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16
MAR
2019
Los ciberataques y los sabotajes contra la red eléctrica en Venezuela son parte del desarrollo de una guerra experimental, que se encuadra en un delirio de poder capaz de producir un infinito daño.

No soy partidario de las afirmaciones enfáticas. No me gustan los ditirambos, ni tampoco las condenas irreflexivas, genéricas, incapaces de discernir los matices de la realidad. Pero la verdad es que estos días de acoso a Venezuela de parte del imperio excitan la bilis y predisponen al insulto. Aun así hay que discernir entre el pueblo de Estados Unidos y su detestable casta dirigente. Aunque más no sea porque el aporte de la cultura norteamericana a la cultura global es enorme –aunque no siempre positivo- y porque todos nosotros de un modo u otro nos hemos bañado en ella.[i] Pero, hecho este distingo, la vía debe quedar libre para dar paso a la indignación.

El cinismo y la hipocresía que despliega la banda de gángsters entronizados en el gobierno de  Washington están haciendo la atmósfera irrespirable. Para los latinoamericanos que tenemos un largo roce con los malos modales del Gran Hermano del norte, esto no debería constituir una sorpresa. Como tampoco lo debería representar el diligente servilismo de los medios masivos de comunicación locales y de los gobernantes que responden al diktat de arriba y que hoy, por esas vueltas de la historia, se ven entronizados una vez más en lo alto de poder, en una especie de vuelta a principios del siglo pasado. Pero este regreso en fuerza al estilo del “big stick” y a una agresión que no se disimula y apela a cuanto recurso dispone para abatir a un gobierno legítimamente constituido porque este no se acomoda a las conveniencias del patrón y porque se erige en un obstáculo a un proyecto desmesurado de dominio sobre el entero hemisferio occidental, es, a la vez que una antigualla, una novedad que nos afecta decisivamente.

Es una antigualla porque ese proyecto fue el primer paso del imperialismo norteamericano naciente, cuando, tras llenar el espacio continental que se había arrogado, desbordaba hacia Centroamérica y el Caribe y hacía sus pinitos en la guerra contra España en 1898, que lo situó en las Filipinas, a las puertas de China y Japón. Ahora, sin embargo, pareciera asemejarse más a un repliegue sobre ésa su base original, ante las resistencias con las que está tropezando en los cuatro rincones del mundo. En Iberoamérica, sin embargo, más pronto que tarde, va a tropezar con resistencias populares que pueden dar lugar a una participación de poderes extra hemisféricos que encontrarán en este lugar un terreno favorable para desgastar a la superpotencia, en especial en este momento de transición acelerada de la unipolaridad a la multipolaridad. Sería una especie de vuelta a la guerra fría, cuando los contendientes principales libraban su batalla por interpósitas personas y en terrenos periféricos. La novedad consiste en que esto, compréndase bien, nos podría reservar el destino de convertirnos en un sudeste asiático del siglo XXI, con todos sus horrores. Hay que evitar por todos los medios caer en esa trampa. Solo la vigilancia y la lucha popular y una dirección de esta centrada en una comprensión geopolítica del subcontinente, podrán ir construyendo las alternativas razonables para evitar esa emboscada histórica. [ii]

La pregunta del millón

Me pregunto qué piensan los militares argentinos y sus colegas iberoamericanos en torno a estas eventualidades. Porque presumo que piensan en ellas. ¿Van a reproducir lo que sus antecesores hicieron cuando se dejaron embaucar con la “Doctrina de la Seguridad Nacional” y se embarcaron –con premura- en una ficticia tercera guerra mundial contra el comunismo, cuando en realidad lo que había era una disputa entre superpotencias, de las cuales una, Estados Unidos, se interesaba sobre todo en contener las luchas nacionales de los pueblos oprimidos, que venían a desorganizar el ensamble capitalista del mundo? Porque los movimientos anticolonialistas de la segunda mitad del siglo XX fueron ante todo nacionales y, sólo en segundo término, comunistas o mejor dicho pro-soviéticos. Fue el antagonismo irreductible de los viejos poderes coloniales y el sostén que les dio Estados Unidos, más los movimientos que los mismos norteamericanos realizaron para consolidar su despliegue global, lo que multiplicó los conflictos. Las revoluciones de los países árabes no fueron comunistas, más bien al contrario, como tampoco lo fueron las de India y Pakistán. En cuanto al  comunismo de Mao y el de Ho Chi Minh tenían raigambres poderosamente nacionales y en más de una ocasión hicieron la suya, más allá de los sugerencias o exigencias de la Unión Soviética; y, en Cuba, el mismo Fidel Castro en definitiva se acercó al bloque soviético por necesidad, como única manera de encontrar un apoyo económico y un escudo militar frente a la amenaza inminente del ataque norteamericano.         

La posibilidad de que América latina sea tocada por la creciente tensión global deviene en buena medida de la desaforada extensión que Washington ha dado a su presencia mundial. Las aproximadamente 800 bases que Estados Unidos despliega en el mundo, con alrededor de 150.000 efectivos alojados en ellas, dan la pauta de lo que pasa, pues casi todas ellas están alojadas en puntos desde los que amenazan de cerca a los principales países que juzgan sus enemigos. No hacen ningún misterio de ello. “¡ Ahí van 100.000 toneladas de diplomacia, Kim-Jong un!”, se carcajeaba un almirante norteamericano en la CNN mientras la pantalla mostraba al portaaviones Carl Vinson en ruta hacia Corea del Norte. Con semejante disposición de ánimo, nada tendría de extraño que, si la situación es propicia, los rivales globales de Estados Unidos  tiendan a devolverle la atención en lo que USA considera su “patio trasero”.

La partida que se juega en Venezuela es complicada y conviene observarla con atención porque allí se están poniendo en práctica herramientas y usos que  ya se han puesto en evidencia en operaciones anteriores, pero en que en este caso vienen a aplicarse en un terreno que nos es propio. Las guerras e intervenciones recientes de Estados Unidos en Afganistán, Irak, Libia y Siria trabajaron con las distintas variantes que se ofrecían al accionar imperialista. Los conflictos étnicos, confesionales y eventualmente tribales que se detectaron en esos países ofrecieron un punto de apoyo ideal para desarticular a la sociedad civil y empujar a unos sectores contra otros, a la vez que se abría el paso a la intervención de mercenarios y de terroristas importados, cultivados asiduamente por los servicios de inteligencia de la alianza atlántica. Estos manipulan entre bastidores a las escuelas del fundamentalismo islámico y teledirigen a sus miembros: en muchos casos inmigrantes desarraigados de las sociedades en las que se insertaron y que están en busca de una causa.

El balance de esas guerras es luctuoso y su resultado incierto, pero en general, salvo en el caso de Libia, no han conseguido plenamente el objetivo buscado. El caso de Siria es el que más adverso ha resultado para el imperialismo, pues el estado siguió en pie, su presidente no fue derrocado y el escenario resultó propicio para que la intervención rusa volcara la balanza a favor del gobierno, señalando asimismo el retorno de Rusia como potencia militar y como presencia geoestratégica de peso en el medio oriente. Es verdad, sin embargo, que si bien el estado sirio ha subsistido, sale debilitado, desangrado y devastado del conflicto.

En Venezuela la situación debería seguir los pasos de los casos citados, pero hasta aquí el procedimiento no ha conseguido su objetivo. Pese a las “guarimbas”, pese al caos interior estimulado desde afuera, pese a la vergonzosa traición a la patria protagonizada por Juan Guaidó y por quienes reclaman la intervención extranjera para deshacerse de un gobierno al que no se atrevieron a desafiar en las elecciones, no existe la posibilidad de partir al país en zonas cuyas poblaciones se rechacen. El conflicto no es entre etnias, sino entre clases, y recorre por lo tanto a toda la geografía. Pero Washington advierte que “todas las opciones están sobre la mesa”, significando con esto la posibilidad de una intervención norteamericana directa si el cambio no lo producen los venezolanos mismos. ¿Se animará a tanto? Dada la catadura de Trump y sus adláteres no habría por qué dudarlo si creen que el éxito puede obtenerse rápidamente. Antes intentarán agotar las otras probabilidades; pero están en camino de acabarlas a todas. Para ellos lo ideal sería que a Maduro lo defenestrasen sus militares, que saldrían “en defensa del pueblo reprimido”. Los personeros de Washington no han escatimado amenazas para inducirlos a hacerlo, como lo hizo Trump cuando les dijo que si no proceden según lo aconsejado lo pagarán muy caro, “no tendrán donde esconderse” y lo perderán todo. Implícitamente, incluso sus vidas. Otra opción sería una intervención colombiano-brasileña. Pero ocurre que, si la fuerza armada venezolana conserva su cohesión, dispone del suficiente equipamiento moderno para rechazar esas amenazas, al menos en una primera etapa.

El último recurso, indudablemente letal, es una intervención norteamericana directa, sustentada en una propaganda desenfrenada contra el “tirano” Maduro, en el “derecho a proteger” inventado por Barack Obama, y en el respaldo de los gobiernos títeres que salpican el subcontinente, a los que se sumaría una mayoría de los aliados de Estados Unidos en la OTAN, que ya han salido a condenar al gobierno de Caracas y a exigirle, muy sueltos de cuerpo, que abandone el poder.  Como si les asistiese algún derecho a reclamarlo. Decididamente, los neoliberales se sienten en el siglo XIX…

Ahora bien, si de guerra se trata, hay que admitir que el ciberataque contra la red eléctrica venezolana es un acto de guerra de gran envergadura, que podría estar preludiando una intervención en fuerza. Posiblemente se haya tratado no solo de una intimidación y de una contribución al caos que se fomenta en el interior de Venezuela, sino también de un ensayo general para un ataque en profundidad. Estas incógnitas revolotean en el horizonte y definen un futuro turbio y sembrado de asechanzas. Vuelvo a la pregunta que formulara unos párrafos antes: ¿qué piensan los militares latinoamericanos de este panorama? ¿Se van a convertir en los verdugos voluntarios de la soberanía? ¿Serán, por el contrario, capaces de reconectarse a la tradición sanmartiniana y bolivariana para comprender a esta porción del mundo como una plataforma posible de poder, capaz de mantener a distancia de respeto a las otras fuerzas que colisionan por la hegemonía y ahorrarnos la trágica calesita de las guerras por procuración?

Son preguntas difíciles de responder, pero los términos “equilibrio de poderes”, “neutralidad” y  “tercera posición” tienden a cobrar nuevamente sentido en este encuadre. La contraofensiva imperial en acto y la debilidad de las formaciones políticas -salvo excepciones como las existentes en Bolivia y Venezuela-, que hasta hace poco operaron como factores de resistencia contra la agresión foránea y contra el establishment local que le está asociado, nos pone en un brete del que se hace difícil salir. Pero la identidad de una nación se construye precisamente superando las adversidades. Hay que apropiarse de nuestra historia conociéndola y comprendiéndola a través de una elaboración interior de nuestra propia experiencia. A partir de ahí preguntas como la que hemos formulado antes sobre los militares frente al destino de Iberoamérica, deberían empezar a encontrar una respuesta.         

 

[i] El individualismo, la ética del trabajo, la mentalidad práctica, la capacidad ingenieril, la audacia de la  inventiva tecnológica, el cine, la literatura, el jazz y el arte popular; la desaprensión plebeya hacia las formas estereotipadas de la nobleza de estirpe y el espíritu práctico que impregna a las invenciones orientadas a facilitar la  vida, son rasgos desarrollados por la sociedad norteamericana y que, mucho más que el engolado mito de la “nación elegida” o “indispensable”, han contribuido a facilitar la penetración y la aceptación de muchos de sus  elementos civilizatorios incluso en lugares y culturas que no pertenecen a la matriz occidental. Lamentablemente estas virtudes sirven también para persuadir al pueblo norteamericano de su excelencia y a hacer que no caiga en la cuenta de la naturaleza del gobierno del capital concentrado que lo domina.

 

[ii] La pretensión del Che Guevara en el sentido de crear “no uno, sino muchos Vietnam”, era un pésimo consejo. Más allá del carácter voluntarista de la premisa, que llevó a muchos desastres -entre otros la muerte del mismo Che-, no es recomendable ofrecer a la sociedad como deseable la espantosa suerte corrida por el sudeste asiático durante la intervención norteamericana. La revolución es un asunto serio, no se produce por arte de magia ni por la ocurrencia de un grupo de individuos, y las luchas por la liberación social y la soberanía si bien son indispensables, conllevan un sacrificio que, si se ha de sufrirlo, no debe ser buscado frívolamente. La mejor manera de enfrentar el desafío es reconociendo la naturaleza del enemigo y dotándose de las herramientas tanto teóricas como militares para disuadirlo de meterse en camisa de once varas. Por supuesto que detrás de este cálculo debe existir la voluntad última de no ceder en lo que se precia como inalienable y aferrarse a ello. De lo contrario tanto la diplomacia más fina como la panoplia bélica más fuerte no convencerán a nadie ni servirán de nada.

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