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11
FEB
2014

“El Lobo de Wall Street”

Margot Robbie y Leonardo DiCaprio en
Margot Robbie y Leonardo DiCaprio en "El Lobo de Wall Street".
Testimonio de un delincuente. Arte y moral. El ambiguo encanto de la decadencia.

El arte no contesta a los problemas de la historia, simplemente testimonia sobre ellos. Hace preguntas, pero no da respuestas. No podemos deducir una moral de él, pero quizá sea factible construir la nuestra por identificación o por rechazo al universo de valores que muestra. Pues, en la medida en que es vida concentrada, el arte desnuda comportamientos frente a los cuales no se puede quedar indiferente. “El lobo de Wall Street”, de Martin Scorsese, proporciona una buena oportunidad para preguntarse sobre el sentido que tienen las cosas y sobre el valor de la existencia, a través de una narración que exhibe -con total distanciamiento de cualquier pauta ética-, la peripecia de una serie de personajes amorales, en torno a los cuales se entrecruzan algunas de las coordenadas económicas que rigen nuestro tiempo y que tienen un efecto muy concreto en el comportamiento de quienes eligen hundirse en ellas.

Martin Scorsese es uno de los grandes autores cinematográficos de nuestro tiempo. Su primera época estuvo connotada por una serie de filmes de ruptura, como “Taxi Driver” o “El Toro Salvaje”, que aunaban una factura técnica impecable a una consistente noción del estilo y a una exposición tremendamente sugestiva de la psicología de sus personajes. Sus tipos eran zarandeados y llevados al límite por las circunstancias en que vivían y por la forma en que sus propios demonios se engarzaban en ellas. El nivel expositivo de Scorsese nunca flaqueó a lo largo de su prolongada carrera y se ejercitó en una gran variedad de registros, todos los cuales exploró con maestría. La comedia negra en “Después de hora” o la conmovedora recreación de un mundo ido en “La edad de la inocencia”; la brutalidad de “Buenos muchachos” o de “The departed”; el despliegue del amor al cine en “La invención de Hugo Cabret” o en su revisión documental del cine norteamericano o del neorrealismo italiano, son ejemplos de esta persistencia de la inteligencia y de la sensibilidad de un autor que ha sabido permanecer fiel a sí mismo a pesar de los inevitables altibajos que tiene toda obra creadora, en especial en un mundo tan difícil y tan regulado por la caja registradora como es el cine norteamericano.

En “El lobo de Wall Street” Scorsese mezcla sátira y humor negro para describir el mundo de una pandilla de estafadores que se mueve en la periferia del sistema que regentea el mundo. La película cuenta la historia de Jordan Belfort (Leonardo Di Caprio) un timador que en la década de los 80, tras una experiencia iniciática fallida en Wall Street, monta su propia compañía de agentes de bolsa. Estos intermedian entre un público ávido de ganancias fáciles que embarca su dinero en aventuras en apariencia muy provechosas, y una ristra de valores especulativos de negocios que no existen, que no representan nada, que se inflan a sí mismos a partir de los dineros que el público aporta a la compañía y que fluyen de ella de forma ilusoria, creando una burbuja que se sostiene mientras puede y deja en la calle a quienes son tan crédulos como para haber ingresado a ese torbellino. Los que acumulan dinero real son los prestidigitadores de la compañía de Belfort y Belfort mismo, quienes aprovechan esa riqueza para llevar un tenor de vida desorbitado. En la descripción de esta decadencia pantagruélica está lo más efectivo, pero también lo más ambiguamente fascinante de la película de Scorsese. Drogas, yates, automóviles de alta gama, mansiones, dinero, bellas mujeres y sexo desencadenado y promiscuo se combinan en una zarabanda que tiene más de divertido que de repelente, debido a la exuberancia vital de los personajes que habitan el aquelarre.

Belfort es un personaje de la vida real, extraído por Scorsese y el guionista Terence Winter (el ideador y realizador de “Los Soprano”) del libro de memorias que el timador escribió después de pasar por la cárcel. Belfort y los suyos pueden ser de lo peor, pero resultan simpáticos por el candor (valga la paradoja) y la inventiva con que se prodigan en su búsqueda del placer y de los gadgets de la sociedad de consumo. Desde el comienzo, cuando Di Caprio estrella su helicóptero en el jardín de su residencia en Long Island piloteando intoxicado, o cuando aspira cocaína de una manera anatómicamente novedosa del cuerpo de una call girl, hasta el cínico final, la película desenvuelve su trama con gusto de voyeur y no emite condena alguna respecto del mundo que describe. Esta condena se supone que ha de aflorar de forma espontánea en el espectador, pero, ¿es siempre así?

Es peligrosa la fascinación que un cínico simpático puede ejercer sobre un público que día a día se acostumbra más a pensar menos y a dejar que otros piensen por él. Recordemos al personaje de Gordon Gekko en el filme de Oliver Stone “Wall Street”. La película era explícitamente condenatoria del personaje y de sus manejos y explayaba una condena moral aplastante respecto a aquel. Sin embargo, el Gekko de Michael Douglas se transformó en un fetiche y hasta se convirtió en un gurú para la prensa dedicada a la economía. Ámbito Financiero incluso le consagró una columna semanal en la cual un ficticio analista con su nombre se dedicaba a fiscalizar los vaivenes del mercado y a explayar un descarnado “realismo” para juzgar al mundo que nos rodea como una plaza donde todo se vende.

No hay personajes positivos en “El Lobo de Wall Street”. El único es un agente del FBI que intenta destruir a Belfort, impulsado por amor a la justicia y también, probablemente, por el resentimiento que en él suscita el éxito de un tránsfuga en contraste con su propia existencia, moral e ingratamente austera. También en esto el final es ambiguo. Lo vemos a Belfort jugando al tenis en la cárcel, que se ha convertido en una prisión dorada para él en razón de su capacidad para comprar favores, y al agente desaliñado y agobiado por el calor y el cansancio al final de su jornada de trabajo, volviendo en el subte a su hogar en los suburbios. No hay triunfo en su rostro. Solo fatiga y una desesperanzada tenacidad.

Como testimonio humorístico de una depravada moral “El Lobo…” funciona a todo vapor. Como aproximación a los engranajes de la crisis que vive el mundo de hoy hay que reconocer que el filme se queda afuera. En la periferia del sistema. Esta banda de estafadores que están “de la cabeza” poco tiene que ver con los verdaderos dueños del cotarro financiero. Con los auténticos beneficiarios del crimen económico que desde hace años tiene suspendido al mundo en el borde del precipicio. Belfort es un pez chico, y por eso es que hasta cierto punto la ley hace sentir su peso sobre él.

La película vale por su estilo alocado y por el carácter paroxístico de las interpretaciones. Di Caprio está impecable como Belfort, pero se encuentra acompañado por actores que son capaces de performances no menos sensacionales. Entre ellas descuellan la de Jonathan Hill, su alter ego, su imitador y su Judas, y la de Mathew McConaughy, que tiene una breve pero jugosísima aparición al principio de la película, cuando instruye a Di Caprio acerca de la naturaleza volátil y disparatada de la Bolsa, con su manipulación de dineros virtuales que van de un lado para otro y que se disuelven y vuelven a formar en un ámbito en el cual la droga es el único instrumento que permite volar en el torbellino y entregarse a volteretas que son pura adrenalina.

¿Es este filme una disección de una sociedad degradada, al modo de una fábula moral, o un ejercicio de estilo que echa una mirada cómplice a un mundo en decadencia? En el espectador estará la respuesta, pero, insistimos, en un contexto social como el actual, donde es común que el sistema piense por uno, este tipo de aproximación objetivadora corre el riesgo de de convertirse en un seductor anzuelo más que en un llamamiento a la conciencia.


“El Lobo de Wall Street”. Dirección: Martin Scorsese. Guión: Terence Winter. Fotografía: Rodrigo Prieto. Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Jonathan Hill, Mathew McConaughey, Margot Robbie, Rob Reiner, Cristin Milioti, Jean Dujardin.

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