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13
DIC
2013
Cristina con De la Rúa y Rodríguez Saa.
Cristina con De la Rúa y Rodríguez Saa.
La democracia no puede ser una palabra vacía. Tiene que llenarse de sentido social, histórico y humano.

30 años de democracia son un hito. En especial porque esa cantidad de tiempo de alguna manera nos asegura que ciertos hábitos de convivencia civilizada se han afirmado en nuestra sociedad. Pero la democracia no es un valor absoluto. No puede ser una enunciación retórica. Tiene que ser habitada por la justicia social y la dignidad del conjunto de las personas que integran el país para que adquiera su pleno sentido.

Estos 30 años han sido un proceso muy contradictorio en este aspecto. La frase de Alfonsín en el sentido de que con la democracia se come, se educa y se cura, es una proposición bienintencionada, pero bastante alejada de la realidad. La democracia es un punto de partida, siempre y cuando se la ejerza sin trampas, y sabemos que las emboscadas abundan en la realidad. El hecho de que, después de la dictadura militar, hayamos pasado por la devastación neoliberal que tocó su pico más destructor con el menemismo y el delarruismo, fue una demostración del carácter atribulado de ese período. En el 2003 se salió trabajosamente de la máquina de picar carne neoliberal, pero hay muchas asignaturas pendientes y las fuerzas que propugnan un modelo restrictivo de democracia que, como decía Jauretche, no es el del gobierno de las mayorías sino el gobierno de los “democráticos”, sigue pendiendo como una amenaza sobre nuestras cabezas.

Esperemos que los resortes del sistema representativo actual sean lo suficientemente fuertes como para alejar esa amenaza. Una reforma fiscal progresiva y un proyecto estratégico para un cambio estructural del país, sin los cuales todo lo adquirido en esta década seguirá siendo una construcción precaria, son los requisitos básicos para fundar una democracia nacional-burguesa, que parece ser el límite del igualitarismo consentido por nuestra sociedad. Y de todo esto hay apenas atisbos, de modo que lo menos conveniente sería echarse a dormir sobre los laureles conseguidos. La contradicción entre los festejos en Plaza de Mayo y el incendio policial que se propagó en varias provincias en este diciembre caliente lo está indicando.

La tendencia oficial a atribuir todo a maniobras conspirativas es una forma de rehuir el problema. Desde luego que las conspiraciones no pueden desecharse y que incluso se puede estar seguro de que existieron en algunos sectores; pero esto no explica el fondo de la cuestión, que consiste en una difundida anomia social, que propende al saqueo; y en una delegación de la autoridad de las administraciones nacional y provinciales en los mismos cuerpos encargados de proveer seguridad, sin un real compromiso de aquellas en fijar una orientación firme respecto de lo que estos deben hacer. Es decir, dejando a las policías libradas a su albedrío, lo que implica que los viejos vicios y conformaciones resistentes que provienen de tiempos pasados continuarán vigentes.

Esos cuerpos se pueden convertir entonces en repositorios de trasgresiones y corporativismos donde conviven el narcotráfico de los menos con los sueldos paupérrimos de los más, cosa que supone un desnivel generador de resentimientos y un caldo de cultivo tanto para la expansión de las ganancias al margen de la ley como para el estallido de las protestas salvajes de quienes no quieren o no pueden ser absorbidos por un engranaje lubricado por el dinero obtenido de manera irregular.

No menos grave resulta la irresponsabilidad social de algunas gentes que se sumaron a los saqueos. No todos los saqueadores provenían de la marginalia delictiva, en efecto, ni de los sectores carenciados, sino que en algunos casos fueron “oportunistas” que aprovecharon el desorden para hacerse con bienes ajenos, suntuarios en su mayor parte. A esto se sumó la reacción pánica de muchos vecinos, que salieron a hacerse justicia por su mano ante la desaparición de la protección policial. La posibilidad del linchamiento sobrevuela siempre a estas intervenciones.

La democracia es un factor esencial para la convivencia. Pero no hay que hacer de ella un fetiche que funciona por arte de magia. La falta de “timing” del gobierno nacional respecto de la manera en que se comunica con el público volvió a explayarse en ocasión de unas celebraciones a las que quizá hubiera valido más postergar o, si esto no era posible, dotar de una pátina reflexiva que aminorase el carácter festivo de algunas de sus manifestaciones. La Presidenta bailando en el escenario plantado en Plaza de Mayo no fue la mejor manera de reforzar su imagen. Y no hay duda de que suministró una ocasión inmejorable a la oposición, sobre todo a la parafernalia mediática que espolea el descontento, para tratar de hacerla antipática.

La muerte de Nelson Mandela

El fallecimiento de Nelson Mandela dio ocasión a una conmoción mediática que nos refiere al asunto que estamos tratando. Es decir, al sentido y la dimensión que se suele otorgar a la palabra democracia. El líder africano fue un luchador de esos, que pasó por la tortura y se tragó 27 años de cárcel a manos del régimen racista de los sudafricanos blancos, sin claudicar y convirtiéndose en una bandera para los oprimidos en todas partes. Pero su acceso al gobierno como resultado de un pacto que quizá haya sido el único pacto posible en las condiciones del mundo postsoviético, significó también dejar el fondo de las cosas tal como estaba. “Madiba”, como con afecto se lo denominaba, prestó su nombre y su prestigio a un proceso de cambio que allegó el beneficio básico de acabar con el “apartheid”; pero que también dejó intacto el poder económico de la minoría blanca, consagró los cánones de la economía neoliberal y terminó fomentando una casta negra que comparte con los blancos los beneficios del sistema, con la salvedad que es más corrupta que ellos.

¿Fue Mandela un equivalente a Gandhi? Es dudoso. El líder hindú condujo a su pueblo a la independencia a través de un camino sinuoso, lleno de avances y retrocesos, que no allegó al pueblo indio la igualdad social que reclamaba, pero que por cierto lo liberó del poder británico y entronizó el poder del Partido del Congreso, un equivalente radicalizado de la social democracia occidental que pudo comenzar la construcción de una potencia regional que hoy se perfila también como potencia mundial. El “pacifismo” de Gandhi consistió en conciliar a las castas hindúes en pos de un objetivo común. La prensa occidental, siempre propensa a buscar referentes unívocos de una ética perfecta de la cual ella se encuentra a años luz, hizo del líder hindú una suerte de apóstol de la paz, cuando en realidad lo que este procuraba era forjar un instrumento de lucha que se adecuara a las contradicciones y a la condición inerme del pueblo al que representaba.

El caso de Mandela es un tanto diferente. No pudo o no quiso buscar un liderato concreto después de su salida de la cárcel y se limitó a pilotear (lo que no fue poco) la transición del apartheid al sistema de democracia formal que hoy impera en Sudáfrica. Eligió convertirse en un símbolo más que en un jefe. Tal vez no podía pedírsele más tras el combate que había devorado su vida. Pero los exponentes del sistema global se aprovechan del aura de santo laico de que se había rodeado a su figura para preconizar las virtudes de la mansedumbre y de la moral absoluta como instrumentos para luchar contra la injusticia… que ellos mismos generan. Roban así a Mandela su propio protagonismo y la grandeza primigenia de su figura.

No tiene porqué ser siempre así. En algún momento la fuerza creadora de la historia encontrará los intérpretes que devolverán su justa proporción a las cosas.

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