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02
MAY
2018
La política internacional está en una fase de transición acelerada. Su factor determinante es la forma en que Estados Unidos puede reaccionar ante su progresiva pérdida de peso frente a otros contrincantes globales.

Las negociaciones abiertas en torno al problema coreano son sin duda la novedad más significativa producida en el plano de la política global en varios años. Muchos factores están girando alrededor del asunto y uno de ellos, el principal, es nada menos que saber si, a partir de aquí, Estados Unidos empezará a rebajar sus aspiraciones hegemónicas y a aceptar acomodarse al papel de ser tan solo una parte –importantísima, sin duda- en un balance multipolar de poderes.

No se puede aventurar ninguna profecía en torno a este tema; apenas si se debe señalar la importancia del capítulo que acaba de abrirse. Cómo se lo escribirá y cuáles serán las derivaciones que en él habrán de suscitarse, son grandes y graves incógnitas. Hay quienes que con mucho optimismo se apresuran a anticipar el final de la superpotencia norteamericana y tienden a estimar que su adelgazamiento se producirá en forma gradual y sin demasiados sobresaltos. Creo que es demasiado pronto para aventurarse a afirmarlo y me parece que, si bien estamos asistiendo al principio de un posible giro copernicano en la política mundial, los riesgos de choque que se acumulan en este momento pueden agravarse más que reducirse. Precisamente porque lo que empieza a ponerse en juego toca cuestiones claves para la organización del mundo en el presente siglo. Y creo también que las ramificaciones que tendrá ese proceso provocarán  conmociones de gran envergadura que alcanzarán, más pronto que tarde, a nuestra impreparada e indefensa Latinoamérica. 

Los actores del ajedrez que se está jugando en este momento en el tablero mundial son grandes y poco previsibles. Donald Trump es el que ha pateado el avispero, consciente o inconscientemente. El presidente norteamericano se ha convertido en un objeto de interpretación de todos los observadores, que alternativamente lo evalúan como un payaso y demagogo, o le atribuyen virtudes de astuto político y estadista, capaz de flanquear al establishment de su propio partido para llegar a la presidencia. Sus iniciativas a partir de allí han sido bastante claras en el plano interior: proteccionismo, alza de las tasas de interés y actitudes hostiles hacia la inmigración. Algo de esto, en especial el  proteccionismo, puede aumentar su sustento electoral entre las clases menos favorecidas. En el tema externo, por el contrario, sus actitudes rondan la nebulosa: aparentó querer acercarse a Rusia, pero ante la feroz ofensiva de que se lo hizo objeto a propósito de una presunta injerencia rusa en la campaña electoral norteamericana se apresuró a abrir el paraguas. Se convirtió así en un airado objetor del gobierno de Moscú, sumándose a la  perversa campaña de provocaciones que  contra este se viene montando en occidente, en especial a partir  de las fantásticas acusaciones que se formularon contra Rusia como cómplice de la no menos fantástica operación de “falsa bandera” que se montó en Siria en la ciudad de Duma, con un presunto ataque químico contra la población civil. A esto hay que sumar el reforzamiento de los lazos  con Israel –Trump reconoció a Jerusalén como capital del Estado judío-; su proclamada decisión de abolir el tratado con Irán en torno al tema nuclear y la perfecta indiferencia –que contrasta con el batifondo que hace cada vez que hay disturbios en Venezuela- ante la matanza de decenas de civiles indefensos por francotiradores israelíes que se ejercitan en el tiro al blanco contra los manifestantes palestinos en la frontera de Gaza. Al mismo tiempo que proclamaba su deseo de que las tropas norteamericanas salieran del medio oriente, se desdecía de ese propósito al adoptar una línea de acción contraria, reforzando las actitudes intervencionistas con bombardeos contra Siria, con acciones militares de fuerzas en el terreno que se inmiscuyen en el territorio de ese país y con el envío de unidades navales de gran porte a la zona. Ahora la denuncia de Benjamín Netanyahu sobre el propósito “oculto” del régimen iraní para seguir persiguiendo la meta convertirse en potencia nuclear, viene adensar las sombras del panorama y sirve de nuevo pretexto para reforzar –o forzar- el proclamado deseo de Trump de renegociar el  acuerdo trabajosamente logrado con Irán durante el mandato de Barack Obama. El primer ministro de Israel montó un show publicitario con información clasificada que el Mossad habría  robado en una, dice, brillante operación de espionaje, y que demostraría que los iraníes han realizado procedimientos científicos para obtener la bomba.

Con más pompa y de manera más ampulosa, la exposición de “Bibi” Netanyahu trae el recuerdo de la comedia del secretario de Estado norteamericano Colin Powell cuando solicitó la aprobación de la ONU para atacar a Irak en 2003. Por entonces, para alarma de los asistentes, exhibió un tubito presuntamente cargado con  ántrax elaborado por los iraquíes ante los miembros del Consejo de Seguridad. Sobre esa mínima exhibición se montó una campaña de prensa que sirvió de broche a los preparativos del lanzamiento de la ofensiva angloamericana para destruir las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, que a la postre no se encontraron por ninguna parte.  Que los iraníes hayan buscado el arma nuclear no debería sorprender a nadie, y menos que a nadie a los israelíes, que cuentan con un arsenal de esos artefactos. Los iraníes desestimaron la puesta escena de Netanyahu diciendo que lo que mostró fue material viejo y que no supone una novedad en absoluto.

Las disputas en el seno de la élite del poder norteamericana

En la región Asia-Pacífico la actitud norteamericana ante el sorprendente acercamiento entre las dos Coreas todavía está envuelta en el misterio, que recién podrá comenzar a develarse después de la cumbre entre Trump y Kim Jong un. ¿Ese acercamiento fue inicialmente propiciado por Estados Unidos? ¿O la aparente aceptación norteamericana se debió a la dificultad de oponerse a un deseo común a las dos Coreas de escapar al crescendo bélico produciendo un acercamiento dramático al que resulta difícil oponerse? Y en el caso de que esa aproximación fuera buscada por Estados Unidos, ¿la iniciativa partió de la Casa Blanca o del  Departamento de Estado? Las proclividades a la distensión que a veces se atribuyen a Trump se ven desmentidas periódicamente cuando renueva a las figuras de las que se rodea en su gabinete. Mike  Pompeo y John Bolton, nuevo secretario de estado y flamante consejero de seguridad nacional, por ejemplo, no son figuras precisamente propensas a distender las relaciones internacionales.

Aparentemente hay, en el seno del establishment norteamericano, una división en la cual las decisiones de la Sala Oval pesan menos o mucho menos que las del “Deep State” o estado profundo. Es decir, la pesada masa de poder que conjuga al complejo militar-industrial, al enorme aparato de las finanzas que controla la “Fed” y anida en Wall Street; a los cuadros del Departamento de Estado y del Pentágono; a la corporación de inteligencia, a congresistas, lobbies, militares en retiro, políticos, “think tanks”, “filántropos” al estilo de George Soros y a centros de influencia como el Grupo Bildelberg[i].

Esta contienda interna en la cúspide del sistema que rige a Estados Unidos hace que no se puedan aventurar hipótesis categóricas acerca de qué puede pasar en el asunto coreano y  en otros temas. Personalmente me inclino a pensar que la gravitación del “estado profundo” es demasiado grande para que pueda ser vencida por un improvisado como Trump, lastrado como está por los prejuicios raciales o al menos por la utilización que hace de los mismos para mover a su  electorado. La proclividad racista o al menos xenófoba que ostenta, si bien puede darle el respaldo de sectores conservadores blancos, también le amputa otros apoyos posibles que podrían provenir de los segmentos hispanos o negros de la población.

Todo cambio serio en la política estadounidense creo que sólo podría acontecer si el “estado profundo” se persuade de que este cambio es inevitable y deja hacer. En caso contrario no sería desatinado evocar la suerte que corrieron  personajes como los Kennedy o Richard Nixon, para vaticinar el camino que podría recorrer Donald Trump.

Una estrategia diplomática brillante

La consideración de los vericuetos de la política norteamericana no debe distraernos de la atención que hay que prestar a un personaje que ha sido largamente ridiculizado y mofado por los medios en occidente. Me refiero al “rocket man” u “hombre-cohete”, como lo calificó burlonamente Trump hace algún tiempo: Kim Jong-un, el mandatario norcoreano. Kim proviene de una familia que ha dirigido los destinos del partido comunista de Corea del Norte desde el final de la segunda guerra mundial. Kim Il-sung fue el fundador de la dinastía, seguido de Kim Jong-il y ahora por el actual mandatario.  Después de la espantosa guerra que devastó la península y  en la cual Estados Unidos hizo su primer ensayo de disciplinamiento de los movimientos anticoloniales del tercer mundo[ii], Corea del Norte mantuvo un curso inmutable en su política exterior: apoyada por China y por la Unión Soviética, que la ayudaron a salir del pozo en que la había dejado la guerra,  intentó llegar a algún tipo de arreglo que le permitiera escapar a la implacable hostilidad de Washington, reconstruir su economía, escapar al bloqueo y avanzar hacia un desarrollo moderno. No encontró acogida en Estados Unidos. A fines de los 90 alumbró una esperanza con las conversaciones sostenidas por el gobierno Clinton para desbloquear la situación, pero la tendencia fue bruscamente cortada por el siguiente gobierno: George W. Bush y los republicanos acabaron con la iniciativa. A partir de entonces el camino que los norcoreanos intentaron para salir del impasse fue buscar su transformación en potencia nuclear. Y a fe que les valió la pena. Los Kim  y quienes quiera que sean los que componen los cuadros encargados de diseñar la política exterior, llevaron adelante una estrategia que pudieron permitirse porque, pensasen lo que pensasen chinos y rusos de su búsqueda del arma atómica, ocupan un lugar geográfico que en ningún caso Pekín permitiría que quedase bajo el control total del ejército norteamericano. Este delicado juego de balance les permitió llevar la situación casi hasta un punto de ruptura, que acaban de revertir dramáticamente con sus sensacionales ofertas de desarme y desnuclearización de la península. Ahora, cuando han alcanzado un estatus de potencia atómica y el nuevo gobierno surcoreano se ha decidido a alejarse de un paraguas de protección norteamericano que en vez de custodiarlo podría convocar sobre él los rayos de un eventual conflicto, Kim Jong-un y su gente han alcanzado una posición en la cual pueden usar el recurso a la “deterrence” o disuasión para mejorar su estatus y obligar a negociar a los norteamericanos. A los cuales, en efecto, al paso que van las cosas sólo les queda la alternativa de arreglar en lo posible el contencioso o aniquilar Corea del Norte sacrificando a la vez a Corea del Sur y a sus propios efectivos en la península y dañando a Japón, a la vez que comprometerían a China en una escalada que quién sabe adónde iría a parar.

El primer objetivo de Kim Jong-un probablemente sea alcanzar un desarrollo económico y social que permita la mejoría del nivel de vida de los coreanos del norte.  Una vez conseguido un trato igualitario con las potencias gracias a la disuasión nuclear, este estatus y la renuncia o no al armamento nuclear podrían ser negociados a través de un plan más amplio que contemplase un tratado de paz con Estados Unidos, la reunificación de las dos Coreas y la retirada de las tropas extranjeras de la península. Esta es al menos la anticipación que el analista Federico Pieraccini hace en la publicación electrónica Strategic Culture (www.strategic-culture.org).[iii]

Todos estos asuntos tendrían que comenzar a ser abordados en la reunión que Donald Trump y Kim Jong-un realizarían a fines de este mes en Panmunjon, la zona desmilitarizada en el paralelo 38 que divide a las dos Coreas desde hace 65 años. Son temas ríspidos y la forma en que se los asuma dirá mucho sobre las perspectivas que podamos hacernos respecto del futuro de la política mundial.

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[i] El grupo Bilderberg, constituido en 1954 en plena guerra fría, es una conjunción que agrupa a algo más de un centenar de representantes de las élites de los negocios, las finanzas, la industria, la academia y los medios de Norteamérica y Europa occidental, preocupados en “apoyar el consenso en torno al libre mercado del capitalismo occidental y sus intereses alrededor del globo”.

[ii] La guerra fue la consecuencia de la división artificial de la península, que venía de ser ocupada y oprimida  durante cuarenta años por Japón, en dos mitades: el sur, que respondía a los dictados de Washington, y el norte comunista que, aunque era patrocinado por la Rusia de Stalin y la China de Mao, conservaba una fuerte voluntad de autonomía. Desoyendo los consejos de Stalin, el régimen de Kim il Sung no vaciló en ir a la guerra contra el gobierno dictatorial de Syngman Rhee en el sur para buscar la unidad del país, cosa que brindó a EE.UU. la ocasión poner en práctica la política de represión de los movimientos anticoloniales que constituiría el trasfondo realmente operante de su estrategia  de “contención” de la Unión Soviética. Cuando el conflicto terminó con un armisticio que ha durado hasta nuestros días, a la aviación norteamericana, según lo proclamó la misma USAAF, no le quedaban más objetivos para destruir en Corea del Norte. Dos millones de muertos, la destrucción de toda su infraestructura y el casi retorno del país a las cavernas había sido el saldo de la primera campaña norteamericana para ajustar el planeta a la realización de sus objetivos.

[iii] El punto de un desarme nuclear total de Corea del Norte va a ser un asunto con aristas difíciles de superar  debido al antecedente de cómo le fue al coronel Gadafi cuando realizó una operación semejante en Libia. Del toma y daca que el líder libio había pactado con occidente no quedó ni el recuerdo: su cadáver injuriado y su país en ruinas fueron el saldo de un arreglo traicionado por occidente apenas pudo fabricar un pretexto para hacerlo.

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