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06
OCT
2013
Navío ruso cruzando el Bósforo, rumbo al Mediterráneo.
Navío ruso cruzando el Bósforo, rumbo al Mediterráneo.
La crisis focalizada en el medio oriente ha entrado en un compás de espera. Washington ha retrocedido, pero la bomba no ha sido desactivada. El turbocapitalismo.

Un error corriente, entre quienes tenemos los análisis de política internacional como parte del oficio periodístico, es la tentación de interpretar cada episodio espectacular que se produce en ese ámbito como el inicio de algo radicalmente nuevo; como un momento que implica el afianzamiento o la fractura de un sistema. El subjetivismo, el hecho de mirar el mundo desde el prisma de la propia ideología, no se puede eludir; pero hay que evitar que esa mirada se cierre demasiado sobre sí misma y se haga estrecha, dejando de lado el movimiento de la realidad real. Es decir, de la multiplicidad de los factores que la conforman.

Por estos días se han producido varios acontecimientos espectaculares del tipo al que nos referimos. Afectan a Estados Unidos, la gran potencia global que desde el final de la Unión Soviética en 1992 viene bregando por una hegemonía que sin embargo parece escapársele de las manos. La renuncia de Bashar al Assad a su arsenal de armas químicas, y la apertura por parte de EE.UU. a un diálogo con Irán, que vinieron a frenar la carrera hacia el abismo que proponía la guerra en Siria, fueron los hechos salientes de esta semana. Fueron inerpretados por la mayoría de los “mass-media” del sistema en clave optimista para ellos, en el sentido de que, por fin, se obliga al presidente sirio a abrirse a las inspecciones y se lleva al “intratable” régimen iraní a la mesa de negociaciones.

La verdad, evidentemente, es otra, y como tal ha sido percibida por los observadores serios. De lo que se trata es de que, habiendo tensado la cuerda al extremo y preparado la intervención de la OTAN contra Siria como paso previo a un ataque a Irán, la interposición diplomática –y tangencialmente militar- de Rusia, ha puesto a Washington frente un rival de peso, que tiene detrás de sí una alianza difusa, pero no inconsistente, de potencias provistas asimismo de una gravitación muy importante.

Rusia y China, y los restantes países del BRICS, son factores demasiado fuertes y complejos como para poder seguir prescindiendo de ellos como se ha venido haciendo hasta ahora. Estaríamos entonces ante un punto de inflexión, que marcaría un retroceso norteamericano, un reflujo en la corriente que ha sido dominante desde la década de los 90 hasta ahora. Pero lo que puede pasar de aquí en adelante reconoce un amplio abanico de variantes: desde un rediseño del plan sobre el medio oriente que llevaban adelante Washington y Tel Aviv, moderándolo, hasta una agravación del mismo como consecuencia de las provocaciones de los servicios de inteligencia y de los grupos de presión. A lo que hay sumar imponderables como los que plantean los movimientos de la monarquía saudita, jugada a la obtención de la supremacía regional a través de las variantes del salafismo y de la utilización de elementos provenientes de Al Qaeda.

Vacilación

La vacilación Barack Obama frente a este escenario es evidente. Las grietas en lo que parecía su intransigente ofensiva para organizar el escenario mesoriental de acuerdo a los propios intereses se han puesto de manifiesto. A esto hay que sumar el crítico estado de la economía norteamericana y sobre todo la inexistencia de un rumbo cierto en la gestión de esta. Aunque el impasse entre el presidente y el congreso en el tema del presupuesto se supere a corto plazo, como es probable, el hecho de que la superpotencia se haya quedado sin un “Budget” aprobado para el próximo ejercicio, así sea por unos días o unas semanas, es una señal de una irresponsabilidad o incluso de una anarquía conductiva que unos Estados Unidos que se quieren hegemónicos no pueden permitirse. El cierre del gobierno por la falta de acuerdo respecto al nuevo año fiscal originó la paralización de las agencias federales y, por consiguiente, la licencia sin sueldo de 825.000 empleados. El tema por el cual los republicanos pusieron al gobierno Obama contra las cuerdas, sin importarles las consecuencias inmediatas de tal decisión, fue, obsérvese bien, el Obamacare; esto es, la Ley de Asistencia Asequible, uno de los logros de la gestión Obama en el frente social. El programa fue aprobado por el Congreso en 2010 y ratificado por la Corte Suprema de Justicia. Obliga a las empresas a pagar seguros de cuidados sanitarios a sus empleados y asigna fondos públicos para subsidiar a quienes no tienen capacidad de adquirirlos, en un país donde más de 48 millones personas carecen de ese beneficio.(1) Debía entrar en vigencia en el próximo ejercicio fiscal, pero su implementación es rechazada por el Partido Republicano en las actuales circunstancias, porque aduce desbordaría el límite del endeudamiento estatal, Los representantes de ese partido, por lo tanto, exigen su posposición al menos por un año.

Que las premisas de la ortodoxia económica paralicen a la primera potencia del mundo por este tema refleja no sólo el juego de los politicastros sino sobre todo la inadecuación del fundamentalismo neoliberal al escenario contemporáneo. Y sin embargo se persiste en su práctica. La inversión en activos sociales es nula. El Pentágono sigue absorbiendo alrededor del 35 por ciento del gasto en defensa a escala mundial. Pero esta es una inversión estéril, a menos que se la emplee para los fines para los que sido creada. Y la paralización de la flota norteamericana frente a la costa siria, cuando se le cruzó una delgada línea de naves rusas en el momento en que se disponía a disparar sus misiles contra Damasco, demuestra que, al menos a esta altura de las cosas, ciertos desafíos no son fáciles de asumir. Lo que podría tornar suntuario el abrumador costo del presupuesto militar norteamericano.

¿Implica esto que se rompió el hechizo y que los países que hasta aquí se acomodaban de alguna manera al rol de súbditos del policía global levantarán cabeza? Por estos días las manifestaciones de rechazo o impaciencia hacia la arrogancia de Estados Unidos se han multiplicado. Más allá de las contundentes declaraciones del presidente ruso Vladimir Putin sobre el absurdo concepto de la “excepcionalidad americana”, que se decreta a sí misma y pone a la Unión por encima de los otros países (a los que supone poder propinar lecciones de integridad moral incluso a través de la guerra), otros mandatarios se expresaron con claridad al respecto. Las presidentas Cristina Kirchner y Dilma Rousseff hablaron sin tapujos en la ONU acerca de la injerencia que suponen las atribuciones que ese estado se toma al practicar un espionaje sistemático en el mundo entero; el presidente de Bolivia, Evo Morales, habló de llevar a su homólogo estadounidense ante la justicia internacional acusándolo de crímenes de guerra; el presidente serbio denunció a su vez la farsa que esos tribunales internacionales representan, toda vez que sólo condenan a los que resisten al Imperio.

La oligarquía que comanda en Washington y Wall Street no parece sacar las deducciones que se desprenden de estos hechos. Más allá de sus readecuaciones tácticas, sigue siendo una inquietante caja de sorpresas.

Frenos quemados

Hasta hace un siglo la influencia del mundo empresarial y de la burguesía industrial, bien que determinante en la caracterización de las líneas de fuerza de la política global, tendía a funcionar –en las situaciones límite- como un freno a los desvaríos del ultraimperialismo. Una cosa eran las empresas coloniales que procuraban mercados, y otra el enfrentamiento directo entre los imperialismos. Pero el peso de los antecedentes históricos influía en el curso de las cosas y los mecanismos y reaseguros de las alianzas preventivas que los bloques capitalistas construían entre sí, gravitaban sobre la orientación que tomaban las cosas. No fue extraño entonces que en 1914 esta dinámica llevara al mundo al primer choque a escala global. Esta colisión abrió una brecha por las que se precipitaron los movimientos populares y de los radicalismos extremos. Los capitalismos nacionales intentaron dominarlas o acotarlas, y para eso creyeron encontrar un remedio en los fascismos que, en teoría, habían de contener al comunismo. Aun al precio del sacrificio de la democracia formal que le brindaba los reaseguros del juego parlamentario, en determinados países el gran capitalismo creyó encontrar en los movimientos de ultraderecha el expediente para salvar la situación, tras lo cual entendía proceder luego a reabsorberlos o neutralizarlos. Pero no contaron con la huéspeda, pues el fascismo, no menos que el comunismo, era un movimiento revolucionario que iba a por todo, y sus dirigentes entendían utilizar a las fuerzas pequeño-burguesas que los sustentaban y de las que surgían, para realizar sus propios objetivos de poder. Nadie pudo contener o moderar a Hitler.

Las burguesías alemana, italiana y japonesa fueron arrastradas así a una nueva y catastrófica aventura, la segunda guerra mundial, mucho más devastadora que la primera, tras la cual hubieran quedado destruidas quién sabe por cuánto tiempo si no se hubiera configurado una nueva ecuación confrontativa, entre el bloque occidental capitalista y el oriental comunista.

Las lecciones aprendidas por el estrato dominante en occidente a lo largo de medio siglo habían sido asimiladas, sin embargo, y en consecuencia, después de 1945, se asumieron expedientes más racionales para tratar la cuestión social en los países desarrollados y una importante dosis de buen sentido prevaleció para evitar los conflictos entre las superpotencias del mundo bipolar, confinándolos a áreas marginales del planeta.

Esto duró, sin embargo, lo que duró el capitalismo clásico. Esto es, el que dedicaba del 70 al 75 por ciento a la inversión a producir bienes de capital, mientras dejaba al 30 por ciento restante, o poco más, a la inversión especulativa. Ahora las proporciones se han invertido. El grueso del capital no va a la fabricación de objetos tangibles sino al tráfico financiero, cuyas oscilaciones bruscas y variaciones instantáneas son facilitadas por la comunicación electrónica. El capitalismo se convierte cada vez más en “turbocapitalismo”, se concentra en el sector bancario y se torna cada vez más anónimo. Ahora bien, un poder anónimo, desligado de bases nacionales y con sus activos desperdigados por el mundo, es poder irresponsable, y de ese conglomerado de imposible fijación en un sitio físico es difícil que surjan consejos de moderación o restricción de ningún género. La clase política en los países dominantes, a su vez, ha renunciado a las ideologías (por eso habla tanto de su muerte) y sus discusiones son cada vez más discursos en torno al vacío. Esto es, alrededor de temas vinculados a la técnica de la política y de los procedimientos legales, evitando por todos los medios afrontar los temas clave: la división de clases, la partición del mundo en un área desarrollada y otra que pena por llegar a un nivel de modernidad suficiente; la desigualdad cada vez más marcada, la globalización asimétrica, y el imperialismo y el racismo que impregna toda su historia.

Esta falta de una dirección cierta es lo que seguirá manteniendo en vilo al mundo. Cualquiera sean el desgaste y los retrocesos de la potencia hegemónica. Lo más ponderable del actual escenario es la posibilidad de construir en él algo que pueda constituirse y agigantarse en la resistencia. Pero para eso hará falta un protagonista histórico equivalente a la vieja burguesía o al proletariado de la “ilusión lírica”, y un corpus doctrinario que sea capaz de recuperar la alianza entre la ideología y la praxis.

Mientras se espera a que estos factores se gesten, habrá que seguir sosteniendo una pugna dura y desigual contra el monopolio económico, tecnológico y comunicacional del Leviatán imperialista. Y no olvidemos que cualquier reflujo del poder imperial en una parte del mundo puede derivar en una ola que se vuelva hacia nosotros, el patio trasero del "Gran Hermano". Latinoamérica puede ser la primera receptora de ese contrachoque. No faltan signos en el horizonte, desde Caracas a Buenos Aires..

Nota

1) Todos los países asentados sobre bases más o menos solidarias en el plano social cuentan con programas similares o mejores desde al menos 1945. Que Estados Unidos no disponga todavía de un instrumento de este tipo pone de relieve una “excepcionalidad americana” que no es precisamente aquella de la cual les gusta hablar a sus presidentes.

 

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