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ENE
2013

De la AMIA, la CELAC y la soberanía sin escudo

La trágica mañana del 18 de julio de 1994.
La trágica mañana del 18 de julio de 1994.
La política exterior y los temas de defensa han sido los datos relevantes de la semana, aunque a los problemas vinculados al último rubro apenas se los haya oído en sordina.

El comunicado de la cancillería rechazando el pedido de explicaciones del gobierno israelí a propósito de la formación de una “comisión de la verdad” entre Argentina e Irán para dilucidar el caso atentado a la AMIA, viene por fin a clarificar un punto que ha estado a la vista desde el momento mismo en que se consumó el acto terrorista, pero que se intentó desfigurar por todos los medios desde entonces. Esto es, que se trató de un acto hostil contra nuestro país en primer lugar, descargado contra un sector de nuestra sociedad, y no de un golpe inferido al estado de Israel. El ministerio de Relaciones Exteriores puntualizó el martes pasado que el atentado de 1994 no afectó a ningún ciudadano israelí, sino a ciudadanos argentinos, a los que se hubieron de sumar seis ciudadanos bolivianos, un polaco y un chileno.

En una nota publicada en La Voz del Interior el 24 de julio de 1994, poco después del atentado a la AMIA, quien esto escribe decía, entre otras cosas “Es preciso entonces ver al ataque contra la AMIA como lo que realmente fue: un ataque contra la comunidad israelita argentina y, por lo tanto como un ataque contra el país, contra lo que este supone como sociedad pluralista y abierta a todos los intercambios. Lamentablemente, la respuesta gubernamental ha tenido algo de incoherencia y mucho de oportunismo. ¿Qué sentido tiene enviar un mensaje de pésame al gobierno de Israel? Se supone que es la Argentina el país que debe recibirlo. El premier Rabin ha sido más lógico y se ha solidarizado con el pueblo argentino.¿Es que el presidente Menem no sabe que la comunidad judía argentina es argentina? ¿O es que, como parte de la general quiebra de las responsabilidades del Estado, ha decidido “privatizarla?” (1)

Este simple pero esencial dato fue desde un primer momento oscurecido por la desinformación y el trabajo sobre el prejuicio prosemita o antisemita, con la colaboración entusiasta de las agencias de noticias y de una fementida justicia que se dedicó a oscurecer las pistas que podían llevar a preguntarse en qué medida la traición del entonces presidente argentino para con sus valedores sirios en la campaña presidencial podía generar venganza. A esto se añadió la manipulación de los hechos por la diplomacia israelí y norteamericana, decididas a encontrar motivos, reales o falsos, para aislar y destruir a Irán, arquetipo de los países a los que Washington ha fulminado con el apelativo de rogue states, o estados delincuentes, por la simple razón de que no se acomodan al proyecto de reorganización global que propulsa ese polo de poder. En este marco, para la CIA y el Departamento de Estado un país que pretende pensar y actuar por sí mismo es una ofensa inaudita e insufrible.

Pensar por nuestra cuenta y la cumbre de Santiago de Chile

La pretensión de actuar y pensar por nuestra propia cuenta es, o debería ser, el principio básico de nuestra política. No es tan así, sin embargo, por cierta inconsecuencia que cabe percibir en los actos del gobierno nacional. Es verdad que este recuperó la brújula en lo que hace a la política exterior y se alejó del servilismo hacia Estados Unidos que signó a gran parte de las tres últimas décadas del pasado siglo. El alineamiento con la Venezuela de Hugo Chávez y con el Brasil de Lula da Silva permitió romper con las infaustas “relaciones carnales” y dio al traste con el intento norteamericano de hegemonizar el hemisferio contenido en el proyecto del ALCA, pero las materias pendientes en el plano interno y que tienen que ver con la concentración de la economía en manos de monopolios extranjeros, y la evidente falta de voluntad de revertir esta situación con una política que apunte a una planificación integral del desarrollo, conspiran contra la profundización del proyecto nacional.

En la política del gobierno nacional hay de todo, como en botica. En el caso de la cumbre de Santiago entre los países de la CELAC y la Unión Europea, a actitud de nuestro país fue muy correcta, por no decir impecable. La presidenta Cristina Fernández enfatizó con mucho vigor la necesidad de proteger a los países de la CELAC de las asimetrías económicas que se desprenden del comercio entre un norte superindustrializado y nuestros países, que se debaten todavía para salir de la condición de economías primarias. Las exigencias de la canciller alemana Angela Merkel a favor de la desregulación y el intercambio no son otra cosa que un ALCA barnizado a nuevo, traspuesto en el tiempo y referido a una comunidad económica que es parte sustancial del bloque atlantista liderado por Estados Unidos. Acceder a ese tipo de exigencias significaría dejar entrar al enemigo por la ventana después de haberle cerrado la puerta en las narices.

Por otra parte, no se puede negar que el bloque latinoamericano y caribeño está lejos de ser homogéneo. La alianza del Pacífico, formada por México, Colombia, Chile y en cierta medida Perú, es hostil a cualquier cosa que vulnere el discurso neoliberal y su doctrina librecambista. Las piezas fuertes del bloque suramericano siguen siendo los países del MERCOSUR, con Venezuela en primer término, Argentina en segundo lugar y con Brasil jugando ambiguamente una partida en la que contrastan los intereses de la burguesía paulista, encerrada en su egoísmo, desinteresada del marco continental como no sea para explotarlo y vinculada al sistema financiero global, y la comprensión geopolítica de sectores de las fuerzas armadas y de la intelligentsia acerca del valor de la integración latinoamericana como baluarte contra la pesada amenaza que proviene del norte.

No podemos saberlo con certeza, pero sospechamos que en la charla privada de 40 minutos que sostuvieron Dilma y Cristina antes de la reunión final de la cumbre, ambas se repartieron los papeles: la Roussef haciendo las veces de estadista responsable y Fernández de Kirchner asumiendo la postura de líder de un patriotismo continental ligado a la voluntad de supervivencia. Dijo la presidenta argentina: "Hay países con un desarrollo industrial emergente frente al consolidado desarrollo de la UE y se necesita que sean previstas estas asimetrías, para que no se perjudique a nuestra industria y, sobre todo, a nuestros pueblos". Y luego: "La negociación con la Unión Europea no puede ser con las bases tomadas en 2004. Hay que construir un nuevo esquema de premisas, primero intra-Mercosur, porque no somos sólo Argentina y Brasil, sino entre todos, junto a Paraguay, Uruguay y Venezuela”.

El mensaje del presidente Hugo Chávez a la asamblea coronó esta visión con una pertinencia que habla de lo central que ha sido su papel a lo largo de la lucha contra el consenso de Washington que se viene desarrollando desde hace más de una década. El mandatario venezolano, que según sus mismas palabras, batalla por su vida en Cuba, dejó en su mensaje un condensado de su pensamiento, que se une por múltiples canales al pensamiento liberador de los intelectuales latinoamericanos que con mayor audacia han conceptualizado a la Patria Grande. Andrés Bello, el chileno venezolano, y los argentinos Ernesto Laclau, Norberto Galasso y Jorge Abelardo Ramos, son mencionados o citados en el documento de Chávez. La cita de Ramos, tomada de su Historia de la Nación Latinoamericana escrita en 1968, es de una contundencia rotunda: 

“El subdesarrollo como dicen ahora los técnicos o científicos sociales, no posee un carácter puramente económico o productivo. Reviste un sentido intensamente histórico. Es el fruto de la fragmentación latinoamericana. Lo que ocurre, en síntesis, es que existe una cuestión nacional sin resolver. América Latina no se encuentra dividida porque es “subdesarrollada” sino que es “subdesarrollada” porque está dividida.” (1)

El subdesarrollo es hijo de la división, continúa Chávez, y, por eso mismo, es decisivo resolver la cuestión nacional “nuestroamericana” en los próximos años. Hoy contamos con todas las condiciones objetivas y subjetivas para hacerlo”. Y remata esta idea diciendo que “gracias a la CELAC ya nos vamos pareciendo a todo lo que una vez fuimos y a todo lo que quisimos ser… ¡O hacemos la Patria Grande o no habrá Patria para nadie en estas tierras!”
Estas no son palabras al viento ni flores de la retórica panamericana. Son conceptos duros, que no sabemos si podrán concretarse a la vuelta de pocos años, pero que representan el ancla de salvación para el subcontinente en estos tiempos de conflicto entre el mundo unipolar y el mundo multipolar.


No hay soberanía sin política de defensa

La seriedad de estas afirmaciones y el compromiso tácito que revisten en el sentido de armarse intelectual y estructuralmente para afrontar los tiempos sin duda peligrosos que estamos trascurriendo, tornan aun más sorprendente la inanidad del discurso del gobierno argentino en materia de defensa. El naufragio en Puerto Belgrano del destructor ARA Santísima Trinidad es un hecho que grita escándalo con todas las letras. Ante semejante grotesco el ministerio de Defensa apenas alcanzó a articular la palabra “sabotaje”. ¿De quién y por qué? Es verdad que se trataba de una nave en vías de ser desguazada y que era “canibalizada” para proveer de repuestos a otras unidades de la Marina, pero su hundimiento en el muelle es, sencillamente, un escándalo. Un escándalo que dice mucho, o todo, respecto del estado de abandono y de la eventual desmoralización de las fuerzas armadas, provistas de un presupuesto apenas suficiente para atender a las necesidades salariales de sus integrantes.

Un país incapaz de proveer a su propia defensa no es soberano. Esta verdad de Perogrullo aparentemente no es percibida por los responsables del rubro en el seno del gobierno nacional. Ya lo hemos dicho muchas veces y nos da apuro repetirlo, pero parece que los exponentes de la generación setentista que hoy ocupa el gobierno no han terminado de procesar el duelo por los trágicos acontecimientos del período de la “guerra sucia”, aunque quienes hoy sirven en las FF.AA. no sean los mismos que protagonizaron esa terrible etapa. El gobierno insiste en que aplica una política sistemática en materia de defensa, pero si esta se ejerce en el plano de la reordenación y racionalización del sistema de mandos y de la generación de un estado mayor interfuerzas, en el plano operativo más bien parece corporizarse en una voluntad de vaciar a las fuerzas y de reducirlas a un estado de latencia que las tornan inútiles para cualquier otra cosa que no sea un desfile.

En el caso del Santísima Trinidad es imposible no ceder a la tentación de observar la historia de ese navío como una parábola que condensa la insensatez de lo que la Argentina hubo de vivir durante las últimas cuatro décadas. El buque había sido averiado ya una vez, por un audaz atentado montonero que lo dinamitó en el puerto cuando aun estaba en fase de construcción, en 1975. Se trató de un operativo sin pies ni cabeza, pues no infería ningún daño a las fuerzas que practicaban la represión y sí debilitaba a una flota de mar que sólo podía jugar un papel en un conflicto exterior. De hecho, el Santísima Trinidad encabezó, siete años más tarde, el desembarco en Malvinas. Ahora el mismo barco se hunde solo en el muelle, agraviado por los años y el desvarío. ¡Qué triste historia!

El tema militar cae “gordo” a la progresía al uso. Sin embargo, es un asunto grave, del cual el pensamiento nacional de veras progresista no puede estar ausente. No es posible regalarle el asunto a La Nación, a Clarín o a los nostálgicos del proceso. Las fuerzas armadas deben ser recuperadas para el pueblo, no sólo porque es justicia sino porque, como señalamos en otras ocasiones e indicamos más arriba, los dictados de la geopolítica y la gravitación de la coyuntura internacional van a poner a prueba a esta parte del mundo, más tarde o más temprano. Y para entonces será preciso que la República esté en condiciones de responder al reto con unas fuerzas armadas respetables y respetadas, y profundamente imbuidas por la conciencia de su papel en el espacio nacional latinoamericano.


Notas

1) Una versión completa de este artículo figura en el primer volumen de mi libro Apuntes de Ruta, publicado por Ferreyra Editor en 2006.

2) No estará de más señalar que la mención a este pensador “maldito” de la izquierda nacional argentina fue soslayada en los resúmenes del discurso de Chávez que brindaron las agencias y los diarios del país –incluidos algunos “progresistas”.

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