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27
ABR
2019
Iliá Ehrenburg.
Iliá Ehrenburg.
Testigo del siglo de la revolución, las memorias de Iliá Ehrenburg son un documento precioso no solo o no tanto para interpretar ese tiempo, cuanto para percibir su aliento abrasador.

La biografía es un noble género literario. Es extraordinariamente rico porque en él juegan no sólo la investigación y el método analítico sino también la intuición del autor, su capacidad para penetrar en los meandros psicológicos de un personaje y la interpretación que a través de él se puede hacer de un escenario social e histórico. Supone para el biógrafo una doble exigencia: la del rigor metodológico y la de las dotes del escritor y el novelista, en la medida en que debe ejercer la penetración psicológica y disponer de un estilo lo suficientemente fluido y transparente para hacer visible al personaje y al mundo que evoca. Por esta vía, en el caso de las más significativas personalidades políticas y culturales, a  través de la biografía se hace posible conocer vívidamente mucho de las tendencias generales que recorrieron su tiempo y fueron reinterpretadas y reformuladas por el individuo atravesado por ellas.

Dentro de este marco de referencias existe un subgénero, el de la autobiografía, que es también enormemente valioso como documento. Es decir, como un aporte inestimable a la memoria histórica provisto por los grandes o pequeños testigos de su tiempo y que intentaron darle forma. Este aporte por supuesto estará siempre sujeto a caución, pues es de suponer que el individuo que se narra a sí mismo en cualquier caso va a intentar echar una mirada apologética sobre su propia vida, o al menos va a intentar justificar sus actos –o su  renuncia a efectuarlos. Pero, a ojos de la historia, esto no importa; lo que cuenta es la cantidad de material que el sujeto aporta y la vivacidad de su discurso, si quien se cuenta a sí mismo es capaz de transmitirse con eficacia. En general suelen ser libros muy buenos o buenos, pues, incluso en el caso de que al aspirante a memorialista le falte el cuño del escritor, siempre estará a mano algún “ghost writer” que se encargará de dar forma a su testimonio sobre sucesos más grandes que su capacidad para expresarlos.

Las grandes épocas –grandes por su magnitud y su carácter extremo- merecen ser contadas por quienes las vivieron. En este sentido el siglo XX ha sido un terreno de elección y varios de sus protagonistas eligieron ponerse a la tarea. Basta recordar las memorias de guerra de Churchill; “Mi vida”, de Trotsky; los relatos se Henry Kissinger o de Albert Speer, el diario de Goebbels, las memorias casi póstumas de Mussolini, el relato de Eisenhower sobre su campaña en Europa (trámite en este caso de la colaboración de un periodista), las descomunales memorias de Manuel Azaña, las de Anthony Eden, las del general De Gaulle y, en planos más alejados del quehacer político pero inmersas en la cultura de su tiempo, las autobiografías y diarios de personajes como André Malraux (que bautizó a su libro Antimemorias, para evadir el brete del rigor); François Mauriac, André Gide,  Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Virginia Woolf. Para hacer algunos nombres. Y no quisiera dejar de lado a “Adiós a todo eso”, las precoces memorias de Robert Graves posteriores a la primera guerra mundial y que preludiaron a la mayor parte de su ingente obra como poeta y novelista.

“Puede que nunca hayan abundado tanto como hoy los libros de Memorias”, decía León Trotsky en el prólogo de su autobiografía. “¡Es que hay mucho para contar!” Esta afirmación del creador del Ejército Rojo contrasta con la general sequía que en esa materia cabe observar hoy en día, pese a que el volumen y el peso de los acontecimientos que nos rodean son abrumadores  y pueden estar augurando cosas peores, lo que debería estimular y multiplicar las voces de alerta y los libros dedicados a retratar, a través de las propias vivencias, las amenazas que acechan. Pero quizá esto tenga relación con lo sombrío del paisaje que nos envuelve,  que es opresivo más que accidentado: en el momento histórico en el cual escribía Trotsky, los acontecimientos eran terribles –y nadie mejor que el mismo L.T. para ejemplificar su dimensión trágica-,  pero se advertía que la transición entre dos épocas era posible, que el cambio estaba en marcha y que la suerte del sistema capitalista estaba echada. Hoy, por el contrario, se percibe, para decirlo con las palabras de Gramsci, que “vivimos entre dos épocas, una que muere y otra que no acaba de nacer”. Y los personajes que deambulan por el escenario de hoy son pálidas sombras si se los compara con las figuras que tomaban o creían tomar la realidad  entre sus manos por aquel entonces. 

Ehrenburg, una vida en el siglo

Todo viene a propósito de la relectura que estoy haciendo de “Gente, años, vida, 1891-1967”, las memorias de IIiá Ehrenburg publicadas hace algún tiempo por la editorial Acantilado.[i] Ehrenburg fue un prominente escritor ruso, en su momento muy conocido en occidente. Vivió muchos años en París y en Alemania, y su tarea como corresponsal para Izvestia durante la guerra de España le permitió también estrechar lazos con escritores y artistas de distintas proveniencias, que se sumaron a la amistad que lo unía con muchos de los protagonistas de la vida cultural francesa, tanto autóctonos como extranjeros. Sus libros, como la mayor parte de la literatura soviética, no son conocidos en Argentina o han desaparecido hace mucho tiempo de las librerías. Personalmente los conozco sólo de oídas, con la excepción de estas monumentales memorias de 2058 páginas. El interés en sus trabajos, como en el de sus contemporáneos soviéticos, no es grande en el público moderno, como no lo es, para la generalidad del público lector, la historia del siglo XX, cuyo conflicto esencial -la puesta en cuestión del sistema capitalista- ha pasado a revistar en las librerías especializadas o en documentales televisivos que en general hacen gala de una simplificación extrema. En cualquier caso, a medida que pasan los años y sobre todo después de la evanescencia de la experiencia comunista, el recuerdo del pasado sufre  un proceso de oscurecimiento parecido al empobrecimiento fotográfico de los viejos documentales cuando no son conservados adecuadamente: los rasgos se difuminan, las figuras se hacen borrosas y el relato de lo acontecido decae a un reduccionismo extremo. Quiero creer que se trata de un fenómeno pasajero y que en algún momento el interés por los problemas del pasado, que no son otros que los que actualmente nos acucian, con otros matices, volverá a convertirse en tema de debate para iluminar el camino que estamos recorriendo.

Las memorias de Ehrenburg resultan tremendamente interesantes para quienes conservan el gusto por la historia. Y muy agradables para quienes tienen el gusto por la literatura. Son una relación muy vívida y animada, a veces un poco desprolija, de una vida en el siglo. El propio autor justifica su falta de método como una elección deliberada. Ha preferido en ocasiones dejarse llevar por el flujo libre de la memoria en vez de atarse a una cronología, de modo que de pronto irrumpen en el libro, mientras se está hablando de un episodio acaecido en los años 20, un recuerdo de la infancia o el recuerdo de algo que se vivió en una época posterior, en los años 30, 40 o 50. No es improbable que estos bruscos cambios de dirección desconcierten al lector no informado, por lo cual es aconsejable que este trate de adquirir un conocimiento al menos sumario de la historia que ocupó el arco de tiempo que en el cual el narrador se mueve.

Y la lluvia de acontecimientos que ocupan el lapso por el que discurren las páginas de las memorias de Ehrenburg fue de veras torrencial, a lo que se suma la posición privilegiada del autor como testigo de lo que sucedía. Hijo de una familia ruso-judía bien situada económicamente, militante socialista en sus años adolescentes, peregrino pobre en París en la época de la bohemia futurista y surrealista, amigo de Picasso, Modigliani, Apollinaire, El Lisitsky, Jean Cocteau, Louis Aragon, Paul Eluard; con acceso a figuras políticas del exilio ruso anterior a la revolución de octubre –son notables los retratos que traza de Lenin, impregnado de una viva simpatía, y el de Trotsky, al que llama “el camarada X” y que trasunta un rechazo que suponemos debe haber sido compartido [ii]. Ehrenburg fue poeta y novelista, tareas que combinaba con el trabajo para los periódicos rusos, lo que en la guerra del 14 lo llevó a desempeñarse como corresponsal de guerra en el frente del Somme. Tuvo por lo tanto un debut en la vida bien agitado y estimulante. Luego estuvo la estadía en Alemania, el retorno a Rusia en tiempos de la guerra civil; el hambre, el terror rojo y el terror blanco, la huida a occidente, la aproximación y reconciliación definitiva con el régimen soviético y una vida a caballo entre Moscú y París. Mientras se desenvolvía como corresponsal de Izvestia, proseguía su tarea de escritor, aunque a cada momento interrumpida por las exigencias del oficio. Estas entre otros lados lo llevaron a España, a cubrir la guerra civil desde el bando republicano, donde, por sus antecedentes, capacidades y familiaridad con el escenario, fue un miembro destacado de la hueste de consejeros, comisarios, especialistas militares, agentes de inteligencia y gente de prensa que el Kremlin mandó a participar del conflicto español. Sobre el tema Ehrenburg escribe en estas memorias páginas inolvidables, no sólo porque el pueblo español le robó el corazón, sino también porque sus diversos períodos de estadía en la península coincidieron con el período de las purgas, de los juicios de Moscú y de la generalizada “caza de brujas” que Stalin desató contra la vieja guardia del partido y los altos mandos militares.

Ehrenburg no puede o no quiere suministrar una explicación razonada sobre esa demencial ola represiva que fusiló a cientos de miles de personas, mandó a otros millones al gulag y dañó casi irreparablemente al marxismo como instrumento crítico para desentrañar la realidad. Quizá, como él mismo lo dice en algún momento, porque “una historia se cuenta pronto, mientras que la Historia se mueve en zigzag”.  Pero en esta vaguedad también debe haber influido el hecho de que sus memorias, si bien  fueron escritas después de la segunda guerra y acabado el estalinismo, todavía se encuadraban en un marco cultural pesadamente influido por el pensamiento oficial. Y asimismo –y esto es lo más importante- porque el terror estalinista debió haberlo mordido en la médula, impidiéndole otra reacción que no fuera el temor  y el asombro, y la voluntad de seguir viviendo a la sombra de la pata del Moloch que había aplastado a sus más íntimos amigos: Isak Bábel, Meyerhold… Lo que puede  haber dejado a Ehrenburg un soterrado e inconfeso sentimiento de culpa. La culpa del sobreviviente.

La realidad increíble

Incluso vista de lejos, con la frialdad que da la perspectiva, la época de los procesos de Moscú resulta casi inexplicable. ¿Cómo seguir los vericuetos de una mentalidad paranoica que golpea indiscriminadamente a diestra y siniestra debido, tal vez, sólo tal vez, a que se propone exterminar preventivamente a quienquiera pueda llegar a ser un rival por el poder en la situación de crisis en que la proximidad de la segunda guerra mundial ponía a la URSS? La consecuencia de este “razonamiento”, su continuación “lógica”,  fue la condena administrativa, el exilio o la ejecución de todos los candidatos que podían suceder a Stalin, a los que se sumarían con frecuencia los allegados a la víctima, que podían incubar rencor por el daño que se les había inferido; es decir, los  parientes, amigos o conocidos de la víctima original.

Ehrenburg pudo haber sido un nombre más en la lista de los comunistas que sufrieron ese destino. Porque era amigo desde la adolescencia nada menos que de Nikolai Bujarin, el más eminente personaje sentenciado en los procesos, sin hablar de un montón de otras figuras del partido y de artistas e intelectuales que cayeron en desgracia y a los cuales estaba vinculado. Sin embargo, zafó. Zafó quién sabe por qué, quizá por la simpatía que Stalin sentía por sus novelas, un poco como con lo ocurrido con Ernst Jünger en la Alemania nazi, donde Hitler sentenció: “No toquen a Jünger”, pese que el autor de “Tempestades de acero” tenía lazos con la camarilla de oficiales que conspiraron para asesinar al führer. Quizá también porque Ehrenburg era muy conocido en occidente y los burócratas del Kremlin no deseaban exponerse a otro escándalo como el promovido para obtener la liberación de Víctor Serge[iii]  en un momento en que el fetiche de la política exterior soviética era el frente popular antifascista.

Pero el quid de la cuestión sigue irresuelto. No se trata tanto de la intoxicación de un pueblo por una propaganda de odio (los ejemplos de esta nos siguen hasta nuestros días), ni de la perversidad de los gestores de la calumnia. Es el peso aplastante del poder cuando se lo ejerce sin cortapisas,   su capacidad de sugestión hipnótica, lo que resulta aterrador. Pues si en el caso de los intelectuales rusos su parálisis hubo de deberse al miedo, al temor a su propia aniquilación física y moral, la ceguera de la mayor parte de los círculos de izquierda en occidente, que apoyaron los procesos, fue inexcusable. Todo induce a suponer que tanto en el caso de la dictadura estalinista como de los campos de concentración nazis, tanto en el del salvajismo con que las potencias colonialistas consuman genocidios no inferiores sino incluso más grandes que los de los regímenes totalitarios; tanto en los horrores de los bombardeos deliberadamente aniquiladores de la población civil  (Hamburgo, Dresde, Hiroshima, Nagasaki), como en el del genocidio silente que se practica a través de los mercados, lo que se adivina es que debajo de la superficie bien educada y culta de la civilización moderna late la bestia primordial.

Los seres que desfilan por las memorias de Ehrenburg son en general seres normales provistos de rasgos de carácter más o menos acentuados, más o menos brillantes –no olvidemos que se trata de artistas, intelectuales y políticos en su mayoría-, pero están tan expuestos a los desafueros del poder como los súbditos de un monarca absoluto de la época de la guerra de las Dos Rosas. Pero hoy mismo, ¿quién protege a un nativo de Yemen o a un habitante de la franja de Gaza de las bombas que se descargan sobre él por cálculos estratégicos y políticos contra los cuales no tiene defensa? ¿Quién nos cuida de la devastación programada del empleo, que arroja a millones de personas a la indigencia? ¿Quién nos garantiza que los locos pragmáticos al estilo de Curtis Le May[iv] no lancen al mundo a otra guerra mundial invocando una vez más las ventajas de la acción preventiva?

El tema burbujea por debajo  del libro de Ehrenburg. Afortunadamente no se constituye en el núcleo de la obra, pues en tal caso nos encontraríamos frente a un ensayo erudito, mientras que el autor, a la manera de  Stendhal, aquí se ocupa del relato de la vida que pasa. Fue una suerte que su espejo no se haya roto.  

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[i] Iliá Ehrenburg: “Gente, años, vida”, memorias 1891-1967, Acantilado, Barcelona 2014. 

 

[ii] En cualquier caso el relato de Ehrenburg suministra  la clave de un rasgo de carácter de L.T. que debe ser  tomado en cuenta por la incidencia que parece haber tenido más tarde, cuando se trató de capitanear la oposición a Stalin: su predisposición a abrumar intelectualmente al interlocutor en el que adivinaba a un adversario, en vez de procurar ganárselo, como hacía Lenin. Gran escritor, gran revolucionario, gran administrador, gran orador, gran hombre de acción, su flaco fue cierta incapacidad para rebajarse al nivel medio, que reducía sus chances en la política salvo en los momentos de conmoción y crisis. 

 

[iii] Escritor ruso-belga de lengua francesa, autor de “El año uno de la revolución rusa”, “Memorias de un revolucionario”, “Si es medianoche en el siglo”, “El caso Tuláyev”,  perteneciente a la oposición de izquierda liderada por Trotsky y exiliado en el gulag, por cuyo rescate se desarrolló una gran campaña en la izquierda de occidente. Murió en México en 1947, en la pobreza.

 

[iv] Jefe del SAC (Strategic Air Command) durante las presidencias de Truman y Eisenhower, luego jefe del Estado Mayor de la USAF en la época de Kennedy y Johnson, y antes responsable de los ataques incendiarios contra las ciudades japonesas y de las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki. Como “halcón” durante la guerra fría, recomendó la invasión a Cuba durante la crisis de los misiles y quiso  aprovechar la ocasión para propinar un golpe nuclear definitivo a la URSS en un momento en Estados Unidos poseía una ventaja militar desproporcionada frente a su enemigo; ventaja que, sin embargo, no hubiera sido suficiente para ahorrarle varios millones de muertos por la represalia soviética. Sin hablar de los cientos de millones que habrían perecido en el mundo entero en el caso de desencadenarse la guerra.

 

 

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