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26
FEB
2015
Cristina, Mussi y Scioli en Berazategui.
Cristina, Mussi y Scioli en Berazategui.
La política puede ser un nido de víboras. Pero hace falta algo más que astucia para forjar su verdadero sentido.

El abordaje de la política nacional y su problemática es un asunto central en esta página. Incluso cuando toma en cuenta la situación internacional, que es su tema más frecuente, la perspectiva desde la cual se ve a esta es a partir de una óptica condicionada por nuestra ubicación geopolítica. Pero el análisis del día a día de nuestra política en su discurrir específico no es su especialidad; sólo en momentos que han parecido graves se ha ingresado al examen circunstanciado de algunos de sus fenómenos. En parte esta decisión está determinada por el temor a ser mal interpretado: está tan arraigado el maniqueísmo en nuestra psicología colectiva que el examen crítico de algunos hechos puede ser evaluado como un viraje hacia una postura adversa a la que esta columna siempre ha tenido en el sentido de defender el interés nacional y popular, y sostener un proyecto político como el del actual gobierno, pese a sus insuficiencias y eventuales arbitrariedades.

Cuando ha parecido necesario, sin embargo, se han exhibido las discrepancias. Como en el caso de la ruptura entre el Ejecutivo y la fracción del movimiento sindical acaudillada por Hugo Moyano, que significó un quiebre y una vuelta de hoja en lo que aparecía como el programa kirchnerista y que se suponía fundado en una alianza plebeya entre la clase obrera y la pequeño burguesía progresista.[i] No se nos ocultan las falencias del jefe de los camioneros, las mismas que lo llevaron después a asociaciones imperdonables, como su aproximación a Luis Barrionuevo y al “Momo” Venegas, y a la transformación de su resentimiento personal en una especie de militancia opositora. Pero si de resentimientos personales se habla, no menor fue el de la Presidenta ante la aparición de un sindicalista que pretendía una porción de poder, aunque en su caso esa antipatía fue disimulada con elegancia. De cualquier modo, no era una cuestión de individuos: de lo que se trataba en ese momento era de una disputa de fondo que giraba en torno a cuál sería el papel que se asignaba a la pata sindical del movimiento justicialista en el ámbito más amplio del Frente para la Victoria. Lástima que ese diferendo no fue explicitado lo suficiente como para generar un debate sobre las cuestiones de fondo que afectan a nuestro país.

En este momento, sin embargo, se ha gestado o se está gestando una nueva fractura que, esta sí, parece depender de las características personales de la máxima figura del ejecutivo, de su comprensión verticalista del poder y del seguidismo más o menos obsecuente de sus más próximos seguidores. Es imposible dejar de pensar que los ataques indirectos que durante años se han orientado contra Daniel Scioli desde el riñón del kirchnerismo no están determinados por una resuelta voluntad de obstaculizar sus posibilidades de acceso a la candidatura presidencial por el FPV. No es que Scioli tenga, para quien esto escribe, la envergadura del candidato ideal ni que resulte confiable; pero es un hecho que se trata del referente más fuerte que en este momento tiene el justicialismo para continuar con el ejercicio del gobierno una vez producida la salida de Cristina Fernández de Kirchner. Scioli significaría tal vez la ralentización de lo actuado hasta aquí, cuando lo que hace falta es acelerar y profundizar el proceso de reforma, pero supondría al menos la preservación de los logros más importantes de este período. Supongo.  

El que recibe las bofetadas

En este orden de consideraciones la semana pasada tuvo lugar un episodio que me resultó, a título personal, profundamente desagradable. En ocasión de la inauguración del nuevo edificio municipal de Berazategui el joven intendente de esa localidad bonaerense, Juan Patricio Mussi, efectuó un encendido discurso atacando a “quienes se disfrazan de peronistas” y urgió a blindarse contra los “infiltrados”. En la mesa se encontraban Florencio Randazzo, la presidenta Cristina Fernández, el ministro de Economía Axel Kiciloff y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli. Ningún observador, a menos que se disfrace de ingenuo, puede escapársele que el destinatario de esa diatriba era Scioli. Quizá se la merezca, por su tendencia a exagerar su perfil de moderado hasta el extremo de asistir a un cónclave convocado por Clarín, la bestia negra del gobierno y sin lugar a duda el ariete del proyecto destituyente y reaccionario que expresa lo peor del sistema de poder que por décadas subyugó a la Argentina. Pero el manoseo -¿de qué otra manera puede denominárselo?- del gobernador de la provincia de Buenos Aires, cuando se encontraba atado al escenario y que no tenía forma de contestar a los tiros por elevación que caían sobre su cabeza, fue un espectáculo para nada edificante. Aunque algunos digan que a Scioli el papel del hombre que recibe las bofetadas no le viene del todo mal y que puede extraer de él un rédito electoral interesante, no es esta una manera agradable de “educar al soberano” ni de buscar un debate interno que sea constructivo.

Ahora bien, ¿qué fin último persigue esta guerrilla permanente contra Scioli? Erosionar su figura como candidato sería un recurso aceptable si se dispusiese de una alternativa creíble para ocupar la vacancia que dejará Cristina. Pero Florencio Randazzo, que sería el candidato que tiene “in pectore” la presidenta, no ha sido ungido aún con la bendición oficial y sin ella y sin el apoyo del aparato justicialista de la provincia de Buenos Aires, que en buena medida responde al actual gobernador, sus posibilidades se encontrarán acotadas. ¿Busca Cristina favorecer un eclipse temporal de su propio movimiento con miras a un retorno triunfal en 2019? Algo se ha especulado en torno a este tema; sin embargo, uno se resiste a creerlo, dado que se trataría de una operación que pondría en riesgo lo logrado a lo largo de los últimos años. No se puede especular a largo plazo. La profesión de fe neoliberal de Mauricio Macri es indiscutible y sus vínculos con la madeja de intereses que incluye al universo financiero, los medios oligopólicos y la embajada de Estados Unidos están a la vista y oídos de todos, dado que el mismo Macri se ha ocupado en pregonarlos.

Esta trama a que aludimos se inmiscuye en todos los rincones de la realidad argentina. El juez federal Daniel Rafecas acaba de cortar uno de los tentáculos de esta conjura permanente, al desestimar la imputación del fallecido fiscal Alberto Nisman, retomada por el fiscal Gerardo Pollicita, contra la presidente, el ministro de Relaciones Exteriores y otros por un supuesto encubrimiento de la causa AMIA a propósito del acuerdo con Irán. El mamarracho jurídico –según opinión de todos los expertos- pergeñado para que el fiscal Nisman lo presentase en la justicia y cuya endeblez pudo haber sido el desencadenante de su presunto suicidio, fue rechazado en todos sus términos por Rafecas. Pero que a un pulpo se le corte un tentáculo no es óbice para que este renazca: la apelación de Pollicita ante la Cámara Federal puede darse por descontada y asistiremos así a una nueva ronda de titulares destinados a exacerbar los humores y las sospechas de un año electoral que se anuncia muy cargado.

Para consolidar la marcha hacia los comicios es necesario tener presencia en la calle. Es bueno que pasado mañana las fuerzas nacional populares se propongan estar allí y dar, de esa manera, una imagen que cancele la foto de la manifestación opositora del 18-F; o, mejor dicho, que la ponga en sus reales proporciones. Lo sucedido en el acto en Berazategui debe ser comprendido en este cuadro. La inauguración del período legislativo el 1 de mayo y la convocatoria del FPV a un acto de respaldo a la Presidenta es parte de la marcha hacia los comicios. ¿La arenga de Mussi fue una forma de condicionar la asistencia de Daniel Scioli a ese acto? El domingo lo veremos.

 

 

[i] Ver notas “El discurso” (18.05.11), “Una disputa cada vez más acerba” (24.11.11) y “Empezando con mal pie” (17.03.12).

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