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18
ENE
2015

Los mecanismos del terror

El terrorismo y la provocación siguen llenando la primera plana de los diarios. Es necesario indagar sobre su trasfondo, sin embargo, antes de emitir opiniones que suelen estar condicionadas por el miedo, el doble discurso o el prejuicio.

En una época como esta, llena de asesinatos, guerras, bombardeos y atracos a escala global, el terrorismo es un dato que lo permea todo. Pero en primerísimo lugar a quienes se dedican a adjudicarlo a un solo factor, el fundamentalismo islámico. Armados de una vara que mide de acuerdo a un doble rasero, se estremecen y se indignan cuando escuchan los disparos en París, pero no se inmutan cuando la máquina militar de occidente pulveriza a los países a los que el sistema cataloga como delincuentes por el hecho de no ajustarse a los requerimientos económicos del esquema global que se quiere imponer desde el centro del poder financiero, mediático y militar del mundo. El terrorismo no se manifiesta sólo con ráfagas de Kaláshnikov ni con kamikazes; también lo son las portadas de los diarios y las mentiras distribuidas por los medios. También es terrorismo esa coerción psicológica e ideológica de un sentido común fabricado por el discurso único.

Huelga decir que establecer esta constancia no significa avalar el crimen cometido contra los redactores de “Charlie Hebdo”, ni ignorar la amenaza a la libertad de expresión que un hecho de esa clase tipifica; pero sí es necesario destacar que no es posible adoptar posiciones reduccionistas ante sucesos que se engarzan a una complejidad de causas que debe ser tomada en cuenta antes de aventurar una condena maniquea.

Ante todo es imposible ignorar la proliferación de las “operaciones de bandera”[i]: de las provocaciones montadas por quienes se benefician del crecimiento del desconcierto, la repulsa y el miedo ante fenómenos que aparecen como incomprensibles a la luz del entendimiento racional. Cualquier hipótesis que intente comprender esos hechos desde su contexto, es atacada por el sistema como la expresión de una “teoría conspirativa de la historia”. Como si en la historia no existiesen conspiraciones y como si no viviéramos en un clima de sospecha que todo lo impregna, dado que el eclipse de la opinión y del activismo de masas supone la existencia de un campo abierto a la manipulación y las actividades de los servicios de inteligencia y de los que han llegado a ser sus prolongaciones ortopédicas: los grandes monopolios de la comunicación.

En estos mismos días estamos contemplando, en nuestro propio país, un ejemplo de esa interacción: una interna en el Servicio de Inteligencia (SI, ex SIDE), se combina con la voluntad del establishment corporativo para promover a través de los medios una conspiración judicial dirigida a confundir a la opinión en torno a un tema sensible, el atentado a la AMIA. Se intenta así una maniobra golpista sustentada en la nada, pero que, convenientemente agitada por la prensa, se cree pueda erigirse en un factor desestabilizador del gobierno cuando este encara el año electoral.

Volviendo al escenario global, constatamos que si se tiene la paciencia de seguir los programas políticos de la televisión europea –ni hablar de la estadounidense-, se comprobará la avalancha de opiniones imbuidas de una santa indignación ante el atentado en París, pero que desconocen olímpicamente los factores generales en los cuales este, y otros episodios como este, se engarzan. Llamamos a esos programas “políticos” para definirlos de alguna manera, pues en realidad programas como “Porta a Porta” o “Virus” están concebidos en un formato que atiende sobre todo a la difusión más o menos sensacionalista de temas que pueden ir de la política a la discusión de asuntos de genérico interés social. Como el aborto, los sucesos policiales, el mundo de la farándula o el matrimonio homosexual. Son expresivos de la política espectáculo; pero en los momentos más críticos, como los transcurridos la pasada semana o en ocasión al ataque a las Torres Gemelas, se ponen serios y hacen un despliegue sensacionalista de indignación moral. Un  par de días atrás contemplábamos a un periodista italiano practicando la más estridente demagogia en el Canal 2 de la RAI, es decir, en un medio con un gran radio de alcance. Con gesticulaciones y un énfasis categórico que sólo puede ser calificado como autoritario e intelectualmente terrorista, Nicola Porro, animador de “Virus, il contagio delle idee”, embestía contra el Islam. Decía que a “Europa le habían declarado la guerra”, que “si no todos los musulmanes eran terroristas, sí los terroristas eran todos musulmanes” y se remitía a las apreciaciones más apocalípticas de la desaparecida Oriana Fallaci para hacer referencia a algo que no puede ser otra cosa que el famoso “choque de las civilizaciones” profetizado por Samuel Huntington. Choque que establece una divisoria de aguas aparentemente insalvable entre la cultura de los otros y la de occidente, creando así la premisa para la “guerra infinita” que anhelan el Pentágono y el complejo militar-financiero-industrial. Ni una palabra sobre las atrocidades cometidas a lo largo de la historia contra los pueblos del medio oriente por los portadores de la idea de la libertad y la democracia. Libertad y democracia que el mismo imperialismo que decía y dice expandirlas se ha encargado una y otra vez de sofocar o de corromper no bien estas han comenzado a aflorar en ese espacio, dando así la oportunidad para que ese lugar sea ocupado por los impulsos del sectarismo más radical del Islam. Que por otra parte es convocado por el mismo imperialismo para usarlo en su propio beneficio: sea para atacar a los regímenes que procuran ascender a la modernidad fuera del esquema de la dependencia, sea para servir como protagonistas de un terrorismo que sirve de detonante para desencadenar planes largamente meditados y dirigidos a hacer pie en los enclaves elegidos para aprovechar su ubicación geoestratégica o sus reservas energéticas, o para ambas cosas a la vez. Son operaciones de falsa bandera que tienen como principal característica la de que quienes las  cumplen no se dan cuenta de que están siendo utilizados. O que si lo saben creen que, a la postre, serán ellos los que utilicen a sus amos.

El ataque a las torres gemelas fue un ejemplo cabal de este tipo de procedimiento. Los atentados en París que ahora erizan a la Unión Europea están sirviendo a su vez para dirigir a esos países a una caza de brujas que use a la población musulmana como un elemento diversivo de la atención, desviando a la atención del público de la crisis a que el neoliberalismo la está sometiendo. Es el viejo tema del “chivo expiatorio”, que ahora golpea a los musulmanes después de haber azotado a los judíos.

Ahora bien, ¿hasta dónde el sistema puede tensar la cuerda? Los síntomas de una crisis mayor están ahí, en el crecimiento de la protesta social en España, Grecia y Francia, por ejemplo; en la crisis del dólar como valor de cambio internacional; en la reaparición de la guerra fría entre la OTAN y el binomio Rusia-China; en el fogoneo disparatado de las tensiones raciales en el interior de los países de la Unión Europea, que es probable dé lugar a un ascenso de las fuerzas de la ultraderecha… Frente a esta pleamar de dificultades uno diría que el Papa es tal vez el único, entre los personajes investidos de un gran poder de representación, que es capaz de poner los puntos sobre las íes: su insistencia casi obsesiva en la brutal desigualdad que parte al mundo como el factor principal de su turbulencia, y su llamado al respeto de lo que para una infinidad de gente es su identidad cultural y religiosa, son un llamado a la racionalidad que contrasta con las genéricas banalidades que prodigan los hombres de estado. Entre las que se cuenta las que lanzó la ministra francesa de Justicia, Christiane Taubira, quien, en clara réplica a las consideraciones de Francisco, reivindicó, sobre un fondo de incendios y salvajismo, la libertad absoluta para decir todo. “En el país de Voltaire, tenemos el derecho de burlarnos de todas las religiones”, afirmó.

Ahora bien, frente al volterianismo de esta señora cabe preguntarse si la misma regla rige también para los propagandistas del Holocausto o para los defensores de la Jihad. Si no es así, como evidentemente no lo es, cabe preguntarse cuál es la vara con la que esa ministra mide la realidad.

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[i] Es decir, operaciones con bandera falsa, llevadas a cabo por gobiernos, corporaciones u otras entidades, para hacerlas aparecer como si fueran llevadas a cabo por otros organismos. La expresión se deriva de un recurso en boga en la guerra naval, en la cual un barco pirata o de cualquier nacionalidad, enarbolaba un pabellón que le permitía aproximarse a su objetivo sin ser identificado a tiempo como un enemigo.

 

 


 

 

 

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