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14
AGO
2015
El FpV sigue siendo la más fuerte de las opciones de poder con miras a los comicios de octubre, aunque el escenario sigue abierto para eventuales reacomodos en el frente opositor.

Pasaron las PASO y aumentaron las incógnitas respecto al próximo cotejo electoral. Daniel Scioli fue un claro ganador, con el 38,41 por ciento de los votos, pero quedó a cierta distancia del piso que se había propuesto y que hubiera proyectado un probable triunfo suyo en la primera vuelta en las elecciones de octubre. La sorpresa fue “il morto chi parla”, Sergio Massa, deshauciado y humillado dado que su propuesta de cambiar su candidatura a la presidencia de la república dentro del frente Cambiemos a trueque de su postulación como gobernador de Buenos Aires había sido desdeñada por Mauricio Macri (24,28 % de los votos, que llega al 30.07  % con el aporte minúsculo de Sanz y Carrió). Ello llevó a Massa a presentarse por su cuenta y a emerger de la primaria del domingo pasado con un respetable 20,63 por ciento. Contrasta su presencia electoral si se la compara a la desastrosa prestación del partido más antiguo de la Argentina, el radical, extraviado por Ernesto Sanz quien, cual flautista de Hamelin, encaminó a esa histórica formación a renunciar a su identidad y a diluirse en el conglomerado Cambiemos, dentro del cual obtuvo un paupérrimo porcentaje electoral.

Es evidente que de aquí a octubre se abre un arduo proceso negociador que tiene como objetivo el deseo de Scioli de cancelar –obteniendo la victoria en la primera ronda- o, en el caso de Macri de forzar la segunda vuelta. De alguna manera, como consecuencia de un efecto tal vez no buscado de las primarias, la próxima elección va a ser entonces una especie de balotaje adelantado. El objeto del deseo va a ser Massa y UNA: ¿sus votantes se mantendrán fieles a la fórmula del Frente Renovador o intentarán derivar hacia otro espacio político? ¿Prevalecerá el antikirchnerismo de muchos de ellos por sobre su procedencia justicialista o será al revés? Facundo Moyano ya ha dado una pista interesante: manifestó que Mauricio Macri es su límite y que “en ninguna circunstancia lo votaría o acompañaría”. En lugar de esto propició discutir una agenda en la cual se debatan las políticas de estado que debería tener la oposición.

Este dato resulta importante a título retrospectivo: cuando en 2011 Cristina Kirchner cerró el paso al sindicalismo político descartando el tercio sindical de la bancada del PJ en el Congreso, que había sido instituido por Perón, provocó un desbarajuste en las bases del peronismo que en definitiva erosionó el poder del partido gobernante. Desde entonces mucha agua (¿podrida?) corrió bajo el puente, menudearon las divisiones, se produjeron idas y venidas de candidatos que se corrían al mejor postor (la seguidilla de conversiones y reconversiones al Frente Renovador y de este al PJ es un escandaloso ejemplo de esto) y se libró una batalla dentro del FpV que puso de manifiesto la cesura entre el kirchenerismo “puro” y los practicantes del peronismo tradicional. La vieja división de los 70 entre una presunta izquierda y una no menos presunta derecha se exteriorizó esta vez sin el paroxismo sangriento de esa época, pero con juegos ambiguos y zancadillas que enrarecieron la atmósfera de ese espacio político, hasta que finalmente la presidenta concluyó, tal vez contra sus deseos, que para conservar el poder para el Frente para la Victoria lo único que se podía hacer era restañar las heridas, deglutiendo a Scioli y sacando de la manga una fórmula que pretende unificar a todos los sectores: el binomio Scioli-Zannini.

Más allá de la aritmética electoral, sin embargo, lo que debe preocuparnos es el hecho de la insuficiente claridad programática de los diversos candidatos. Es verdad, Scioli se ha ocupado de subrayar que su proyecto apunta en el sentido de prolongar las líneas tendidas en el período kirchnerista. Aunque no baste tal definición, supera a las inconexas, vacías, inexistentes o hipócritas -¿quién cree en un Macri estatista?- propuestas de la oposición.

En Argentina estamos ante un dilema que se reitera una vez y otra. Ya no es cambiamos o nos estancamos, sino cambiamos o nos hundimos. Pese a que el país sigue siendo inmenso y desproporcionado en relación al número de sus habitantes, estos son los suficientes como para hacer inviable el modelo de la economía agraria, exportadora y especuladora anterior a 1930 y al que las clases dominantes siempre han añorado de algún modo. Incluso aquellas a las cuales dicho modelo perjudica, pero que desearían que la disciplina social y el goce parasitario de aquella época permaneciesen intocados.

Es evidente que el cambio no debe ser entendido en el sentido que le da Macri, para quien cambiar es volver atrás, a la década de los 90: a la época de la especulación financiera, de la abdicación de la soberanía económica y del capitalismo salvaje, tal como recomiendan Broda, Espert o Melconián. Ni tampoco puede entendérselo en el sentido en que parecen imaginarlo Massa o los radicales, que identifican el cambio con un “salí de ahí que me pongo yo”. El cambio debe ser estructural, psicológico e ideológico. No hay cambio sin industrialización y empleo, ni sin una redistribución de la renta que consienta al país ir dotándose de una armazón productiva de avanzada tecnología y de gran valor agregado.

 Ninguna de las fuerzas en presencia asegura un compromiso fuerte en este sentido. Pero no cabe la menor duda de que el FpV representa algo que se orienta hacia esa meta. Ha tenido logros muy importantes en el plan nuclear y en la investigación científica que, entre otras cosas, ha determinado el lanzamiento del Arsat. Ha alentado el empleo y ha tratado de preservarlo, y su política hacia los sectores menos provistos ha sido también un éxito, aunque desde luego es todavía más que nada un paliativo. A pesar de sus falencias su línea estratégica va en la dirección correcta, mientras que la de su principal opositor apunta en el sentido exactamente contrario.

La necesidad de profundizar las reformas se ve, sin embargo, obstaculizada por factores subjetivos y objetivos. Los primeros se derivan del problema identitario argentino, que proviene de una desordenada amalgama cultural, agravada por la acción deletérea de los medios y por el sistemático lavado de cerebro que produce la civilización del márquetin y el consumo. La labilidad de las masas, especialmente en los sectores medios y mejor provistos de los principales centros metropolitanos, es grande, y ella las predispone al desinterés por las cuestiones de fondo y a ser permeables a las provocaciones y al gran guiñol de las denuncias espectaculares. Casos como la muerte del fiscal Nisman y la ficticia moralina de personajes como Lanata y Carrió son el picante que excita a esa sensibilidad epidérmica.

El segundo aspecto que complica las cosas es la situación internacional. Está bien que los BRICS y la multipolaridad hacia la que está derivando el mundo abren vías de escape. Pero no son accesibles con una mera expresión de deseos y por otra parte, excitado por el peligro que ese surgimiento representa para la pretensión hegemónica imperialista, Estados Unidos y sus socios se han lanzado a una ofensiva en todos los acimuts que de rebote está poniendo en riesgo a Brasil y Venezuela. El dumping de los precios del petróleo apunta directamente a demoler la economía rusa, pero marginalmente viene bien para erosionar a Venezuela, uno de los dos socios principales con que puede contar Argentina para integrar una plataforma común de acción latinoamericana. En Brasil la presidenta Dilma Rousseff se enfrenta a una ofensiva de la derecha que en gran medida ella misma propició, al adoptar un enfoque posibilista de arreglo con el establishment, lo que desmovilizó a la militancia del PT, desorganizó a su base social y abrió el campo a una clase media descontenta; también sensible, como aquí y en Venezuela, a los cantos de sirena del inconformismo mediático.

Esta deriva es lo que hay que combatir. Para hacerlo, sin embargo, no se puede apelar la retórica. Solo una formulación programática concreta, que brinde datos específicos y que esté garantizada explícitamente por los candidatos, pueden insuflar la certeza que necesitan los votantes para comprometerse a su vez en la patriada de poner un voto consciente en las urnas de octubre.

 

 

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