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09
JUN
2015

Utopía, distopía y la presunta decadencia de Estados Unidos

Superman, símbolo de la presunción imperial.
Superman, símbolo de la presunción imperial.
Pocas veces, como hoy, el mundo ha estado recorrido por tendencias tan predispuestas a arriesgar el todo por el todo desde la impunidad del anonimato corporativo.

Para la izquierda y para todo el abanico del pensamiento al que genéricamente cabe denominar como progresista, el optimismo histórico es un dato constitutivo. Sin duda que la esperanza en el mañana es un componente esencial de cualquier movimiento que tienda a aportar un cambio y una mejora en la condición humana. Con todo, conviene no dejarse llevar por esa tendencia convirtiéndola en una ilusión mágica. Ello puede inducir a un desarme psicológico e ideológico que abone el camino a la reacción. Esa creencia parece implicar que “el mañana nos pertenece” y resulta peligrosa pues puede abonar el camino al abandono o, a la inversa, a un voluntarismo disparatado que lleve a acometer actos en los cuales la gente se rompe la cabeza contra el muro.

Debemos tener en cuenta la posibilidad de que la distopía también sea cierta, que represente un riesgo real. La eventualidad del triunfo de un totalitarismo corporativo cimentado en el poder militar, en el espionaje y en un control del pensamiento elaborado por medio de una saturación mediática capaz de paralizar o atontar a la conciencia social desviándola hacia un sinfín de factores de valor asimétrico (importantes unos, irrelevantes otros), es un hecho de la realidad que está lejos de ser incipiente. Es un factor que hoy pesa muchísimo en la capacidad de las masas para comprender lo que les conviene, y que puede dejarlas inermes frente a las provocaciones psicológicas o fácticas que las hagan susceptibles de ser movidas de un lado a otro, privándolas de lucidez y de capacidad de resistencia frente a los manejos del sistema que rige el mundo. Desde luego ese triunfo sería un triunfo provisorio, pero todo es provisorio en la historia y hamacarse en la perspectiva de hipotéticas y futuras revanchas –a siglos vista- es un pobre consuelo. Sin decir que, de seguir el curso actual de las cosas, ese futuro puede ser cancelado para la humanidad en su conjunto, si la guerra larvada en que vivimos se convierte en guerra abierta y esta degenera en una guerra nuclear.

Ya vimos el efecto de los atentados del 11/S y de las coberturas mediáticas tramposas que hicieron posible el ataque a Irak en 2003. O la distorsión de la llamada “primavera árabe”, convirtiendo lo que en un principio fue una reivindicación legítima en pro de una mayor democracia, en un festival de horrores protagonizado por grupos fundamentalistas que están determinados tanto por su propio enajenamiento como por la utilización de este por parte de los promotores de la “teoría del caos”, aposentados en los nichos de planeamiento estratégico del Pentágono, la CIA y el Departamento de Estado. Desde allí se ha difundido, a nivel planetario, una red de espionaje cibernético y de discrecionalidad policíaca y militar en el manejo tanto de la política interna como de las operaciones de inteligencia distribuidas en todo el mundo. Nadie está exento de ser víctima de esos manejos. Incluso Argentina ha sufrido esas emboscadas, como la embestida de los fondos buitre y el pergeño de dos grandes atentados terroristas –la embajada de Israel y la AMIA- cuyas pistas fueron enmarañadas a conciencia desde dentro y desde fuera del país, hasta culminar- provisoriamente- en la muerte del fiscal Nisman, instrumentada con alevosía para desestabilizar a un gobierno que no “cae bien” a la coyunda de intereses locales y foráneos que históricamente han constituido la trama del poder que ha determinado nuestro destino.

Volviendo al tema que nos ocupa y que no es otro que una evaluación acerca de las posibilidades de cambio positivo en el planeta, la supervivencia de Estados Unidos como factor de poder hegemónico es un asunto decisivo para mensurar la situación con vista al futuro. El crecimiento de China está poniendo en tela de juicio la primacía económica de Estados Unidos y la reconstitución del poderío ruso se perfila como un hecho. Esto favorece la orientación del mundo hacia un escenario multipolar donde exista una mayor posibilidad de opciones para los países atrasados, como la generalidad de los de América latina, incluido el nuestro.

Frente a esa posibilidad en Washington los intereses que sustentan el tramado de la especulación financiera y del llamado “complejo militar-industrial” han incentivado su agresividad y han abierto frentes a lo largo de un arco que va desde el océano Pacífico a Ucrania y los países bálticos. Lejos de retroceder, han afilado las uñas. Esto representa un peligro monumental que no puede ser leído de acuerdo a un criterio simplista.

Por un lado hay que señalar que las dificultades que afronta el proyecto hegemónico norteamericano son reales. Se diría incluso que la pertinacia política y militar que Washington está aplicando para combatirlas no puede sino agravar el proceso de decadencia. En efecto, la situación actual de Estados Unidos en su rol de superpotencia dominante se asemeja bastante a la de otros grandes imperios cuando sobrepasaron su cénit e iniciaron el declive. Como dice Paul Kennedy, en una obra clásica sobre el tema, “si un Estado se excede estratégicamente –digamos por conquista de territorios extensos o el mantenimiento de guerras costosas- corre el riesgo de que los beneficios potenciales de la expansión externa sean superados por el enorme gasto del proceso, problema que se agudiza si la nación involucrada ha entrado en un período de declive económico relativo”.[i]

El aserto se aplica a la perfección a la situación actual de Estados Unidos, pero no toma en cuenta el hecho de que, en el presente, hay un factor horrífico que trastorna el panorama: la existencia de las armas nucleares, ni el dato de que hay quienes, en la cúspide del poder mundial o en sus proximidades más influyentes, están lo bastante enajenados por la hybris como para ser capaces de lanzarse a las aventuras más insensatas, creyendo que nada puede resistírseles. La desmesura y la soberbia de Estados Unidos pueden concitar la ira de los dioses, según el clásico proverbio latino. Pero el desastre que promuevan puede involucrarnos a todos.

De momento nada parece resistirse a los USA con una determinación clara. Es probable que la prudencia que informa a los dirigentes rusos y chinos explique en parte la continua progresión de la agresión imperialista –velada con un hipócrita discurso humanitario y por la distorsión informativa-, pero esa flojedad también proviene del hecho de que, sustancialmente, los regímenes de gobierno de esos dos países comparten la visión de un modelo de desarrollo fundado en el mercado, bien que en su caso mediado por una resuelta mediación del estado, cosa que es especialmente perceptible en China, donde pesa mucho el recuerdo de la humillación nacional a que fue sometido ese país a lo largo del siglo XIX y parte del siglo XX por parte de las potencias imperiales.

La lucha pasa entonces entre estados capitalistas; pero hemos visto que en el pasado este dato, lejos de ser un signo de reconocimiento que consienta la convivencia, no hizo otra cosa que enconar la rivalidad hasta el último extremo. Los dirigentes rusos y chinos quizá hayan creído en algún momento que era posible ser “socios” de occidente, pero seguramente hoy ya se han desengañado. La lucha se da entre el capitalismo encarnado en las élites globales, mayoritariamente angloamericanas, concentradas en los dos principales centros financieros, Wall Street y la City de Londres, y los que podríamos denominar los “capitalismos de Estado” que se resisten a ser subordinados al poder de las corporaciones globales y no quieren renunciar a su soberanía. Para el conglomerado anglosajón no se trata de otra cosa que del establecimiento de un sistema mundial subordinado a sus intereses. Cualquier expresión de capitalismo nacional o regional debe ser domada o exterminada.

Hasta aquí el cumplimiento de este programa ha afectado de lleno solo a potencias o países menores, como la ex-Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia y Siria, pero la situación en Ucrania, la incesante presión diplomática y económica contra Rusia, y el anuncio del presidente Obama en el sentido de que el centro de la atención estratégica de Estados Unidos se ha desplazado al Pacífico sudoriental y al sudeste asiático, ponen en claro que las prioridades de la geoestrategia estadounidense tienen a China en la mira como el factor a contrarrestar en un futuro mediato o inmediato. El acercamiento entre Moscú y Pekín, que se acentuó después de la irrupción agresiva de la OTAN en Ucrania, no parece haber hecho otra cosa que reforzar esa tendencia.

¿Cómo oponerse a la marcha de este Leviatán astuto y armado con una panoplia militar, económica, tecnológica y mediática de enormes dimensiones? Desde luego el curso que puedan seguir las cosas en los próximos años estará determinado por las decisiones que se tomen en alto nivel, pero, a la altura de la base, del común de las gentes, la única y más efectiva manera que existe para oponerse y revertir el curso de la corriente es luchar contra el alud de mentiras y contra la deformación de la realidad que fluye desde la agenda de los medios masivos de comunicación. Se tratará, en cierto modo, de una guerrilla informativa, que se esfuerce por demoler los mitos, penetrando y disolviendo la nube de desinformación y de entretenimientos hueros que nos envuelve. Sin la pata mediática, la agenda militar y económica del sistema no es fácil que se sostenga.

Contrariamente a lo que estima la comprensión positivista de la historia, el futuro es siempre una incógnita. Pero, ajeno tanto al optimismo como al pesimismo programático, el hombre debe luchar para labrarse un destino que nunca será definitivo, sino que irá variando de acuerdo a la capacidad que desarrolle para influirlo y que siempre estará expuesto al impacto de la contingencia.  De lo imprevisible, de lo casual, de la fuerza bruta. En especial si no existe un sujeto histórico que sea capaz de elevarse por encima de un sistema establecido y propiciar así un cambio que consienta al mundo seguir evolucionando.       

 

[i] Paul Kennedy, “Auge y Caída de las Grandes Potencias”, Plaza y Janés, 1989. 

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