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17
FEB
2018

“The Post”: nostalgias de un tiempo que nunca existió

Meryl Streep y Tom Hanks.
Meryl Streep y Tom Hanks.
En la era Trump, el cine norteamericano vuelve a celebrar los méritos de la prensa libre que pugna contra la tiranía del gobierno. Lástima que este planteo sea una mentira.

La más reciente incursión de Steven Spielberg en el cine es “The Post”, un thriller político-periodístico que, a pesar del sólido oficio de su director y de la fluencia de un relato animado por la presencia de una serie de magníficos actores, nos deja una fatigada sensación de “deja vu” y una desagradable impresión de estar asistiendo a una falsificación. Impresión esta última que proviene, en parte, del tiempo transcurrido desde que ciertas certidumbres ingenuas podían tener peso y de lo inadecuado e imposible que resulta seguir aferrándose a ellas en un escenario que las desmiente a cada paso.

Es evidente que “The Post”, si bien tiene como núcleo argumental el caso de “los papeles del Pentágono” cuya aireación por la prensa contribuyó a colmar la paciencia del público norteamericano ante la guerra de Vietnam, posee también, como trasfondo ostensible, un propósito polémico de rigurosa actualidad, dirigido a contribuir a la demolición de Donald Trump. Es lógico. Hollywood es un reducto del liberalismo, estrechamente ligado a la élite del poder en su vertiente demócrata, que a su vez tiene en órganos de prensa como The New York Times, el Washington Post y la CNN a sus voceros más influyentes. Y Trump ha adoptado la costumbre, no sólo de resultar un tanto impredecible para esa élite, sino la de romper las reglas del juego al pasar por encima de las grandes tribunas de doctrina cuando quiere conectarse con su base, apelando a las modernas tecnologías de la comunicación y reemplazando a los editoriales con twitters de no más de 30 palabras. A los que produce en serie, con un tacto de elefante, pero que le allegan tanto enemigos en la opinión liberal, como amigos entre la “mayoría silenciosa” de los partidarios de la segunda enmienda.[i]

Según él mismo reconoce, la animosidad contra Trump fue lo que urgió a Spielberg a tomar en cuenta este proyecto, que describe a un presidente republicano en lucha con la prensa, a la que intenta silenciar cuando esta empieza a difundir los documentos clasificados que demuestran la intromisión criminal de los gobiernos norteamericanos en los conflictos de Indochina. La película confirma el olfato del director para ventear el aire de los tiempos que corren, no sólo por la asimilación implícita que hace de Trump con Richard Nixon, sino también por su habilidad para tomar en cuenta la irrupción feminista vigorosamente impulsada en estos meses por el escándalo Weinstein y sus secuelas. Su retrato de Katharine Graham, la propietaria del diario –sutilmente interpretada por Meryl Streep- le da la oportunidad de retratar a una mujer que se crece en sí misma por el desafío al que la someten la circunstancias. Hasta erigirse en el rostro de una batalla por la libertad de prensa que la convierte a ella junto a su editor Ben Bradlee (Tom Hanks) y a la plana mayor del New York Times, en el contrafuerte contra el que terminan estrellándose las ínfulas autoritarias de Richard Nixon. “Tricky Dick”, el tramposo Dick, se ha convertido en el receptáculo de toda la indignación liberal contra los excesos del ejecutivo. La película usa incluso las grabaciones con la voz de ese presidente, que él mismo había ordenado para disponer de un registro para la historia y que en definitiva sirvieron para ahorcarlo con sus propias palabras. Pero las diatribas contra Nixon, como también la importante batalla que los grandes medios libraron y libran por los derechos de la población negra y contra la misoginia y el antisemitismo, no terminan de velar la complicidad que  los mismos tienen en el sostenimiento del sistema que integran, y suelen colar por la ventana lo que han expulsado por la puerta. A saber: el racismo en su fórmula antiárabe, antirrusa o antilatina, en la medida en que, implícitamente, a menudo se identifica a los portadores de esas etnias con las máculas del terrorista, del mafioso y del nacotraficante.

“The Post” se inscribe en una larga serie de películas norteamericanas que giran en torno a la libertad de expresión y a la imagen del periodista como un adalid plebeyo de los derechos del ciudadano y del hombre común. Esta tradición tiene algo de verdad y mucho de mentira. El periodismo norteamericano gusta describirse a sí mismo como un elemento regulador en la balanza de poderes y como un obstáculo al libre albedrío de la élite del poder. En realidad es parte fundamental de esa élite, en la medida en que es central a la construcción del consenso en torno al estatus quo. ¿Quiénes fabrican día tras día las leyendas y los tópicos en torno a los cuales se organiza la opinión? ¿Quiénes sostienen la sacralidad de una justicia evidentemente sustanciada  por intereses de clase? ¿Cómo se montan las patrañas con que se justifican las empresas bélicas en el extranjero, si no es con el concurso de los “mass media”? ¿De qué forma se le ha hecho tragar a la opinión farsas tan evidentes como el tema de las armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein o las caracterizaciones grotescas de las “dictaduras” de Gaddaffi y otros personajes molestos para el imperio?

Estas preguntas por supuesto ni siquiera se plantean en el largo repertorio de filmes norteamericanos sobre el periodismo. Muchos de los cuales han sido excelentes y atrapantes, como “Todos los hombres del presidente”, que historiaba el caso Watergate, del que los “Pentagon papers” fueron el antecedente, convirtiendo así al film de Steven Spielberg en una especie de “precuela” de la película de Alan Pakula rodada en 1976. Es obvio que Spielberg tuvo muy presente al filme de Pakula al rodar su última película y que en cierto modo la convierte en una especie de homenaje inexplícito a ella. Tom Hanks corta su propio perfil del personaje de Ben Bradlee –el agresivo director del diario-, pero no deja de parecerse al mismo personaje magistralmente encarnado por Jason Robards en el filme sobre Watergate. Cuando Pakula rodó su película, sin embargo, todavía era posible comulgar con ciertas convicciones ingenuas sobre el papel de la prensa, a pesar de William R. Hearst y de su famosa afirmación “suminístrenme una imagen y  yo les proporcionaré una guerra”, que no hizo sino sintetizar una filosofía hoy está más que nunca en boga en los medios del mundo entero.

Por otra parte, ¿es posible hablar positivamente de Daniel Ellsberg y su filtración a la prensa de los papeles del Pentágono sin conectar esa reivindicación a una justificación paralela de quienes en la actualidad sufren persecución por haber tomado resoluciones parecidas? Daniel Assange, Edward Snowden y el científico israelí Mordecai Vanonu son víctimas de una persecución que no cesa. A los dos primeros les aguarda la cárcel o algo peor si dejan su refugio en la embajada de Ecuador en Londres,  o su alojamiento en Moscú, y en cuanto a Vanonu, luego de purgar 18 años de prisión, 11 de ellos en confinamiento solitario, se le impide abandonar Israel, donde es estigmatizado como traidor, para buscar un reparo más amable. Sobre esto los colosos de la prensa “libre” dicen poco o nada.

En cuanto a los méritos intrínsecos del filme, son innegables, como no podía ser de otro modo tratándose de un narrador tan consumado como Spielberg. La evocación de los diarios que se hacían “en caliente”, con las linotipos, los plomos, las mesas de armado, los teléfonos  fijos, las máquinas de escribir, las fotocopiadoras y las enormes rotativas, resulta tocante para los viejos periodistas que conocimos esos tiempos. Parece mentira que en poco más de veinte años los procedimientos de edición se hayan acelerado, simplificado y cambiado tanto.

Las interpretaciones son sólidas e irreprochables, destacándose, junto a las de Hanks y Streep, la de Bob Odenkirk, el inefable abogado trapisondista de “Breaking bad” y “Better call Saul”.

 

 

[i] La disposición constitucional que consagra el derecho de todos los ciudadanos de Estados Unidos a comprar, poseer y portar armas. Hasta ahora nada, ni la larga procesión de masacres producidas en escuelas y espacios públicos, de la que el atentado del miércoles en Florida fue otra expresión, ha alcanzado para forzar la revisión de esa enmienda. La confluencia de individualismo exacerbado, cultura de la violencia e intereses económicos ligados a la venta y comercialización de armas ha frenado incluso lo que sería factible  y prudente realizar: un control estricto de los antecedentes del comprador, en una población donde, por las razones que sean, hay una proporción desmedidamente alta de desequilibrados. Si al mono le quitamos la navaja o le dificultamos que la alcance, se reduce bastante su capacidad para hacer daño.

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