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03
MAY
2019
Sigue la presión contra Venezuela. Las intentonas golpistas fracasan, pero la hostilidad continúa. ¿Es sólo el petróleo lo que está detrás de la persistencia norteamericana?

Gracias a su potencia militar y económica Estados Unidos puede hacer gala, al menos en las regiones donde no tiene que confrontar con poderes capaces de inducirlo a la prudencia, de un matonismo desvergonzado. Los actuales ocupantes de la Casa Blanca son los más calificados exponentes de esa prepotencia. Observando el contorno físico y los modales de Mike Pompeo y Leonard Trump hay que reconocerles que tienen “le physique du role”, como dicen los franceses. Sus declaraciones, así como las de John Bolton, en torno a Venezuela, están cortadas en la mejor escuela gangsteril. Con todo, hay límites al ejercicio de la fuerza. Aunque su aplicación no podría ser frenada en el caso de que Estados Unidos decidiera ponerla en juego,  hay factores de carácter global y local que inducen a un cierto grado de contención. Pero, ¿por cuánto tiempo este freno  será posible en una situación en la que la “credibilidad” de Estados Unidos está siendo sometida a escrutinio?

Por ejemplo, el detestado (por Washington) gobierno de Nicolás Maduro todavía subsiste bajo una presión que, en otros tiempos, tendría que habérselo llevado puesto en un santiamén. La última intentona, la consumada el pasado martes, con la sublevación de un puñado de oficiales del ejército que liberó de su arresto domiciliario al golpista Leopoldo López, completada por un llamado al alzamiento popular de parte del presidente “encargado” Juan Guaidó, finalizó en un fiasco absoluto. Las movilizaciones fueron nulas o escasas, las manifestaciones para sacar de los cuarteles a los efectivos de la base de La Carlota para sumarlos a la asonada no tuvieron resultado, la represión a los alzados se mantuvo dentro de límites prudentes[i]; y al final todo lo que consiguió el matamoros López fue cambiar su arresto domiciliario por el asilo en la embajada española. La bambolla mediática clamando por la “libertad” en Venezuela, eso sí, resonó con fuerza aturdidora en toda América latina,  y el despliegue de hipocresía, desvergüenza y cobardía de los gobiernos títeres de Brasil, Argentina, Colombia, Chile y Ecuador tuvo ocasión de manifestarse una vez más sin cortapisas. El resto del “mundo libre” también hizo gala de una unanimidad a bajo precio y cerró filas detrás del guardián de la democracia norteamericano con cierta indiferencia, patentizada en su prudente oposición a una intervención armada. La Unión Europea tiene problemas más urgentes para ocuparse que los negocios de su socio y patrón en el “patio trasero”. En última instancia, que se las arregle.

Sin embargo, el fracaso de esta asonada no debe alentar ningún optimismo. Es evidente que las maniobras desestabilizadoras siguen y que nada va a detenerlas. El continuo redoblar de las declaraciones de personajes como John Bolton, Mike Pompeo y el mismo Donald Trump en el sentido de que todas las opciones están sobre la mesa y de que debe cesar “la represión brutal” en Venezuela; las amenazas de sanciones totales contra Cuba por sus lazos con Caracas y las confiscaciones y embargos de los activos venezolanos en la Unión, el desparpajo con que se califica de “dictadura” a un  gobierno salido de elecciones legítimas, están indicando una campaña peor incluso que las realizadas en medio oriente contra Irak, Siria o Libia, pues en Venezuela no existe nada que pueda ser tachado de dictatorial. Por otra parte un argumento como ese, esgrimido por los poderes que ejercen un totalitarismo blando montado en el trípode de los oligopolios mediáticos, la concentración dineraria y el poder político-militar como “ultima ratio”  carece de toda legitimidad.

El nuevo ingrediente que la oposición venezolana ha introducido en su propaganda, desde luego que con la asesoría y a la orden de Estados Unidos, ha sido la cuestión de la infiltración ruso-chino-cubana en los asuntos internos de Venezuela. Mike Pompeo, secretario de Estado en Washington, acaba de conminar a su colega ruso Sergei Lavrov a cesar con la injerencia rusa en la cuestión venezolana (!!). ¿No se ha perdido todo sentido del ridículo? Estados Unidos acusando a otra potencia de inmiscuirse en asuntos extraños cuando pretende gestionar el destino del mundo entero y dispone de un millar de bases militares alrededor del globo…

En el punto a que han llegado las cosas, al gobierno de Trump no le queda otro expediente para sacarse al chavismo de encima que montar una provocación para precipitar algún tipo de desenlace. Las maniobras de los servicios de inteligencia, el sembradío de intrigas en el interior del gobierno de Maduro, son parte de este libreto. No se sabe si por despecho o para poner en una situación incómoda a los hombres del gabinete de Maduro, Pompeo y Bolton dieron los nombres de prominentes dirigentes chavistas que habrían conversado con Washington. Dijeron que Maduro había aceptado renunciar y viajar a Cuba, cuando se verificase la división de fuerza armada venezolana, y que solo fue disuadido a último momento por los rusos. Los rusos, dicho sea de paso, se han convertido en una obsesión doméstica tanto para Trump como para la oposición demócrata en EE.UU.: ya sirven para cualquier cosa, tanto para imputar al presidente de colusión con el enemigo -con la filtración de correspondencias comprometedoras de Hillary Clinton antes de las elecciones del 2016- o para permitir a este protestar contra el apoyo ruso a Maduro, erigiéndose en el campeón de los derechos de la “nación excepcional”  a vigilar el cumplimiento de la doctrina Monroe.

No se lo puede saber con certeza, pero cabe la sospecha que el golpe de los otros días fue una jugada para convocar a la muchedumbre en la calle y procurar que ese retumbo popular fuera reprimido o cayera víctima de los francotiradores que se dedican a sumar víctimas entre los manifestantes. Y si no funcionó como provocación es probable que en otra ocasión lo haga, dando pie a otra de esas guerra de “injerencia humanitaria”, en las cuales Estados Unidos se complica “para salvar al pueblo de sus propios tiranos”. Las razones de este persistencia ya las brindamos en otras ocasiones: el deseo de controlar las reservas de petróleo venezolanas, las más ricas del mundo; el interés por otro mineral estratégico, el coltán; la voluntad de acabar con “la troika del mal” (Bolton dixit): es decir, el terceto conformado por Cuba, Venezuela y Nicaragua; y el redondeo de los planes del Pentágono para el conjunto del subcontinente, que contemplan al Caribe como un lago norteamericano, al Brasil como el socio privilegiado y  pastor del rebaño de los pueblos latinos y  a la generalidad de la región como basamento y contrafuerte de la fortaleza América, reservorio de materias primas y rueda de auxilio en la tarea de hegemonizar al mundo.

Esto es lo que se discierne de las orientaciones generales de la política exterior de la superpotencia. Que esas orientaciones vayan a cumplirse es otra cosa: las resistencias internas, tanto en América latina como en los mismos Estados Unidos–inaparentes, por ahora- a esa monstruosidad van a ir creciendo más o menos rápido, de acuerdo incluso al ritmo que cobre la agresión.

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[i] Por supuesto esto puede cambiar en cualquier momento, en parte por lo fluido e imprevisible del curso de los acontecimientos, pero también por la capacidad de fabulación e intoxicación de la prensa del sistema. Las “fake news” son a la información lo que los pulsos electromagnéticos son a la guerra cibernética y energética.

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