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17
FEB
2016
Lavrov y Kerry acercan posiciones.
Lavrov y Kerry acercan posiciones.
Un cese al fuego se insinúa en el teatro de operaciones sirio, pero los factores que operan a su alrededor lo hacen difícil. La cooperación ruso-norteamericana será esencial para asegurar ese proyecto.

En estas semanas las posiciones de los gobiernos de Estados Unidos y de Rusia respecto a la guerra civil en Siria parecen haberse acercado mucho. Por de pronto han arribado a un acuerdo para un cese del fuego que debería incluir a las dos potencias y al gobierno sirio. No está claro si este y los grupos rebeldes compartirían esa decisión, que por cierto el Emirato Islámico ni siquiera toma en cuenta, entre otras cosas por la simple razón de que las potencias seguirán considerándolo como un blanco legítimo. La cesación de hostilidades debería entrar en vigencia a fines de esta semana. Mientras tanto se sigue librando la guerra mediática que los medios occidentales llevan adelante contra Rusia, aunque podría creerse de que se trata de una cortina de humo tras la cual las partes estarían poniéndose de acuerdo.

Sin embargo esto último es opinable pues, al menos en el bando estadounidense, que es el que viene propulsando la catástrofe del medio oriente desde las invasiones a Afganistán e Irak, hay tendencias contrapuestas que pugnan por imponer puntos de vista antagónicos. El presidente Barack Obama y su secretario de estado, John Kerry, estarían intentando revertir la “estrategia del caos”  que lanzó el presidente George W. Bush y que proponía la fragmentación de los principales estados regionales en un rompecabezas de grupos étnicos, confesionales y tribales. Francia y Gran Bretaña se colaron en la iniciativa, estimuladas por la posibilidad de reconstituir algo de su vieja presencia colonial en el área, y también lo hizo el primer ministro israelí de aquel entonces, Ariel Sharon.

El proyecto norteamericano tenía el propósito de desarticular la aproximación entre Rusia, China y la India, generando un “Gran Juego” del cual se beneficiarían Washington, Ryad y Tel Aviv, básicamente, pues por un lado se amenazaba la estabilidad de Irán, la gran potencia regional petrolera y la más poblada y mejor armada de la región (excepción hecha de Israel, que dispone del arma atómica) y por otro se fomentaban a una escala inédita las contradicciones sectarias del mundo musulmán, que tiene una fuerte presencia en el sur de Rusia y al oeste de China, y que supone también un componente volátil en la población de la India, sobre el cual gravita además la presencia del único estado islámico provisto de armamento nuclear, Pakistán.

No hay duda de que el programa funcionó hasta cierto punto, pues Libia, Irak y Siria fueron desgarrados por luchas intestinas que, al menos en el caso libio, promovieron la virtual extinción de ese país como entidad organizada, mientras que Irak apenas mantiene esa apariencia y Siria depende para sustentarla de la supervivencia del presidente Bachar Al Assad y del ejército que, pese a lo terriblemente desgastado que ha sido en tres años de guerra civil fogoneada por occidente, mantiene todavía una unidad que le otorga capacidad operativa.

Pero el éxito del proyecto de los halcones ha sido pírrico para sus responsables pues ha generado el desgaste de la imagen de Estados Unidos y ha complicado a la Unión Europea. El desastre promovido en medio oriente ha costado una matanza espantosa, el desplazamiento de millones de refugiados -cientos de miles de los cuales huyen hacia Europa-, y la posibilidad cierta de que, de continuar ese proceso, Rusia y Estados Unidos se vean enfrentados de forma directa. Esta es una perspectiva que preocupa a muchos militares norteamericanos y rusos y también a sus pares israelíes, que tendrían que sacar las castañas del fuego para occidente en un área envuelta en el desorden más absoluto. La acción de Obama-Kerry en el sentido de una búsqueda de un arreglo con Irán en el tema nuclear y de la generación de alguna especie de componenda con Rusia en Siria para acabar con el Isis –el genio malo que se escapó de la caja de Pandora abierta por USA- está determinada por este orden de cosas. Cómo se compadece esto con la agresividad demostrada por la OTAN en Ucrania y algunos países de Europa del Este es  un misterio, pero a la ecuación quizá se le pueda aplicar el principio de Jack el Destripador: “vayamos por partes”…

Conspiradores

Ahora bien, hay muchos involucrados en la estrategia del caos que tienen influencia y que se empeñan en mantenerla. No sólo dentro del aparato del poder en Estados Unidos sino también en el tejido de alianzas que Washington puso en marcha para sustentar el proyecto. Estos países y la parafernalia de servicios que los rodean, tienen intereses propios, y se prometen considerables ventajas de carácter estratégico si el curso de los acontecimientos sigue en el sentido prefijado.

Arabia Saudita y Turquía, en primer lugar. La monarquía saudí se enfrenta a Irán no sólo, como se nos quiere hacer creer, por motivos confesionales, sino porque hay una rivalidad de intereses de carácter muy concreto en torno al papel que ambos países tienen en la cuestión de los precios del petróleo y porque el papel directivo que Ryad se adjudica en la región está obstaculizado por conflictos internos que tienen que ver con la explosiva presencia de núcleos chiítas susceptibles de ser influidos por Irán en lo que Arabia saudita considera su esfera de influencia. La represión del levantamiento popular en Bahrein a comienzos de la “primavera árabe”, la guerra que lleva adelante contra los hutíes en Yemen o la ejecución días pasados de 46 presuntos terroristas sunnitas vinculados a Al Quaeda y de cuatro clérigos chiítas entre los que se encontraba el respetado jeque Nimr-al-Nimr, son hechos que dan la pauta de que los saudíes no se andan con chiquitas y que están en disposición de asumir conductas explosivas.

Es en este cuadro que hay que apreciar la reciente decisión de Ryad de enviar aviones de combate a la base de Incirclirk, al sur de Turquía, para que participen en operaciones conjuntas con la aviación de ese país contra los elementos del Estado Islámico aposentados en Siria. El motivo indicado es una farsa, toda vez que fueron Turquía y Arabia saudita quienes, con la bendición de la CIA, montaron, armaron, hicieron circular y dirigieron a los combatientes del Isis contra sus objetivos en Irak y Siria; los que les aseguraron rutas de suministro y los que gestionaron la triangulación del petróleo que el estado islámico  exporta de los yacimientos arrebatados a Siria e Irak para abastecerse de divisas y en consecuencia de armamento. ¿Quién puede creer que estos dos países van a combatir al EI  si fueron ellos los que lo engendraron?

De lo que se trata es de algo muy diferente. La intervención militar rusa en Siria un par de meses atrás ha alterado completamente las tornas del proceso que se estaba dando allí. Putin no quiere ni puede abandonar a Al Assad a su suerte, como ocurriera con Gadafi. Se dice que el presidente ruso se reprocha amargamente haberlo hecho, visto el destino del líder libio y la suerte que ha corrido su país. Pero, más allá de las consideraciones de tipo sentimental, lo que hay es que Rusia necesita asegurarse la existencia de Siria como una entidad estatal viable y amiga para impedir que se desestabilice su frente sur, en el Cáucaso, donde hay una considerable población musulmana y donde Estados Unidos ha estado trabajando de manera infatigable las reivindicaciones de los núcleos confesionales y étnicos con miras a desgajarlos de Rusia. El Kremlin precisa además mantener su única base naval en el Mediterráneo, Tartus, y probablemente las facilidades aeroportuarias que ha adquirido recientemente para el lanzamiento de sus operaciones aéreas contra Isis y los grupos terroristas de Al Nusra en el teatro de operaciones sirio.

Esos ataques han representado un punto de inflexión en el curso de los acontecimientos en  el medio oriente. De pronto, al aterrorizante estado islámico le cortaron la respiración. Después de dos años de bombardeos norteamericanos, que no aportaban resultados concretos, búnkeres, depósitos de municiones y combustible volaron por los aires y los convoyes que abastecían al Isis quedaron interdictos por la acción aérea desplegada por los rusos. Estos extendieron su radio de acción –evidentemente- bombardeando a grupos rebeldes al gobierno de Assad que no pertenecían al Isis, pero cuya catadura no era mejor, como el frente Al Nusra. Esto promovió el escándalo de la prensa occidental. Pero el resultado no se hizo esperar. El exhausto ejército sirio revivió, retomó la ofensiva y está desalojando a las formaciones rebeldes de las posiciones en las que se habían hecho fuertes. Esto incentiva el deseo de occidente de llegar cuanto antes a un alto el fuego de parte de Estados Unidos, pero también hace que el gobierno de Damasco quiera prolongar las hostilidades hasta recuperar todo o casi todo el territorio que había perdido.

En este escenario el desembarco de aviones sauditas en la base de Incirklirk y la expresa manifestación del gobierno de Tayip Erdogan en el sentido de que Turquía se apresta a atacar al Isis en territorio sirio representan una movida peligrosísima y burda. Peligrosa porque hundiría las conversaciones de paz y torpe porque todo el mundo sabe que, lejos de combatir al estado islámico, la iniciativa va en la dirección de liquidar a los kurdos que lo combaten con eficacia y, eventualmente, de recuperar para Turquía algo del poderío que imperio osmanlí ejerciera sobre el mundo árabe antes de 1914.

El tema kurdo es básico. Cabe pensar que Turquía está preparándose a rescatar su fallida política de respaldar a los mercenarios fundamentalistas en Siria, invadiendo y estableciendo un área de seguridad para esos grupos terroristas en el área fronteriza, al tiempo que descarga allí mismo un golpe demoledor contra las fuerzas kurdas, que están logrando éxitos sustanciales en la lucha contra el Isis. El tema kurdo es un asunto que afecta todos los países en los cuales se reparte esa etnia, que siempre ha reivindicado su identidad particular, pero que, como consecuencia del “arreglo” del medio oriente después de la primera guerra mundial, quedó desparramada en los territorios de Irak, Siria y especialmente Turquía. Tanto Irak (con Saddam Hussein) como Turquía (en todo momento) han tratado a los kurdos de manera inmisericorde. La desintegración de Irak como consecuencia de la invasión norteamericana de 2003 brindó a kurdos una ocasión para reavivar su reclamo, que consiguieron en parte al establecerse en el norte de Irak como entidad semiindependiente.

Es evidente que de las actitudes de Turquía y Arabia saudita dependerá mucho del precario equilibrio que pueda lograrse con un eventual alto el fuego. Los intereses que presionan para seguir con la estrategia del caos son muchos y se ocultan en la madeja de los servicios y de la economía puesta al servicio de la guerra. La concentración de tropas turcas en la frontera con Siria, así como la aparición de aviones saudíes en Turquía, no representan un signo alentador en este sentido.

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Fuentes: Alfredo Jalife Rahme, Red Voltaire, Global Research, La Jornada.                                                                                                                                                                                                                                                                                         

 

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