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11
DIC
2014
Con el dedo en el gatillo.
Con el dedo en el gatillo.
El sistema global saca sus garras y muchos vacilan. Pero, en el ciclo de las crisis del capitalismo, los períodos de reacción nunca son definitivos.

No hay porqué llamarse a engaño acunándose en falsos optimismos. A pesar de su trastorno estructural y del carácter parasitario que ha asumido el capitalismo en esta su fase “salvaje”, volcada a la generación de una telaraña especulativa en detrimento de la inversión productiva, el sistema-mundo no se mantiene solamente en pie sino que se demuestra como apto para seguir manipulando el control de los acontecimientos. Es una bestia elástica, que quizá esté derivando hacia la catástrofe, pero poniendo también en evidencia que de momento no piensa detenerse, por la simple razón de que, aparentemente, no existen fuerzas capaces de hacerle frente con una resolución tan suicida como la suya.

Y si no, miremos al mundo que nos rodea. En el este de Europa Rusia se ve arrinconada por los desplantes de la OTAN, a cuyo reto militar todavía no sabemos si se va a decidir replicar de manera contundente si el mismo pone en riesgo su propia capacidad de supervivencia como potencia de primer orden. Vladimir Putin no parece sea una persona dable de amedrentar, pero su poder en buena medida surgió de una entente con un sector de la oligarquía económica que había prosperado en los años de Borís Yeltsin y que consintió no provocar problemas en la medida que le fuese asegurada la posesión de los conglomerados y de la riqueza que habían robado al entrar a saco en la propiedad estatal cuando cayó el comunismo. Esta neoburguesía mafiosa tiene gran parte de sus fondos en el exterior y se ve muy perjudicada por el bloqueo y los embargos occidentales. Esta es la primera carta que Washington ha jugado y que debe haber tenido mucho que ver con la retracción de Putin a intervenir de inmediato en el Donbass después de proclamar la reincorporación de Crimea a la madre patria. El gobernante ruso ahora ha impuesto severas medidas para bloquear el flujo de capitales al exterior, lo cual seguramente lo ha indispuesto con las gruesas fortunas que hasta aquí no se le habían opuesto e incluso lo respaldaban. La secuela de esta confrontación, de momento tácita, va a determinar el destino del país junto a la consolidación o no del gran bloque euroasiático que Putin y la dirección del partido comunista chino han lanzado.

De una cosa se puede estar seguro, sin embargo. De que los sueños de Putin en el sentido de establecer un entendimiento durable con occidente se han disipado. El presidente ruso creía tal vez, en un principio, que al ser Rusia un estado capitalista podía llegar a una composición con los viejos rivales de la guerra fría y hasta a una asociación con estos. La repetición de la palabra “socios” que los funcionarios rusos repetían hasta hace poco, como un mantra, cuando se referían a los países occidentales, demuestra hasta dónde se encontraba arraigada esa ilusión. Pero es evidente que ese sueño se ha hecho trizas ante la hostilidad de Washington frente al crecimiento del poder militar y la recuperación tecnológica e industrial producidos durante la era Putin. En estos mismos momentos la brutal baja de los precios del petróleo impuesta por Estados Unidos, trámite su socio saudita, es un puñal dirigido al corazón de la economía rusa. Si Moscú admitió una serie de iniciativas norteamericanas en el medio oriente y el Asia central en la esperanza de conseguir así una mayor integración en los mercados de occidente, finalmente ha debido convencerse del pésimo negocio que hizo al consentir la invasión estadounidense a Afganistán –para la cual incluso proporcionó facilidades logísticas-, la agresión a Irak y la liquidación de Libia, un país que le había estado muy estrechamente asociado. En efecto, pese a la buena predisposición rusa nada en ella podía anular el hecho de que en la geoestrategia norteamericana, compartida por Alemania en su rol de cabeza de la Unión Europea, el papel de Rusia en un futuro ordenamiento global no debía superar el estatus de un estado vasallo.

Se prosigue así con un curso iniciado no bien cayó la Unión Soviética. Los Balcanes y la partición de Yugoslavia fueron el primer paso en una ofensiva global que no quiere detenerse. El papel de Alemania en todo este proceso está claro: más allá de los rótulos, la legalidad institucional o lo que fuere, su función recupera las viejas miras del “espacio vital” hitleriano y se remonta aún más lejos, a los años del tratado de Brest-Litovsk, cuando la Reichswehr invadió Ucrania y propició su desgajamiento del recién nacido estado bolchevique. Claro que hoy ese propósito no tiene la ambición de convertir a Alemania en  una potencia capaz de enfrentar a los estados-continente por aquel entonces en vías de hacerse, Estados Unidos y Rusia. Su rol ahora es subordinado y se limitaría a servir en calidad de locomotora de la UE, haciendo de esta el primer asistente del postulante a la hegemonía mundial, Estados Unidos.

Estamos ante un escenario poco propicio al entusiasmo revolucionario o al optimismo simplista. Los que creen en las soluciones mágicas harían bien en leer a Jack London en su novela “El Talón de Hierro”, en el capítulo titulado “Los filómatas”. Allí un capitalista de cabeza fría, el señor Wickson, responde a las bien fundadas alegaciones del socialista Everhard con unos párrafos aplastantes. “…Es cierto que se prepara un gran cambio en la sociedad, pero felizmente podría muy bien no ser el cambio previsto por el oso. El oso dijo que nos aplastaría… ¿Y si nosotros aplastáramos al oso?... He aquí nuestra respuesta. Estará modulada en silbidos de obuses, en estallidos de “shrapnells” y en crepitar de ametralladoras. Despedazaremos a los revolucionarios bajo nuestro talón y caminaremos sobre vuestros rostros. El mundo es nuestro, somos sus dueños y seguirá siendo nuestro. En cuanto al ejército de trabajo ha estado en el barro desde el comienzo de la historia y yo interpreto la historia como es preciso. En el barro quedará mientras yo y los míos que vendrán después permanezcamos en el poder. He aquí la gran palabra, la reina de las palabras, ¡el Poder! Ni Dios ni Mammón, ¡el Poder!”

Esta novela publicada en 1908, poco después de la primera revolución rusa, fue considerada por muchos como una profecía sobre el fascismo. Creo que sus vaticinios se corresponden aún más con el presente. El poder hoy en día no necesita de fanfarrias operísticas para explayarse; actúa a través del discurso único –la voz del Gran Hermano de Orwell- difundido a través de los monopolios mediáticos, de un poder militar ubicuo y capaz de atender a varios blancos a la vez y de la paralización psicológica de la opinión en los momentos claves en que los acontecimientos se precipitan.

En América latina

Hay una amplia gradación en la aplicación de las políticas de poder por el centro mundial. América latina no está ajena a ellas, por supuesto, como lo demuestra toda nuestra historia. En este momento estamos arribando a lo que Roberto Ferrero en un reciente y esclarecedor artículo considera como el decrecimiento de la “sexta ola del populismo latinoamericano”, la de Chávez, Evo, Lula, Néstor Kirchner, Rafael Correa, Lugo y el Frente Amplio. Es verdad que en Brasil Dilma Rousseff ha vuelto a imponerse, pero sus primeros movimientos luego de su ceñida victoria anuncian un viraje hacia la ortodoxia neoliberal. En vez de responder al reto que supuso el crecimiento de la oposición, se repliega en busca de una componenda con el mercado. Tanto como Joaquim Levy, nuevo ministro de Hacienda, como Armando Monteiro, designado ministro de Desarrollo, Industria y Comercio, son dos figuras que se identifican con la ortodoxia económica y que no han ahorrado sus críticas al Mercosur. La política comercial brasileña avanzará, dijo Monteiro, de una manera unilateral si el Mercosur no acompaña a Brasil. Ambos economistas han prodigado opiniones más bien desdeñosas respecto a esta última organización y no ocultan su interés en que Brasil juegue un rol efectivo con la Alianza del Pacífico, que es una especie de ALCA rediviva que intenta colarse nuevamente en el diseño de las políticas hemisféricas, esta vez por la ventana…

Se estaría dando así lo que pronosticábamos como una opción posible en un artículo reciente: la renuncia de Brasil a encabezar una integración regional autónoma, y su aceptación del rol de sub-imperialismo encargado de disciplinar y organizar a Suramérica de acuerdo a las miras de Washington. Habrá que ver cómo gira la rueda de los acontecimientos y sobre todo cómo se posiciona Lula frente a esta involución, pero de momento la situación no es alentadora.

Aunque Uruguay no tenga ni remotamente la significación estratégica de Brasil, la victoria del moderado frenteamplista Tabaré Vázquez se orienta en el mismo sentido. La designación de Danilo Astori en el ministerio de Economía es sugestiva al respecto. La aproximación a la Alianza del Pacífico que Tabaré y Astori comparten como hipótesis de trabajo es un factor extra que tiende a dinamitar el Mercosur. Las quejas respecto al trato desigual que recibe Uruguay de parte de Argentina es otro factor indicativo de una tendencia, aunque en este caso hay que reconocer que nuestra política exterior cometió gruesos errores en ese sentido. Baste recordar el carnaval de protestas, consentidas por el gobierno, que recorrió Gualeguaychú con motivo de las pasteras de Fray Bentos. Esos desórdenes no sólo enturbiaron las relaciones con el país más que hermano, sino que sirvieron de preludio y abrieron el camino a las patotas sojeras que pusieron al gobierno de Néstor Kirchner contra la pared en ocasión del lock out patronal contra la 125.

 En nuestro país tampoco el futuro se anuncia radioso. No hay que temer una desestabilización ni un golpe institucional ni nada que se le parezca, y la oposición está tan carente de contenidos y de programas que empieza a visualizarse la posibilidad de una victoria del oficialismo en la primera vuelta. Pero, ¿de qué oficialismo se trataría? Se tiene la impresión de que el único candidato en capacidad de constituirse en referente del FPV es Daniel Scioli. Quien es una incógnita. Sus buenas maneras y su capacidad de convivencia hacen de él un candidato aceptable para buena parte de la población. Pero su misma discreción y sus maneras suaves plantean incógnitas imposibles de dilucidar. Se tiene la impresión de que si bien no procedería a una rápida reversión de las políticas del kirchnerismo, como sería en el caso de Mauricio Macri o Sergio Massa, podría dejarlas a la deriva, para que se diluyeran gradualmente. Y lo que se precisa es exactamente lo contrario:  consolidar los logros de la gestión de Néstor y Cristina Kirchner y llenar los grandes vacíos que ha dejado. Esto es, reforma impositiva, ley de entidades financieras, potenciación de la defensa, control estricto del comercio exterior, re-direccionamiento del crédito con miras a terminar gradualmente con el asistencialismo fortificando el empleo; reconstitución del “frente plebeyo”, que integre a la pequeño burguesía progresista y al movimiento obrero; potenciación de la infraestructura ferroviaria, diversificación de la industrial y limpieza de un poder judicial parcialmente corrupto apelando a políticas plebiscitarias que no hesiten ante una eventual reforma de la Constitución.

Todo esto es más fácil decirlo que hacerlo, pero son pautas que señalan un camino. El momento es el del reflujo. Pero hay una generación nueva que puede encarar resueltamente su destino, si no se le disimulan las realidades ni se pretende mecerla en un optimismo espurio.

 

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