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20
AGO
2015
Donald Trump al asalto.
Donald Trump al asalto.
El más reciente outsider de la política norteamericana ha crecido en base a un discurso reaccionario dirigido a “la mayoría silenciosa”. No llegará lejos, pero el eco que encuentran sus palabras no es alentador.

La política estadounidense está regida por una oligarquía que se caracteriza por dividirse en dos alas derechas: la republicana y la demócrata. Hay diferencias de método entre ellas, en particular a lo referido al ámbito interior, pero en el internacional ambas se han distinguido siempre por su carácter expansionista e imperialista. Esto no les ha impedido producir figuras a veces muy relevantes y en ocasiones pintorescas. Lincoln tuvo la estatura de un estadista y a él se debió la conservación de la unión entre los estados, base de la posterior expansión global de la potencia norteamericana. Y McKinley y los dos Roosevelt fueron, a su modo, expresivos de dos momentos del capitalismo norteamericano: el de su primera expansión más allá de los límites del hemisferio en el caso de de McKinley y el turbulento Teddy, y el de su expansión global a través de la decisión de F.D.R. de lanzar todo el peso de su país a la palestra durante la segunda guerra mundial. Conquistó de esa manera la primacía y al mismo tiempo solventó la crisis interna originada en la crisis capitalista de 1929, a la que había paliado con el New Deal, pero que solo con el pleno empleo alcanzado por la reconversión armamentística de la industria, generada por el conflicto, terminó de solucionar.

La alternancia en el poder entre republicanos y demócratas y la compleja red de privilegios federales y el conservadurismo judicial que sostiene la dinámica del poder hace imposible ningún cambio brusco en el curso de la política norteamericana. Todo está atado y bien atado, aunque en la superficie se produzcan tormentas que arruinan carreras, dan paso al escándalo y hasta pueden terminar en magnicidios si, como consecuencia de esas pugnas dentro del sistema, se produce la posibilidad de afectar seriamente los intereses de las corporaciones empresarias, empresario-militares, financieras y bursátiles que, en definitiva, componen el poder real y de las cuales el aparato político es la proyección ejecutiva.

La solidez sustancial del sistema no excluye la aparición, de cuando en cuando, de outsiders que lo critican. Mientras no se conviertan en un elemento molesto son la válvula de escape de la frustración de millones de norteamericanos, una frustración que se manifiesta en la alta proporción de abstencionismo que hay en las compulsas electorales. En otra manifestación de un descompromiso inducido desde arriba, estas no son obligatorias y no se verifican en días feriados sino en jornadas laborables, lo que automáticamente tiende a desalentar la participación en ellas.

Uno de esos outsiders a que aludimos ha hecho su aparición en estos meses. A diferencia de Ralph Nader, no es un antisistema. Pertenece más bien a la línea del populismo de derecha inaugurada por Ross Perot. Donald Trump es el individuo en cuestión. Es más peligroso que los mencionados antes por el hecho que ha sentado sus reales en uno de los dos partidos que componen el firmamento político estadounidense en base a un discurso que excita la arraigada xenofobia de vastos sectores de la sociedad norteamericana. Y no sólo esto: su demagogia, su simplismo, su grosería y su ímpetu lo han puesto primero en la carrera a las primarias del partido republicano. Pues Donald Trump ha lanzado su candidatura presidencial y las encuestas lo muestran en este momento al frente de la intención de voto republicano con el 24 por ciento de apoyo, contra 13 por ciento de Jeb Bush y el 10 por ciento de Scott Walker. En los debates televisivos su simplismo, su verba directa y sus propuestas de medidas drásticas para acabar con el narcotráfico y la violencia –centradas en hacer de la inmigración ilegal el chivo expiatorio de la cuestión- parecen haber excitado el meollo racista de esa sociedad y estar atrayéndole el voto de sectores populares connotados por su chovinismo y que no encuentran, en la situación actual de su país, una respuesta a la imagen ideal que se hacen de sí mismos como ciudadanos de la nación excepcional, cuya “virtud” la hace descollar por encima de todas las otras.

Trump no es un “self-made-man”-. Es un heredero, receptor de un emporio inmobiliario que ha sabido incrementar, proyectar al exterior y expandir al área bancaria. También ha invertido en los deportes y su imagen es conocida a través de sus shows televisivos. Su sola fortuna personal atesora 4.000 millones de dólares, según la revista Forbes. Su estilo y su prédica congenian con la imagen que el norteamericano medio se hace del hombre de éxito, del ganador: es arrollador, coleccionista mujeres hermosas; de modales simples y democráticos para con los “wasp” (white, anglo saxon, protestant) y es expresa o tácitamente despectivo con con la población que escapa a esa caracterización. Su discurso directo, que atribuye la decadencia social a factores ajenos a la nacionalidad primigenia, le ha dado una apariencia de inconformista que responde al malestar generado por la hegemonía que ejerce el pensamiento políticamente correcto en el cine, los medios y la prensa.

La verdad es que Trump no se guarda nada de lo que puede exacerbar el resentimiento del norteamericano medio. Sus afirmaciones sobre los mejicanos y la inmigración ilegal son tajantes y ofensivas a más no poder. “Cuando México envía a Estados Unidos a su gente, no envía los mejores. Envía a la gente que tiene muchos problemas, que trae drogas, crimen, violaciones”. Redondeando esta afirmación, Trump lanzó un programa que incluye la deportación de los inmigrantes ilegales (unos once millones en todo el país), acabar con el derecho a la ciudadanía por nacimiento, la confiscación de todos los pagos de remesas al exterior derivadas de sueldos ilegales, el incremento de los precios para los visados temporales de primeros ejecutivos y de diplomáticos mejicanos, y la construcción de un muro –que deberá pagar México- a lo largo de la frontera con ese país para taponar el flujo de la inmigración clandestina. También prometió que, de llegar a la presidencia, rescindirá la orden ejecutiva de Obama que impide expulsar, tanto a los jóvenes indocumentados siendo niños, como a los padres de ciudadanos estadounidenses con estatus legal.

No parece probable que Trump llegue a ejercer la presidencia. El peso del voto hispano es grande, su presencia social aún más y ninguno de los dos partidos que se alternan en el gobierno puede olvidar este dato. Los dislates de Trump, de concretarse, pondrían en peligro el equilibrio del sistema de poder. Este último, si nuestro personaje se torna demasiado molesto, se cuidará de que no haga más daño. En los años 30 Huey Long, un político demócrata, gobernador de Louisiana y populista de izquierdas, quiso forzar la marcha de New Deal proponiendo un programa mucho más efectivo contra el peso de las corporaciones en la vida nacional. Fue caracterizado como demagogo y corrupto, por supuesto, pero se erigió en un rival de Roosevelt dentro del mismo partido. Se especuló con que podría lanzarse a una candidatura presidencial con buenas posibilidades de éxito en la interna para las elecciones de 1936, pero su carrera se truncó en 1935, cuando la bala de un asesino lo derribó en el hall del congreso estatal. No es que quepa comparar a ambos personajes en su catadura ideológica ni en su significación política: Long era un progresista sincero, un defensor de los derechos de los blancos pobres y de la gente de color en el profundo Sur, y un keynesiano en economía, mientras que Trump es un reaccionario en toda la línea, pero el caso de Long demuestra que la insubordinación contra las reglas del juego es peligrosa, aunque las hipótesis de una conspiración en torno a su asesinato nunca hayan sido consistentes o concluyentes. Como ocurriría en posteriores magnicidios.

El dato más inquietante de este panorama es, sin embargo, la capacidad de arrastre que tiene el discurso simplista, elemental, de Trump, entre masas importantes del público norteamericano. No alcanza a todos, por cierto, y en parte de la opinión genera una auténtica repulsa, pero el hecho de que tenga tanto eco es en gran medida el fruto de una cultura popular centrada sobre sí misma. En efecto, a pesar de su irradiación universal y de su éxito (o quizá precisamente a causa de ello) el norteamericano “medio” no termina de dimensionar el mundo como una realidad provista de valores que no necesariamente son idénticos a los de su propio universo. O, si mensura esa diferencia, es para desdeñar o mirar desde arriba, con una especie de fatigada, cuando no irritada, compasión, a quienes no tienen el privilegio de pertenecer a su nación. Hay una especie de inocencia perversa en esa autocomplacencia y se debe reconocer que el afán por abrigarse bajo la tutela de la bandera de las barras y estrellas de tantos inmigrantes los reconfirma en esa convicción. En los sectores menos educados esta noción de superioridad no está mitigada por la hipocresía política, y es ahí donde muerde el discurso de Donald Trump.

Trump pasará, esperemos que rápido, pero la predisposición colectiva que lo explica no va a desaparecer por sí sola. Y este dato no es agradable de cara al futuro.

 

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