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28
JUN
2016
La salida del Reino Unido de la Unión Europea puede representar el comienzo del fin del ordenamiento europeo posterior a la segunda posguerra. Y el comienzo de un nuevo e imprevisible desarrollo.

El Brexit ha conmocionado al mundo. La city londinense es uno de los órganos más importantes del universo financiero y no bien se supo el resultado del referéndum las bolsas se precipitaron en caída libre en todas partes. Varias entidades financieras y multinacionales que tienen sede en Gran Bretaña anunciaron que contemplan la posibilidad de trasladarse al continente, con lo que peligrarían miles de puestos de trabajo. También se abrieron interrogantes de carácter geopolítico de considerable importancia. El estatus de Gibraltar entre ellos. También podría serlo el de las islas Malvinas, si no fuera porque la desorientación que informa a nuestro gobierno en materia de política exterior, no asegurase que el asunto seguirá durmiendo.

La salida de Gran Bretaña de la UE plantea problemas muy serios al actual ordenamiento mundial. En primer término el calentamiento de las tendencias disruptivas que recorren a sus países miembros e incluso a la misma Gran Bretaña: Escocia e Irlanda del Norte, por ejemplo, parecen en disposición de convocar referéndums para consultar a su población acerca de la permanencia, o no, en lo que todavía se llama el “Reino Unido”, para vincularse por su cuenta con la Unión Europea. Sus lazos económicos con la UE y, en el caso escocés, también el viejo antagonismo nacional, estimularían este desarrollo.

En el plano “macro”, la salida de Inglaterra del organismo europeo ha estimulado la propensión que alienta en muchos países en el sentido de separarse de la entidad multinacional para volver a las soberanías particulares. El caso francés es el más característico y el más peligroso para el sistema vigente: Marine Le Pen y el Front National son ya una fuerza de primer orden en Francia y su reclamo más imperioso es el retorno a una Europa de las naciones, donde cada país recupere su soberanía en torno la cuestión monetaria y no se vea obligado a ir a remolque de las imposiciones del Banco Central Europeo o del FMI, en los que Alemania y Estados Unidos tienen la vara de medir y llevan la voz cantante.

La iniciativa a favor de la salida de la Unión en Francia, Holanda y Austria es propulsada en general por partidos considerados de derecha, opuestos a la inmigración y xenófobos, que expresan el descontento de sectores populares que se sienten amenazados por la competencia de la mano de obra extranjera, por la crisis económica, por los programas de ajuste impuestos por la tecnocracia financiera, y también por el fantasma del jihadismo y el terrorismo. Esos núcleos poblacionales también experimentan un rechazo a la diferencia cultural que desde muchas décadas a esta parte ven instalarse en los barrios periféricos y que fluyen naturalmente por los órganos capilares de la sociedad, como son las escuelas y los canales del tráfico, como subtes, buses, etc.

La opinión denominada progresista se siente desconcertada ante esta amalgama de motivos, no alcanza a comprender la naturaleza profunda y compleja del descontento y oscila entre el rechazo al régimen vigente, que amalgama al conservadorismo con la social democracia, y el pánico que siente ante el crecimiento de unas tendencias a las que tiende a interpretar como fascistas.

Recorrido

Pero, ¿cómo se ha desembocado en esta situación, después de las esperanzas que generara la aproximación entre las potencias que durante siglos se habían desgarrado en guerras recurrentes y cada vez más feroces? La catástrofe de las dos guerras mundiales y la existencia de la Unión Soviética como una amenaza a los valores de la Europa burguesa precipitaron el impulso unitario que comenzó con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero y vinculó a los seis países fundadores, Alemania, Francia, Bélgica, Italia, Luxemburgo y Holanda. La clave de bóveda del proyecto estaba en la cooperación entre Francia y Alemania. La rivalidad entre estas dos naciones que habían protagonizado tres guerras en 80 años parecía una piedra difícil de disolver, pero en poco tiempo las ventajas de la cooperación se abrieron paso y dieron lugar a un proceso de integración europea, tutelado por Estados Unidos, que transformó la cara y la psicología del viejo continente. Esta marcha se prolongó por décadas y dio lugar a una revolución del bienestar que conjugaba el consumo, la tecnología y la liberación de las costumbres.

Este estado de cosas -privilegiado en relación a lo que ocurría en el resto del mundo- duró incluso más que las condiciones que lo habían aupado. Ya en 1973 el encarecimiento del petróleo (consecuencia de la guerra árabe-israelí de ese año y la toma de posición de los países de la OPEP) habían producido inestabilidad. Luego el thatcherismo y los “reaganomics” de la década de los ’80 minaron la plétora económica de los “30 gloriosos”. Pero no fue hasta la caída de la Unión Soviética que la estructura organizada por sus países fundadores empezó a vacilar. Paradójicamente, a consecuencia de su fortalecimiento aparente.

Europa había visto la transformación de la Comunidad Europea en Unión Europea (tratado de Maastricht, en 1992), y en el lapso que medió entre su creación de la primera y el surgimiento de esta última, el organismo había crecido incorporando a estados del occidente de Europa, entre ellos al Reino Unido. La debacle del sistema soviético propició el ingreso en tropel de muchos estados del ex bloque soviético, política no muy bien vista por los europeos “primigenios”, pero alentada por Washington que se aseguraba así un doble objetivo: restarle solidez a la UE como factor competitivo a su propio poder, y acercarse a las fronteras de su enemigo global, Rusia.

El estado de bienestar hace crisis

La disolución del bloque del este, la aparentemente incontrastable superioridad económica y militar de Estados Unidos, la crisis de transición del capitalismo productivo a un capitalismo financiero que apunta a una globalización asimétrica con un centro de centros (Estados Unidos) que absorbe el superávit del mundo entero y no es capaz de devolverlo en forma constructiva sino que lo multiplica en un vacío cibernético mientras aumenta una inversión tecnológica y un armamentismo que no crean empleo, han puesto al mundo de cabeza. En este contexto el hombre, el encargado de crear riqueza, se torna en un factor despreciable, se convierte en un ente casi superfluo para el capital concentrado. En una molestia, en una palabra. De ahí la demolición del “estado de bienestar” y las políticas de ajustes que proceden a desregular el trabajo y a recortar las obras sociales con despreocupación, pues ya no está el fantasma comunista que tanto asustaba ni la existencia de un proyecto alternativo a un capitalismo al que se reconozca como viable y movilice a las masas en pos de un objetivo común.

El choque de estas políticas, perceptible primero en las sociedades del mundo menos desarrollado, ha alcanzado ahora también a las sociedades del privilegio, y esto es lo que estamos viendo en la floración y el crecimiento de fenómenos como Donald Trump en Estados Unidos, el “Brexit” en Gran Bretaña, el Frente Nacional en Francia y los fenómenos centrífugos que recorren a Europa. Expresan a masas de gente desconcertada que busca algún tipo de salida a una incomodidad que crece y que busca encontrar chivos expiatorios en hechos como la migración, o bien aspira a hallar un equilibrio en el retorno a los valores del estado-nación o, como en el caso del catalanismo o el nacionalismo vasco, en una mezcla de argumentos lingüísticos e incluso raciales para sostener una nacionalidad de campanario.

Se trata de una articulación muy compleja de factores, cuyos primeros beneficiarios pueden ser los movimientos populistas de derecha, pero que implica un trastrocamiento de las coordenadas políticas que han regido a Europa en las últimas décadas. Una Europa que en manos del Banco Central Europeo, el FMI y la Comisión Europea constituyó una gobernanza que tiró por la borda a los ideales de cooperación e integración social de los años de posguerra y se transformó en un ente oligárquico y financiero impersonal, implacable y autoritario, desasido de cualquier determinación democrática y cómplice o bien protagonista activo de la catarata de agresiones y desastres que el imperialismo ha derramado sobre los países del medio oriente. Es esta agresión la que sembró muerte y destrucción en las regiones afectadas, generando de rebote un fenómeno migratorio que ahora da la impresión de que va a sumergir a Europa, cosa que a su vez precipita el fenómeno reactivo de la xenofobia y abre las puertas al discurso de la derecha radical.

Es este replanteo lo que se expresa en la salida de Gran Bretaña de la UE. Sus consecuencias inmediatas o mediatas no pueden ser evaluadas ahora, pero sin duda traerán cola. Un hecho importante que hay que observar: la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea no significa que vaya a salir de la OTAN. Por lo tanto el brazo militar con el que occidente ha actuado durante estos años permanecería intacto. ¿Pero es tan así? Las principales bases de la flota británica están en Escocia, por ejemplo. ¿Qué pasaría con ellas si esta se separa de Inglaterra?

Estamos frente a las primeras sacudidas de un terremoto que no ha hecho más que empezar. Así como la caída del muro de Berlín significó el ingreso a una nueva época, el Brexit puede implicar el comienzo del fin del concierto europeo salido de la posguerra. Las incógnitas son múltiples. De verificarse una ruptura, ¿las naciones europeas seguirán a remolque de Washington? ¿Optarán por una “Östpolitik” que las reconecte a Rusia? ¿Un eventual retorno a las soberanías nacionales llegaría a vincularse a una recuperación de la soberanía popular? ¿Podrá expresarse esta en fórmulas que contemplen las relaciones con el medio oriente y el África en un contexto racional o se abroquelará el viejo continente tras un “limes” constituido por una “muralla del Mediterráneo”?

Nada va a producirse de un día para otro, pero parece evidente que la historia ha dado otra vuelta de página.

 

 

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