todos los intelectuales disidentes. El concepto se aplicó a los comunistas y, finalmente, a los judíos, por considerarlos ajenos a la comunidad nacional, pero otros intelectuales enemigos pudieron pensar, escribir y publicar. Tales los casos de Benedetto Croce, Piero Martinetti, Gaetano de Sanctis, Luigi Salvatorelli, Concetto Marchesi, Alberto Moravia y tantos otros.

En cuanto al Nazismo alemán, un erudito estudioso de la literatura de la época de Hitler como Lionel Richard, impugna por supuesto y con razón los contenidos místicos y reaccionarios de la prosa germana nacional-socialista, pero en ninguna de sus páginas se atreve a afirmar que aquellos literatos y filósofos -Ernst Jünger, Martin Heidegger, Gottfried Benn, Robert Scholz, Hans Friedrich Blunk, Hans Carossa y otros muchos- no tuvieran dominio de su lengua materna.

Y aunque fuera como Eco dice, es aquel un rasgo que está lejos de ser exclusivo y especial del fascismo. Basta con leer la prensa escrita o escuchar a la caterva de analistas, comentaristas, periodistas y académicos-estrella de la televisión para apreciar la presencia  -agravada- de semejantes carencias, si se nos permite esta figura contradictoria. El Neo-liberalismo no precisa que sus lacayos de los medios sepan expresarse correctamente, sino que repitan sin cesar sus falsedades para moldear de esta forma la conciencia popular. A menos que, siguiendo a Eco, por utilizar la “neo-lengua”  el neo-liberalismo sea también Fascismo, en cuyo caso no se sabe ya quién es quién…

Es igualmente inaceptable la idea de Umberto Eco de que la adhesión del Fascismo a la tecnología y el desarrollo industrial era sólo una máscara que escondía una ideología basada en la sangre y la tierra y el rechazo a la Modernidad. Eco ignoraba -o simulaba ignorar- que ambos tópicos no son incompatibles y pueden convivir en un mismo movimiento social y político. Esto es así porque el fascismo, a través de sus intelectuales, no rechazaba in toto la Modernidad, sino sólo los aspectos repulsivos que se habían creado y afirmado con el régimen capitalista competitivo, corrupto e inmisericorde. Recordemos que Marx fue quien escribió que “el capitalismo llegó al mundo chorreando sangre y lodo por todos sus poros, de la cabeza a los pies”. Pero la oposición a los desarrollos de la “civilización material” jamás se contó entre los elementos de la panoplia del fascismo, al extremo que muchos intelectuales  idealizaron y exaltaron sus realizaciones, como en el caso típico Marinetti. Esas realizaciones -científicas, técnicas e industriales-,  harto conocidas para enumerarlas aquí,  pusieron a Italia y sobre todo a Alemania a la cabeza de los países más modernos e industrializados de Europa y el mundo. De manera que la “adoración” que según Eco sentían nazis y fascistas por la tecnología no era un simple camuflage, sino una toma de posición decidida en favor del desarrollo económico-industrial de Italia y Alemania, impensable sin un crecimiento paralelo de la ciencia y la técnica, al lado del cual podían germinar -la realidad es dialéctica- las peores flores del irracionalismo filosófico, en la línea de Nietsche, Spengler  y compañía. “Cientos de millones de personas -explicaba Trotsky- utilizan la corriente eléctrica sin dejar de creer en la fuerza mágica de gestos y conjuros”. El sociólogo húngaro-alemán Karl Manheim, que como demócrata se había exiliado en Londres, no podía sin embargo dejar de admirar los resultados materiales del Estado nazi en estos rubros.

Finalmente, para no seguir perdiendo más tiempo, una perlita risible del  “umbertoequismo”: la risible idea de que las guerras sostenidas por los fascistas (“juegos de la guerra”, les  llama livianamente) se deben a ¡la invidia penis!. Un mal uso de los conceptos psicoanalíticos lo desembarca en  esta más que ridícula característica, que llevaría a Freud no a conmoverse en su tumba como pudiera creerse, sino a resucitar de risa. Es conocida en el ambiente de los psicoanalistas aquella anécdota-verdadera- en la que Sigmund Freud, ante el desborde pansexualista de algunos discípulos, que veían penes en cualquier sueño de verduras, cigarrillos o frutas más o menos cilíndricas, les recordó con sorna que “a veces un toscano es solo un toscano”… Con lo dicho, suficiente.

                                                     III

Preguntémonos ahora : ¿Cuál es la función social de teorías como las de Eco? No hace falta ser muy perspicaz para advertir el rol reaccionario que cumplen en relación a los movimientos nacionales de los países periféricos que se esfuerzan por librarse de la opresión imperialista y escoger su propio camino. Siendo tantos los elementos que pueden establecer -aun en soledad- el carácter fascista de un régimen, los analistas y filósofos políticos de los centros imperiales, buscaron y buscarán con lupa ese elemento ideológico o de acción para descalificar al movimiento de liberación que brega contra los opresores en cada rincón de la Periferia. Así, por ejemplo, no obstante ser un movimiento laico de nacionalistas y socialistas, claramente antiimperialista, partidario de rescatar la riqueza minera de manos extranjeras y acabar con el gamonalismo realizando la reforma agraria en Bolivia, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) de Paz Estenssoro, que en  términos europeos podría legítimamente considerarse “de izquierda”, fue calificado de “fascista” porque se descubrió que un número reducido de oficiales de sus adherentes militares tenían ideas antisemitas y hasta lucían una esvástica en el ojal… Interesadamente, los gansos del capitolio imperialista anglo-sajón dejaban de lado la decisiva circunstancia de que ese prejuicio innoble no era hegemónico, sino una mera adherencia circunstancial y que no había  prácticamente judíos en el altiplano a quienes aplicarlo. Además, desechaban considerar que en todo movimiento de masas, junto al oro popular se acumula también la basura de oportunistas, intolerantes, sádicos y reaccionarios, por suerte siempre una ínfima minoría

Del mismo modo, el peronismo argentino debió sufrir el estigma de ser un “fascismo” criollo  -“de las clases bajas”, aclaró absurdamente  Gino Germani- por el hecho de implantar la centralización política y estatal necesaria para enfrentar a las grandes fuerzas de la reacción mundial y nacional. Sin esa centralización, practicando un formal democratismo parlamentario, el país hubiera quedado inerme ante aquellas fuerzas, con personeros en las Asociaciones patronales, en el Congreso, en la prensa y en la Universidad, gravitando ideológicamente sobre la conciencia de las veleidosas clases medias argentinas y controlando el grueso de nuestra economía. Esta verdad accesible a cualquier analista honesto, fue en cambio caratulada como el aspecto “despótico” o “autoritario” del peronismo y, por tanto, legítimamente atacable como “fascismo” y aun como “nazismo”. Esta última variante categorial le era aplicable, sobre todo, por la contratación por parte del gobierno del General Perón de eminentes científicos y expertos alemanes, que habían servido a su país como correspondía, más allá del régimen hitleriano, y sin considerar que los norteamericanos habían llevado a su país una cantidad de  eminencias de las ciencias duras cien veces mayor, empezando por Werner von Braun, inventor de la terrible bomba V-2. Sin embargo, nadie diría que por esta circunstancia Estados Unidos se había convertido en una nación “nazi”. Con su fino empleo de la sátira, decía Jorge Abelardo Ramos: “¡Qué mala suerte tiene la Argentina! Los científicos que se llevaron los soviéticos eran todos buenos comunistas, los que recalaron en Estados Unidos fueron todos democráticos,  pero lo que vinieron a nuestro país eran todos nazis…”

El profesor italiano P. Vita-Finzi resumía así ambos casos de “fascismo”: El Fascismo “dominó en amplias zonas de Europa durante considerables períodos, y también, gracias al General Perón y al Dr. Paz Estenssoro, en algunos países de América Latina”. ¡Que burro!

Consideremos un tercer caso de aplicación “muy adaptable” -como dice el mismo Eco- de la original doctrina del “pan-fascismo”: Cuba. Si el fascismo presupone la existencia de un régimen capitalista de propiedad privada, la patria de Fidel y del Che, que la había abolido y sustituido por la propiedad estatal (mal llamada socialista), claramente no podía ser considerada “fascista”. Sin embargo, un rasgo de “el temor a la diferencia” -la persecución indebida a los homosexuales- y el ajusticiamiento de torturadores, delatores y traidores al servicio del dictador Fulgencio Batista, presentados como un ejemplo de “despotismo” cuando no era más que autodefensa, dieron pie a que lenguaraces periodistas estadounidenses y determinados “cientistas sociales” calificaran al de la isla caribeña como un “fascismo de izquierda” (¡) .

He aquí, dicho sea de paso, un perfecto oxímoron: un sistema de izquierda nunca puede ser “fascista”, porque el nazi-fascismo es prototípicamente de derecha. Los ignorantes o malintencionados hacen funcionar aquí el término “fascista” como un adjetivo agregado al concepto sustantivo que precisa una determinada realidad. Pero el “fascismo” no es un adjetivo calificativo para todo uso, sino un régimen social y político histórica y espacialmente establecido en la Europa de entreguerras con los países metropolitanos que la integraban. No hubo ni hay fascismos en el Tercer Mundo. Los así llamados por  “cientistas sociales”, sociólogos y expertos políticos a la bartola no son sino los Movimientos Nacionales y Populares de liberación, históricamente progresivos, diferenciados de los nacionalismos de los países opresores como el día de la noche.

Toda la inconsistencia y la unilateralidad del pensamiento metropolitano respecto al fascismo se expresan en opiniones como las que sostenía en 1967 el Dr. S.J. Woolf, de la Universidad de Reading (Gran Bretaña). Este académico inglés, en efecto, sostenía que tanto Perón como Getulio Vargas en Brasil habían fracasado en crear en sus respectivos países una economía cerrada, que para él era una “economía fascista”. Y consideraba que la causa de tal fracaso era la ausencia de “una base industrial relativamente amplia”, de una “poderosa industria pesada” y de “un grado relativamente avanzado de demanda interna”. Dejando de lado la afirmación del todo gratuita de que ambos líderes populares habían querido crear una “economía fascista”, el esquema de Woolf dejaba sin explicación el notable hecho de que los tres prerrequisitos para una economía  de ese tipo existían todos en la Inglaterra de pre-guerra, sin que ellos hubieran hecho de Gran Bretaña una economía “cerrada”, “fascista”, sino todo lo contrario: un sistema económico liberal de libre comercio. En cuanto al General Perón y el Dr. Getulio Vargas ellos jamás pensaron en una economía cerrada, autárquica -por lo demás imposible de hecho en la época de la expansión imperialista y el comercio mundial interrelacionado- sino en una nación con una economía autónoma y autocentrada  -que es otra cosa- , con justicia social, soberanía política y vocación de unidad latinoamericana.

Y si por su violencia homicida antipopular  gobiernos como los de Videla, Pinochet, Strossner, la dinastía de los Somoza en Nicaragua y los Duvalier en Haití o los generales brasileros uno puede tentarse a llamarlos “fascistas”, debemos rechazar esa denominación por inadecuada e insuficiente, ya que sólo toma en cuenta uno de los rasgos que comparte con el fascismo: la violenta persecución a los enemigos políticos. La diferencia más importante es que los verdaderos fascismos (los europeos) trataban, aunque por métodos repudiables, de constituir a sus países en naciones poderosas e independientes, mientras que las dictaduras latinoamericanas -con iguales o peores métodos- se esforzaron siempre por entregar sus patrias al opresor extranjero, antes Inglaterra, después Estados Unidos. Dictaduras reaccionarias y entreguistas bajo cualquier disfraz doctrinario: liberal o conservador, diferentes del Fascismo y opuestas a los movimientos de liberación del mundo colonial y semicolonial. Videla era diferente a Mussolini  o Hitler  por sus respectivas intenciones y decisiones políticas,  y opuesto al General Perón por el destino que pensaban para la nación. Puede asegurarse incluso que las Dictaduras entreguistas de Sudamérica y el Caribe han sido peores que el fascismo, porque éste era expansionista y nuestras dictaduras militares entreguistas,  porque los regímenes de Hitler y Mussolini absorbieron la desocupación y elevaron el nivel de vida del pueblo (en Alemania la desocupación pasó de 3.745.000 desocupados a 164.000 en 1938), mientras que las dictaduras lanzaron a las masas a la desocupación y el hambre, y porque, finalmente, el fascismo impulsó el desarrollo científico, tecnológico e industrial de sus países, en tanto que los Videlas, Strossner y Pinochet persiguieron a sus científicos, exiliaron a sus técnicos y destruyeron la industria en cuanto les fue posible.

                                                   IV

Para terminar, digamos que Eco, con su teoría del “Fascismo eterno” o Pan-fascismo, en realidad no inventó nada, porque fue precedido por la “Teoría del pan-guanaquismo”, que desarrollaron inteligentemente los indios Onas de Tierra del Fuego a fines del Siglo XIX. En efecto: por estos años, alarmados por la cantidad de caballos y ovejas que esta parcialidad fueguina capturaba para comerlos, los flamantes estancieros chilenos y británicos que se apoderaban de sus tierras, convinieron con los Onas que no serían perseguidos si se limitaban a alimentarse con carne de guanacos, abundantes todavía en la zona. Pero como no cumplían con lo convenido y seguían apoderándose de los animales prohibidos, al ser interpelados por los estancieros perjudicados, ellos respondieron con esta asombrosa doctrina: “Todo es guanaco: una oveja es guanaco chico; un caballo es guanaco grande”.

 De donde se concluye que si el pensamiento europeo inventó el “pan-fascismo” para jodernos (perdonen la neolengua) , nuestros paisanos los Onas crearon el “pan-guanaquismo” para defendernos de nuestros explotadores y opresores. Hoy se podría actualizar así: “Yanquis imperialismo grande; ingleses y franceses imperialismo mediano; italianos, alemanes y españoles imperialismo chico. Todos imperialistas”.

                                                                    29 de Junio de 2019

 

1) Renzo de Felice, "Gli ebrei sotto il fascismo", citado por Adolfo Kuztnisky en su libro "Italia y el Antisemitismo", pág. 112. 

 

 

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