La “grieta” norteamericana

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04
AGO
2018
Trump y McCain.
Trump y McCain.
El presidente norteamericano baila en la cuerda floja. Sus peores enemigos están más en su patio interior que en el escenario global.

La dificultad para comprender las marchas y contramarchas de la política exterior del actual presidente norteamericano proviene del hecho de que, a partir de la asunción de Donald Trump, Estados Unidos está desarrollando dos políticas simultáneas y divergentes en el escenario internacional. La grieta o brecha de la que tanto se habla no solamente está instalada en nuestro país sino que recorre a muchas partes del mundo –desde luego que con características diferentes y acordes a la naturaleza de los escenarios en los que se produce el corte. Se manifiesta en Francia, con la emergencia del Front National de Marine de Pen; en Gran Bretaña, con el Brexit; en Italia, con la irrupción de un gobierno presuntamente antisistema como el de la coalición entre el movimiento Cinque Stelle y la Lega; pero en ningún lugar es más evidente y crítica esa presencia que en los Estados Unidos, donde el “deep state”, o estado profundo, colisiona con el intento del jefe del estado y del núcleo de colaboradores de que se ha rodeado, en el sentido de oponer, al capitalismo financiero transnacional, un capitalismo productivo nacional.

Ahora bien, es imposible dar una interpretación simplista de esta contraposición. Pues el capitalismo productivo nacional sólo es progresivo cuando es ejercido por países que se encuentran sometidos a la férula del imperialismo y de las oligarquías locales: en este caso su rol es positivo en la medida en que lucha por proveer a las bases del mercado interno y favorecer la resistencia a la opresión externa e interna. En una nación híper desarrollada, en cambio, es el motor del expansionismo y de su evolución hacia el imperialismo. Lo que Donald Trump y su círculo expresan, entonces, es un intento de retorno al pasado, cuando Estados Unidos se centraba sobre sí mismo y ejercía su potencia en el mundo incrementando las ventajas de que podía gozar su población (de acuerdo a escalas muy desiguales, desde luego) a través de la explotación del mercado externo, de donde extraía materias primas que devolvía manufacturadas para consumo propio o ajeno. Pero esta prosperidad, que hasta los años 80 del siglo pasado podía ser percibida de manera táctil, concreta, por los habitantes a través del empleo y de un confort creciente, hoy se difumina como consecuencia de la huida de la producción manufacturera a países con mano de obra barata y de la disolvencia de la propiedad capitalista en flujos gigantescos pero impalpables de dinero virtual que circulan de una punta a la otra del globo y que no terminan de asentarse en ninguna parte ni producen empleo alguno.

El capitalismo transnacional y financiero, por otro lado, necesita de los instrumentos de coerción que siempre ha provisto el sistema imperialista tradicional: requiere de un aparato militar capaz de hacer valer las razones de la fuerza bruta allí donde la extorsión económica y la intoxicación mediática no son suficientes. El complejo militar-industrial, Wall Street, parte del Pentágono, el grueso del aparato administrativo, los medios de comunicación dominantes y la vasta trama de los servicios de inteligencia afirmados en la digitalización, la información aeroespacial y la cibernética, conforman el tejido resistente del estado profundo e influyen o pesan en todos los rincones del sistema político de la Unión. El camino que ha elegido este modelo, en especial después de la caída de la URSS, es el de la expansión infinita, en remedo de la “guerra infinita” que proclamó el presidente Bush al día siguiente de la caída de las Torres Gemelas. Se trata de no descansar nunca para mantener inflada la burbuja artificial de una economía sustentada no ya en bienes de consumo o incluso suntuarios sino en tasas maximizadas de ganancia provenientes de la especulación pura, mientras el gasto militar se eleva a niveles siderales.[i] Para esto hace falta la existencia, o la fabricación, de enemigos que justifiquen esa inversión improductiva monumental.

En medio de la batahola provocada por las declaraciones de Trump en torno a la inmigración, o por sus twitters, su racismo explícito, lo variable de muchas de sus afirmaciones y unos modales que sorprenden por una intemperancia que suele confundirse con la grosería, hay algunos hechos que permanecen y se reiteran y que estarían indicando que el cambio en el núcleo de la política exterior norteamericana que anunciara durante su campaña presidencial persiste a pesar de todo. Como contrapartida continúa la feroz hostilidad que esa actitud despierta en el estado profundo. Aunque la “grieta” en la política norteamericana sea, en relación a la de los países semicoloniales como el nuestro, superficial, existe y suele manifestarse con una ferocidad que no conoce límites. Siempre se ha dicho que Estados Unidos está gobernado por un partido político compuesto por dos alas derechas, los republicanos y los demócratas, y creemos que la “boutade” es justa. Pero los pases de factura entre esos grupos de poder suelen ser implacables: los asesinatos de los hermanos Kennedy y el linchamiento mediático-institucional de Richard Nixon así lo demuestran. Y no hablemos de la suerte corrida por personajes fuera del sistema, como Martin Luther King o Malcolm X.

Pero, ¿en qué medida persiste la línea sostenida por Trump y hasta qué punto las idas y venidas que realiza no desvirtúan lo que se proponía el presidente? Lo que Trump había anunciado era un intento de normalizar las relaciones con Rusia e ir reduciendo los compromisos militares de Estados Unidos en el exterior. Ahora bien, esta línea de conducta es contradicha por las declaraciones belicosas que ha formulado respecto a cuanto país aparenta cruzársele en el camino, por el continuo y casi vertiginoso aumento del presupuesto militar y por el hecho que las políticas del “deep state” prosiguen, imperturbables, su marcha.

La fenomenal hipocresía de sus adversarios se ejerce, con un estilo idéntico al del macartismo, a través de la calumnia. La historia de la injerencia rusa en las elecciones norteamericanas para favorecer a Trump minando el prestigio de Hillary Clinton es un cuento montado a partir de la invención pura y del sobredimensionamiento de los contactos que suelen producirse a alto nivel y privadamente entre personalidades de fuste. Por otra parte, ¿quiénes son los Estados Unidos para reprochar injerencia a nadie? No hay potencia que haya practicado el juego de influencias, el soborno, la desinformación por las redes sociales, el espionaje electrónico y el sabotaje en la política interna de otros países con más persistencia, falta de escrúpulos y capacidad de manipulación que Estados Unidos. No sólo en lo referido a actos electorales sino a actos de pura y simple violación de la soberanía, como son los golpes de estado, los asesinatos por procuración y la manipulación de las manifestaciones populares para transformarlas en motines y guerra civil, como en Ucrania, Siria o Venezuela, para hablar tan solo de algunos casos recientes.

Mientras Trump se reúne con Vladimir Putin en Helsinki y anuncia la visita del mandatario ruso a la Casa Blanca, desembarca una brigada blindada de Estados Unidos en Amberes, y a Rotterdam llega una brigada aérea estadounidense con 70 helicópteros de ataque. Son efectivos dirigidos a Europa oriental, en las proximidades de la frontera rusa, en el marco de unas maniobras dirigidas a “prevenir una agresión rusa”. Polonia, por su lado, ha solicitado el estacionamiento permanente de una brigada blindada norteamericana en su territorio, proponiendo el pago de una suma entre 1.500 y 2.000 millones de dólares al año para su sustento. Y para octubre, la OTAN está preparando unas maniobras en el Mar del Norte denominadas Trident-Juncture 2018, que reunirán a 40.000 militares de la coalición, 130 aviones y 70 navíos de 30 países, entre los que se cuentan Suecia y Finlandia, en un simulacro de “defensa colectiva” contra, por supuesto, “la agresión rusa”.[ii] Rusia es la agredida, en realidad, por la presión que se ejerce sobre sus fronteras, más amenazadas incluso que en junio de 1941, cuando disponía todavía de espacio para defenderse de la inminente invasión nazi; pero por el arte de birlibirloque de los medios masivos de comunicación, el público norteamericano está convencido de que Rusia es parte de un expansivo imperio del mal dirigido por un tirano.

¿Innovador o narcisista?

 Frente a esta coalición de intereses adversos, la cuestión es saber si Trump posee o no la decisión de mantener un rumbo innovador o si expresa más bien el egotismo de un empresario y showman de éxito, cuyo narcisismo insaciable lo impulsó a la búsqueda de la recompensa más alta y prestigiosa de todas: el rol de presidente de la primera superpotencia. ¿Le interesa sobre todo permanecer allí sacrificando lo que cree o dice creer, o está dispuesto a arriesgar el tipo –y la piel- en una batalla desigual? Esto no puede saberse a ciencia cierta, pues todo está en curso todavía. Lo que puede intuirse, más bien, es que Trump no ha perdido el gusto por apostar fuerte y que en medio de la bambolla de las declaraciones de efecto hay orientaciones en materia de política exterior que aparentemente el presidente se esfuerza por llevar a cabo. Esto explicaría en parte sus súbitos cambios de frente –pasa de insultar a Kim Jong un a reunirse con él; parece decidido a conversar con Xi Jing ping y simultáneamente profundizar la guerra económica contra China sin variar el diseño estratégico ofensivo que apunta a cercarla en el mar y a interferir en la Ruta de la Seda; y acaba de proponer juntarse con el presidente iraní, su bestia negra hasta hace unos días.

Este conjunto de iniciativas, junto a sus esfuerzos por acercarse a Putin provocando la ira del New York Times, vocero del establishment demócrata, está poniendo en evidencia que el sentido último de la política de Trump y de sus más próximos amigos Robert Bolton y Steve Bannon consistiría en intentar alejar a Rusia de su alianza con China. Se trata de invertir la gran maniobra de Kissinger-Nixon en los años 70 del pasado siglo, cuando se aproximaron a China buscando separarla de la Unión Soviética.[iii] Ya por entonces Kissinger advertía a Nixon que en 20 años probablemente habría que dar vuelta la ecuación, favoreciendo a los rusos en vez de a los chinos pues estos, a la larga, podrían ser unos enemigos mucho más peligrosos que los soviéticos. Y bien, aunque hicieron falta 45 años en vez de veinte, ahora Trump, quizá aconsejado por el mismo personaje, hoy nonagenario, parecería estar tomando en cuenta esa realista recomendación.

No es fácil que pueda consumar la maniobra, sin embargo. En 1970 existía un estado de guerra larvado entre la URSS y la China de Mao; hoy China y Rusia tienen unas excelentes relaciones y están muy conscientes de que su sociedad, consolidada con el grupo de Shangai, representa un factor de poderío mundial difícilmente atacable. Es la realización de la teoría del Heartland, de Halford Mackinder, esa que afirma: “Quien gobierna la región cardial, domina la isla mundial; quien domina la isla mundial controla al mundo”. Pero incluso absteniéndonos de las grandes construcciones de la geopolítica, sería rarísimo que un hombre como Putin fuera a cambiar su sólida asociación con China, que torna a ambos países casi invulnerables a las presiones de occidente, por promesas llenas de aire que para colmo ostentan el hándicap de la histeria de los globalizadores de Washington, quienes no se abstienen de manifestar la hostilidad más desmelenada para con Rusia. Véanse sino afirmaciones como estas: “El presidente Trump no solo es incapaz de hacer frente a Putin sino que tampoco tiene voluntad para hacerlo… Ningún presidente se ha rebajado antes de forma tan abyecta ante un tirano…” (Senador James McCain). “Vladimir Putin ha atacado a la OTAN, pilar fundamental de la seguridad internacional, desestabilizado a Europa y bombardeado a miles de refugiados sirios obligándolos a refugiarse en Europa…[iv] El presidente de Estados Unidos ha incumplido lo que juró en la constitución y… es miembro de la inteligencia rusa… o funge como tal” (Thomas Friedman, el más conocido de los editorialistas del The New York Times).

Como se ve, la partida no es fácil para el actual presidente de Estados Unidos, si su propósito es en efecto buscar un arreglo en gran escala con Rusia. Su debilidad en el frente interno quizá explique en parte el desatino que ha cometido al reconocer a Jerusalén como capital de Israel. Tal vez, como señala el artículo de Diana Johnstone al que hicimos referencia, Trump sabe dónde se encuentra el poder político de los entusiastas de la globalización y espera poder amansarlos o controlarlos gracias a la influencia del lobby pro-israelí. La otra vía escogida por Trump para escapar al cerco serían los militares, o al menos de la fracción del Pentágono que aún conserva cierta racionalidad, una racionalidad que los llevaría a desconfiar del aventurerismo de los globalizadores a cualquier costo. Su realismo profesional los haría reacios a seguir la aventurera ruta del complejo militar-industrial y de los barones de las cuentas off-shore y el capitalismo virtual.

Las incógnitas que se plantean en el escenario global son muy grandes y anticipan un período largo y complicado antes de que las cosas se estabilicen. O estallen por sí solas, buscando un nuevo equilibrio.

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[i] 716.000 millones de dólares ha sido la cifra aprobada por el Congreso para el próximo presupuesto. A esta cantidad habría que añadirle lo destinado a otros ítems, como el gasto en “contratistas” (es decir para los mercenarios de Blackwater, hoy Academi) y para una serie de inversiones destinados a la reconstrucción de zonas previamente devastadas por los bombardeos, cuyo concesionamiento permite la realización de pingües negocios…

 

[ii] Datos recabados, a través de Red Voltaire, de La Repubblica y Il Manifesto.

 

[iii] Diana Johnstone, en Mondialisation: “Trump elu par la Russie. La démence en masse dans l’establishment occidental”.

 

[iv] La diáspora árabe en el medio oriente comenzó con el ataque norteamericano a Irak y no ha hecho más que incrementarse con las continuas intervenciones de la OTAN en Libia, en Siria y con las guerras del África subsahariana.

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