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01
JUL
2015

"Fijar agenda", una aproximación

Aporte publicado en “Qué”, portal de contenidos de la Escuela de Ciencias de la Información de la UNC, en el cual trato de sintetizar mi experiencia en torno a un tema central del oficio periodístico.

Esta es una reflexión elaborada desde un punto de vista empírico, no necesariamente adecuado con el saber sistematizado propio de una perspectiva docente. Según mi parecer, la universidad debe esforzarse por acercar a los alumnos una noción abarcadora del periodismo, que se esfuerce por reflejar la complejidad del mundo. Nada hay blanco y negro en él, sus matices son múltiples y la política –que es el dato cotidiano que nos impregna- está determinada, en buena medida, por los factores de poder económico, que a su vez influyen en las diversas formas de la cultura. Cuando la primera, la política, intenta modificar a los segundos, se produce una crispación del cuerpo social que puede tener muchas gradaciones, de acuerdo al mayor o menor radicalismo de la propuesta reformista y de las condiciones estructurales en que esta se formule. Llegar a una percepción acabada de la complejidad de esta ecuación requiere esfuerzo y tiempo, pero es bueno que el periodista en agraz tenga en cuenta cuál es la naturaleza de las cosas desde los albores de su carrera.

Ello debería al menos permitirle comprender las coordenadas que implica la “fijación de agenda” en el medio en que le toque trabajar. Así, tal vez, pueda desenvolver su labor sin convertirse en el cómplice, consciente o inconsciente, del proceso informativo eventualmente desintegrador en el cual se ve inmerso y que es dictado desde la gerencia del medio. Por supuesto ello no va a concederle el privilegio de hacer lo que quiera, pero sí al menos la posibilidad de elaborar un discurso resistente, que trate de aprovechar las brechas que pueden abrirse en ese espacio y, si consigue hacerse con un lenguaje y con unos recursos técnicos abonados por el conocimiento de la historia, introducir a través de ellas las reflexiones que de alguna manera puedan acercar al lector o al televidente una impresión objetiva de los hechos, desde la cual pueda este formarse luego una opinión propia acerca de lo que se le está transmitiendo.

La agenda ideal que debería fijarse desde un medio masivo de comunicación que respondiera al interés de las mayorías –entidad que hoy por hoy es casi una entelequia, pero a la que deberíamos aspirar para que alguna vez tome forma- debería estar determinada por una serie de perspectivas concéntricas que tomen en cuenta la realidad del país y de la región en que nos encontramos y se expandan hacia una consideración de la realidad global que nos comprende y que en gran medida marca un límite a las propuestas que desde aquí pueden hacerse para modificarla. Ahora bien, este límite es siempre variable, siempre flexible, al igual que la realidad inmediata que nos involucra. Cosa que obliga a descubrir los factores críticos que se manifiestan en ella y que más directamente nos influyen, para explotarlos con provecho.

Habida cuenta de este movimiento perenne, la fijación de agenda debería hacerse privilegiando a los temas de verdadera enjundia, tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Uno de los rasgos que caracterizan el presente es precisamente lo contrario; esto es, sumergir la información sobre temas cardinales en un océano de noticias en el cual lo relevante se iguala con lo irrelevante. Cuando no con la mentira. Lo decisivo se acopla con las novedades de la farándula; los hechos de inseguridad -a los que se extrae de contexto para sugerir la imagen de un desorden permanente frente al cual la sociedad está indefensa- con la crónica de un deporte al que se magnifica hasta la hipertrofia y que en cierta medida opera como “opio del pueblo”. Sin que esto implique dejar de destacar que, más allá de los intereses crematísticos que se mueven en su torno, hay en él una pasión lúdica y competitiva que es parte inescindible y sana de la naturaleza humana.

Dentro de este marco de consideraciones, la agenda ideal de un medio de prensa argentino debería, a mi modo de ver, ocuparse sobre todo de los conceptos que subyacen a los diversos proyectos políticos que sobrenadan en la realidad cotidiana y de la forma en que estos tienen a encarnarse concretamente. Esto supone a su vez saber cuál es la trayectoria de quienes los enarbolan y tener conocimiento de cuál ha sido el decurso de las ideas-fuerza a que han adherido a lo largo de los años. Preguntar o preguntarse acerca de la pertenencia ideológica de esos protagonistas, si estos la tienen y sobre la forma en que la han resuelto  en la práctica, no es una mala manera de iluminar el camino.

La raíz histórica de esos núcleos ideológicos debe también formar parte del bagaje de conocimientos del periodista que se aplica a indagar la realidad. No puede disociar, pongamos, al triunfo del neoliberalismo en el país de la herencia que supone la configuración de la Argentina como un país dependiente; ni a las tentativas por revertir esa imposición imperialista, de un conocimiento circunstanciado de los movimientos que a lo largo de nuestro pasado han procurado combatirla.

Por otra parte, la tendencia a privilegiar en forma desproporcionada la información local o nacional, sin visualizarla en el contexto regional y global del que forma parte, es un error. Así como es imposible representarnos el presente sin conocer el pasado, es absurdo suponer que nuestro país puede derivar por el mundo sin una conciencia de los propios límites y sin una percepción tanto de las oportunidades como de los peligros que nos rodean. La empresa de Malvinas acometida sin una noción valedera de los factores político-militares que entraban en juego o, a la inversa, el temor y la predisposición servil respecto a las potencias que tradicionalmente han ejercido su dominio sobre nosotros, son dos ejemplos acerca de hasta dónde nos puede llevar la ignorancia de las coordenadas globales. La multipolaridad es hoy un dato esencial para evaluar las posibilidades que tiene la nación para desarrollarse sin caer en la subordinación a un poder externo que imponga su diktat a través de sus corifeos locales, asociados desde siempre con el imperialismo al fungir como “burguesía compradora”.

Esta comprensión de una realidad determinada por la acción de fuerzas contrapuestas entre las cuales debemos encontrar un lugar en el cual posicionarnos, es extensiva a todas las disciplinas del oficio periodístico. Cuando abordamos la crítica de arte o de la industria cultural –sean el cine, la literatura, la pintura, el teatro o la televisión - la agenda por supuesto debe centrarse en la calidad estética o técnica del producto en cuestión, privilegiando a las obras más destacadas, pero sin desasirse de esa óptica abarcadora que deviene de una comprensión del mundo signada por la representación ideológica que nos hacemos de este…

“Fijar agenda” está lejos, por lo tanto, de ser una tarea sencilla. Pero en la medida que se internalicen los parámetros de la reflexión a los que hicimos referencia, esa empresa puede transformarse en un ejercicio cotidiano que nos permita pararnos mejor sobre nuestras propias piernas y reflejar al entorno de la manera más adecuada que sea posible. Si no se puede cambiar radicalmente al sistema, cosa improbable en esta etapa de historia, hay que luchar por el fomento de una conciencia crítica que nos permita reconocer nuestra voz entre la cacofonía de voces orquestadas desde arriba.

 

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