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03
JUL
2013
Evo Morales.
Evo Morales.
La frase de Rafael Correa debe servir de lema para los países iberoamericanos, abofeteados colectivamente por la conducta de la Unión Europea, que agravió al presidente de Bolivia.

Vivimos en una época degradada. En medio de un batifondo mediático sobre los derechos humanos y un discurso único que exalta los valores de una falsa democracia a la que se identifica con la economía de mercado. Agredidos cotidianamente por una industria cultural que confunde los valores. Sometidos al libre albedrío de una superpotencia que se arroga el derecho de vigilancia e intervención en el planeta entero y que no vacila en aplicarlo en cuanta ocasión le parezca oportuna.

Sólo así se explica que el presidente de un país soberano, Bolivia, se haya visto secuestrado en los cielos de Europa por la sospecha de que podía estar transportando, en la aeronave que lo trasladaba, a Edward Snowden, el agente de la CIA que, repugnado por el trabajo que debía hacer y resuelto a transmitir al mundo los manejos de espionaje criminal de la agencia de inteligencia de Estados Unidos, los filtró a la prensa y los hizo públicos a través de la web. 13 horas estuvo el avión presidencial retenido en el aeropuerto de Viena, donde había hecho una escala aparentemente forzosa, hasta que las autoridades austríacas le permitieron despegar. En el ínterin Francia, Italia, España y Portugal habían negado en algún momento el permiso de sobrevuelo al avión sobre sus territorios, en medio de una serie de marchas y contramarchas al respecto.

La UNASUR en pleno debe protestar y tomar algún tipo de represalia colectiva por el atropello del que ha sido víctima Evo Morales. Desde luego, dados los intereses en juego y el lugar que la superpotencia y sus serviles socios europeos ocupan en el espacio económico, esto no es fácil. Pero sí al menos se debería tomar algún tipo de iniciativa simbólica que supusiese la presencia de América latina como un actor al que se debe tomar en cuenta en la política del mundo. Como, por ejemplo, conceder espontáneamente asilo político a Edward Snowden, en cualquiera de los países del subcontinente al que decidiera dirigirse.

Que llegue a ellos es otra cuestión pues, una vez más, dentro de la corriente de la historia contemporánea, estamos viviendo en un “planeta sin visado”. La expresión no recuerdo si es de Abelardo Ramos o de Isaac Deutscher y fue usada para describir la situación de León Trotsky después de su expulsión de la Unión Soviética en 1928: el revolucionario ruso quedó entrampado en las mallas tejidas por el estalinismo y por el odio de las clases dirigentes de occidente, hasta el punto de que sólo en 1938 encontró un refugio definitivo en México, hasta donde sin embargo viajó un agente de la NKVD para asesinarlo en 1940.

Las similitudes entre nuestro tiempo y la siniestra década de 1930, que preludió la segunda catástrofe mundial, son cada vez más fuertes. Con el agravante de que ahora los instrumentos de destrucción y de sujeción psicológica son mucho mayores. Hoy el nazismo no dice su nombre, pero las prácticas de espionaje, saturación informativa, restricción concentracionaria y agresión bélica se practican a una escala inimaginable en la época del Dr. Goebbels. Millones de refugiados sobreviven penosamente en acampamientos de fortuna, miles de personas perecen intentando viajar desde el África a Europa o desde América latina a Estados Unidos para escapar de la pobreza y frente a las cuales se erigen muros tanto electrónicos como de concreto; asciende el racismo en los países desarrollados, espoleado por los problemas de supervivencia de la gente, problemas derivados de la crisis y de las prácticas criminales que emplea el capital financiero para paliarla; son permanentes las desestabilizaciones e intervenciones militares contra los países que se niegan a adaptarse al modelo de explotación y sujeción globales que se impone desde Washington, y hay una hipocresía rampante y ramplona, que define a las guerras de agresión como misiones de paz y a las políticas restrictivas en materia económica como formas de estimular el empleo.Todo conforma un escenario pesadillesco, que ni Orwell hubiera imaginado.

Frente a este desastre América latina, o al menos los países donde tímidamente se están abriendo paso las políticas alternativas, deben formar un frente común, cuya progresiva solidez disuada a la agresión externa. Disponemos, después de todo, de recursos potenciales como para hacerlo. No es una tarea fácil, pero en ella nos va la vida.

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