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30
MAY
2017
Estrago en Manchester.
Estrago en Manchester.
El análisis parcial y sesgado de la realidad es un elemento esencial para mantener desinformada a la opinión pública y para confundirla respecto del sentido general que llevan las cosas.

El recuento y análisis de los hechos salientes de la realidad global es una tarea que puede resultar entre abrumadora y aburrida, tanto para quienes se encargan de ella como para quienes consumen ese producto. Es todo tan igual a sí mismo, se reiteran tanto los sucesos que caracterizan a este momento de transición prolongada, o estancada, entre un “régimen que ha muerto y otro que no acaba de nacer”, que a veces dan ganas de llamarse a silencio. Sin embargo la naturaleza retorcida de lo que ocurre, el avance de la niebla de hipocresía, desinformación y mentira que nos envuelve es tan grande que, aunque resulte reiterativo, es imperioso al menos dar un testimonio de protesta.

Otro atentado en Europa ha salpicado de sangre la pasada semana. Pero, ¿por qué singularizarlo confinándolo al espacio europeo? Al hacerlo involuntariamente está tomando la perspectiva de un habitante de los países centrales y de un consumidor de la propaganda del sistema. Por “otro”, en este caso, se entiende, en efecto, un hecho circunscrito a un espacio temporal y un lugar preciso –para el caso, Manchester, Inglaterra, Occidente- donde un presunto yihadista ha dejado un reguero de muerte de civiles y, lo que es aún más monstruoso, de adolescentes y niños que contemplaban un espectáculo musical que les estaba dirigido.

Es un acto inexcusable, que atestigua el extravío de quien o quienes lo montaron, como también lo han sido las masacres de París, Niza, Londres o Madrid, para no hablar de las torres gemelas. Pero estos hechos –que se han venido enhebrando sobre todo en Europa a lo largo de los últimos años- no suelen provocar en el gobierno, el pueblo y sobre todo los medios de los países afectados un esfuerzo de reflexión que los lleve a evaluar las causas profundas de lo que está pasando y los condimentos que las sazonan. Por lo general se asiste a un torbellino de protestas de elevado contenido moral, a una serie de disposiciones prácticas para combatir el flagelo y a análisis de esos procedimientos que toman en cuenta sobre todo su eficacia, su fiabilidad y, en especial, si con ellos no se vulneran los mismos derechos que se quiere proteger. ¿Qué cosa habría que poner primero: el estado de derecho o la seguridad?

Al mismo tiempo se discurre sobre las medidas de carácter administrativo, bélico y logístico a que habría que recurrir para desmontar la amenaza terrorista. ¿Qué cabe hacer con los refugiados? ¿Es posible instaurar un cedazo que permita filtrarlos, separando a los refugiados genuinos de los elementos subversivos que se infiltran con ellos? Más grave aún, ¿qué hacer con la población de raíz o confesión musulmana pero de nacionalidad francesa, británica o europea en general, cuya inmensa mayoría aporta su trabajo y esfuerzo a la cultura que los alberga, pero dentro de la cual anidan y se desarrollan las larvas de los presentes y de los futuros terroristas?

Son cuestiones de peso, sin duda. Pero nadie que tenga una importante presencia mediática parece estar en condiciones de establecer un nexo entre estos sucesos y las cosas horribles que pasan en otras partes del mundo, y más en particular en el medio oriente. Para no hablar del vínculo que puede fijarse entre la actualidad y la historia.

Yendo a lo estrictamente contemporáneo, ¿qué observamos en la cotidianeidad de las relaciones entre occidente y los países árabes? Vemos que es la OTAN la que bombardea, asesina con drones, fomenta y sustenta rebeliones que causan un continuo derramamiento de sangre; es decir, la que lleva la palabra de una política agresiva e injerencista que también tiene como componente al embargo y la estrangulación económica. No se trata de que un mes sí y otro no una bomba explota o un terrorista se inmola en un recital en Europa, sino de un río de sangre que no cesa en todo el medio oriente y de una coerción económica permanente que inhibe las posibilidades de desarrollo.

Estados Unidos en primer término y Francia e Inglaterra en segundo lugar, encabezan estos procedimientos que no buscan otra cosa que la hegemonía global bajo el manto de las intervenciones “humanitarias”. En nombre del “derecho a proteger” a los pueblos de los presuntos excesos que contra ellos ejercen sus gobiernos, las intervenciones se suceden en los países que de alguna manera no se acomodan a los requerimientos del plan global del imperialismo. No siempre esos estados son modélicos ni responden a las características de lo que en occidente se entiende por democracia representativa; pero están o han estado provistos de un avanzado grado de modernización, de sistemas de representación política bastante sofisticados, de respetables niveles de alfabetización y seguridad social, y de regímenes de gobierno cuyo relativo autoritarismo y centralización se explican porque estos son indispensables para contener las pulsiones centrífugas que por lo general devienen de los antiguos estatus coloniales. Fueron los casos de Irak y Libia, por ejemplo; hoy de Siria y, probablemente, mañana también de Irán.

Para implementar sus políticas agresivas Washington y sus asociados nunca han vacilado en aliarse a gobiernos regionales que, como es el caso de Arabia Saudita, están en contradicción flagrante con los postulados que occidente dice sostener. En lo referido al régimen saudí, en efecto, es imposible encontrar una forma de gobierno más brutal, abusiva, retrógrada y feudal, con el añadido de que ese es el nido donde se han incubado las variantes del fundamentalismo y del terrorismo wahabita que no se han cansado de fraguar conspiraciones y ataques sea contra los regímenes modernizadores del mundo árabe o contra los exponentes de la rama minoritaria del Islam, el chiísmo. La proliferación de esas organizaciones ha sido alimentada por los organismos de inteligencia occidentales, que las utilizan de acuerdo a sus propias necesidades, a sabiendas de que los efectos colaterales del accionar de esas bandas pueden provocar en el seno de las sociedades europeas o americana que dicen tener bajo su protección.

No hay que olvidar la faz crematística y geopolítica del vínculo con Arabia Saudita. Más allá del petróleo, está la magnitud del negocio que representa la venta, rubricada por Donald Trump en su reciente gira, de ciento diez mil millones de dólares en armamento, que servirán tanto para paliar el desempleo en Norteamérica como para llenar los bolsillos de los dueños de McDonell-Douglas o de Raytheon y preparar el escenario para una colisión mayor entre ese país e Irán, el objetivo supremo del Pentágono en la región. Así como lo es Rusia para el “Estado profundo”, a la cual se le ha asignado el rango de primer enemigo y objetivo principal a abatir en una segunda e infinitamente más peligrosa edición de la Operación Anaconda que, como su nombre lo indica, apunta al estrangulamiento lento del adversario.[i]

La cháchara propagandística disimula estos datos. En su lugar nos muestra un horror que cae sobre la cabeza de personas que comparten un estatus económico y cultural común a todo el público de occidente. Se apela a una identificación –legítima- con las víctimas, como es el caso de Manchester, pero no se complementa esa información con la indispensable visión de conjunto que permitiría comprender cuales son las causas profundas que generan la violencia. El Otro es el culpable, tanto más que porta rasgos fisonómicos y raciales diferentes a los propios; es pobre (en el caso de los refugiados y de los trabajadores de los guetos culturales de la periferia de las grandes ciudades) y cultiva credos exóticos que tienen un largo historial de colisiones con occidente. Aunque la Iglesia católica se haya “aggiornado” y defienda la convivencia de las religiones, como decía Marx el peso de las generaciones muertas gravita sobre las generaciones vivas, generando un substrato psicológico en el cual echan raíces las construcciones ideológicas como la del “choque de las civilizaciones”, usadas por el imperialismo para resucitar las desconfianzas, los odios y los impulsos primitivos de autodefensa con los que se hace y se hará cada vez más posible reeditar las guerras entre “la civilización y la barbarie”.

Creo que hay que incorporar la noción de que la realidad es compleja, que no existen respuestas unívocas al actual estado de cosas y que es necesario desentrañar capa a capa los componentes que conforman la realidad con frecuencia brutal que nos envuelve, para no sucumbir bajo su peso. Aunque repetirlo suene monocorde.

 

[i] “Operación Anaconda” fue el nombre asignado a la invasión a Afganistán para acabar con Bin Laden y los talibanes. Años más tarde se  reiteró el apelativo  para denominar las maniobras de la OTAN en Polonia y dar así una indicación clara del cerco a Rusia. El primer episodio tuvo escaso éxito y en el segundo es de presumir que  el Oso ruso será siempre lo suficientemente fuerte como para escapar del abrazo.

 

 

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