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29
ABR
2017
Gran patio del Elíseo, residencia de los presidentes de Francia.
Gran patio del Elíseo, residencia de los presidentes de Francia.
Aunque el primer turno de las elecciones en Francia haya dado el triunfo a un candidato neoliberal, el resultado general muestra el avance paso a paso de la disconformidad antisistémica.

Tras las elecciones del pasado domingo en Francia, reinó la algarabía en los medios oligopólicos del mundo entero, las élites políticas europeas se congratularon y los amigos del estatus quo se frotaron las manos. El Frente Nacional de Marine Le Pen había quedado segundo en unos comicios que dieron la victoria al liberal Emanuel Macron y el tercero en discordia, también visualizado como Le Pen como una amenaza por el establishment, el candidato del frente de izquierdas Jean-Luc Melenchon, había quedado relegado al cuarto lugar, detrás del republicano François Fillon. De inmediato, ante la perspectiva de la segunda vuelta, Fillon comprometió su voto para Macron y lo mismo hizo el candidato “socialista”, Benoît Hamon, mientras que Melenchon en principio se negó a recetar consigna alguna a sus partidarios. El placer invadió también a las dirigencias europeas confabuladas con el sistema, sean el socialismo democrático (ex PC) y la democracia cristiana en Italia, la UDC en Alemania o el Partido Popular y Ciudadanos en España.

Las encuestas por supuesto están decretando como inexorable el triunfo de Macron en el balotaje previsto para el 7 de mayo. Aparentemente los números recabados hasta ahora les dan la razón, pero, cualquiera sea ese resultado, hay elementos de sobra para observar que en los países desarrollados está surgiendo una ola de fondo que está instalando graves problemas para el sistema, a mediano o corto plazo. En Francia, por primera vez desde la fundación de la V República, ninguno de los dos partidos que se han repartido el poder, los socialistas y los republicanos (ex gaullistas), quedó en condiciones de pugnar por la presidencia. Macron es un candidato de plástico, un neoliberal modelado por los medios y determinado por su íntima vinculación con la banca Rotschild. Más allá de las consignas que exhiben los partidos, es la existencia de una “grieta” entre los sectores acomodados o que al menos ganan bien su vida, y aquellos otros que son marginados por el sistema, lo que constituye el núcleo de una pregunta que se agiganta: ¿se impondrá el orden neoliberal en el primer mundo, o ese poder anónimo representado por entidades políticas vacías de contenido deberá enfrentarse a la insurrección creciente del pueblo?

La fijación ideológica conspira contra este último objetivo. Los términos de izquierda y derecha constituyen una divisoria de aguas. Por ejemplo los simpatizantes de la izquierda tienden a asumir el vocablo nacional o nacionalista como una mala palabra. Esto los lleva incluso a justificar y defender a la Unión Europea en la medida en que se supone que esta instala un ámbito de cooperación internacional que alisa las divergencias y crea un espacio en el cual se produce la integración progresiva de las culturas. No se ve, sin embargo, que las peculiaridades del carácter alemán, inglés, francés, italiano, etc., hayan inhibido la existencia en el pasado de una comunidad de culturas provistas de sus propias y ricas peculiaridades, ni que el intercambio entre ellas no haya sido fructífero para todos. Que se me perdone esta comparación elemental, pero las guerras no se dieron entre Thomas Mann o Marcel Proust ni entre Charles Dickens y León Tolstoi, sino entre los capitalismos imperialistas, ávidos de mercados, de cada uno de sus países. En el plano cultural e identitario la Europa de las naciones era un organismo vivo y fértil. Por el contrario, la Unión Europea es hoy culturalmente un páramo (al menos en relación a su prodigiosa vitalidad en siglos anteriores) y su gobierno no es otro que el de la troika constituida por el Banco Central Europeo, el FMI y la Comisión Europea, cuyas autoridades no derivan de ningún mandato popular sino del debate en las recámaras de un poder burocrático y financiero que dictamina, desde una lejanía irresponsable, las grandes vías de la organización del mundo. Cuyo fin no es el bienestar de las mayorías sino la potenciación de un sistema global que se mueve inserto en una dinámica que va a nutrir y concentrar la ganancia en un reducido núcleo de explotadores.

El ideal internacionalista era una bella cosa cuando existía una clase que servía de plataforma para que ese ideal se forjase. La historia del pasado siglo, sin embargo, demostró que esta bella utopía no cuajaba y que, incluso el país donde por un momento pareció que esa idea engranaba, esta no tardó en ser utilizada y degradada como expediente para servir las necesidades geopolíticas de ese mismo país. Me refiero por supuesto a la URSS, tal y cómo se forjó a través de la degeneración estalinista. Pero incluso existe hoy otro componente crítico que conspira contra el mantenimiento del mito: el debilitamiento del proletariado, su disminución a causa de la irrupción tecnológica y de su dispersión y parcelación como consecuencia de la diáspora productiva impuesta por el capitalismo salvaje. Este fenómeno afecta a toda la población abocada a la producción, el comercio y la enseñanza, y por cierto borra buena parte de las diferencias entre la clase obrera y la pequeña-burguesía. Estamos en un momento en que, más allá de los dogmatismos, se perfila una era en la cual las fronteras se borran; pero no es el proletariado sino el imperialismo el que las suprime en nombre de un principio también unitario e internacionalista: la dictadura del gran capital especulativo unificado. La utopía se ha transformado en distopía. 

En este escenario no es casual que el vocablo “pueblo” sea cada vez más reemplazado por expresiones como “la gente” o “el público” que expresan una cualidad amorfa: la anomia. La anomia derivada de la incapacidad del individuo para reconocerse en un referente político y la percepción creciente de que el suelo huye bajo sus pies a causa del derrumbe de los asideros sociales duramente adquiridos durante una lucha de siglos. Esta flotación en el aire es insoportable, debe encontrar una respuesta. No es casual que Marine Le Pen haga de la concepción de nación y de la expresión “pueblo de Francia” el latiguillo de su propaganda. En las últimas horas ha dirigido incluso una apelación directa al movimiento de Melenchon, “La Francia insumisa”, para que cierre filas con el Frente Nacional para detener el avance del neoliberalismo puro y duro personificado por Emanuel Macron.

La respuesta de Melenchon fue un ejemplo de esa discordia entre ideología y realidad que interioriza la izquierda europea y al que nos referimos más arriba. Dijo que votará el 7 de mayo “porque respeta la obligación de voto”, pero que no comunicará su decisión ni aconsejará a sus partidarios, para que puedan ser coherentes con lo que quieren defender. “Desde luego no votaré por Le Pen -dijo-, pero los que me dicen que tengo que decir esto o aquello, ¡no!, no tengo que hacerlo, porque lo que se nos pide no es un voto antifascista, es un voto de adhesión a Macron y no, no adherimos a su proyecto". Se trata de una conclusión torturada, pero plausible y que insinúa el voto en blanco. En cambio, los comunistas, que apoyaron a Francia insumisa, dieron la consigna de votar a Macron… ¡para vencerlo luego en las legislativas de junio!

Así las cosas, las incógnitas respecto al balotaje no son pocas. Los votantes de Francia insumisa pueden abstenerse, votar en blanco o volcarse al Frente Nacional. Es difícil que el ya reducido séquito del PC, en la medida que disponga todavía de alguna neurona política, vaya a obedecer resignadamente a la monstruosa directiva de votar al más conspicuo representante del establishment. Es de prever entonces un aumento en la abstención o el voto en blanco, que sólo podría perjudicar al candidato del establishment, pues los votantes del FN están muy consubstanciados con su causa y seguramente se volcarán en masa a las urnas, junto tal vez a no pocos pertenecientes a Francia Insumisa. Aun así es difícil que Marine Le Pen pueda arrancar la victoria a la coalición de centro derecha y pueda llegar al Elíseo, es decir al Olimpo presidencial. A menos que las encuestas se equivoquen, cosa que no es de descartar. Pero como quiera que sea ya le habrá dado un buen susto a la elite y estará señalando la profundización de un proceso de cuestionamiento del estado de cosas que está empezando en el primer mundo y que tiene miras de hacerse más y más crítico con el correr de los días, los meses y los años.

 

 

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