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17
NOV
2013
Cambio de guardia en la Plaza Roja.
Cambio de guardia en la Plaza Roja.
La sorprendente recuperación del coloso al que todos daban por muerto. Putin como elemento catalizador de ese renacimiento. Otra vez la salida al Mediterráneo.

Desde la llegada de Vladimir Putin al gobierno, en Rusia se ha ido operando un proceso de recuperación nacional que pasó primero por el replanteo de la economía interna y el afianzamiento del Estado como instrumento regulador de la vida social, y que ahora empieza a manifestarse también en el campo de la política exterior. Han quedado atrás los años de Boris Yeltsin, el período de decadencia que siguió al hundimiento de la URSS. Esa época fue un naufragio: no sólo se hizo pedazos la cáscara ideológica con que se seguía justificando la presencia del edificio comunista, sino que el conglomerado soviético se fraccionó y su estallido arrancó de manos del estado central incluso a países y culturas que habían estado en la formación de la Rusia histórica, como en el caso de Ucrania. La desintegración social siguió a la abolición del imperio soviético, pues junto a su fragmentación y a la caducidad del Pacto de Varsovia que había mantenido unido al mosaico de naciones que servían de glacis a la URSS en Europa oriental, se produjo el ingreso del capitalismo de shock, o capitalismo del desastre, pregonado por la Escuela de Chicago y fomentado por Yeltsin y su pandilla de burócratas. Estos últimos –o muchos de ellos, al menos- aprovecharon sus posiciones de privilegio en la nomenklatura para apoderarse de los colectivos industriales que hasta ahí habían presidido, convirtiéndose así en los primeros capitalistas de la Rusia postsoviética.

La implosión de la URSS se debió a una suma de factores, que iban desde el anquilosamiento ideológico y el incurable aburrimiento social generado por la grisalla burocrática, al estancamiento económico, fruto de esa parálisis y resultado también de la presión externa provocada por la carrera armamentista a que Washington obligaba a Moscú, cuyo ritmo era imposible sostener. Pero lo más grave era la incapacidad del régimen para evolucionar en sentido ascendente. El excesivo centralismo, desprovisto de motivaciones éticas, generaba un sistema administrativo que funcionaba, como señala Eric Hobsbawm, en base “a patronazgo, nepotismo y pago”.

Esta rigidez impidió incluso aprovechar la ocasión que supuso el aumento del precio de la energía. La URSS estaba entre los principales proveedores de petróleo y gas a occidente y los millones le llovieron después de la suba producida tras la guerra del Kippur, en 1973, cuando los países de la OPEP se pusieron firmes. Las dirigentes del “socialismo real” eran demasiado inflexibles y demasiado perezosos para aprovechar esta inesperada bonanza; en vez de utilizarla para realizar las reformas que eran indispensables para agilizar el sistema, prefirieron pagar las crecientes importaciones del mundo capitalista con los excedentes que esas regalías otorgaban. De forma gradual Rusia retrocedió a un modelo de economía semicolonial, que pagaba tecnología importada con commodities. Era la inversión de las políticas del comunismo, tanto en su etapa leninista como en la estalinista e incluso en épocas posteriores, como en el tiempo de Jrúshev.

Los reformistas que intentaron cambiar el rumbo llegaron demasiado tarde. Mijáil Gorbachov quiso introducir cierta democratización y transparencia en el régimen, y distender la situación de enfrentamiento con occidente, pero el suelo le escapó bajo los pies. Al dejar de tutelar a los países del pacto de Varsovia estos se fueron a su aire, atraídos por el espejismo capitalista, que parecía asegurarles la plétora consumista a la vuelta de la esquina; y en la URSS la apatía de las masas y la sugestión que en algunos sectores ejercía el modelo occidental permitieron el surgimiento de los “liquidacionistas”, que no estaban interesados en otra cosa que en sumarse a la corriente del cambio para hacer negocios. Gorbachov y su gente se lanzaron a promover una reforma sin haber previsto lo que debía ponerse en el lugar de los organismos que se pretendía reformar. Para citar de nuevo a Hobsbawm, “la estructura del sistema soviético y su modus operandi eran esencialmente militares. Es bien sabido que la democratización de un ejército no mejora su eficiencia… Si no se quiere un sistema militar hay que tener pensada una alternativa civil antes de destruirlo, porque en caso contrario la reforma no produce una reconstrucción sino un colapso”.

Esto fue lo que aconteció en Rusia, con el agravante de que el apetito desmesurado de la neoburguesía mafiosa que se apoderó de la economía y de las palancas del estado provocó una caída en picado tanto en el nivel como en las esperanzas de vida de la población, y una virtual extinción del rol internacional de la que hasta ese momento había sido la segunda potencia mundial.

Esto, que podría haber provocado una guerra civil en gran escala o una decadencia imposible de remontar, fue revertido a partir del cálculo, la firmeza y la habilidad maniobrera de un hombre y del núcleo de poder del cual este hombre proviene: la policía política.

Vladimir Putin

No es casual el hecho de que Putin provenga de las filas del aparato de seguridad del Estado. Históricamente Rusia se ha hecho desde arriba. No hubo allí las ruinas de la cultura romana sobre las que se moldearon los pueblos de occidente, ni feudalismo ni libertades burguesas que conformaran sistemas de gobierno provistos órganos representativos. El enorme territorio y los pueblos nómadas o campesinos que en él se desparramaban fueron organizados por el despotismo centralista del monarca de turno, se llamara Pedro el Grande o Stalin. No pudo ser de otra manera. Primero con los zares y luego con el comunismo, el Estado fue a la vez el punto de apoyo y la palanca que fraguó a la sociedad, en vez de producirse la construcción inversa. Esto exigió un enorme aparato burocrático –la más pesada herencia rusa- y en él el papel de la policía secreta adquirió dimensiones enormes y con frecuencia aterradoras, como ocurrió en la era de las purgas estalinistas. En la época del comunismo, el cerco imperialista contribuyó a fijar aun más este corsé que sostenía a la vez que atrofiaba a la sociedad. Sólo en los primeros tiempos de la revolución de 1917 se aflojaron sus mallas, pero la necesidad hizo que se estrecharan de nuevo.

La KGB y su sucesor el FSB han jugado un papel central en la conformación de la Rusia moderna, sea bajo el comunismo como en la etapa actual de recuperación del colapso generado por el hundimiento de aquel. Putin se formó en su escuela, aunque después del colapso del régimen comunista pasara a desempeñarse en la actividad política. Pero, “una vez dentro, jamás afuera”, como sostenían los conspiradores social revolucionarios del siglo XIX. La clandestinidad tiene sus exigencias. Y es de presumir que este principio también toca a los miembros destacados de los organismos de seguridad tan sofisticados como la CIA o el FSB. A lo largo de su carrera el hoy presidente Putin llegó a ocupar el cargo de director del FSB. Fue durante la época de Yeltsin, al que acompañó en diversos cargos. Supo maniobrar hábilmente, hasta suplantar al jefe del Estado cuando este renunció. Y supo manejar, con el sostén del aparato de seguridad del estado del cual él mismo provenía, a la banda de oligarcas que habían medrado a la sombra del corrupto Yeltsin, hasta destruir sus bases de sustentación económica y encarcelarlos o forzarlos a exiliarse en el extranjero.

A partir de allí dio comienzo a una obra de reconstrucción del estado que ha devuelto a Rusia, en poco más de diez años, a un rol protagónico en el escenario internacional. Pero esto se ha logrado con una previa reestructuración del escenario interno, que pasó por la reorganización de la legalidad, unificando las leyes de la Federación Rusa y propiciando la ejecución de la Ley de Tierras. Putin no contaba con una economía sólida, pero pudo pilotear su rumbo a través de medidas que recuperaban la vigencia de la asistencia social y que apelaban a un dirigismo económico moderado por la existencia del mercado. En el año 2000 Putin fijó las metas de un programa económico que debería estar cumplido en el 2010, todo fundado en la reorganización del sector fiscal y de las inversiones del Estado. Parece haber logrado éxito en esa trayectoria que, amén de operar sobre el sector civil, ha prestado especialísima atención a las industrias para la defensa, que por supuesto fueron un rubro privilegiado en la época soviética.

Gravemente afectada por las “revoluciones de color”, que recortaron el espacio geográfico de la ex URSS, Rusia hubo de soportar la secesión de Ucrania y los países bálticos. Amén de esto, se vio amenazada por el aliento que Estados Unidos brindó, en forma directa o a través de su aliado Arabia saudita, al bullir de las insurrecciones musulmanas en el Cáucaso, cuyas ramificaciones llegaron en forma de atentados terroristas al mismo Moscú. Putin sofocó la secesión chechena y persiguió al terrorismo wahabita sin piedad. La amenaza estratégica supuesta por la instalación de las bases antimisiles de Estados Unidos en Polonia y en la República Checa no ha podido ser eliminada todavía, pero sigue siendo objeto de negociación. Esta política de contención, junto a su tarea de recuperación interna, ha valido a Putin el apoyo de la gran mayoría del electorado.

La construcción del “Grupo de Shangai”, conformado por Rusia, China y la mayor parte de las repúblicas del Asia central que formaban parte de la ex URSS, abierta a la eventual participación de India, Pakistán e Irán, es otro factor que ha influido en la recuperación del prestigio ruso. La Organización de Cooperación de Shangai (OCS) que es el nombre oficial dado a esta configuración de estados, supone, en efecto, erigir un contrapeso a la OTAN y a Estados Unidos, frenando el dinamismo de la política occidental en las regiones que limitan con Rusia y China, como Afganistán, el Tíbet, etc. Es un contrafuerte que los países de la “Isla Mundial” levantan frente a los países del “Creciente interior o marginal” (Europa occidental, Gran Bretaña, Japón) y del “Creciente exterior o insular” (América del Norte y del Sur, Australia), según la compleja categorización del geopolítico inglés Halford Mackinder, cuyas líneas generales son seguidas por Zbygniew Brzezinski y la escuela geopolítica norteamericana.

¿Un cambio cualitativo?

El “alto ahí” a la disolución de Rusia tocó su pico cuando el ataque de Georgia a Osetia del Sur, en 2008. Separada hacía pocos años de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) Georgia se ha convertido en una avanzadilla de Estados Unidos en el Cáucaso. El intento de su presidente Mijail Saakashvili de tomar el asalto al enclave de mayoría eslava en Osetia del Sur, que contó con apoyo político y, bajo cuerda, también militar de parte de Estados Unidos, se saldó con un fracaso estrepitoso como consecuencia de la inmediata intervención del ejército ruso. Ahora, sin embargo, se tiene la sensación de que Moscú está en disposición de no limitarse solo a las políticas de contención, sino que se ha persuadido de que la mejor defensa es adelantarse a las intenciones del contendor. La actitud rusa en el caso sirio y ahora una notoria aproximación a Egipto estarían indicando que Rusia y Egipto, aliados hasta poco después de 1973, cuando Anwar el Sadat rompió con el vínculo con la URSS para trocarlo con la alianza con Estados Unidos, estarían volviendo a estrechar lazos. El movimiento es coherente con la necesidad rusa de oponerse al progreso de la Hermandad Musulmana, la herramienta que Estados Unidos ha empleado profusamente desde la caída de la URSS para cimentar su posición en el Medio Oriente, el Cáucaso y los Balcanes. Pero también es coherente con la necesidad del nuevo régimen militar egipcio (velado apenas por una delgada pantalla civil) que está decidido a oponerse a este grupo cuya orientación fundamentalista va a contracorriente de la tendencia a la modernidad que existe en el sector más grande, dinámico y juvenil de la sociedad egipcia.

Egipto, a través de su ministro de Relaciones Exteriores, ha manifestado que estrechar lazos con Rusia no es una alternativa a mantener relaciones amistosas con Estados Unidos. Por lo tanto la visita del canciller Sergei Lavrov y del ministro ruso de Defensa Sergei Shergu a El Cairo en estos días, que acaece poco después de la presencia en el mismo lugar del jefe del Departamento de Estado norteamericano, no puede ser vista como un trastrueque de alianzas. Pero sí como una evidencia de que Moscú está decidido a hacerse presente allí donde el adversario global deja un hueco.

Estados Unidos cortó sus suministros y créditos militares a Egipto después del derrocamiento de Mohamed Mursi por un golpe cívico-militar, meses atrás. Las tratativas que Lavrov y Shergu con las autoridades del Cairo fueron asistidas por una nutrida delegación de políticos, diplomáticos y ejecutivos de las empresas de armamento y de una compañía especializada en hardware militar avanzado. Su resultado fue un paquete de convenios que suponen la provisión de ayuda militar por 4.000 millones de dólares y el mantenimiento y reequipamiento de los generadores de la gran represa de Asuán.(1)

El retorno de Rusia como un factor de peso en la palestra mundial sólo puede ser visto como un motivo de inquietud por el imperialismo occidental. Para América latina, esa actualizada presencia debería ser un motivo de alivio. Son muchos los desafíos que habremos de afrontar si estos países queremos ser algo más que un apéndice del león imperial. Y la existencia de potencias que puedan contrapesarlo nunca viene mal. Como, en este mismo momento, lo demuestra el caso de Egipto.

Nota

1) Al Ahram Weekly, del 13-11-2013.

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