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07
ENE
2017
Rodrigo Duterte, el nuevo malo de la película.
Rodrigo Duterte, el nuevo malo de la película.
El presidente filipino Rodrigo Duterte ha abierto una grieta en el entero esquema estratégico estadounidense en el Pacífico. Por ello cabe esperar que en cualquier momento la ira de Washington se abata sobre él.

En una nota reciente (“El siniestro legado de Barack Obama”, del 11.10.16) hicimos referencia a Rodrigo Duterte, el nuevo presidente filipino que, en los pocos meses que lleva de mandato, ha revolucionado la política exterior de su país. Aunque los medios occidentales hayan preferido resaltar los contornos que estiman brutales de su lucha contra el narcotráfico y a            la propensión al exabrupto injurioso o irreverente que parece ser parte de su personalidad.

Duterte se perfila como otra de esas figuras inconvencionales, reñidas con la discreción y el equilibrio que suelen exigirse de los jefes de estado, que están poblando cada vez más el escenario internacional. Como por ejemplo Kim-Jong-un o el mismísimo Donald Trump. Pero esta floración de personajes de corte irreverente que están ocupando el primer plano, ¿es la expresión de un mero pintoresquismo, de una variante escénica dirigida a un público elemental, o se trata más bien de la forma que de ventilarse tienen los datos de la realidad, a través de personajes que evitan los circunloquios y la hipocresía de la corrección política? Nos inclinaríamos por la segunda hipótesis.

El caso de Duterte es extraordinario no sólo por los rasgos de su carácter sino porque su ascenso al poder en Filipinas y el curso que no ha vacilado en tomar no bien inició su mandato, están indicando un viraje o un punto de inflexión estratégico en una de las áreas decisivas de la política global. Como lo apuntáramos en la nota que mencionamos antes, Duterte ordenó la suspensión de los ejercicios conjuntos con la marina norteamericana, suspendió el contencioso con China en torno a las islas Spratly, está reclamando la salida del país de las bases estadounidenses y ha realizado una visita a Pekín, acompañado por los altos mandos del ejército y por empresarios de primera línea. Ahora ha recibido a la visita de dos navíos de guerra rusos, cuyo jefe, el contralmirante Edouard Mijailov, ha anunciado el propósito de la marina de su país de realizar ejercicios conjuntos con la armada filipina. Se diseña así un arco marítimo donde se perfilaría un cambio dominado por la presencia rusa, china y filipina, que debilitaría la presencia de los Estados Unidos y afectaría profundamente a Japón, ya muy herido por el hundimiento del Tratado Transpacífico, del que virtualmente ya se han retirado Vietnam y Filipinas, y al que Trump acaba de descartar como una opción deseable. El diseño de una alianza económico-militar entre China, Rusia y Filipinas afectaría la seguridad y la comodidad con que hasta ahora se movía la dupla Tokio-Washington.

Son muchas cosas las que penden en la balanza debido al brusco viraje de Filipinas. ¿Pero es de veras tan brusco? ¿O es la consecuencia de la reacción contra los largos años de coerción política y condicionamiento psicológico de su pueblo? Para comprender el curso que están tomando las cosas habría que tener en cuenta un poco de la historia de ese país.

Filipinas estuvo varios siglos bajo el dominio colonial español –su nombre deviene del de Felipe II, y los apellidos de muchos de sus ciudadanos también tienen origen hispánico-, pero la guerra que la liberó de la dominación española coincidió, por desgracia, con el conflicto hispano-estadounidense de 1898, prontamente resuelto a favor de Estados Unidos. Fue el salto a la categoría imperial de la república norteamericana y, en la estela de ese paso, la independencia filipina quedó rápidamente en agua de borrajas. Pasando olímpicamente sobre la voluntad del pueblo filipino, cuya independencia sin embargo había apoyado previamente, Washington compró a la derrotada España todo el archipiélago por la suma de 20 millones de dólares. La consecuencia de esto fue el estallido de una nueva y aún más sangrienta guerra, en la que Estados Unidos suprimió el movimiento independentista imponiéndole a la población una pesada pérdida de vidas humanas. Aunque los cálculos oscilan entre guarismos muy distantes entre sí, se admite que murieron 16.000 filipinos en combate y que entre 250.000 y un millón de civiles fueron víctimas fatales de la represión, el tifus o el hambre. Las pérdidas totales de Estados Unidos contabilizaron unas ocho mil bajas.

A partir de allí, aunque tuvieron que hacer frente a ocasionales levantamientos de la población “mora”, etnia de confesión musulmana que vive en Mindanao, al sur del archipiélago, los norteamericanos tuvieron bastante éxito en reducir la resistencia y acomodar gradualmente a los filipinos a los deseos de la potencia colonial. Una de esas victorias fue la práctica desaparición del español como segunda lengua entre la población filipina y su reemplazo por el inglés.

La segunda guerra mundial volvió a cobrarse un pesado precio entre los filipinos, tanto por la sevicia con que actuaron los japoneses contra los filipinos que les opusieron resistencia, como por la masacre que significaron los bombardeos indiscriminados de Manila y otras ciudades por las fuerzas estadounidenses.

En 1946 los filipinos consiguieron finalmente la independencia que Washington les había comenzado a otorgar con cuentagotas diez años atrás. Pero la joven república nació contrahecha. Estados Unidos siguió monitoreando su política exterior y conservó sus bases militares en el archipiélago, bases que se convirtieron, junto a la de Okinawa, en Japón, en los pilares del despliegue norteamericano en el Lejano Oriente. Los gobiernos filipinos, que aceptaron dócilmente encuadrarse en ese esquema, debieron luchar también, durante muchos años, con la rebelión de los musulmanes del sur y con la resistencia de la guerrilla comunista, surgida durante el auge de la guerra fría. El primer conflicto se arrastra todavía, aunque Duterte anunció su decisión de resolverlo y la experiencia que tuvo durante su gestión como alcalde de Davao (una ciudad en la isla de Mindanao donde siempre ha estado vivo el conflicto con el particularismo moro) llevó a una experiencia de colaboración con esa etnia que fue reconocida como exitosa.

Rodrigo Duterte ha fundado su carrera en la prédica contra la corrupción y el tráfico de drogas. Durante su gestión como alcalde de Davao limpió la ciudad de delincuentes. Sus procedimientos fueron brutales, como brutales siguen siendo los métodos que actualmente ha comenzado a poner en práctica en todo el territorio de la república. Según Clarín, en los meses que lleva de mandato Duterte, la policía y los grupos de vigilancia barriales han dado muerte al menos a 6.100 personas. Este dato, y no el viraje geopolítico de su gobierno, es lo que está siendo resaltado por la prensa del sistema, siempre atenta los reales, presuntos o inventados excesos de los gobernantes que tienden a vulnerar el encuadre al que deberían ajustarse. La demonización, en efecto, siempre se ha medido con un doble rasero: por un Gadafi al que se pintaba con los colores más ridículos y sugerentes de despotismo, ha habido también figuras como el sha Reza Pahlevi de Irán, cuyas atrocidades cumplidas con  la mediación de su policía política, la Savak, jamás le quitaron el lugar entre las páginas satinadas de las revistas de moda. Así también ahora los epítetos de monstruo, chiflado, ridículo e irresponsable tirano empiezan a caer sobre la cabeza de Duterte, quien sin embargo se beneficia, según las últimas encuestas, del respaldo de al menos el 65 por ciento de la población de su país.

El tema filipino está en vías de convertirse en un dato mayor de la crisis mundial. La “credibilidad” de la potencia norteamericana se basa sobre todo  en sus músculos, y que un país débil les falte el respeto puede poner a la república imperial en la situación de tener que ponerlos en juego, so pena de ver que se le pierde el miedo. Es una ecuación mezquina y poco imaginativa, pero desdichadamente los teóricos de la política de poder la han privilegiado siempre. ¿Se precipitará un golpe en Filipinas, que tal vez abriría el paso a una guerra civil? ¿Habrá ya una bala marcada con el nombre de Duterte , para sacarse de encima al líder carismático que tiene el atrevimiento de cambiar las coordenadas político-militares en un área de decisiva incidencia estratégica? ¿Qué harán China y Rusia de darse esa eventualidad?

Todo está por verse. Pero otro foco de incendio se ha abierto en el mundo, igual o peor a los que hoy están activos en el medio oriente y en la Europa del Este. Hay una nueva falla en el Pacífico, quizá equiparable por su potencia sísmica a la falla californiana de San Andrés. Y es de presumir que la grieta política se abrirá mucho antes que la geológica.

 

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