Hollywood, sexo y propaganda

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ENE
2018

Hollywood, sexo y propaganda

Harvey Weinstein y su prontuario.
Harvey Weinstein y su prontuario.
El siguiente es un pequeño ejercicio de interpretación –que se propone no ser demasiado frívolo- sobre el arte industrial, sus conexiones políticas y la farándula.

El terremoto de los escándalos por acoso e inconducta sexual que sacude a Hollywood y que a partir de allí no ha tardado en expandirse a otros dominios que no necesariamente están vinculados al territorio de la farándula, es un caso clamoroso de miserabilidad humana, pero también de moralina en acción y de hipocresía rampante de parte de los conductores del negocio del espectáculo y del universo mediático. Como todos los fenómenos de este tipo tiene una parte positiva –la aireación de los trapos sucios y el escarmiento que eso conlleva, en la esperanza de que el castigo recibido desaliente la repetición de ese tipo de procederes-, y otro, negativo, que proviene del hecho de que quienes se erigen hoy en guardianes de la moral hayan sido los mismos que han endosado o apartado la vista ante este tipo de comportamientos en el pasado. Más otro riesgo, el de que el súbito arrebato de moralidad redunde en un empobrecimiento de la industria cultural, al radiar de esta a figuras que, con todo lo detestables que sean en el ámbito privado, suelen estar provistas de un considerable peso actoral o creativo.  Es un caso como el de Kevin Spacey -el siniestro Frank Underwood de “House of Cards”-,  cuyo trabajo allí ha sostenido a la serie bastante más allá de lo que esta merecía; y que ha entregado labores actorales memorables, como las de “Seven” y “Belleza americana”, entre otras. Que ahora se llegue a bajarlo del elenco de la serie en la cual era el personaje emblemático e incluso que se vuelvan a rodar, con otro actor, las escenas en las cuales desempeñaba el papel protagónico de un “biopic” sobre Paul Getty, es una demostración manifiesta del ridículo que son capaces de asumir los mercachifles del “marketing” cuando se sienten asustados ante la posibilidad de perder algún dinero o de asustar a la moral convencional de la cual ellos fingen siempre ser los campeones. Y a esto cabe añadir otro peligro, el peor: el de la proliferación de una industria de la denuncia que termine inaugurando otro capítulo del deporte favorito de gran parte de la opinión pública: la caza de brujas, o en este caso de brujos, en especial contra quienes por una razón u otra se encuentran entre los desmedidamente favorecidos por la fortuna y suelen excitar las pasiones y la envidia de quienes los admiran y, al mismo tiempo, resienten sordamente su éxito.

Acabar con el “derecho de pernada” que se arrogan muchos productores, actores o mandamases de Hollywood y más allá es importante, porque –en razón de la escala global de la industria del espectáculo- puede servir para diseminar a nivel mundial una lección de buen comportamiento y consecuentemente moderar los estragos del patronazgo abusivo. Contra las mujeres en primer término, pero también, como se ha visto por algunos de los casos ahora expuestos, también contra los hombres. Pero lo que resulta insoportable en la oleada de puritanismo moral y pseudo fundamentalismo que recorre Hollywood es su frivolidad, que va de la mano con la hipocresía a que nos referimos. Pocos episodios de la historia de la "meca del cine” pueden haber sido más ridículos que esa fiesta-funeral puesta bajo el signo del repudio al machismo y a la que las divas y los divos concurrieron vestidos de luto y haciendo gala de una unanimidad prefabricada en contra de los abusadores. Lo que no fue óbice para que después se fueran de festejo y de que a uno de los más virulentos declamadores contra el acoso sexual –James Franco- le llovieran al día siguiente un montón de acusaciones de pertenecer al mismo clan de abusadores. Ni para que no fueran invitadas al acto precisamente las tres actrices –Rosanna Arquette, Rose McGowan y AsiaArgento- que habían pateado el tablero con sus denuncias: aparentemente no poseían el suficiente glamour y sex-appeal para ser tomadas en cuenta.

Las malas relaciones entre el estilo y el negocio

En lo que hace al tema específico de las formas narrativas del cine y la TV, el “terremoto Weinstein”,  para nombrarlo de alguna manera, ha venido a poner nuevamente de manifiesto lo ilusorio de la esperanza que en algún momentos pudo tenerse en el sentido de que las series televisivas podían otorgar a la narración audiovisual un respiro más profundo y una visión más amplia que los filmes de metraje convencional. Y que en consecuencia fueran capaces de recrear la realidad con algo que se equiparase a la profundidad de las grandes epopeyas novelescas. Es ya evidente que son demasiados los factores contingentes que limitan la posibilidad de desarrollar en las series este tipo de experiencia. Sin hablar de los escándalos y del tradicional imperativo dinerario, que ha determinado ya a discontinuar a series que prometían –como “The Halcyon” y “Manhattan”-[i], el deseo de los actores de emigrar a mejores destinos tras la notoriedad que ganan en las primeras temporadas de los seriales, se constituye en un inconveniente mayor. A lo que se suman las ocurrencias de algunas actrices de casarse con un príncipe real en plena mitad del desarrollo de la trama… Como es el caso de Meghan Markle, la intérprete de “Suits” que está a punto de contraer matrimonio con el príncipe Harry, hijo de lady Diana y nieto de  Isabel de Inglaterra, lo que  la convierte en partícipe de una trama dinástica que se ha convertido en uno de los platos favoritos del cine, la televisión y las revistas del corazón a lo largo de ochenta años, si contamos los escándalos en que se vio envuelta la casa de Windsor a partir de la abdicación de Eduardo VII y su matrimonio con Wallis Simpson.

Hollywood y la política

Ahora bien, los mercachifles del espectáculo a que nos referíamos más arriba no son sólo mercachifles. Pudieron haberlo sido los pioneros que lanzaron la industria del cine con un gran sentido de la oportunidad y el olfato aguzado por el comercio de los inmigrantes buscavidas de principios del siglo veinte.  Los complejos tecnológico-financieros que hoy manejan la industria del espectáculo son una cosa mucho más complicada, en especial por su variante política. Los lazos entre Hollywood, el partido demócrata y en menor grado el republicano, y los lobbies del Congreso, son viejos y profundos. La “corrección política” y la resobada hipocresía del grueso de la producción cinematográfica se condicen con una direccionalidad que apunta a reforzar la enorme máquina propagandística del “sistema americano”. Esta estructura se fue desarrollando con el correr de los años y hoy implica en primer lugar a los servicios de inteligencia: a la CIA, al FBI, y también al Pentágono, que aporta dólares, armamento y logística para los blockbusters bélicos . A poco que se tenga conciencia de la naturaleza de los conflictos que afectan al mundo se comprenderá que, en el arsenal de instrumentos mediáticos que el sistema capitalista utiliza para anestesiar a la opinión, Hollywood y la industria cultural forman parte de un entramado muy amplio: son parte esencial de la panoplia que el imperialismo norteamericano pone en juego para conseguir sus objetivos.

Aunque las narraciones televisivas contengan algunas gemas que no se pueden descuidar –“Big little lies” entre ellas - el grueso de la producción de los grandes proveedores del género adolece de un oportunismo, un esquematismo y una intencionalidad propagandística invasora, que hace inconfortable su visionado para los observadores avisados, aunque incluso estos no pueden dejar de convenir en que la tersura técnica y la eficacia de los diálogos las convierten –a veces- en una golosina agradable al paladar de quien no perciba o no se preocupe por la intencionalidad aviesa que las traspasa y que funciona como un veneno para los incautos. “Homeland” es un referente muy atendible en este sentido.

Pero entre las toneladas de “arte gastronómico” que produce Hollywood hay series que se exceden en su toxicidad amable e idiota. “Designated survivor”, por ejemplo, es un modelo cumplido de la rimbombancia y el conformismo que exudan los productos destinados a acariciar el ego del público norteamericano y también de quienes se identifican con el mito de la democracia arquetípica y de la “excepción americana”. Que es -según el criterio de Barack Obama y no el de un guionista cualquiera- lo que califica al carácter de los Estados Unidos, santificándolo en su rol de policía del mundo y de nación elegida. La autocomplacencia ha sido la moneda de cambio de las ficciones cinematográficas norteamericanas, desde películas eminentes, como las de John Ford, a la siniestra  apología de la tortura encerrada en “La noche más oscura”, de Kathryn Ann Bigelow. Es decir, desde la validación épica de la conquista del oeste a la justificación del rol de policía global en un mundo poblado de fantasmas perversos a los que hay que dar caza sin atender a otra cosa que a la autodefensa. Curiosa autodefensa esta, que suele practicarse a 14 mil kilómetros de las propias playas y como parte de una política implantada hace 200 o más años.

Desde luego hay excepciones dignas a la regla. Películas o series que proponen críticas al sistema y que se atreven a ahondar en aguas muy sucias para denunciarlo. Pero incluso estas, aun cuando están logradas en su finalidad denunciadora sirven, de algún modo sin proponérselo, a los propagandistas del pensamiento oficial. Pues estos, cuando no han podido hacer abortar esos proyectos en un principio, los ponen como demostración de la grandeza del sistema y de su capacidad para sobrellevar las críticas. “JFK” y “Todos los hombres del presidente”, son ejemplos de grandes producciones que, a pesar de su compromiso político, consiguieron perforar la barrera ideológica que suele erigirse frente a los megaproyectos; pero no pasan de ser excepciones.

“Designated survivor” por supuesto no tiene nada que ver con esas raras construcciones. El personaje central de esta serie se  plantea como la antítesis boba del perverso Frank Underwood de “House of cards”. Llegado a la presidencia como consecuencia de un atentado que barre con el  congreso, el presidente y los miembros del ejecutivo, el sucesor designado (un tipo nombrado al azar para no estar presente en cada ocasión en que el gabinete se reúne en pleno, en previsión de un imponderable que deje al ejecutivo acéfalo) resulta ser el bueno de Tom Kirkman, un seráfico e insoportable Kiefer Sutherland, quien emerge de la secretaría de Vivienda para llenar el puesto.

El hombre chorrea buena voluntad por todos sus poros, pero no parece estar en condiciones de adquirir la rudeza que requiere el cargo. Las conspiraciones que lo rodean y los problemas de la política internacional deberían superarlo. Ello no sucede, sin embargo; nada alterará su buen juicio, que le será suficiente para tornarlo en un resuelto defensor de la libertad.  

Kirkman es un sucesor de los personajes positivos de Frank Capra que, surgidos de la masa del pueblo,  llevaban una corriente de aire fresco a los asfixiantes antros del poder. Pero lo que en Capra era en gran medida una efusión sincera propia de los días del New Deal en los años ’30 y ’40, en un presente contaminado por el cinismo y la bazofia propagandística no puede ser sino una caricatura. La voz untuosa y afelpada de Kiefer Sutherland no tiene modulaciones: es melosamente persuasiva en todo momento. Incluso cuando, como imbuido por una ciencia infusa que parece desprenderse del cargo,  decide ponerse enérgico. Dulce y ponderado señor, esposo y padre amantísimo, cuando las papas queman de pronto parece estar en condiciones de  convertirse en un ángel exterminador. Y dictar sus condiciones al mundo con una autoridad insospechada. La misma autoridad que emanaría del suelo que pisa, que no es otro que “el hogar de los valientes y la tierra de los libres”.

¿Despertará alguna vez la  masa, el grueso del público estadounidense de esta hipnosis  de estupideces y podrá ponerse a reflexionar sobre la responsabilidad que le cabe en el respaldo que da al papel que su clase dirigente juega en el mundo? La ingenuidad o la bobería, cuando son hijas de la pereza intelectual, también son culpables. Claro que este fenómeno es generalizable a otros países, incluido el nuestro, vaya si no; pero en el caso de la dirigencia estadounidense la cosa se complica porque esta tiene en sus manos la llave para liberar el infierno sobre la tierra.

 

 

[i] “The Halcyon”, ambientada en la Gran Bretaña de principios de la segunda guerra mundial. contaba con una sólida recreación de época y con personajes que prometían bastante, duró una temporada; y “Manhattan” sobre la construcción de la bomba atómica en el desierto de Los Álamos y el debate moral que suponía su utilización, dos temporadas.  

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