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17
JUN
2015

Un cineasta injustamente olvidado

Valerio Zurlini.
Valerio Zurlini.
Cierto realismo de corte clásico, capaz de una percepción a la vez firme y sensible de las cosas, se ha convertido en una rareza en el cine. Tal vez por esto sea conveniente revisar la obra de uno de sus mejores y menos conocidos exponentes.

La semana pasada la televisión pública, a través de su programa Cinemateca, empezó un ciclo dedicado a revisar la obra de un notable, bien que poco recordado, cineasta italiano: Valerio Zurlini. Aunque, como suele ocurrir con los programas de este género, el mismo está estratégicamente situado a un horario como para que no lo vea nadie o sólo por adictos al cine de cierta edad que no repararán en trasnochar –total, suelen estar jubilados-, me dispuse a repasar algunos títulos de que en su momento me habían resultado impactantes e incluso conmovedores. La expectativa sólo pudo ser satisfecha parcialmente, pues, por problemas de programación vinculados al lugar sin duda expectable que merecen los deportes, las películas emitidas fueron, si no me equivoco, tan solo dos: “La muchacha con la valija” y “El desierto de los tártaros”. Con todo, fueron suficientes como para inducirme a evocar a este excelente director, de una calidad y una solidez que no desmerecen a la de otros de sus coetáneos más publicitados y le permiten figurar en el cuadro de honor de una de las décadas más brillantes y significativas del cine.

En materia cinematográfica los 60, en Italia y en Europa en general, fueron unos años milagrosos. Lo sustantivo y más fuerte de la obra de Federico Fellini, Luchino Visconti y Michelangelo Antonioni es de esa época, señalada también por el surgimiento y el éxito de la nueva ola francesa, por el cine de Ingmar Bergman, Andrezj Wajda, Roman Polanski, Lindsay Anderson, Joseph Losey, Tony Richardson, Andrei Tarkovsky y muchos más.

El lugar de Valerio Zurlini debe situarse en una segunda línea que se encontraba inmediatamente detrás de Fellini, Visconti, Antonioni y Bergman, las figuras señeras e indiscutibles por su originalidad, cumplimiento y envergadura. No alcanzó sin embargo la notoriedad de Truffaut o Godard, otros dos nombres que fueron bandera en esa época. La razón de este oscurecimiento puede ser simple: era un cineasta clásico, afecto a un realismo lírico que no era entonces, ni es hoy, demasiado popular que digamos. Sin embargo, ese es el registro de Chéjov, a veces incluso el de Tolstoi.

No toda su obra alcanza el mismo nivel. “La última noche de quietud” no es equiparable a sus otros títulos, aunque tal vez por esto mismo tuvo una repercusión comercial apreciable. A mi entender, de las obras que he tenido oportunidad de ver de este notable realizador italiano, la segunda de su filmografía, “Verano violento”, es la más lograda. Demuestra una notable habilidad para fundir en una sola corriente narrativa la dimensión individual, psicológica y sentimental, con el espacio social de una época convulsa. No es frecuente esta capacidad. Generalmente, cuando el cine aborda una historia personal dentro de un marco significado por los trastornos sociales o bélicos, este último ocupa casi totalmente el espacio y pone a los personajes al servicio de la idea que el cineasta se hace o decide hacerse respecto de los diferendos ideológicos y éticos que plantea el filme. Esto no ocurre con “Verano violento”, que combina con exquisita precisión y delicadeza los dos ámbitos, sin caer en dicotomías ni contrastes simplistas.

El filme se ubica en los últimos meses del régimen de Mussolini, poco antes de la capitulación de Italia frente a los aliados y a la invasión por estos y por los alemanes del territorio peninsular. Pero la parte histórica discurre en un segundo plano durante casi toda la película, aunque se deja entrever y siempre se encuentra presente de manera discreta y a través de observaciones puntillistas, para irrumpir con violencia en el cierre. La trama nos describe una historia de amor contrariado por las circunstancias. En julio de 1943, cuando los aliados avanzan en Sicilia y la invasión de la Italia continental es inminente, los hijos y las hijas de la burguesía acomodada siguen disfrutando del verano en la playa de Riccione, sobre el Adriático. Carlo Caremoli (Jean-Louis Trintignant), el hijo de un jerarca fascista, está integrado al grupo, aunque es mayor en un par de años a la generalidad de sus amigos. Dato a tener en cuenta en la economía narrativa del filme, pues si aquellos, por su edad, todavía están exentos de ir al frente, él sólo disfruta de esta situación gracias a la influencia de su padre, que se las ha arreglado para otorgarle prórrogas que lo han mantenido fuera del servicio militar. A pesar de la guerra que merodea, Carlo comparte con sus compañeros las diversiones propias del estío en un clima de distensión, natación, baile, tenis y travesura, donde el flirteo es un componente amable en el marco de un comportamiento que se atiene a los límites de la moral propia de la “gente per bene”, de la gente decente. En este cuadro irrumpe, casi por accidente, una mujer de poco más de treinta años, Roberta (Eleanora Rossi Drago), que ha perdido en acción a su marido, un oficial de la Armada. La atracción física y la simpatía entre ella y Carlo surgen de inmediato y, pese a la resistencia inicial de Roberta, se transformarán en un torrente pasional en el cual la presencia más voluntariosa y persistente pronto será la del personaje al principio más renuente de la relación: la mujer. Todo dura unas pocas semanas, si no días, pues Carlo es reclamado a filas tras la caída de Mussolini en julio del 43. En la secuencia final la guerra irrumpe con dimensión catastrófica: el tren en que escapan los amantes rumbo a Rovigo se ve atrapado por un bombardeo aéreo aliado al aproximarse a la estación de Bologna. Esta secuencia está filmada con una pertinencia y brutalidad que pone de manifiesto que quienes la rodaron conocían lo que es la guerra –cuando se filmó la película, en 1959, habían pasado apenas 14 años desde el final del conflicto- y condensa y resuelve, de manera literalmente explosiva, el nudo psicológico problemático de la relación entre los protagonistas: arrastrado por Roberta, Carlo estaba a punto de desertar, pero el bombardeo lo devuelve a una comprensión más resignada y fatalista de su destino. “Jamás conseguiré rebelarme”, dice. “Voy con el rebaño”, había apuntado en una escena inmediatamente anterior. Quizá también, a nivel subconsciente, hay un él un reflejo defensivo que lo empuja a escapar de una relación con una mujer mayor en vías de transformarse demasiado exigente. Lo cual no excluye el dolor del desgarramiento. Roberta, por su lado, corre en busca de su hija y su madre, a las que ha dejado atrás con un pretexto cualquiera.

La película está rodada en un tono menor, con discreción, sin trémolos patéticos, y con un exactísimo instinto para describir, a partir de pequeñas notaciones puntuales, los repliegues psicosociales que actúan en y entre los personajes. La irritación de Rossanna (Jacqueline Sassard), un “filo” adolescente de Carlo, ante la aparición de “la viuda”, esconde unos celos que intuyen el peligro; las primeras confidencias de Roberta a Carlo, aun en el marco de una efusión vigilada por el qué dirán y por cierta ignorancia de los propios sentimientos; el severo y temible personaje de la madre de Roberta (Lilla Brignone), encarnación de los valores de la burguesía profesional, sólida y respetable; el rápido esbozo de la personalidad del padre de Carlo, un jerarca perteneciente al ala dura del partido y que escapa aprestándose a tomar revancha en la guerra civil que se intuye; la fotografía delicadamente iluminada, la columna sonora que alterna los ritmos de moda de la época (no hay forma de olvidar la secuencia del baile en claroscuro, al ritmo de “Tentación”) con un comentario musical de Mario Nascimbene que toca la cuerda melancólica con una sensibilidad del todo italiana, y esa inteligencia en combinar el ámbito social con el privado al que aludiéramos antes, componen un pieza artística de valor relevante. Valor que, lamentablemente, no suele ser apreciado como es debido. Hoy aún menos que entonces, pues el embrutecimiento causado por el cine trepidante y por las intrigas repetitivas y elementales entre personajes sin volumen ha contribuido mucho al embrutecimiento generalizado del público. Pero esto no obsta para que el arte siga siendo arte.

 Valerio Zurlini murió prematuramente, a los 56 años. Dejó una obra relativamente escasa, pero digna de ser revisada y revalorizada. “Verano violento” no es pesquisable con facilidad en las videotecas, pero a los aficionados al cine les interesará saber que está disponible en You Tube, en versión italiana sin subtítulos en castellano. La elegancia de la forma, la exactitud del guión y la sutileza de las actuaciones seguramente los dejarán satisfechos. 

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