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23
ABR
2017
Manifestante opositor en Caracas.
Manifestante opositor en Caracas.
El chavismo está acosado y en el lejano oriente se dibuja una crisis que excede las capacidades intelectuales del actual presidente norteamericano. Mientras tanto los medios contribuyen a aumentar la confusión general.

De forma persistente y cada vez más rápida se avanza hacia una militarización de la política. A medida que las contradicciones del sistema-mundo se agudizan, en todas partes los expedientes a los que se recurre para dirimirlas se asemejan cada vez más a una guerra. Al menos en el sentido de que en la contienda política se practica de forma desembozada el vale todo. No hablo de que en todas partes se produzcan choques bélicos –aunque el planeta está sembrado de luchas de este tipo que van in crescendo- sino de que los recursos polémicos a los que se apela para dirimir los conflictos políticos-sociales son iguales a los que en el pasado sólo solían producirse en el marco de una guerra, externa o interna. La propaganda se hincha con mentiras, las falsedades están al orden del día, se violan los parámetros de la legalidad (una legalidad que incluso es la emanación y el producto del orden dominante que la emplea) y la práctica de la provocación, de las operaciones con falsa bandera, del terrorismo concreto y del terrorismo psicológico, se difunden hasta hacer la atmósfera irrespirable.

Estos días han sido pródigos en ejemplos de este estado de cosas, aunque se debe recalcar que ya desde hace más de una década los parámetros de la convivencia social y global están siendo vulnerados a una escala que sólo en los momentos más trágicos del siglo pasado llegó a alcanzarse. La configuración de los oligopolios de la comunicación y su fusión con el capitalismo neoconservador o neoliberal[i] es lo que ha hecho posible la vigencia de este mentidero cotidiano. Un discurso único que se repite ad infinitum con variaciones cosméticas para simular aparentes diferencias y hacerse así más tragable a una opinión condicionada por décadas de lavado de cerebro, es el arma maestra del imperialismo.

El objetivo de este proceso es generar una especie de “conciencia disociada” en los espectadores. Los medios presentan una enorme variedad de informaciones en una sucesión casi imposible de absorber por la velocidad con la que se las lanza. Establecen así un panorama caótico en el cual, para el espectador no informado, resulta imposible discernir por dónde corren las líneas maestras que podrían ordenar el caos. Por lo general, queda capturado, aprisionado, por la imagen más impactante del espectro.

La existencia de una masa consciente de la realidad que la rodea representa un peligro para el sistema vigente. Las ciencias de la comunicación son un instrumento formidable para el enriquecimiento cultural del pueblo y pueden suministrarle un apoyo esencial para formarlo, permitiéndole pensar por sí mismo; pero esa misma aptitud, si es usada en sentido inverso, es el obstáculo mayor con el que puede tropezar una aspiración al cumplimiento democrático. Este depende en grandísima medida de la existencia de un pueblo interesado e informado en lo político. Hoy todo conspira para que las cosas no sean así. Por un medio que se propone un objetivo que se aproxima al ideal comunicacional, hay cien que operan en sentido contrario. El desequilibrio en materia de información es descomunal.

Caracas y Pyonyang

Atendamos a dos casos que se encuentran en desarrollo en estos días. El de Venezuela y el de Corea del Norte. Venezuela es casi el último bastión que queda de la oleada progresista que recorrió al subcontinente a principios del nuevo siglo. Allí la situación es mala. Una anarquía fogoneada por la oposición y Estados Unidos, se conjuga con los errores cometidos por un gobierno que recogió las insuficiencias de la experiencia chavista y las conjugó con las hesitaciones y contradicciones que le son propias. Los envites contra el gobierno bolivariano marchan sobre un terreno abonado por la incapacidad del chavismo para salir –o al menos intentar salir- del monocultivo como premisa del régimen económico venezolano.

La enorme caída en los precios del petróleo ha herido en el corazón a la economía del país del Caribe. Se trata de una caída que no es casual. A través de esa maniobra promovida en primer término por la sobreproducción de Arabia Saudita, socio privilegiado de Estados Unidos, se usa el arma del petróleo para minar a las economías rusa y venezolana. Si la primera tiene recursos suficientes para absorber el impacto y una dirección política muy calificada para responder al desafío en ese y otros campos, la segunda es débil y no tiene posibilidad alguna de retaliación económica o política.

Los escándalos de corrupción y el hecho de que el movimiento se enredó los pies por su propia cuenta al asentar como principio constitucional la posibilidad de convocar un referéndum revocatorio en la mitad del mandato, terminaron de crear las condiciones para la reedición de los intentos para alejarlo del poder que se han venido repitiendo periódicamente desde 2003, cuando un golpe cívico-empresario-militar fue abortado por la reacción del pueblo y por la oficialidad joven de la fuerza armada. Al negar la opción plebiscitaria y al intentar despojar al poder legislativo sus atribuciones derivándolas hacia la corte, el argumento de la legitimidad democrática se le volvió en contra. Y la oposición no iba a dejar pasar la oportunidad.

Ahora el empobrecimiento creciente de grandes masas de pueblo y la exasperación de los sectores medios que siempre tuvieron un rechazo de piel hacia el chavismo, están creando una situación que ilusiona al sector más duro de la oposición –y ciertamente a la CIA- acerca de la posibilidad de acabar con el mandato de Maduro y abrir la puerta al exterminio –en un sentido que entendemos figurado- del movimiento nacional-popular que abrió el camino al ataque contra el estado neoliberal a finales de los ’90. La esperanza de los grupos de la oposición es que el continuo deterioro de la situación, agravado por las sangrientas protestas, induzca al pobrerío de sus suburbios a promover un nuevo “caracazo”, con saqueos y violencia indiscriminada. Lo que abriría la puerta a una intervención militar que difícilmente vaya a ir contra el chavismo, dada la actual configuración de la fuerza armada, pero que quizá tuviera que hacerse cargo de la situación apelando, como es connatural a su forma de ser, a recursos de rigor extremo. Los que llevaría no ya a la suspensión de Venezuela en el Mercosur y la OEA sino a su lisa y llana expulsión, creando al mismo tiempo la opción para una intervención militar extranjera, directa o indirecta. ¿Acaso Estados Unidos no ha sentado una doctrina en el sentido de que es legítimo intervenir en un país para impedir los abusos que un régimen estaría cometiendo contra su propio pueblo?

De este complejo panorama el grueso de los medios da poca o ninguna cuenta. Se detiene sobre todo en las imágenes patéticas de los choques callejeros, en la de las víctimas, sin puntualizar que la existencia de francotiradores encargados de disparar contra los manifestantes de uno u otro signo para descontrolar la situación es un dato que desde hace tiempo acompaña a algunas de las “revoluciones de color”.

La sombra de la Bomba

La situación en Venezuela es difícil, pero por desdichada que sea tanto para el pueblo venezolano como para el desarrollo de la experiencia nacional-popular en América latina, no reviste la dimensión apocalíptica que podría alcanzar una escalada en la puja de amenazas que se cruzan entre el presidente Donald Trump y su contraparte norcoreana, Kim Jon un. También aquí, una vez más, una información parcelada y propensa a la desmemoria torna incomprensible el problema y hace ver en el armamento nuclear de Norcorea y en las bravatas de Kim el núcleo del problema. La atribución de un temperamento irresponsable en el jefe norcoreano es fácil de sustentar por su propensión a las grandes paradas militares y por el culto a la personalidad que arranca de su abuelo y fundador del estado, Kim il sung, a su vez inspirado en la ritualidad estalinista. Pero, más allá de los aspectos grotescos de la parafernalia de una religiosidad laica, hay datos de la realidad que se ignoran o se ocultan con cuidado y que hasta cierto punto explican no tanto los ritos como la voluntad de Corea del Norte de dotarse de armamento nuclear. No debe haber país que haya sido tan larga y duramente agredido por USA desde el final de la guerra mundial. La voluntad de Kim il sung de reunificar la península coreana fue el motivo de la guerra iniciada en 1950, guerra que perdura hasta hoy puesto que jamás se ha firmado tratado de paz dando fin al conflicto. En ese lapso Estados Unidos ha hecho de todo para castigar y humillar al país asiático, privándolo de acceso al capital extranjero e instalando sistemas misilísticos y bases en toda Corea del Sur. La dimensión de la guerra llevada adelante por Estados Unidos entre 1950 y1953 excedió incluso los parámetros de ferocidad desplegados contra Alemania y Japón, salvo en el empleo de la bomba atómica; cuya utilización, sin embargo, llegó a contemplar el general Mac Arthur. La fuerza aérea, empero, se empleó generosamente con otros recursos: en un período de tres años arrojó sobre Norcorea más explosivos que todos los que se emplearon en el teatro del Pacífico durante el conflicto con Japón, incluidas 38.000 toneladas de napalm. Murió el 20 % de la población, según el general Curtis Le May. No quedaron puentes, diques ni ciudades importantes en pie, los campos se inundaron, las cosechas se perdieron y si no hubiera sido porque China y la URSS acudieron en su ayuda, la totalidad de la población hubiera muerto de hambre y frío.[ii] Después de semejante experiencia ¿no resulta retórico preguntar por qué los coreanos del norte quieren disponer de un arma nuclear que funcione en cierta medida como factor disuasorio?

 Cabe preguntarse el porqué de la existencia de un club exclusivo de potencias atómicas, y el por qué sus miembros, según sean sus requerimientos tácticos, conceden o no a otros países la autorización para sumarse a ese selecto núcleo o a formar parte no declarada de él, como es el caso de Israel, por ejemplo. Lo ideal sería que no hubiera armas atómicas en ninguna parte del globo, pero como ese desarme es impensable en primer lugar por la negativa de la primera potencia mundial a plegarse a él, no hay países que tengan más razones para armarse de ese modo que Corea del Norte e Irán. Irán no lo ha hecho y es difícil que lo logre en un futuro inmediato, pero Corea del Norte sí ha conseguido dotarse de un pequeño arsenal nuclear con el que puede infligir daños terribles tanto al sur de la península como a Japón y a la base norteamericana de Okinawa. Cometiendo suicidio, desde luego, pero la actualidad enseña que esa proclividad está muy presente tanto en los que la incorporan desde una tradición cultural como la japonesa, pongamos, como entre quienes se identifican con los mecanismos de un sistema-mundo que cada día se aproxima más a la robotización de un poder anónimo presidido por un solo principio rector: el de la maximización y concentración de la ganancia.

Que un tipo como Trump esté al frente de la primera potencia mundial es una evidencia del vaciamiento y la anomia del poder, que empieza a girar como una brújula que ha perdido el norte. Esto pone también a occidente en condiciones de suicidarse cediendo a los impulsos descontrolados de su propia “hubris”. Es decir, de su arrogancia, autoconfianza y desprecio de los límites fijados para la acción humana. Un presidente que antes que nada desea una gratificación de carácter narcisista, puede hacer, como Trump lo está demostrando, cualquier cosa para satisfacer su propio ego. Para huir del acoso del Deep State no ha encontrado otro expediente que buscar refugio en sus brazos, y para recuperar su popularidad en crisis no ha vacilado en lanzarse a bombásticas declaraciones y a actitudes no menos imprudentes como la de anunciarle al primer ministro chino, mientras compartía un postre con él, que en ese preciso momento estaba lanzando una lluvia de misiles contra Siria. Gesto del que no vaciló en jactarse por televisión, ante la sonrisa extática de una reportera de Fox News. Sin hablar del anunciado envío de un grupo de tareas al Mar del Japón para intimidar a Pyonyang, cuando esa “task force” en realidad seguía navegando rumbo al océano Índico.

“El mundo está loco, loco, loco”, como rezaba el título de una popular película de Stanley Kramer de 1963. Pero no es el mundo el que está loco, sino el sistema que dice querer ordenarlo. La función de la prensa que es parte integrante de este, es querer ocultar el  hecho. Para ello participa de esa misma locura, y requiere para hacerlo de comunicadores también contagiados por la ignorancia. Luchar contra esta es autoexigente, pero representa tanto un desafío como un placer. No los desdeñemos.

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[i] Neoconservador o neoliberal son términos que se equivalen. Buena demostración de la cancelación del significado en el mundo que nos rodea. La extinción de los parámetros del discurso lógico es el arma favorita de la dictadura de la comunicación.

[ii] Mike Whitney: “The problema is Washington, not North Korea”, en Counterpunch. 

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