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19
MAR
2014

Hablando claro: Putin enfrenta a EE.UU.

Al alboroto “moral” de los violadores seriales del orden internacional, el presidente ruso ha respondido con un puñado de verdades muy difíciles de rebatir.

Los últimos acontecimientos en Crimea y en Rusia han tornado retórica la pregunta que hace unas semanas nos hacíamos acerca de si el gobierno ruso reaccionaría ante el golpe de estado en Kiev. Lo ha hecho y con marcada energía, a pesar de la amenaza de sanciones provenientes de Washington y de la estruendosa e hipócrita campaña mediática que las acompaña y que quiere significar al putsch neonazi de Ucrania como una expresión democrática de la voluntad popular. Este domingo el pueblo de Crimea votó en un referéndum por su reincorporación a Rusia, y ayer martes el presidente Vladimir Putin aceptó el retorno de la histórica península al seno de la madre patria. En un discurso notable, totalmente alejado de las circunlocuciones y los eufemismos que suelen distinguir a los planteos diplomáticos, el presidente ruso advirtió acerca de los riesgos que plantea la irreprimible tendencia expansionista de la política de Washington desde el momento en que se rompió la bipolaridad. Acusó a los sucesivos gobiernos norteamericanos de basarse en una presunta excepcionalidad estadounidense que los pone por encima de los otros pueblos -menos morales y más imperfectos que el de Estados Unidos- para actuar por su cuenta sin preocuparse de las consecuencias que sus actos tienen para el resto del mundo. Hizo referencia a la expansión de la OTAN hasta las fronteras mismas de Rusia, después del colapso de la Unión Soviética. “Nos engañaron una y otra vez, tomando decisiones a nuestra espalda y creando infraestructuras militares al lado de nuestros límites. A nuestras protestas siempre respondieron diciendo que esos movimientos no nos afectaban”. También aludió a la división de Yugoslavia (un espejo en el cual los rusos temen mirarse) y a las intervenciones estadounidenses en Afganistán, Irak y Libia como actos ilegales y que exteriorizan una voluntad de poder que no reconoce las leyes internacionales y que, de hecho, las degrada constantemente. Señaló que Rusia es un factor internacional de peso y que entiende ser tratada de acuerdo a su entidad e historia. Y advirtió por fin que en el caso de Ucrania los Estados Unidos y la Unión Europea han cruzado “una línea roja” al otorgar su apoyo primero a los extremistas que caldeaban la revuelta y luego a quienes se hicieron cargo ilegalmente del gobierno en Kiev.

Putin formuló también una pregunta que lleva implícita una respuesta. “Cuando se los políticos occidentales nos amenazan no solo con sanciones sino también con el potencial que tendrían estas para causarnos problemas domésticos, ¿qué están implicando? ¿La acción de una quinta columna o de varios nacional-traidores?” En efecto, mucho se especulaba con el hecho de que importantes inversores rusos en el exterior temen ver congelados sus bienes en las plazas de occidente y que por lo tanto ese hecho pueda convertirlos en moderadores del gobierno de Putin o en opositores al mismo, encaminándolos en la ruta de alguna de las “revoluciones de colores” con las que occidente y las ONG que les sirven de vector consiguieron deponer a gobiernos que resistían su mandato. Las expresiones del presidente Putin tipifican de antemano la figura legal que se aplicaría a ese tipo de actitud. Y si se conoce como la gastan los gobiernos rusos ante ese tipo de delitos, pienso que habrá muchos que pondrán el violín en bolsa.

La necesidad que tiene el mundo de que exista un contrapeso al poder de Estados Unidos es patente. Por lo tanto no se puede sino registrar con regocijo el renacimiento del factor geopolítico contra el que siempre ha actuado Estados Unidos (y antes que este, la Gran Bretaña) para achicarle los límites, empujarlo hacia atrás y, si es posible, quitarle toda posibilidad alcanzar el papel de actor de primer plano en la política mundial al que aspira desde la época de los zares.

Toda hegemonía es desaconsejable. Rusia está muy lejos de alcanzarla, aunque durante el comunismo llegó –a veces- a enarbolar un mensaje mesiánico que le daba una influencia desproporcionada respecto de su propio peso específico. Pero sus enemigos de hoy siempre han intentado ejercerla y hoy están bastante cerca de ella. Las consecuencias de la globalización asimétrica que propugna el capital concentrado en Estados Unidos y Europa es cualquier cosa menos amable. Los hechos lo demuestran. Una injusticia social creciente y el reguero de sangre que recorre el Asia, el África, los Balcanes y el medio oriente enseñan que la globalización en estos términos equivaldría a una catástrofe mayor aun que el mundo que tenemos. En consecuencia, la reanimación de coloso ruso, su decisión de poner un freno al permanente acoso al que se veía sometido, puede ser recibida con una dosis de esperanza.

El tema de las sanciones que podrían aplicársele es otro asunto que plantea múltiples incógnitas, algunas de ellas divertidas. Pues ¿se puede acorralar económicamente a Rusia sin que esta tome contramedidas que afecten los intereses occidentales?

La Unión Europea exporta el 7 por ciento de su producción a Rusia, en especial máquinas herramientas, productos químicos, automóviles, e importa de allí alrededor del 12 por ciento de sus bienes, principalmente hidrocarburos. La City de Londres se financia en gran parte con haberes rusos que podrían desaparecer. Cualquier sanción económica de veras significativa provocaría una respuesta y ese flujo de intercambios podría detenerse, con el consiguiente hundimiento de una serie de empresas y con los problemas a ello conexos. Thierry Meissan especula en la “Red Voltaire” que Estados Unidos –que se muestra adamantino en su decisión de castigar a Moscú- podría estar implementando la política de sus halcones más neoconservadores, como Victoria Nuland o John McCain, cuyo propósito secreto (un tiro por elevación) se ceñiría a las orientaciones marcadas por el ex secretario de Defensa de Bush y ex presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, quien pensaba que podía resolver los problemas financieros de Estados Unidos perjudicando a sus aliados europeos. Si los problemas existentes en Ucrania se expanden y se proyectan a un nivel parecido al de la guerra fría, los capitales europeos huirán del viejo continente y serán absorbidos por Wall Street.

Son especulaciones, pero están lejos de ser descartables. Washington tiene varias opciones de trabajo para cualquier escenario y no excluye ninguna. Aunque siempre elija en primer término la que más se acomoda a sus intereses –en este caso la incorporación de Ucrania a la UE-, no dejará por esto de pensar en las ventajas alternativas que puede sacar de un emprendimiento que roza peligrosamente lo aventurero, pero que puede suministrar ventajas nada desdeñables, disminuyendo aun más el potencial económico de sus aliados europeos y sin que estos puedan renunciar a una protección militar que la misma agresividad desplegada contra Rusia hace necesaria…

Cualquier opción, en todo caso, no dejará nunca de ser peligrosa. Pero a los planificadores y geoestrategas de Washington les gusta el riesgo, en la persuasión de que Estados Unidos es invencible. Esto viene de lejos, desde el fondo de la historia norteamericana, y está asociada a un orgullo desmesurado, velado apenas por la campechanía y por una irresponsabilidad que deviene de la experiencia de una trayectoria exigente y aventurera, pero siempre exitosa y nunca catastrófica. Los doctrinarios del poder en USA creen que deben imponer su voluntad al mundo a través de la pax americana. El único obstáculo militar que se levanta frente a ellos, pues dispone de la capacidad nuclear capaz de anular la superioridad estadounidense, es Rusia. Como lo expresó Wolfowitz en 1998: “Rusia sigue siendo el mayor poder militar en Eurasia y el único poder en el mundo con la capacidad de destruir a los Estados Unidos”.

Lo cual explica cuál es, en el fondo, el principio dinámico de la incansable hostilidad norteamericana hacia el factor eslavo.

 

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