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24
OCT
2018
EE.UU. se va del tratado de reducción de armas nucleares de rango medio. Es un dato que se añade a una estrategia de la tensión que hostiga a enemigos potenciales a los que se puede convertir en reales, en un calamitoso ejemplo de profecía autocumplida.

El viernes pasado el gobierno de Washington anunció el retiro de Estados Unidos del tratado de reducción de armas nucleares de alcance intermedio, vigente desde 1987 tras el pacto firmado por Ronald Reagan y Mijail Gorbachov en diciembre de ese año.[i] El presidente Donald Trump hizo este anuncio, denunciando que Rusia viola el pacto y que su país ha decidido recuperar su libertad para fabricar y emplazar proyectiles de ese tipo. Moscú respondió negando tal violación y afirmando que la decisión norteamericana haría del mundo un lugar más peligroso. Al mismo tiempo el ministro de Relaciones Exteriores Serguei Lavrov expresó que Rusia tomaría sus contramedidas sólo después de que el anuncio de Trump se oficializase, y otras fuentes apuntaron a que las declaraciones del presidente podrían significar no la extinción del acuerdo sino una pretensión de que este se modernizase. Como siempre que surge una crisis, parece evidente que el Kremlin se esfuerza en echar paños fríos en el asunto, esperando a que las aguas se calmen.

En este caso, sin embargo, se tiene la sensación de que lo que está sucediendo no es sino un aspecto de la creciente tensión entre Estados Unidos y Rusia, determinada por la voluntad de Washington –o al menos del complejo militar-industrial- de seguir impeliendo a la OTAN hacia las fronteras de su rival. No podemos saberlo a ciencia cierta, pero es probable que los rusos estén experimentando el desarrollo y puesta en práctica de armas que sean idóneas para fungir como contramedidas a la dispersión por Europa oriental de sistemas antimisiles y drones de ataque norteamericanos pensados para inhibir una respuesta rusa a un ataque con misiles estratégicos. Como quiera que sea, el episodio se inscribe como parte de esa estrategia de la tensión que Norteamérica lleva adelante contra Rusia y que se ha exacerbado a partir de que esta nación comenzó a recuperar protagonismo  y a reaparecer en el escenario internacional como un jugador fuerte, tal como lo está demostrando en la guerra de Siria.

Este es el resultado de años de acoso a que Estados Unidos sometió a Rusia después de la caída del comunismo. Lejos de explorar la línea de la colaboración pacífica con su rival de la guerra fría, Washington aprovechó su victoria para activar a fondo sus proyectos de desmembración de la ex URSS, para asociar a la organización atlántica a países ex satélites que habían servido de glacis defensivo de Rusia y para convertir a la economía de esta en un campo propicio para la puesta en práctica de las políticas neoliberales, con el inapreciable apoyo de una neoburguesía (oligarcas) salida en parte de los entresijos mafiosos de esa sociedad en transición, y en parte de la apropiación de las empresas del estado por los patrones de la nomenklatura que habían ejercido su dirección hasta ese momento.

El festín comenzó a arruinarse cuando surgió hace 20 años Vladimir Putin, un emergente de la vieja KGB, que se las arregló para conciliarse a una parte de los oligarcas mientras expulsaba o ponía a buen recaudo al resto y rearmaba al país, cuyas fuerzas armadas habían quedado desarticuladas u obsoletas. Coincidentemente con este proceso creció la hostilidad norteamericana, arribando al extremo de propiciar el golpe de estado en Ucrania que apartó radicalmente a esa nación, ligada a Rusia por lazos que se hunden en el pozo del pasado, queriendo atraerla a la órbita político-militar de la OTAN. Este es un proceso en marcha todavía, que ha tenido como inmediata consecuencia la recuperación de Crimea por Rusia y un estado de guerra civil abierta o larvada en Ucrania oriental, en los distritos rusófonos del Donetsk, lo que a su vez comportó una furiosa campaña mediática contra Moscú y la aplicación de unas sanciones que buscan desestabilizar su economía. A esta impresionante hostilidad se la quiso hacer pasar como un expediente defensivo dirigido a morigerar la “agresividad” rusa. Pero “las lanzas se volvieron cañas”; en definitiva lo que se logró fue apresurar la deriva geopolítica que aproxima Rusia a China, configurando un bloque que da forma a la peor pesadilla que los geoestrategas norteamericanos pueden imaginar: la consolidación del “Heartland”[ii] en una organización de estados capaces de ejercer la función para la cual la fatalidad geográfica los habría predestinado.

La geopolítica se presta a las divagaciones cuando no a la charlatanería, pero ello no obsta para que refleje la existencia de coordenadas reales, de cuyo aprovechamiento o no depende mucho de la suerte del mundo. Y no hay duda de que los teóricos y analistas del Pentágono se la toman muy serio, hasta el punto de ella que ha determinado, junto a la dinámica de la expansión económica, la política exterior de la superpotencia desde 1940 en adelante. Al menos de manera programática, pues ya desde sus orígenes la nación norteamericana obedeció a las normas de un “destino manifiesto” que estaba dictado por una comprensión grandiosa de su rol en el planeta Tierra.

Ahora bien, si descendemos de las alturas de la geopolítica a las servidumbres de la política diaria, podemos constatar que por estos días los jefes de gobierno tanto de Estados Unidos como de Rusia no  deben sentirse demasiado cómodos en sus sillones. Trump parecería ser el más acosado, en razón de la hostilidad implacable que le dedica la prensa del establishment, pero podría tratarse de una impresión engañosa, pues lo que en Estados Unidos el sistema transparenta, en Rusia discurre por vías no tan evidentes. Trump está obteniendo buenos resultados en la economía y  sus fobias antiinmigrantes complacen a su base electoral y tal vez no molestan demasiado a otros sectores de la opinión blanca. Puede por lo tanto aguardar las próximas elecciones legislativas para la renovación parcial del Senado, previstas para el próximo mes de noviembre, con cierto grado de tranquilidad. En cuanto a los baldes de basura que le vierten encima los grandes medios –excluida la cadena Fox- no parecen inmutarlo demasiado: su tumultuoso pasado sexual parece servirle como una coraza  mucho más eficaz que las mentiras a algunos de sus antecesores, descubiertos en flagrante delito de hipocresía como fuera en el caso de Bill Clinton y sus retozos con Mónica Lewinski.

En el caso de Vladimir Putin, pese a lo indiscutible de su preeminencia al frente del gobierno ruso, el presidente podría estar teniendo ciertas dificultades. Por un lado el intento de introducir algunas reformas en sistema jubilatorio ha suscitado manifestaciones de descontento de un tipo al que no estaba acostumbrado. Gente del común, acaudillada por el primer partido de la oposición, el comunista, protestaron por las calles de Moscú. Por otra parte el incidente del avión Ilyushin 20 derribado en Siria por misiles sirios que erraron su blanco, en el curso de una operación anglo-franco-israelí contra objetivos situados en la ciudad de Latakia, produjo marchas y contramarchas en la información rusa. Al principio surgió la acusación de que se había tratado de un ardid israelí. Sus aviones habrían aprovechado la presencia de un blanco más voluminoso que sus propias aeronaves para disimularse detrás de él y desviar el fuego de los antiaéreos sirios. Luego el propio Putin atribuyó el incidente a una fatalidad y posteriormente volvió a aflorar la interpretación de los militares en el sentido de que la muerte de los 15 militares rusos que viajaban en el avión había sido el producto de una emboscada o de una “astucia de guerra”. ¿Pueden ser estas idas y venidas el síntoma de un debilitamiento del liderato de Putin respecto de dos de los bastiones que lo sostienen, el ejército y el FSB, sucesor de la KGB? No hay respuesta a esta pregunta, que planteamos como una hipótesis a considerar, de momento bastante retórica.

Un comentario final para redondear la semana. El escándalo internacional de estos días es el asesinato del periodista Yamal Kashogui en el consulado saudita en Estambul. Según fuentes del gobierno turco, que tenía monitoreado el  interior del consulado,  Kashogui fue muerto a golpes y luego troceado en pedazos (¿o diluido en ácido?) para escamotear el cuerpo. Este tenebroso episodio, debido aparentemente a la enemistad de esa persona con el príncipe heredero Mohamad Bin Salman (MBS para la prensa) no parece que vaya a modificar el punto sustantivo que explica la supervivencia de esa monarquía petrolífera y bárbara en medio oriente: su íntima asociación con Estados Unidos e Israel. ¿Qué es, después de todo, un asesinato más en un mundo devastado por las iniciativas imperiales, uno de cuyos instrumentos preferidos son precisamente los asesinatos, selectivos o masivos? Por ejemplo hay fuertes sospechas de que la incursión franco-israelí contra Latakia a la que acabamos de referirnos tenía como objetivo real la muerte de los científicos sirios especialistas en cohetería del Instituto de Industrias Técnicas con sede en esa ciudad. Se dirá que el dato, provisto por la Red Voltaire, es incomprobable; pero hay una abundantísima serie de casos de asesinatos que durante años han diezmado las filas de los científicos sirios, iraquíes o iraníes que inducen a suponer que una información de ese tipo no está necesariamente tirada de los pelos… El asesinato como ingeniería social es un rasgo corriente de nuestro tiempo, aunque se pretenda disimularlo. Se trata de un expediente clásico de la política colonial: negar a los pueblos a los que se intenta someter el acceso a los recursos de la ciencia y la tecnología que les permitirían sostenerse y defenderse de quienes quieren ser sus amos. Hay toda una gradación en esta escalada, que va desde el cierre administrativo de plantas y el despido de científicos, como sucede entre nosotros, a la eliminación pura y simple de estos por medio del asesinato. Incluso entre países europeos hubo numerosos ejemplos de esta metodología: desde la prohibición de que los esclavos aprendiesen a leer, en tiempos antiguos, a la liquidación de la intelligentsia polaca y rusa por los nazis durante la segunda guerra mundial. Recuérdese también que Hitler, en sus conversaciones de sobremesa a principios de la campaña en Rusia, decía que a los campesinos rusos sometidos, sus conquistadores deberían enseñarles apenas a leer los carteles en las rutas, para que pudieran así dar su tributo laboral a sus amos. ¿Está el mundo de hoy muy alejado de esas prácticas y de esas teorías?  Si abrimos los oídos escucharemos palabras que resuenan con ese eco muy cerca de nosotros.      

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[i] El acuerdo sobre la eliminación de los misiles de alcance intermedio de suelo europeo preludió a las negociaciones SALT, el tratado de desarme estratégico la Unión y la URSS suscribieron el año siguiente. La cuestión de los misiles de rango intermedio, los  Pershing norteamericanos y SS 20 soviéticos, había llevado al mundo, en 1983, de una manera más encubierta y de forma menos dramática, al borde de una crisis similar a la cubana de 1962.

 

[ii] La región cardial o corazón del mundo, según la categoría establecida por Halford Mackinder para designar al núcleo geográfico llamado a hegemonizar el planeta por su ubicación estratégica y por su gravitación poblacional.

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