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14
AGO
2013
Presidenta Cristina Kirchner.
Presidenta Cristina Kirchner.
Las PASO no han sido un éxito para el Ejecutivo. No hay que disimularlo, pero tampoco hay que desanimarse. Lo derrotado han sido las limitaciones del modelo, más que su tendencia.

No hay porqué edulcorar el fracaso: las elecciones primarias del pasado domingo han sido un tropiezo considerable para el gobierno. Un golpe que duele porque, más allá de las insuficiencias de su gestión –que no son pocas- del otro lado del espectro político no se percibe más que una variopinta mezcla de peculiarismos partidarios que no rebasan el ámbito de lo oportunista y que en última instancia están condenados a servir de correas de transmisión a los intereses –estos sí bien afiatados- del establishment financiero, empresario, judicial y mediático. De esa entidad difusa, pero real, genéricamente conocida como oligarquía.

Las primarias no determinan ningún cambio en la composición de las cámaras. Pero son un indicador muy fuerte respecto de lo que puede suceder en las legislativas de medio término, de aquí a dos meses. Y en el caso de que la actual tendencia se confirme es probable que una vez más el kirchnerismo deba tener que lidiar con un Congreso en contra, como en el 2009. En esa oportunidad fue posible cambiar las tornas y arribar a las presidenciales con una sólida perspectiva de triunfo; pero no necesariamente esto volverá a ser así en el 2015. Pues los errores tácticos y estratégicos que han conducido a este revés no es fácil que puedan ser enmendados, de no mediar una voluntad enérgica y una predisposición a correr riesgos. Y aun así…

No es la primera vez que lo decimos, pero hay que repetirlo: el intransigente verticalismo de la conducción presidencial provoca rupturas y escisiones que dejan huellas y llevan al FPV a una situación de aislamiento poco favorable para tomar las decisiones fuertes que se requieren para insuflar vida a un proyecto nacional de envergadura. En más de una ocasión hemos expresado también ciertas dudas respecto de la existencia de una voluntad real de asumir este; pero, como quiera que sea, no hay otra fuerza fuera del gobierno, como señalábamos antes, que en este momento maneje esa alternativa.

Uno tiene la tentación de calificar a este revés electoral como una derrota autoinfligida: la obstinación verticalista, la tendencia a aislarse de apoyos que no sean incondicionales y la sospecha hacia quienes se supone podrían proponerse como reemplazo a la figura de la Presidenta, han generado daños que es de temer sean perdurables. Como suele ocurrir en estos casos, a la sombra del personalismo crecen las intransigencias fingidas y cierto seguidismo servil. Esto se complica a veces con la arrogancia del discurso de la barra progresista: discurso muy ingenioso y en muchas ocasiones acertado, pero que puede herir la susceptibilidad del común de los mortales, no siempre atraídos por las disquisiciones exquisitas y reiteradas sobre el matrimonio igualitario y otros temas válidos, pero de un interés secundario respecto de la problemática cotidiana. Y no digamos de la estratégica.

Hay sectores que son tan celosos en cuidar la sucesión de Cristina que fogonean la desconfianza de esta respecto a figuras del aparato a las convendría al menos dispensar cierto respeto. Ejemplar de esa desconfianza resultó el aislamiento a que fue sometido Scioli, ninguneado con obstinación y torpedeado por un vicegobernador al que se le hizo cumplir un papel para el cual es probable que ni siquiera estuviera predispuesto; todo para que al final se hubiera de apelar al apoyo del mandatario de Buenos Aires para potenciar la candidatura de Insaurralde. Con lo que la paciencia del gobernador bonaerense en recibir las bofetadas terminó revelándose fructuosa y reposicionándolo para una candidatura presidencial en el 2015 que el kirchnerismo puro y duro abomina.

Pero el error mayúsculo fue haber cortado los puentes con la franja del sindicalismo combativo encarnado por Hugo Moyano. No vamos a justificar a este, pues las insensateces que cometió después de que las candidaturas gremiales al Congreso en ocasión de la elección del 2011 fueran serruchadas casi hasta cero, demostró que no tiene una visión abarcadora del problema nacional y que en definitiva propende a abroquelarse en la reivindicación corporativa. Pero aunque así sea, la necesidad de conservar el apoyo de un aparato gremial de gran peso en las áreas industriales más pobladas del país era cosa que se caía de madura, y el tema de las candidaturas obreras podía haberse negociado. Se quiso privilegiar la relación con las cámaras empresariales y apostar al desarrollismo burgués y a la opinión de clase media a la que exaspera la figura de Moyano, pero, para evitarse la molestia de tener que conciliar, en forma difícil pero en suma factible, estas realidades, se perdió un capital social muy importante.

El otro lado del río

Junto a estos factores hay que tener en cuenta otros que no son responsabilidad del gobierno, como es la errática disposición de las clases medias a la hora de emitir el voto. Hay en ellas una mala memoria respecto del pasado que en parte puede deberse a la labor de los medios masivos de comunicación que responden al sistema profundo del poder en Argentina, pero que también proviene, sin lugar a dudas, de los límites de su requerimiento social. Les molestan los planes de asistencia social, les irritan las regulaciones cambiarias, les eriza la piel la proximidad con el chavismo y anhelan diferenciarse lo más claro posible de los sectores menos provistos y aproximarse, miméticamente, al estilo de vida de los sectores privilegiados. Parecen no recordar la devastación practicada por la desregulación económica del menemismo (el uno a uno permitía viajar a Europa y a Miami, después de todo), y no recuerdan ya su desesperación cuando la crisis del 2001, de la cual se salió en gran medida gracias a la reorientación de la economía por parte del Estado después de 2003. Creen o quieren creer lo que les cuentan los voceros de la “prensa independiente”: que fue el “viento de cola” de la coyuntura mundial y del boom de la soja lo que les permitió salir a flote.

Y bien, se equivocan: si ese viento de cola hubiera sido pilotado por los economistas de IDEA y por los ortodoxos del consenso de Washington, ahora estarían endeudados hasta las patas y a merced del intervencionismo del FMI y el Banco Mundial. Tal como lo están ahora los europeos, que sin embargo todavía siguen formando parte del Norte privilegiado.

En cualquier caso, sin embargo, es importante mirar la pasada elección desde una perspectiva más amplia. Se hace evidente que la oleada populista de los primeros años del siglo está dando signos de agotamiento. La ajustada victoria de Nicolás Maduro en Venezuela, a pocos meses del arrasador triunfo de Hugo Chávez; las dificultades de Dilma en Brasil; la neutralización de Paraguay con el golpe institucional propinado a Fernando Lugo; la creación de la alianza del Pacífico que viene contrastar al MERCOSUR, son datos que demuestran que no es fácil seguir el ritmo que se había impreso a la marcha de los acontecimientos a partir del acceso al poder de los gobiernos populistas.

Los límites del modelo, tal como han sido en la práctica y en la retórica, deben ser superados para que se pueda continuar con la dialéctica superadora inaugurada por Kirchner, Chávez y Lula. Se han dado pasos importantísimos para generar un proyecto de unidad iberoamericana, pero debemos convenir en que este sólo puede mantenerse si hay una continuidad en el proceso de integración y si en cada uno de nuestros países las bases sociales sobre las que este debe sustentarse consienten al Estado convertirse en la herramienta del cambio. La complementariedad entre los sectores dinámicos de la economía y las clases sociales, y su armonización para llevar adelante una estrategia reparadora, que ponga énfasis en el planeamiento estructural en gran escala y en realizar la reforma fiscal y financiera sobre la que el mismo tiene que basarse, son decisivos para resolver esta ecuación. Para que ello se verifique hacen falta tenacidad y realismo. La presidenta Cristina Fernández tiene de sobra de la primera de estas cualidades. Es cuestión de que pueda conjugarla con el segundo factor, el realismo, cosa que no es tan fácil, pero que está lejos de ser imposible. Será la mejor forma de dar un mentís a los agoreros de siempre, que siguen proclamando el fin de un ciclo y vaticinando la vuelta a los márgenes estrechos de la existencia dependiente. Y será también la manera de saber hasta dónde nuestra sociedad se puede tensar en el esfuerzo.

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