La destrucción de la Unasur

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24
ABR
2018
Los verdugos de la Unasur.
Los verdugos de la Unasur.
Con la retirada de seis países de la Unasur el sentido de la existencia del organismo queda gravemente comprometido. Se cumple así una etapa más de la marcha regresiva en que las oligarquías regionales han embarcado a la región.

La suspensión “temporaria” decretada por los gobiernos de Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Paraguay y Perú, de su participación en la UNASUR, es un acto de traición a la patria. A la patria suramericana. Que no por inconstituida formalmente deja de serlo. Es una abdicación. Es un signo de los tiempos que corren, connotados por la insensatez, la regresión y la cobardía. Ni siquiera los verdugos de la organización han tenido el coraje de abandonarla. Para quitarle argumentos a quienes sabían objetarían la salida, se limitaron a suspenderle los pagos.

Cuando se desgastaron los movimientos populares que dieron comienzo con Hugo Chávez en Venezuela y en la medida en que el rodillo del diktat neoliberal empezó a presionar, se precipitó una ola reaccionaria sobre el subcontinente cuya muestra más reciente y patética es esta retirada, comandada por los gobiernos de Brasil y Argentina, de la organización que fuera uno de los logros diplomáticos más importantes para Suramérica en la pasada década. La genuflexión de nuestras “burguesías” y oligarquías a las órdenes de arriba (esto es, de Washington) no tiene límite.  

Fundada el 23 de mayo de 2008 en la tercera cumbre de jefes de estado realizada en Brasilia, la Unasur es una gran creación de la década y media de gobiernos populares y nacionales en el subcontinente. Hoy está siendo tirada a la basura por la banda de negociantes que han copado el gobierno en nuestros principales países, valiéndose de tramoyas para fraguar golpes de estado institucionales o bien de elecciones intoxicadas por el discurso único de las campañas mediáticas y del lavado de cerebro practicado por las corporaciones de la comunicación, en ambos casos respaldadas por la “gangsterización” de la  justicia.

 No vamos a disimular la responsabilidad que les ha cabido a los gobiernos populares en su propia derrota, abonada por la irresolución, por la palabrería a veces hueca, por el oportunismo y la obsesión por la  política pequeña; por la incapacidad si no para arremeter, al menos para designar al enemigo verdadero y por su encomendarse a una legalidad ficticia que en ocasiones no fue sino una manera de sacarle el cuerpo a las decisiones difíciles. Pero su aporte fue muy importante y por un momento permitió columbrar un horizonte nuevo para la historia latinoamericana. El ascenso de grandes porciones de la sociedad a un nivel de vida más digno, el fomento de la tecnología y el esfuerzo por preservar la industria y el empleo; una política exterior independiente y la decisión de incentivar las relaciones entre los países del área y de conformarlos en grandes organismos de cooperación mutua, embriones de una experiencia unitaria en gran escala, fueron contribuciones de una significación mayúscula.

La Unasur en pocos años obtuvo logros señeros. Continuó la línea anticipada por la reunión del Tratado de Río de Janeiro, cuando esta organización bloqueó en 2008 un conflicto entre Ecuador y Colombia cuando las tropas colombianas con asistencia de la CIA irrumpieron en territorio ecuatoriano y dieron muerte al segundo jefe de las FARC, Raúl Reyes. Impidió la partición de Bolivia cuando la media luna oriental intentó levantarse contra Evo Morales. Contribuyó a frustrar  el golpe contra Rafael Correa cuando el presidente ecuatoriano estuvo a punto de ser asesinado en el curso de un motín policial fomentado por el establishment. Medió con eficacia entre Venezuela y Colombia cuando ambos países se vieron envueltos en una crisis en 2010. Condenó los golpes contra Manuel Zelaya en Honduras y contra Fernando Lugo en Paraguay.

Témpanos a la  deriva

No hace falta ser un experto en geopolítica para comprender la importancia de los lazos que unen a los países de Suramérica: basta mirar el mapa.  El mundo está en un rumbo de colisión entre los grandes bloques: el euroasiático integrado por Rusia y China y eventualmente la India, y el atlántico controlado por Washington, que apunta, lisa y llanamente, a conquistar la hegemonía global. En el medio oriente, Asia central y el área Asia-Pacífico hay una miríada de países que son objeto de la demanda de alianzas, de la codicia o de la extorsión de las potencias del bloque atlántico. El gran área de fricción es, hoy por hoy, el medio oriente, aunque la presión constante contra las fronteras rusas en Europa y las tensiones en el Mar de China de Sur se constituyan en focos de un potencial explosivo infinitamente mayor, si una hipótesis de conflicto se verificara allí. En todos los bloques existen tensiones y pulsiones divergentes, por supuesto, que tornan y tornarán cada vez más cambiantes los datos de la situación. La emergencia de una tendencia “populista” y contraria a la Unión Europea en Francia e Italia es un ejemplo de esto.[i] 

En este cuadro América latina y Suramérica en particular, se ofrecen como un área privilegiada para configurar un bloque regional que sea capaz de escapar a este torbellino. Tiene los recursos necesarios para ser autosuficiente, la inmensa mayoría de sus habitantes comparte una misma fe religiosa y posee una lengua común, si se entiende al portugués como uno de los idiomas ibéricos, entre los cuales el castellano es el predominante y tiene la maravillosa ventaja de ser hablado desde Tierra del Fuego hasta California. Además la región está situada en una posición excéntrica a los grandes intercambios de fuego que podrían producirse entre las potencias en caso de un conflicto o una serie de conflictos  gran escala. Su unificación política y económica dentro de un cuadro flexible le permitiría así, más que pesar en el escenario, ponerse en capacidad de defenderse de la voracidad y de la agresividad de los de los que protagonizan un intento hegemónico, para progresar en paz y justicia.

Este “sueño” unitario ha sido combatido y postergado desde nuestros orígenes. Tanto desde fuera como, sobre todo, desde dentro. Lo cual crea una situación que no es nueva, pero que entre nosotros, en tanto y cuanto ciudadanos de Argentina, una nación que no ha definido todavía de forma cabal su identidad, reviste contornos originales y a los que hay que prestar atención. Entre los factores que complican la concreción de una identidad propia está la indefinición respecto a la naturaleza de nuestros conflictos internos.

Débiles y poderosos

Hay discreción entre gran parte de los referentes políticos de la oposición cuando se trata de definir a sus contrincantes; por ejemplo cuando debaten en el congreso o en los medios. Se los define como adversarios y oponentes, jamás como enemigos. Esto es comprensible, aunque sea difícil de tragar que un Dujovne o un Aranguren, que contraen deudas impagables o fungen como representantes de las empresas privadas en el saqueo de la energía y de nuestros recursos, puedan ser evaluados como compatriotas. Aceptarlos como tales, sin embargo, no es necesariamente complicidad con sus metas (aunque en no pocos casos pueda serlo). Es que no se trata sólo de una cuestión de buena educación sino de convivencia. Uno puede coexistir con un adversario, difícilmente pueda hacerlo con un enemigo. De no ser así, solo una hostilidad abierta y brutal sería posible. Y  el recuerdo de los “años de plomo” y de la represión que los siguió  tienden todavía a inducir a cierta reflexión y a refrenar ciertas emociones cuando se argumenta.

En este escenario es inevitable que la prudencia determine que no se pueden superar ciertos límites, pero, paradójicamente, las cuestiones en debate no pueden situarse en un nivel donde pueda gestarse un acuerdo. Se podrán pactar  condiciones, como se lo hace en un armisticio o en una tregua, pero el núcleo del problema sólo podrá resolverse en un sentido o en otro.

Desde el comienzo de nuestra vida independiente esta brecha, esta zanja, se ha delineado a lo largo de todo el continente, a la manera de una falla de San Andrés. Las oligarquías funcionales al saqueo imperialista del mundo han ido mutando de apariencia pero siguen funcionando de acuerdo a la premisa básica que las orienta: el disfrute antes que la producción de la renta. Sea que se apropien de la riqueza en forma de renta agroganadera, minera o financiera, la cuestión es no comprometer grandes cantidades de mano de obra y que la que necesiten esté fragmentada y sea socialmente irrelevante. En la medida en que han concentrado el dinero han concentrado los instrumentos del poder mediático, político, cultural y militar, y desde ese sitial (y recurriendo cuando ha sido preciso a la ayuda exterior) han controlado a las insurgencias que sucesivamente han intentado romper el círculo vicioso de la dependencia. Como la historia no es un escenario inmóvil, la aparición de polos industriales surgidos al calor del crecimiento poblacional y de los vaivenes de una crisis mundial que periódicamente ha puesto a los países de Iberoamérica en la necesidad de crear sus propios recursos, ha fomentado y potenciado esas resistencias y ha generado polos de aguante difíciles de eliminar.

Hoy el mundo está pasando por una fase de transición productiva y de regresión ideológica que ha situado a los especuladores y secuaces del imperialismo de nuevo en el timón de la mayoría de los países de América latina. El deseo de crear un bloque regional capaz de integrarnos en un marco de cooperación, con objetivos que podrían ser negociados dentro de ese marco, es objeto de burla entre bastidores, mientras se lo destruye en la práctica, como en el caso de la Unasur. Sin embargo, un  escenario internacional cada día más oscuro y la posibilidad de una insurgencia social que aborde, desde un ángulo que no sea el de la mera acumulación del beneficio, a la revolución del trabajo que está produciendo la robótica, pronto pueden devolver las oportunidades a las muchedumbres que hoy son rechazadas hacia la periferia o deambulan, atónitas, por el páramo del “mundo feliz” de la narcosis informática.

El dilema suramericano es ser una nación o no ser nada, por citar a San Martín. Esto es, ser una entidad capaz de gestionar sus asuntos, como era la  idea original de los libertadores del siglo XIX, o ir viviendo en un subcontinente fragmentado en países que poco pueden o no pueden nada. Esta dicotomía, esta grieta entre un proyecto nacional a gran escala y un proyecto subordinado que a su vez se diseña como el proyecto enano de unas burguesías compradoras que sólo se imaginan a sí mismas en una relación parasitaria con el imperialismo, es común a todos los países de América latina. La resolución de esta cesura hasta aquí ha sido imposible; dada su naturaleza, sólo la victoria definitiva de un bando sobre otro terminará la cuestión.  

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[i] El término populista fue acuñado por el liberalismo para designar, peyorativamente, a todo movimiento de masas que apele a una relación más directa del pueblo con los factores de poder. En esta perspectiva, el populismo tendería a  reducir la importancia de la representación parlamentaria y a potenciar la  función del líder y su relación directa con la gente. Este perfil fue adjudicado originalmente, por la opinión liberal y progresista, a movimientos como el fascismo. En consecuencia la aplicación de la palabra a otros  movimientos de masas suele ser tendenciosa pues propende a confundir los términos del debate, suplantando la palabra popular, que tiene una resonancia positiva, por populista, para rebajar capciosamente a la primera. Pero la cuestión es que el vocablo ha hecho su camino, que hoy está instalado y que de alguna manera responde a un hecho contemporáneo: la dilución de los significados de izquierda y derecha en el vocabulario político. El tema es vasto y por supuesto no se agota aquí.

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