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23
AGO
2012

¿Quién venció y quién ganó la segunda guerra mundial?

Festejos en las calles de Toronto por el V Day en Europa. - La bandera roja ondea sobre el Reichstag
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Los soviéticos y los anglomericanos destruyeron a la Alemania nazi. Su aporte al conflicto fue distinto, y la recompensa que sacaron del mismo fue directamente inversa a la contribución que habían hecho.

Un interesante artículo de Jacques R. Pauwels sobre el ataque aliado al puerto de Dieppe, en 1942,(1) nos restituye al tema de quién venció y quién ganó la segunda guerra mundial. Es decir, más allá del juego semántico, al asunto de quién hizo el mayor sacrificio y de quién se alzó con la mejor recompensa en esa terrible compulsa en la que se dirimió el balance de poder en el mundo. El trabajo de Pauwels gira en torno a la evolución del problema de la apertura de un Segundo Frente durante ese conflicto, asunto que por lo general pasa inadvertido incluso para la mayor parte de las personas que se interesan en el tema de la guerra 1939-1945, y que sin embargo suministra un referente muy preciso de los andariveles de la política mundial en ese decisivo momento de la historia.

El “segundo frente” se denominaba así por contraposición al “primer frente” de la coalición que combatía a la Alemania hitleriana y que se encontraba en la URSS, donde, a partir de 1941, la Alemania nazi se había ensarzado en una lucha a muerte contra la Rusia estalinista. El análisis del autor francés gira en torno de las decisiones políticas que determinaron ese desastroso ataque a un puerto muy fortificado. Dice, por un lado, lo que todo el mundo sabe; esto es, presionado por Stalin y sostenido por Roosevelt, el gobierno británico presidido por Winston Churchill decidió ese asalto porque pareció una forma conveniente de suministrar aliento al aliado soviético en una hora de extrema angustia y a título de ensayo para los ataques anfibios en más vasta escala que debían verificarse luego. Pero también insinúa que esa operación fue concebida para convertirse en un desastre anunciado, en un espantajo que había de desaconsejar cualquier intento de desembarco aliado en Francia como método para aliviar la presión que los soviéticos estaban sufriendo en su territorio.

Nos parece que la hipótesis de Pauwels es muy atendible. Por supuesto, esta evaluación puede ser motejada como perteneciente a las “teorías conspirativas” de la historia, pero sabemos muy bien que todas las estimaciones que contrarían el punto de vista oficial, en este como en tantos otros temas, son tachadas de fabulaciones. Más que acomodarse en un confortable punto de vista académico, entonces, conviene más bien animarse a ir contra la corriente y a someter los puntos de vista convencionales a la prueba de los hechos. Y estos, en el caso del curso del ataque a Dieppe durante la segunda guerra mundial, casan muy bien con los antecedentes que precedieron a esta, con los datos que la acompañaron en su desarrollo y con las secuelas que tuvo en los años posteriores, los años de la guerra fría.

Los factores de carácter militar del asalto a Dieppe desaconsejaban la realización de la operación en los términos en que fue acometida. El puerto estaba encajado entre acantilados con búnkeres artillados y puestos de ametralladoras, lo que suponía que las tropas que realizarían el ataque se encontrarían sometidas a un fuego cruzado. La preparación artillera de parte de la flota aliada fue breve y liviana, para lograr el efecto sorpresa. Se esperaba remedar, a gran escala, las incursiones de comandos que los británicos solían llevar a cabo contra puestos alemanes situados en la costa noruega, por lo general pequeños y poco defendidos; pero, en las condiciones de un puerto estratégico sobre el Canal de la Mancha, no era dable esperar que se dieran esas circunstancias. El resultado fue una derrota aplastante, con un saldo desesperanzador: el 60 por ciento (3.623 hombres sobre un total de 6.086) fueron muertos, heridos o capturados, en la fuerza de desembarco, y las pérdidas de la Marina real y de la RAF también fueron considerables. Todo en un lapso de apenas 10 horas.

Después del desastre los reclamos por la apertura de un segundo frente bajaron de tono. Si esta apertura era posible o no a esa altura de la guerra es cosa discutible. Churchill siempre alegó que no había lanchas de desembarco suficientes para intentar la empresa. Odiaba además la idea de reeditar las masacres del frente occidental en la guerra del 14 y su convicción más íntima estaba, en 1942 como en la época del desembarco en Gallípoli en 1915, en la estrategia de la aproximación indirecta. Desembarcar en Francia a un ejército de considerables proporciones, como ya había sido previsto, para obligar a los alemanes a retirar unas 40 divisiones del frente oriental y aliviar así al aliado ruso, era cosa que le repugnaba, en especial cuando la operación estaba concebida no con miras a obtener una decisión estratégica en un breve lapso, sino a establecer una guerra de desgaste de duración imprevisible.

Pero la cuestión no termina allí, en la desazón personal del premier británico ante la posibilidad de emprender un curso que odiaba, en vez de insistir en su vieja teoría del “vientre blando” de Europa y atacar a Alemania desde el Mediterráneo, Italia y los Balcanes. Como después quedó demostrado, esta última era una idea irrealizable, al menos si se la pensaba como una opción única para derrotar a los germanos. Asimismo hay que observar que en 1942 la costa francesa estaba muy lejos de estar tan fortificada como lo estuvo dos años después, en el momento de desembarco en Normandía y de la apertura, por fin, del tan publicitado y reclamado segundo frente. La posibilidad de ensayar en 1942 la instalación de una cabeza de puente, al menos provisoria, en el continente europeo, no era tan imposible como se decía. Pocos meses después de Dieppe una gran fuerza angloamericana desembarcó en el norte de África y dio inicio a una campaña que a la larga sacaría a Italia de la guerra, pero que en ningún momento amenazó seriamente a Alemania. Es probable que si esos efectivos se hubieran dirigido a la costa francesa hubieran podido obligar a una considerable traslación de tropas alemanas desde el frente oriental al occidental, en un momento en que estaba comenzando la batalla de Stalingrado y en el cual la URSS luchaba por su vida.

El problema de fondo

El problema de fondo que regía las especulaciones de los políticos y los mandos militares del bando angloamericano era la cuestión de si era posible mantener a la URSS resistiendo, sin comprometer las fuerzas propias más allá de ciertos límites. Obtener la victoria sobre la Alemania nazi era por cierto una necesidad imperativa, pero si en el ínterin este enemigo disminuía el poder y en consecuencia la capacidad de irradiación del modelo soviético, ello representaba también un objetivo que merecía ser auspiciado.

Esta duplicidad estaba en conexión directa con las políticas occidentales anteriores a 1939. Se ha hecho del “apaciguamiento” hacia el nazismo una bestia negra y se ha tildado a los políticos británicos y franceses que lo sostuvieron de reaccionarios, obtusos e incompetentes. Sin embargo esa línea de acción tenía su propia lógica y esta no era despreciable. Ni Inglaterra ni Francia estaban en condiciones económicas de sostener un conflicto prolongado y era casi seguro que este les habría costado sus respectivos imperios. Cosa que fue, a la postre, lo que efectivamente se produjo. Si a esto se sumaba su rechazo al modelo bolchevique, la contemporización con Hitler se desprendía de esta ecuación como un fruto maduro. El inconveniente estuvo en la incapacidad de los políticos occidentales de medir el dinamismo del cabo austríaco y su audacia geopolítica. O, si lo vieron, como parece haber sido el caso de varios de ellos, de sacar las consecuencias de esa evaluación y aceptar el hecho de que Alemania había de convertirse en la potencia rectora de Europa y con posterioridad en una potencia continente, al estilo de Estados Unidos, gracias a su expansión hacia el este. Chamberlain, Daladier, Lord Halifax y otras figuras no se sentían mal dispuestos a ver a la Unión Soviética borrada del mapa, pero las consecuencias de esta eventualidad los preocupaban lo suficiente como para ceder ante la presión de Churchill y de la opinión pública en el sentido de que había que pararle los pies al Führer.

Cuando la guerra estalló, Alemania derrotó a Francia, se convirtió en la primera potencia continental y se lanzó a su loca aventura de dominar a Rusia, el poso subyacente de aquella concepción siguió activo y fue compartido por todos en términos que, si diferían en lo exterior, intrínsecamente seguían siendo los mismos. Ahora se trataba de mantener a Rusia en combate o al menos de ayudarla para que infligieran el mayor daño posible a Alemania mientras los aliados occidentales ponían en pie a ejércitos de millones de hombres destinados a volver al continente europeo.

Cosa singular, sin embargo, cuando se produce la derrota alemana en Stalingrado en Estados Unidos se produce un cambio en la asignación de prioridades para el rearme. Si se pensaba en un ejército de tierra de proporciones monumentales, las cifras fueron revisadas a la baja después de ese momento. De un ejército norteamericano masivo de 215 divisiones, se pasó a otro de 89 divisiones, mientras se incentivaba aun más la producción de aeronaves y barcos.(2)

Era obvio que la ecuación pasaba ahora por la certidumbre que se tenía en el sentido de que el Ejército Rojo era no sólo capaz de contener a los alemanes, sino de derrotarlos y tal vez hacerlos retroceder gradualmente. La posibilidad de comprometer a sus ejércitos en una batalla en tierra en gran escala contra una Wehrmacht que todavía poseía grandes recursos y efectivos con gran capacidad de combate, se hizo menos apetecible que nunca para los británicos y norteamericanos, en especial si podían pagar el pasaje bombardeando las ciudades alemanas y combatiendo en los países de la periferia europea. La cuestión de volver al continente, sin embargo, seguía siendo importante, y pronto se hizo prioritaria cuando se tornó evidente que los soviéticos no sólo podían contener a los alemanes sino que estaban en condiciones de derrotarlos en gran escala, expandiéndose hacia los países de una Europa central y occidental donde los movimientos de resistencia estaban ampliamente infiltrados o controlados por los comunistas. El desembarco en Normandía y la apertura del tan reclamado segundo frente, por lo tanto, ya no estuvo sólo motivado por la necesidad de ayudar a los rusos, sino por la de los angloamericanos de adelantarse a estos y establecerles un límite.

Esto, sin embargo, no estuvo del todo claro hasta la batalla de Kursk, en julio de 1943 y de las ofensivas soviéticas que la siguieron y que derrumbaron el frente central alemán en el teatro oriental de la guerra. Recién en ese momento la Stavka, el estado mayor soviético, comprendió plenamente el alcance de su propia fuerza y la relativa debilidad de los alemanes.(3) Hasta ese momento Stalin, haciendo gala de un realismo implacable, había querido aprovechar el éxito de Stalingrado para llegar a un modus vivendi con Berlín, que determinase la retirada de los alemanes del territorio soviético y un retorno al estatus quo ante de junio de 1941, pues sabía que los sacrificios a cumplir para llenar tal objetivo eran enormes y que el resultado final todavía parecía inseguro. Sólo la obstinación de Hitler en negarse a renunciar a su sueño de hegemonía obturó esa salida. Hasta poco antes de la operación Zitadelle (el ataque alemán al saliente de Kursk), sin embargo, la opción estuvo sobre la mesa, registrándose incluso una reunión entre Ribbentropp y Molotov en Kirovgrad, detrás de las líneas alemanas, para tratar el tema.(4) Mussolini y los japoneses  pugnaban -el primero casi con desesperación- para que esa eventualidad fuera tomada en cuenta.

Los aliados occidentales tuvieron noticias difusas de esas tratativas a través de sus servicios de inteligencia. Se alarmaron lo suficiente como para convocar una conferencia de los Tres Grandes en Teherán, en diciembre de ese año. Las únicas decisiones conclusivas de ese encuentro fue la decisión de que los aliados desembarcarían en Francia en mayo de 1944 (el desembarco al final se realizó en junio) y la de demarcar las fronteras polacas después de la guerra a lo largo de los ríos Oder-Neisse y de la línea Curzon.(5) Este punto, dicho sea de paso, sin anuencia alguna de los polacos, cuyos intereses no fueron tomados en cuenta. . 



Un hilo rojo sangre

La cuestión del segundo frente recorrió como un hilo rojo el transcurso de la guerra entre 1941 y 1945. Cuando los aliados por fin desembarcaron en Francia e iniciaron la marcha hacia Alemania, el asunto, lejos de atemperarse, se enardeció. Se estableció una carrera implícita entre las tropas rusas que avanzaban hacia Berlín desde la frontera polaca, y las angloamericanas que se desplazaban desde bastante más lejos, desde la costa atlántica. La resistencia alemana en occidente fue enérgica, hasta que se produjo el cruce del Rin. En ese momento, a despecho de las órdenes de Hitler, gran parte del ejército en el frente occidental comenzó a flaquear diríase que deliberadamente. Grandes extensiones de territorio fueron cedidas con apenas una resistencia simbólica. Por el contrario, en el frente oriental las tropas alemanas se agarraron al terreno y no fue sin una lucha amarga y costosísima que el Ejército Rojo llegó a las puertas de la capital del Reich, a la que hubo de conquistar en otra feroz batalla, mientras Hitler se suicidaba en un decorado de ruinas estilo wagneriano.

Los rusos terminaron la guerra exhaustos y desangrados, mientras que los estadounidenses e incluso los británicos conservaban su hogar en pie y una proporción de bajas irrisoria en comparación a las sufridas por la URSS. Las bajas fatales norteamericanas y británicas (incluidas las del Pacífico y las de los Dominios de la Corona) no pasaron de 800.000 mientras que las rusas contabilizaron 7.000.000 soldados muertos y unos quince millones de civiles que corrieron la misma suerte por diversas causas. De la guerra salieron dos grupos de poder asimétricos. Los rusos sin duda habían vencido, habían quebrado el espinazo del ejército alemán y lo habían perseguido hasta su última guarida, pero los frutos de su victoria eran amargos. La enemistad entre capitalismo y comunismo volvió a crecer, complicada más que nunca por las fatalidades geopolíticas del escenario mundial. De modo que puede decirse que si los rusos vencieron, no ganaron. Esta paradoja habría de cobrarse su precio andando el tiempo. Pues el espanto de las pruebas sobrepasadas y el poderío del rival global, Estados Unidos, harían que la URSS agravase las características paranoicas de su régimen y ayudarían a que no terminara de superar la parálisis de su estructura burocrática y, por consiguiente, la rigidez doctrinaria que condenaría al sistema, a la larga, al estancamiento y la implosión.

Notas

1) Why were canadian troops sacrificied at Dieppe? Global Research, Agosto 18, 2012.

2) Andreas Hillgruber: La Segunda Guerra Mundial, Alianza Universidad, 1995, pág. 152.

3) El pivote sobre el que cambiaron las tornas del curso de la guerra había sido en realidad el freno de la ofensiva alemana en el frente de Moscú, durante el invierno de 1941-42; pero en ese momento nadie o casi nadie lo percibió así.

4) Basil Liddell Hart: Histoire de la Seconde Guerre Mondiale, Marabout, 1985, pág. 491.

5) La Línea Curzon era una línea de tregua durante la guerra ruso-polaca de 1919-20. Tras la derrota soviética en ese conflicto la frontera se extendió más hacia el este, concediendo a Polonia 135.000 kilómetros cuadrados más. Los rusos reclamaron y consiguieron que el límite posterior a la segunda guerra mundial siguiera el trazado de la línea original.

 

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